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El abrazo a los judíos es el vómito de Francisco

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«Firmemente cree, profesa y enseña que las legalidades del Antiguo Testamento, o sea, de la Ley de Moisés, que se dividen en ceremonias, objetos sagrados, sacrificios y sacramentos, como quiera que fueron instituídas en gracia de significar algo por venir, aunque en aquella edad eran convenientes para el culto divino, cesaron una vez venido nuestro Señor Jesucristo, quien por ellas fue significado, y empezaron los sacramentos del Nuevo Testamento. Y que mortalmente peca quienquiera ponga en las observancias legales su esperanza después de la pasión, y se someta a ellas, como necesarias a la salvación, como si la fe de Cristo no pudiera salvarnos sin ellas.
No niega, sin embargo, que desde la pasión de Cristo hasta la promulgación del Evangelio, no pudiesen guardarse, a condición, sin embargo, de que no se creyesen en modo alguno necesarias para la salvación; pero después de promulgado el Evangelio, afirma que, sin pérdida de la salvación eterna, no pueden guardarse.
Denuncia consiguientemente como ajenos a la fe de Cristo a todos los que, después de aquel tiempo, observan la circuncisión y el sábado y guardan las demás prescripciones legales y que en modo alguno pueden ser partícipes de la salvación eterna, a no ser que un día se arrepientan de esos errores (…)»
(Concilio de Florencia – Profesión de fe -De la Bula Cantate Domino, de 4 de febrero de 1441).

« (…) desde que era Arzobispo de Buenos Aires, he podido contar con la amistad de muchos hermanos judíos. Hoy están aquí dos Rabinos amigos. Juntos organizamos provechosas iniciativas de encuentro y diálogo, y con ellos viví también momentos significativos de intercambio en el plano espiritual» (Discurso de Francisco en el Centro Heichal Shlomo). Desde que era Arzobispo de Buenos Aires, Francisco desobedecía las enseñanzas de la Iglesia en los Papas sobre los judíos.

«viví también momentos significativos de intercambio en el plano espiritual» (Ibidem). Es decir, que Francisco comulga con los judíos, con sus ritos, con sus prescripciones, con todo aquello que se prescribía en la ley de Moisés y que la promulgación del Evangelio ha anulado: «cesaron una vez venido nuestro Señor Jesucristo, quien por ellas fue significado, y empezaron los sacramentos del Nuevo Testamento».

Y quien sigue esos ritos, sigue una anulación, un camino que ya no sirve para salvarse, para dar vida eterna. Porque lo que salva es el Evangelio de Cristo, no el tener un mismo origen en Abraham. No es la fe en Abraham lo que salva. Es la fe en Cristo.

Lo que salva no es el haber Creado Dios al hombre a su imagen y semejanza. No hay que buscar al judío bueno porque Dios lo creó bueno. Hay que buscar al judío que se convierta a la fe en Cristo Jesús. Al que deja su fe obtusa, sin sentido a un lado y se reviste del hombre nuevo en Jesucristo. Al judío que contempla su pecado como ofensa a Dios.

Y, entonces, Francisco dice que se llenó de lo que los judíos le dieron: de la fe de los judíos, que no es la fe del católico. Francisco piensa la fe como lo hace un judío, pero no piensa la fe como lo hace un católico. No posee el Pensamiento del Padre, ni la Palabra del Hijo ni la Verdad del Espíritu en su corazón. Posee lo que el demonio, a través de los judíos, le ha enseñado.

Por eso, Francisco enseña su principal herejía: «Una mirada muy especial se dirige al pueblo judío, cuya Alianza con Dios jamás ha sido revocada, porque «los dones y el llamado de Dios son irrevocables» (Ev. Gaudium – n 247). Francisco ama tanto a los judíos que ha quedado cegado por la fe de ellos y ya no puede ver la Verdad del Evangelio. No puede caminar con Cristo, pisando las huellas de Cristo, sino que va pisando las huellas de los hombres. Se fija sólo en el sufrimiento de los judíos, en su holocausto y lo llama: «forma de antisemitismo y de discriminación». Pero no es capaz de llamarlo pecado, porque no se fija en el sufrimiento de Cristo por los pecados de los hombres y de los judíos. Sólo está pendiente de lo que sufren los hombres.

Francisco: el Concilio de Florencia, enseña ex cathedra, de forma infalible, una verdad de fe, que hay que creer para salvarse; enseña una profesión de fe: «Firmemente cree, profesa y enseña que las legalidades del Antiguo Testamento, o sea, de la Ley de Moisés, que se dividen en ceremonias, objetos sagrados, sacrificios y sacramentos, como quiera que fueron instituidas en gracia de significar algo por venir, aunque en aquella edad eran convenientes para el culto divino, cesaron una vez venido nuestro Señor Jesucristo. (…) Y que mortalmente peca quienquiera ponga en las observancias legales su esperanza después de la pasión (…)».

Entonces, ¿por qué no obedeces a lo que enseña la Iglesia y vives lo que te da la gana desde que eres Arzobispo de Buenos Aires? Respuesta: porque no tienes el Espíritu de la verdad, ya que tu pecado te lo impide. Estás metido en tu pensamiento humano de que los judíos son buenos, porque han sido creados buenos por Dios. Dios les ha dado un don irrevocable y, por eso, también se salvan. Todos los judíos se salvan porque lo dice Francisco. Porque Francisco sabe interpretar el Evangelio, sabe medir la Palabra de Dios y escoge la cita que más le conviene: los dones de Dios son irrevocables; y, por eso, los judíos también creen en Jesús, aunque no crean –en la práctica- en Jesús. A este absurdo llega este hombre, por su mente dislocada de la verdad. Su mente rota, que bebe el pecado como si fuera un vaso de agua.

Francisco: Tú estás en la Iglesia para «construir lazos de auténtica fraternidad» (Discurso de Francisco en el Centro Heichal Shlomo) con gente que no quiere salvarse. No estás en la Iglesia para poner a los judíos un camino auténtico de salvación, para darle el auténtico amor de Cristo, que produce lazos espirituales y místicos entre los hombres, no carnales, no sentimentales, no de ideologías baratas. Francisco: tú quieres condenarte con ellos, arrastrando a otras almas al infierno por tu pecado. Y esto es lo que enseñan tus propias palabras.

Los judíos «fueron los que dieron muerte al Señor Jesús y a los profetas, y a nosotros nos persiguen, y que no agradan a Dios y están contra todos los hombres: que impiden que se hable a los gentiles y se procure su salvación. Con esto colman la medida de sus pecados. Mas la ira viene sobre ellos y hasta para descargar hasta el colmo» (1 Ts 2, 15-16). A estos judíos, que no quieren convertirse a la verdadera fe, porque no aceptan la Verdad del Evangelio, sino que sólo se paran ante la fe de Abraham y de Moisés, a los cuales Dios los tiene en la mira de Su Justicia; tú, sin embargo, enseñas lo contrario: «En realidad, estoy convencido de que cuanto ha sucedido en los últimos decenios en las relaciones entre judíos y católicos ha sido un auténtico don de Dios» (Ibidem). Y, entonces, ¿a quién hay que creer en la Iglesia Católica? ¿Lo que dice Dios por medio de sus Papas, de Su Evangelio, de sus santos? ¿O la novedad de la palabra de un hombre, que no obedece lo que dice los Papas en la Iglesia, que nunca ha sabido someter su juicio al juicio de la Iglesia y de Dios; y, por tanto, no quiere obedecer a Dios en la Iglesia?

Es claro que no se puede obedecer la mente de Francisco porque no da la Mente de Dios en la Iglesia Católica. O estamos con Dios y, por tanto, no con los judíos; o no estamos con Dios y, en consecuencia, se sigue la fe que tienen los judíos.

«No se trata solamente de establecer, en un plano humano, relaciones de respeto recíproco: estamos llamados, como cristianos y como judíos, a profundizar en el significado espiritual del vínculo que nos une» (Ibidem). Pero, ¿cuál es el vínculo que nos une? Si no tenemos la misma fe en Cristo Jesús. Si los católicos creen en los dogmas. Y los judíos sólo creen en sus ritos anticuados, en sus leyes que son incapaces de quitar el pecado:

«En primer lugar declara el santo Concilio que, para entender recta y sinceramente la doctrina de la justificación es menester que cada uno reconozca y confiese que, habiendo perdido todos los hombres la inocencia en la prevaricación de Adán [Rom. 5, 12; 1 Cor. 15, 22; v. 130], hechos inmundos [Is. 64, 4] y (como dice el Apóstol) hijos de ira por naturaleza [Eph. 2, 3], según expuso en el decreto sobre el pecado original, hasta tal punto eran esclavos del pecado [Rom. 6, 20] y estaban bajo el poder del diablo y de la muerte, que no sólo las naciones por la fuerza de la naturaleza [Can. 1], mas ni siquiera los judíos por la letra misma de la Ley de Moisés podían librarse o levantarse de ella, aun cuando en ellos de ningún modo estuviera extinguido el libre albedrío [Can. 5], aunque sí atenuado en sus fuerzas e inclinado» (Concilio de Trento- Sesión VI (13 de enero de 1547) Decreto sobre la justificación).

No nos podemos unir a una gente que sigue unas leyes que son incapaces de quitar el pecado original y de justificar al hombre. Incapaces de quitar el pecado personal. Incapaces de dar la vida eterna al alma. Incapaces de abrir las puertas del cielo. ¿Qué clase de vínculo hay, entonces? Para Francisco: el humano, el sentimental, el de carne, el de sangre, el de la historia.

Pero ese vínculo hay que buscarlo en la Creación: «Se trata de un vínculo que viene de lo alto, que sobrepasa nuestra voluntad y que mantiene su integridad, a pesar de las dificultades en las relaciones experimentadas en la historia» (Ibidem). A pesar del hecho histórico de que los judíos mataron al Mesías, como Dios ha dado al judío un don irrevocable, entonces hay que ir a la creación de Dios. Hay que comprender el designio de Dios y estudiar la fe en Abraham.

Para Francisco, «el Dios que llama a Abrahán es el Dios creador» (Lumen fidei – n 11). La fe de Abraham no proviene de un Dios Redentor, sino Creador. Francisco anula la Obra de la Redención con su fe. «Para Abrahán, la fe en Dios ilumina las raíces más profundas de su ser, le permite reconocer la fuente de bondad que hay en el origen de todas las cosas, y confirmar que su vida no procede de la nada o la casualidad, sino de una llamada y un amor personal» (Ibidem). La fe, para la mente de Francisco, es ir a la Creación, al Dios bueno, que ha hecho todo bueno y que tiene, para todo hombre, una vida buena, un proyecto personal. Lo demás, el pecado, son las circunstancias de la vida, hay que entenderlo según la historia de cada hombre.

«La gran prueba de la fe de Abrahán, el sacrificio de su hijo Isaac, nos permite ver hasta qué punto este amor originario es capaz de garantizar la vida incluso después de la muerte» (Ibidem). Ese sacrificio del hijo no simboliza al Mesías prometido, sino el amor originario de Dios con todo hombre. El amor de la creación, el amor como Dios creó al hombre. Y, por tanto, Dios garantiza «la promesa de un futuro más allá de toda amenaza o peligro» (Ibidem). De esta manera, «la confesión de fe de Israel se formula como narración de los beneficios de Dios, de su intervención para liberar y guiar al pueblo, narración que el pueblo transmite de generación en generación. Para Israel, la luz de Dios brilla a través de la memoria de las obras realizadas por el Señor, conmemoradas y confesadas en el culto, transmitidas de padres a hijos» (Ibidem).

En este planteamiento de la fe, que tiene Francisco, se puede comprender por qué los judíos se pueden salvar sin necesidad de estar en la Iglesia Católica. La fe es sólo la memoria de lo que ha hecho Dios con su pueblo (= es una «narración que el pueblo transmite de generación en generación»), que lo ha librado de muchos males, que le da un futuro que ninguna amenazada, ningún holocausto puede quitar. Y, aunque fueron los mismos judíos los que mataron al Mesías, porque Dios es fiel a sus dones, por eso, los judíos se salvan.

Francisco es incapaz de ver al Verbo Encarnado cuando Dios crea a Adán; no puede contemplar al Redentor en la promesa de Dios al hombre en su caída; ni puede entender al Mesías en la fe de Abraham; ni puede creer en el Mesías, que es Jesús, cuando muere en la Cruz. Ni sabe penetrar al Resucitado como el cumplimiento de la Obra de Redención del género humano, porque todo –para su mente humana- se trata de un hecho en la historia, de una memoria del pasado, para ir a la novedad de un futuro que el hombre crea con su mente humana, con sus pensamientos, que son agradables a Dios, porque Dios ha hecho bueno al hombre. Francisco anula la Redención por querer medir la Creación de Dios sin el pecado como ofensa a Dios, sino sólo como producto de una visión histórica de la vida de los hombres.

Para el que cree en la Palabra de Dios, para el que sigue las enseñanzas de la Iglesia, sin cambiar un ápice de ellas, es claro que hay que negar a Francisco y lo que él opina sobre los judíos. Es una opinión de un hereje y de un cismático, desde que era Arzobispo de Buenos Aires. Es que esto que predica ahora, no es de ahora. Es el cisma que él siempre ha vivido dentro de la Iglesia Católica, vestido de Obispo, celebrando su misa y predicando sus herejías, sin que nadie le dijera nada. Francisco es un lobo vestido de piel de oveja desde hace mucho tiempo en la Iglesia. Se hizo sacerdote para destruir a Cristo y a Su Iglesia. Y es lo que estamos observando. ¡Y ay del que se pone una venda en los ojos y no quiera ver esta realidad, esta cruda realidad!

«Juntos podremos dar un gran impulso a la causa de la paz; juntos podremos dar testimonio, en un mundo en rápida transformación, del significado perenne del plan divino de la creación; juntos podremos afrontar con firmeza toda forma de antisemitismo y cualquier otra forma de discriminación» (Ibidem). Aquí está resumido el pensamiento herético de Francisco. El plan divino de la creación, para Francisco, es su amor ecológico. todo tiene que volver a Dios. Hay que amar a Dios pero amando la Creación: amando al hombre, porque es bueno, porque Dios lo creó bueno; amando a las criaturas por la sola bondad que hay en ellas. Y, para eso, es necesario que el hombre se llene de buenos pensamientos, porque en la idea buena está el amor auténtico. Francisco busca el ideal de la creación sin fijarse que está viviendo un absurdo en su vida. Pero no puede contemplar este absurdo porque ha anulado, en su vida, todo pecado. Y no ve el pecado de los judíos porque no ve su propio pecado personal contra Dios. Y llama a todo bueno. Y, por eso, es incapaz de juzgar nada, de discernir nada en la vida espiritual, porque todos participan, de alguna manera, de la bondad de Dios. Dios da sus perfecciones a todos los hombres y ellos tienen que elegir sus caminos para encontrarse en esas perfecciones de sus mentes humanas.

Francisco se olvida que en el plan divino de la creación está la Redención del genero humano por su pecado. Y, en esta Redención, no todos los hombres se pueden salvar por más que Dios sea amor y misericordia. Pero, en esto, ya no creen los sacerdotes ni los Obispos de la Iglesia. Ya no creen en un Dios Redentor. Sólo creen en su Dios Creador y mutable, que va cambiando según la perfección de la inteligencia humana vaya alcanzado su cima. Francisco es el producto de un tiempo en la Iglesia en que la herejía estaba contenida, pero viviendo a pleno pulmón en lo escondido, en lo oculto. Y, ahora, cuando se ha sentado en la Silla de Pedro, vemos realmente cómo es el alma de Francisco: negra, como el más puro demonio. Francisco está poseído por los demonios en su mente. Y, por eso, es un falso profeta, que inunda la Iglesia de sus mentiras y herejías de cada día. Y, muchos en la Iglesia, están como él: poseídos en la mente. Han crecido tanto en el pecado de soberbia, no han sido capaces de poner una barrera a tantas ideas locas que el demonio les ha puesto en sus vidas, que ahora brillan por ser demonios encarnados; se revisten de luz, de ángeles de ternura, de paz, de fraternidad, para engañar a los hombres e indicarles el camino de la perdición de sus almas.

No hay camino con Francisco. Sólo Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida. Lo demás, las fabulas de ese hombre, sentado donde no tiene que estar, enseñando a mirarse el ombligo y hacer de la vida un lío para el demonio.

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