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La idolatría del hombre en Belén

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«De todo esto nos avergonzamos hoy delante de Dios, el Dios que se ha hecho Niño» (Homilía de la Misa en la Plaza del Pesebre, en Belén (Palestina)).

Esta es la idolatría de la humanidad en Francisco. Este es el pensamiento clave para comprender la idea herética de este hombre, sus pasos en el gobierno de la Iglesia.

«Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño…». ¿Dónde encontramos al Niño Dios, a Jesús? No en Jesús como Dios; no en la Obra que Jesús ha hecho para salvar al hombre del pecado; no en la doctrina de Jesús, que es el Camino para encontrar la Verdad de todo hombre; no en la Gracia que Jesús ha merecido para todo hombre en la Cruz, y que es la Vida Divina que todo hombre tiene que vivir si quiere entender la Voluntad de Dios; no en la Iglesia que Jesús ha fundado en Pedro, y que es la única que salva al hombre y le da la paz para su corazón. No; esto ya no sirve. Esto ya no hay que predicarlo. Francisco no predica el Evangelio que salva, el Evangelio que despierta las conciencias dormidas por el pecado, el Evangelio que es la Palabra de Dios, viva y eficaz, que tiene la solución a todos los problemas de los hombres. Ya esto no es necesario recordarlo a los hombres, sino que hay que hacer una homilía política, económica, cultural, que se centre en los problemas reales del hombre y que obligue al hombre a buscar caminos humanos a su vida humana.

«En nuestro mundo, que ha desarrollado las tecnologías más sofisticadas, hay todavía por desgracia tantos niños en condiciones deshumanas, que viven al margen de la sociedad, en las periferias de las grandes ciudades o en las zonas rurales. Todavía hoy muchos niños son explotados, maltratados, esclavizados, objeto de violencia y de tráfico ilícito. Demasiados niños son hoy prófugos, refugiados, a veces ahogados en los mares, especialmente en las aguas del Mediterráneo».

Y, después de esta parrafada, es cuando se dice: «De todo esto nos avergonzamos hoy delante de Dios, el Dios que se ha hecho Niño».

En la Iglesia Católica, nos avergonzamos de que un Obispo, sentado en la Silla de Pedro, que se hace pasar por Papa, pero que no habla como Papa (porque no es Papa), sino como un ignorante de las Escrituras, esté hablando, en nombre de Cristo y de la Iglesia, sus mentiras y sus idolatrías, sin que nadie haga nada para callarle la boca.

Quien se avergüenza del sufrimiento humano, se avergüenza de Cristo y de la Iglesia. No ha sabido comprender la importancia que tiene el dolor para salvarse en la vida. Y no sabe predicarlo, de manera conveniente, para que los demás tengan inteligencia sobre el significado del dolor, el por qué del dolor, la raíz del dolor.

¿Por qué hay niños que viven en condiciones deshumanas? Porque el hombre quiere pecar y, por tanto, el fruto: el dolor de esos niños, sus vidas destrozadas.

¿Por qué hay niños que viven al margen de la sociedad? Por el pecado de los hombres, que sólo viven para su negocio y para conquistar un poder entre los hombres.

¿Por qué hay niños que son maltratados, esclavizados, usados como mercancía de los hombres? Por el pecado de muchos hombres que hacen de la humanidad el negocio de sus mentes soberbias y el comercio de sus lujurias.

¿Por qué hay niños refugiados, que huyen de muchas partes, donde es imposible vivir? Por el pecado de los hombres, que se han hecho dueños del mundo por su orgullo, su ambición de poder, sus miras egoístas.

El problema del hombre: su pecado. El problema de los países: el pecado de los hombres, que son los que componen esos países. El problema de Israel: el pecado de los judíos, de los musulmanes, de todos los hombres que no viven cumpliendo los mandamientos de Dios.

Esto es lo que no se atreve a predicar Francisco delante del Presidente Mahmoud Abbas, del Patriarca Fouad Twal, y demás autoridades. No tiene agallas de decir las cosas por su nombre. Al pan, pan; y al vino, vino. Y, por eso, hace su homilía, totalmente herética.

No pone a Jesús como el centro y, por tanto, el único Camino para resolver el problema de los hombres: sus pecados.

Sino que pone en el centro: lo que él considera su vergüenza. Francisco se avergüenza de todo eso, del sufrimiento de los niños. Y, porque cae en esta idolatría, entonces no sabe dar solución a este problema. Sólo grita como un político. Sólo da discursos para la mente del hombre, para captar una idea en el hombre, para que el hombre piense y vea la vida como la ve él. Y, entonces, vienen sus preguntas:

« Y nos preguntamos: ¿Quiénes somos nosotros ante Jesús Niño? ¿Quiénes somos ante los niños de hoy? ¿Somos como María y José, que reciben a Jesús y lo cuidan con amor materno y paterno? ¿O somos como Herodes, que desea eliminarlo? ¿Somos como los pastores, que corren, se arrodillan para adorarlo y le ofrecen sus humildes dones? ¿O somos más bien indiferentes? ¿Somos tal vez retóricos y pietistas, personas que se aprovechan de las imágenes de los niños pobres con fines lucrativos? ¿Somos capaces de estar a su lado, de “perder tiempo” con ellos? ¿Sabemos escucharlos, custodiarlos, rezar por ellos y con ellos? ¿O los descuidamos, para ocuparnos de nuestras cosas?».

Sus preguntas son juicios y condenas a los hombres. Te condeno porque no cuidas a los niños como lo hace María y José. Te condeno porque tienes deseos de eliminarlos, como lo hizo Herodes. Te condeno porque no adoras a los niños y les das ofrendas, como hicieron los pastores, sino que eres indiferente, egoísta. Te condeno porque ves la imagen de un niño, ves a un niño que sufre, que pasa hambre, y prefieres tu oración, tu piedad, tus liturgias, tus dogmas, que te impiden estar en las necesidades de los demás. Te condeno porque pierdes el tiempo de tu vida en tantas cosas y no estás atendiendo a lo principal: cuidar un niño. Te condeno porque descuidas a los niños por estar cuidando tu vida.

«Y nos preguntamos: ¿Quiénes somos nosotros ante Jesús Niño?». Respuesta: somos pecadores, soberbios, orgullosos, avariciosos, lujuriosos, demonios, gente sin alma. Somos una nada ante el Niño Dios. Somos los más inútiles ante el Niño Dios. Somos ignorantes ante el Niño Dios. Somos un esperpento ante el Niño Dios. Eso es lo que somos: somos los que no somos. El Niño Dios es el que Es.

«¿Quiénes somos ante los niños de hoy?». Respuesta: y como somos nada ante Dios, ante los hombres también somos nada. Si fuéramos algo ante Dios, también los seríamos ante los demás. Pero quien no se pone en su nada en la Presencia de Dios, tampoco sabe ponerse en su nada cuando está ante los hombres. El hombre que olvida ser nada, se hace idolatra de todas las criaturas. Es lo que está enseñando Francisco en esta homilía: adora a los niños pobres porque ellos son el Niño Dios. Como eres algo ante Dios, lo eres todo ante los hombres.

«¿Somos como María y José, que reciben a Jesús y lo cuidan con amor materno y paterno?» Respuesta: recibimos al Niño Dios en nuestro corazón porque creemos en Su Palabra. Y, por esa fe, el amor hacia el Niño Dios no es ni materno ni paterno, sino que es el mismo amor que la Virgen María y san José tuvieron en sus corazones para estar al lado del Niño Dios. Amamos a Jesús con su mismo Amor. No amamos a Jesús con un amor humano. Y, por tanto, no amamos a los hombres con el amor del hombre, sino con el amor de Dios, que exige cumplir la ley divina para dar algo a los hombres. María y José no amaron a Jesús con un amor materno ni paterno. Porque Jesús es Dios, es el Hijo del Padre, que se ha encarnado en la Virgen María. Y, por tanto, es el Hijo de la Madre. Y la Virgen María ama a Su Hijo por ser Dios en Ella. Y San José ama a Jesús porque es Hijo de la Madre y del Padre. Luego, no seas herético –hombre del demonio, que es lo que eres Francisco- y no enseñes a amar a Jesús con un amor humano. Y menos enseñes a idolatrar a los niños con ese amor humano.

«¿O somos como Herodes, que desea eliminarlo?». Respuesta: Tu pregunta –Francisco- es humillante para la inteligencia de todo hombre. Porque los hombres ven el pecado de Herodes. Y los hombres, cuando entienden que otro hombre ha hecho un mal, tienen compasión de ese hombre y rezan por él. Esto lo hacen los hombres, estén con Dios o no estén con Dios. Todo hombre, al ser bueno por naturaleza, sabe los límites entre el bien y el mal. El hombre, porque es malo por su pecado, porque nace en el pecado, entonces hace obras malas dignas de compasión, de misericordia, por otros hombres. Porque nadie tiene derecho a juzgar las obras de los hombres: su vida moral. El pecado de Herodes, que es una obra moral, la juzga Dios. Y, por tanto, todo hombre que ve el pecado de Herodes, no lo juzga, como tú lo estás haciendo, Francisco, sino que comprende ese mal y da un camino al hombre para que no realice lo mismo. Tú, Francisco, juzgas el pecado de Herodes y juzgas a todo hombre que mata a los niños, porque hacen lo mismo que Herodes. Pero, tú, Francisco, no sabes enseñar la verdad del pecado de Herodes y no sabes enseñar la verdad de los hombres que matan a los niños. Como no sabes juzgar lo espiritual de las obras de los hombres, entonces caes en el juicio moral y en la condenación moral de los demás. Y te haces culpable de lo que juzgas. Cometes el mismo pecado de quien juzgas.

Herodes pecó por su pecado de avaricia, de ambición de poder, porque veía en Cristo un Mesías político, que iba a poner en jaque su gobierno de entonces. Herodes no pecó porque despreció a los niños, sino por odio a Cristo. Y los hombres que matan a los niños, no tienen el mismo pecado de Herodes. Los matarán por muchas razones: políticas, económicas, lujuriosas, etc. Pero no por la razón que estaba en la mente de Herodes. Y, por eso, tu pregunta es una condena a los hombres que matan, a los hombres que pecan. Tiras la piedra y escondes la mano. Y no sabes hablar al hombre que mata a los niños, no sabes hablar al pecador, no sabes ponerle un camino de salvación, porque los juzgas en tu mente, ya que eres un inútil para discernir los espíritus que están en los hombres. Tu pregunta da la dimensión de tu inteligencia humana: la tienes podrida por tu pecado de idolatría hacia los hombres.

«¿Somos como los pastores, que corren, se arrodillan para adorarlo y le ofrecen sus humildes dones? ¿O somos más bien indiferentes?». Respuesta: Los pastores ofrecen al Niño Dios su corazón. Los pastores creyeron la Palabra de Dios y, por eso, fueron a adorar al Niño Dios. Su fe en Cristo es su Adoración a Cristo. Se da culto a Dios porque se cree en Su Palabra. Pero quien no cree en la Palabra de Dios, entonces da culto a muchos dioses. Quien adora a Dios, no tiene que adorar a los hombres. Quien da culto a Dios, tiene que dar a los hombres la Voluntad de Dios. Y, por eso, tiene que discernir esa Voluntad. Quien ora a Dios es para encontrar la obra que tiene que hacer con los hombres: entenderla y realizarla. Y, por eso, la vida del hombre que tiene fe en Cristo no consiste en ayudar a los hombres en sus necesidades materiales, sino en darles, en cada momento, lo que Dios quiere que se dé. Y, de esa manera, no se cae en el comunismo, que tú promueves –Francisco- con tu doctrina del humanismo. Tú amas a los hombres por encima de Dios. Tú prefieres dar a los hombres lo que a ti te parece que es bueno, pero no sabes preguntar a Dios qué cosa buena hay que dar a los hombres.

«¿Somos tal vez retóricos y pietistas, personas que se aprovechan de las imágenes de los niños pobres con fines lucrativos?». Respuesta: Francisco idolatras a los niños pobres. Ellos no son imágenes. Ellos no son el cuerpo de Cristo. Ellos no son Cristo. Ellos son niños pobres, que sufren por el pecado de los demás, o por su pecado propio. No condenes a la gente que hace su oración, que da culto a Dios y después no socorre a los niños pobres porque así lo han comprendido en Dios. ¿Por qué juzgas la vida espiritual de los que hacen oración? ¿Por qué juzgas a los hombres que siguen unos dogmas, unas verdades, una tradición, que significa la Voluntad de Dios, y que hay que seguirla para saber dar lo que el niño pobre necesita. Esta es tu mente comunista, Francisco. Y en la Iglesia Católica, despreciamos a los comunistas como tú. Y más cuando te sientas en la Silla de Pedro para lanzar tu ideología del marxismo, de la fraternidad masónica y del amor ecológico a los hombres. ¿Quién eres tú para juzgar a los hombres si no sabes juzgar lo que Dios juzga?

Y porque no sabes hablar con propiedad del pecado, por eso, caes en tu sentimentalismo barato. Se te caen las lágrimas ante los niños que sufren: «Tal vez aquel niño llora. Llora porque tiene hambre, porque tiene frío, porque quiere estar en brazos… También hoy lloran los niños, lloran mucho, y su llanto nos cuestiona. En un mundo que desecha cada día toneladas de alimento y de medicinas, hay niños que lloran en vano por el hambre y por enfermedades fácilmente curables. En una época que proclama la tutela de los menores, se venden armas que terminan en las manos de niños soldados; se comercian productos confeccionados por pequeños trabajadores esclavos. Su llanto es acallado: deben combatir, deben trabajar, no pueden llorar. Pero lloran por ellos sus madres, Raqueles de hoy: lloran por sus hijos, y no quieren ser consoladas».

Lloras, Francisco, por el hombre; pero no sabes llorar por los pecados de los hombres. No sabes cargar con ellos. No sabes hacer penitencia por tantos males que los hombres hacen en el mundo. No sabes coger una cruz y levantarla para sacar el demonio de los niños y de tantos hombres, endemoniados por sus pecados. Sólo sabes hacer tu política, tu negocio en la Iglesia. Sólo sabes llenarte la boca de tus estupideces, de tus sensiblerías. Y ahí te quedas: en el vacío de tus lágrimas. Y la gente, como tú, coge el pañuelo y se pone a llorar, y a decir qué bien que habló este hombre. Es un hombre de Dios porque entiende las necesidades de los hombres, entiende sus lágrimas. Gran mal hacen tus palabras en la Iglesia, hipócrita y fariseo: te llenas de lágrimas por la vida social de los hombres, y no has aprendido a meter tu corazón en la llagas de Cristo. Besas las llagas de los hombres idolatrando a los hombres. Pero no sabes besar a Cristo para que el corazón vea su pecado y se arrepienta de él. Besas a Cristo como Judas lo besó: para traicionarlo en su misma Iglesia.

Esto es Francisco: un hombre que idolatra al hombre y que persigue un ideal en la vida: destruir la Iglesia de Cristo, levantando sobre su orgullo la blasfemia a Cristo: el culto a la mentira que sale de los pensamientos de los hombres.

Desde la Iglesia, Francisco y los suyos, meten la confusión al convertir la mentira en verdad, y la verdad en mentira. Y de esto nace un océano de ideas, que llevan al paganismo y a la incredulidad. Que llevan a los hombres a trabajar por un ideal humano en la Iglesia; que hacen de la Iglesia una institución humana más en la vida de los hombres, perdiendo la Verdad, la Catolicidad. La Iglesia se convierte en cristiana, en una más entre tantas, porque se habla de Cristo, pero no se habla de Su Palabra, sino que se la desvirtúa, como hace Francisco en esta y en todas sus homilías. Coge una Palabra de Dios y, después pone lo que le da la gana. Nunca enseña la Verdad de esa Palabra Divina: «Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Sino que da su magisterio, que no es el de Cristo, que no pertenece a la Iglesia de Cristo, sino que es para hacer su falso ecumenismo.

Es necesario atraer a las demás religiones, a los demás hombres, ¿cómo? Desvirtuando los sacramentos, ocultando los dogmas y manipulando la Palabra revelada. Hay que dar a los hombres lo que ellos quieren escuchar: lágrimas, desastres, problemas. Un hombre que les hable de esto. Un hombre para el mundo.

El falso ecumenismo empieza con una falsa predicación, con un concepto errado de la verdad, con unas ideas engañosas y un deseo de notoriedad egoísta y vanidoso, que es lo que hace Francisco todos los días. Y lo hace porque está hinchado de orgullo.

El falso ecumenismo acaba destruyendo la verdad, socavando los cimientos de la fe, desfigurando el Evangelio y ahogando la piedad.

No esperen nada de Francisco: sólo dolor en la Iglesia porque ya es tiempo de destruirla.

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2 comentarios

  1. Juan Pablo dice:

    Sus palabras me recuerdan el común denominador de casi todos los prelados argentinos: su total falta de sentido sobrenatural.
    En lo que se ve la política o lo políticamente correcto, es en no decir nunca que los niños ricos o de familias sin necesidades materiales, tienen la misma necesidad espiritual de los pobres. Es que la pobreza no tiene nada que ver con la Redención y tanto un niño pobre como uno rico (o uno medio!, no sé cual es la medida pobre-rico) tienen un alma que salvar que es lo que importa, pero eso no hace política. No sirve.

  2. Matias Esteban dice:

    Padre: a medida que Francisco va actuando, y paralelo a ello, voy leyendo sus textos, voy tomando conciencia de que esta herejía también se había encarnado en mi.

    Es decir, creía equivocadamente que el amor consistía en intentar satisfacer las necesidades materiales de los que mas carecían, y estaba tan ciego que no comprendía, que esas personas, estaban mas necesitadas de la Palabra y del Espíritu, que de un pedazo de pan.

    El cual, es necesario, no estoy diciendo lo contrario; pero si doy un pedazo de pan sin Espíritu, es como si no diera nada.

    Hace unos días, apareció en la esquina de mi casa, un joven durmiendo a la intemperie.

    Una noche, muy fría, le alcance una manta y un plato de sopa.

    A la otra noche, seguía ahí, y pensé en darle otro plato de comida; pero dentro mio se desato una tormenta: una parte de mi, quería alcanzarle otro plato de comida y otra no.

    Observando mis pensamientos y sentimientos, comprobé que la parte que quería darle la comida, solo buscaba calmar la “culpa” (era un sentimiento social, no religioso) y la otra, me indicaba que la permitiría a otros darles un plato de comida y que también pensara que detrás del dolor que atravesaba ese joven, estaba la voluntad de Dios, y que esta persona, tenia todas las facultades, para encontrar un lugar y un trabajo y salir de ese estado.

    Se que suena cruel de mi parte, pero decidí escuchar a la segunda parte.

    Y cuando lo hice, mi corazón se sosegó.

    Dios y María Santísima, lo bendigan.

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