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La idea de la fraternidad destruye la verdad de la unión con Dios

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«no los hijos de la carne son hijos de Dios, sino los hijos de la promesa son tenidos por descendencia» (Rom 9, 8).

La idea de que todos los hombres somos hermanos está fuera del testimonio del Evangelio.

Esa idea la promulga Francisco continuamente: «la fraternidad es una dimensión esencial del hombre, que es un ser relacional. La viva conciencia de este carácter relacional nos lleva a ver y a tratar a cada persona como una verdadera hermana y un verdadero hermano; sin ella, es imposible la construcción de una sociedad justa, de una paz estable y duradera» (Mensaje para la jornada de la paz)

Francisco habla de la fraternidad como dimensión escrita en la naturaleza humana. Y no cae en la cuenta de que Dios ha hecho al ser humano: hombre y mujer. Ha hecho un matrimonio; ha dado al ser humano un amor esponsal, no fraternal. No lo ha hecho hermano. Los hijos de Adán y Eva son hermanos en la carne, pero no en el Espíritu.

No son los hijos de los hombres, no son sus grupos sociales, no porque los hombres se relacionan, se llaman hijos de Dios. Las ciudades, los países, las sociedades del mundo son sólo eso: un conjunto de hombres. Y no otra cosa.

Hermanos hay muchos en la carne; pero hermanos en Cristo hay pocos.

Francisco habla de una conciencia social, de un hombre que se relaciona. Habla de un conocimiento que da el relacionarse un hombre con otro. Y añade: que ese conocimiento, esa conciencia, hace ver y tratar al otro como verdadero hermano y hermana.

Esto es sólo la opinión herética de Francisco. Es una opinión, porque se lo saca de la manga: es su idea sobre lo que es el hombre y su ser relacional. Pero es herética, porque Francisco pone la verdadera hermandad entre los hombres nacida de la conciencia social, de ese conocimiento o gnosis que el hombre tiene de otro por ser un ser social.

Esta idea herética le lleva a expresar una gran mentira: «sin ella, es imposible la construcción de una sociedad justa, de una paz estable y duradera»; que viniendo de un alma consagrada, es otra herejía. Porque las sociedades justas se basan en el cumplimiento del amor divino, de las leyes divinas y naturales, que Dios ha puesto en todo hombre.

El hombre vive según un orden y un fin que Dios le ha dado, porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Y, por tanto, el hombre no es sólo una unión entre un cuerpo y un alma, que pasa su vida comiendo, trabajando, durmiendo. Sino que su vida, desde que nace hasta que muere, está orientada, ordenada a la Redención, a la Gracia y a la Gloria Eterna.

El hombre vive su vida, no para hacer una sociedad perfecta y justa, sino para salvar su alma, para merecer el Cielo, usando la Gracia, y conseguir la santidad en su vida.

Si el hombre no ordena sus intenciones y sus acciones en su vida para este fin, que Dios le ha puesto en su alma, entonces el hombre, por más que procure el bien social, el bien común, el progreso científico y técnico, por más que quiera ser amigo de los hombres y hermano de ellos, sólo perderá el tiempo de su vida en una utopía, una ilusión, una actividad que le lleva directo al infierno.

Todo el obrar del hombre tiene que estar relacionado con la salvación del alma y la bienaventuranza eterna. Si el hombre pone su obrar para relacionarse, para ser un ser social, para construir un paraíso en la tierra, para buscar los placeres en la vida, para sentirse amado por los demás hombres, entonces el hombre vive sin Fe. Vive con una fe inventada por su mente humana.

Esta conciencia o gnosis social, que Francisco predica, le lleva a anunciar el nuevo orden mundial: «El número cada vez mayor de interdependencias y de comunicaciones que se entrecruzan en nuestro planeta hace más palpable la conciencia de que todas las naciones de la tierra forman una unidad y comparten un destino común. En los dinamismos de la historia, a pesar de la diversidad de etnias, sociedades y culturas, vemos sembrada la vocación de formar una comunidad compuesta de hermanos que se acogen recíprocamente y se preocupan los unos de los otros».

Existe la conciencia de todas las naciones para formar una unidad, un destino común. Está hablando, claramente, no de la salvación ni de la bienaventuranza eterna, sino de construir un mundo donde la fraternidad (= la hermandad entre los hombres) es lo esencial. Todo consiste en formar una unión porque los hombres son hermanos. El amor fraterno lleva a la unión, a la unidad entre los hombres. La gnosis es la clave de la unidad.

Este pensamiento herético (= esta falsa gnosis) tiene un problema: «Sin embargo, a menudo los hechos, en un mundo caracterizado por la “globalización de la indiferencia”, que poco a poco nos “habitúa” al sufrimiento del otro, cerrándonos en nosotros mismos, contradicen y desmienten esa vocación». Los hombres, al ser indiferentes, al no estar en los otros hombres, en sus vidas, en sus problemas, en sus sufrimientos, anulan la vocación a la fraternidad.

Francisco dice: el hombre, por creación, es fraterno. Pero, cuando se junta con otros hombres, en sus sociedades, en sus países, en sus clanes, deja de ser fraterno y cae en la indiferencia.

Francisco mismo se contradice: si el hombre es, en esencia fraternidad, entonces ¿por qué no vive eso que es? ¿cuál es la razón? ¿por qué el hombre cae en la globalización de la indiferencia?

Y, Francisco, quiere explicar su contradicción de esta manera: «Abel es pastor, Caín es labrador. Su identidad profunda y, a la vez, su vocación, es ser hermanos, en la diversidad de su actividad y cultura, de su modo de relacionarse con Dios y con la creación. Pero el asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser hermanos. Su historia (cf. Gn 4,1-16) pone en evidencia la dificultad de la tarea a la que están llamados todos los hombres, vivir unidos, preocupándose los unos de los otros».

Francisco nunca mienta el pecado de Adán, que es el origen de todo el problema en las sociedades, en los clanes, en las familias. Lo pasa por alto y se concentra en los dos hermanos: Abel y Caín.

Y, dice, que los dos tienen la misma vocación: la de ser hermanos. Que esta es su identidad profunda. Abel y Caín se identifican uno con otro. Son dos individuos que tienen marcado en su ser: la fraternidad. Y, en su actividad como hombres, en sus culturas, en su relación con Dios y con la creación siguen teniendo esa fraternidad. Y, entonces, ¿por qué Caín mata a Abel si son uña y carne? ¿Por qué Caín rechaza la vocación de hermano?

Y, Francisco, responde: «Caín, al no aceptar la predilección de Dios por Abel, que le ofrecía lo mejor de su rebaño –«el Señor se fijó en Abel y en su ofrenda, pero no se fijó en Caín ni en su ofrenda» (Gn 4,4-5)–, mata a Abel por envidia. De esta manera, se niega a reconocerlo como hermano, a relacionarse positivamente con él, a vivir ante Dios asumiendo sus responsabilidades de cuidar y proteger al otro».

Caín mata a Abel por envidia. Y, entonces, viene la pregunta: si Caín tiene escrito en su alma la fraternidad, si es esencial en él, ¿por qué la envidia hacia Abel?

Y, Francisco, se responde: Es que Caín no acepta que Dios mire a Abel con buenos ojos. Caín no acepta que Dios no se fije en su ofrenda. Entonces, el problema no es con Abel, sino con Dios.

Caín no puede ser hermano de Abel porque no acepta la Voluntad de Dios sobre Abel. No acepta la mente de Dios sobre Abel. No acepta la idea que tiene Dios de la ofrenda de Abel.

Entonces, para Francisco, lo que mata la fraternidad, que es algo esencial al hombre, es el odio que Caín siente por Dios. No ama Su Voluntad sobre Abel; luego lo odia. Caín, porque odia a Dios, mata a Abel. Y lo mata por envidia.

Este planteamiento de Francisco es totalmente herético.

Primero, hay que poner las bases del pecado de Caín:

1. Adán concibe un hijo del demonio: Caín. Si no empezamos así, entonces no podemos comprender el pecado de Caín.

Adán engendra un demonio, es decir un hijo de hombre, de carne y hueso, sin Espíritu Divino. Adán, por su pecado, pierde todos los dones de la Gracia y se queda como hombre, sin poder ser hijo de Dios por gracia. Es hijo de Dios, porque Dios lo creó, por naturaleza; pero no por gracia.

Y Adán concibe un hijo sin la gracia. Y, por su pecado, un hijo que es del demonio. Un hijo buscado porque el demonio lo engañó en el Paraíso. Un hijo para la muerte: «la muerte reinó desde Adán hasta Moisés» (Rom 4, 14). Es con Moisés cuando Dios da su Ley al hombre para la Vida. Adán perdió la Vida Divina y engendra sólo muerte. Y, por eso, Caín tiene que matar a Abel. Es necesario por justicia divina.

Por tanto, en Caín no está Dios. No puede estarlo por la Justicia Divina. El pecado de Adán produce que se le castigue con un hijo para el infierno. Es lo que merece su pecado. El Señor no castiga a Adán al infierno sólo por una razón divina: su Hijo tiene que encarnarse en la naturaleza humana. Pero ese castigo, que merece su pecado en el Paraíso, pasa, por generación, a su hijo Caín.

Es su primogénito, destinado para el infierno. Caín no puede amar a Dios: «Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios» (Rom 8, 8). Caín no puede amar a su hermano Abel. Caín no puede formar una sociedad justa, porque no tiene el amor de Dios en su corazón. Por eso, de Caín nace una sociedad corrompida en el pecado. Una cultura que le conduce a la formación de Sodoma y Gomorra, en donde el pecado homosexual es el común entre los hombres.

Y la homosexualidad es la que anuncia que los hombres no saben ser hermanos entre sí, no tienen por vocación divina la fraternidad. El pecado homosexual es una abominación al amor verdadero entre los hombres: es la decadencia del amor al prójimo; es la anulación de toda verdad en el hombre. Porque Dios ha creado al hombre para la mujer, y la mujer para el hombre. Entonces, la vocación del matrimonio es la esencia del ser humano.

Dios crea al ser humano para un matrimonio: con Dios, y entre hombre y mujer. Dios no crea al ser humano para ser hermanos, para un amor entre hombres, para formar un mundo entre hombres, unidos por un amor idealizado en la mente humana. Al poner Francisco la esencia del ser humano en la fraternidad -y no en el amor esponsal-, entonces tiene que afirmar la homosexualidad, no juzgarla, no negarla, porque ésta es una manera de amarse los hombres entre sí; es un amor que lleva el hombre escrito por vocación. Francisco cae en una aberración total en su gnosis social.

2. Adán concibe un hijo para Dios: Abel. Y lo hace movido por su arrepentimiento. Es un hijo que Dios se agrada en sus obras. Y, por tanto, ese hijo tiene el Espíritu de Dios. Abel es un hijo de Dios. Caín es un hijo del hombre. Son dos hijos del mismo padre, pero no son hermanos. Son hermanos porque tienen un mismo padre, hermanos de carne y sangre. Pero no son los hijos de la carne, los hijos de Dios. El hijo de Dios es el que recibe el Espíritu de filiación divina, no el que viene por parte de hombre, de carne: «no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad del varón, sino de Dios son nacidos» (Jn 1, 13).

Francisco anula a los hijos de Dios y todo lo contempla desde el hombre, y quiere imponer su idea de la fraternidad, del amor fraterno, como idea única para formar su gobierno mundial.

Y, Francisco, sigue adelante en su herejía; y quiere explicar la manera de formar una unidad, a pesar de que el hombre pueda traicionar esa vocación a la fraternidad.

1. Dice que: «Ya que hay un solo Padre, que es Dios, todos ustedes son hermanos (cf. Mt 23,8-9)». Es decir, el Padre crea hermanos. Como hay un solo Padre, entonces todos somos hermanos. Es decir, que los hombres son hermanos por creación. Como Dios ha creado al hombre, entonces –por esa única razón- todos somos hijos de Dios. Luego, hermanos.

Francisco cae en un grave error: sólo Adán es creado por Dios. Dios crea las almas, pero no los cuerpos. Los cuerpos vienen por generación, por unión sexual entre hombre y mujer. Pero sólo Dios crea el cuerpo y el alma de Adán y de la mujer. Los demás hombres, no son por creación, sino por generación. Y este punto es esencial para poder comprender el pecado de Adán.

Como Dios es Padre, crea las almas de todos los hombres; pero la fraternidad, la hermandad entre los hombres sólo es posible por generación; no por creación. Luego, los hombres no somos hermanos por creación.

«La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios». No; la fraternidad está enraizada en la generación sexual, no en la paternidad de Dios. Dios crea todas las almas, pero porque Adán pecó, los hombres nacen en el pecado original, es decir, no son hijos de Dios. Y si no son hijos de Dios, no son hermanos entre sí. Son hermanos de carne, pero eso no hace ser hijo de Dios.

Francisco, al decir que todos somos hermanos al tener un mismo Padre, tiene que negar el pecado original y definir el pecado como un mal social, como un error común, como algo que engloba a los hombres en la sociedad, en las culturas, en las familias. Y esa idea global le llevará, después, a una abominación cuando quiera explicar la obra de la Creación.

2. Y dice más: «Sobre todo, la fraternidad humana ha sido regenerada en y por Jesucristo con su muerte y resurrección. La cruz es el “lugar” definitivo donde se funda la fraternidad, que los hombres no son capaces de generar por sí mismos». Esto no es sólo una herejía, sino una blasfemia contra el Espíritu Santo.

En la Cruz se da la Redención del hombre: el hombre es redimido por los sufrimientos de Cristo. Cristo ha sufrido por el hombre pecador. Cristo no ha sufrido con el hombre, sino por el hombre, para salvarlo de la muerte del pecado.

En la Cruz sólo se da esto: un camino abierto a la Vida de la Gracia: «si por la transgresión de uno solo mueren muchos, mucho más la Gracia de un solo hombre, Jesucristo, se difundirá copiosamente sobre muchos» (Rom 5, 15).

Este camino de la Gracia pone al hombre en la Verdad de su vida. Y esa Verdad no es la fraternidad, sino la bienaventuranza eterna: el matrimonio con Dios. Con Cristo, el hombre puede, de nuevo, pertenecer al Cielo y conquistar el Cielo con sus méritos en la vida humana.

Francisco anula todo esto para poner su idea masónica: la fraternidad en la cruz. Jesús muere como un hermano de los hombres, pero no como el Redentor de los hombres. Jesús no conquista la Gracia para el hombre, sino la fraternidad, que es el fundamento para un mundo nuevo. Todo se resuelve con la fraternidad, no con la Gracia, no con el amor de Dios:

1. La fraternidad, fundamento y camino para la paz
2. La fraternidad, premisa para vencer la pobreza
3. El redescubrimiento de la fraternidad en la economía
4. La fraternidad extingue la guerra
5. La corrupción y el crimen organizado se oponen a la fraternidad
6. La fraternidad ayuda a proteger y a cultivar la naturaleza

Para terminar, Francisco su escrito, con una oración abominable: «Que María, la Madre de Jesús, nos ayude a comprender y a vivir cada día la fraternidad que brota del corazón de su Hijo, para llevar paz a todos los hombres en esta querida tierra nuestra».

En el Corazón de Jesús sólo brota el fuego del Amor de la Santísima Trinidad. Y es el único amor que Dios da a los hijos de Dios. Es la única esperanza del hombre que quiera salvarse. Y es la única fortaleza para vencer las insidias del demonio. Y teniendo en el corazón ese amor divino, entonces el hombre encuentra la paz, y vive la Voluntad de Dios en su vida y en todo su entorno.

Pero sin ese amor divino, si los hombres viven en sus pecados, haciendo culto a sus pecados, entonces es imposible ninguna paz y ningún amor entre los hombres.

Seguir las enseñanzas de Francisco es condenarse en la Iglesia. Nadie que tenga dos dedos de frente puede obedecer a Francisco ni respetarlo como Obispo. Es una abominación de hombre en la Iglesia. Sus obras son abominación. Sus palabras, destrucción. Su mente, confusión. Su alma, tiniebla del demonio.

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5 comentarios

  1. Marita dice:

    S.S. León XIII recomienda: “Lo primero que procuraréis hacer será arrancar a los masones sus máscaras para que sean conocidos tales cuales son” (Encíclica “Humanum Genus”).

  2. José Manuel Guerrero dice:

    Del blog http://nacionalismo-catolico-juan-bautista.blogspot.com.ar/2014/05/un-jesus-tolerante-no-es-el-verdadero.html?m=1

      “Un Jesús, que está de acuerdo con todo y con todos, un Jesús sin su santa ira, sin la dureza de la verdad y el amor verdadero, no es el verdadero Jesús, como lo muestra la Escritura, sino una miserable caricatura.”  (Benedicto XVI)
      
      “Una concepción del ‘evangelio’ donde ya no exista la gravedad de la ira de Dios, no tiene nada que ver con el evangelio bíblico.

      “Un verdadero perdón es algo muy diferente de un débil ‘dejar correr’.

       “El perdón es exigente y pide a ambos -a quien lo recibe y a quien lo da- una postura que se refiere a la totalidad de su ser. Un Jesús que aprueba todo es un Jesús sin la cruz, porque entonces no es necesario el dolor de la cruz para sanar al hombre.

      “Y, en efecto, la cruz es cada vez más expulsada de la teología y falsamente interpretada como una desgracia o como un asunto puramente político.

      “La cruz como expiación, como la ‘forma’ del perdón y de la salvación no se ajusta a un cierto patrón del pensamiento moderno.

      “Sólo cuando se ve claramente el nexo entre la verdad y el amor, la cruz se hace comprensible en su verdadera profundidad teológica. El perdón tiene que ver con la verdad, y por lo tanto requiere la cruz del Hijo, y exige nuestra conversión. El perdón es, precisamente, la restauración de la verdad, la renovación del ser y la superación de la mentira escondida en cada pecado.

      “El pecado es siempre, por su propia esencia, un abandono de la verdad del propio ser y por lo tanto de la verdad querida por el Creador, Dios”.

    Joseph Ratzinger, “Guardare a Cristo”, p. 76, Jaca Book 1986

  3. Laodicea dice:

    Por favor lean esta noticia y hagan el acto de reparación:

    http://www.hazteoir.org/noticia/60559-bng-expulsa-al-sagrado-corazon-jesus-san-sadurnino-coruna

    ORACIONES ENSEÑADAS POR EL ANGEL A LOS PASTORCITOS EN FATIMA

    ¡Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo! ¡Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan, no te aman! (Tres veces).

    Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación de los ultrajes con los que El es ofendido. Por los méritos infinitos del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María, te pido la conversión de los pecadores.

    (Los niños rezaban estas dos oraciones de rodillas y con la frente inclinada hacia el suelo)

    OH España qué bajo has caído, has destronado a tu Rey y ahora lo vuelves a crucificar!! y nadie hace nada para impedirlo y tus apóstoles te han vuelto a abandonar,…

  4. José Manuel Guerrero dice:

    «Sobre todo, la fraternidad humana ha sido regenerada en y por Jesucristo con su muerte y resurrección. La cruz es el “lugar” definitivo donde se funda la fraternidad, que los hombres no son capaces de generar por sí mismos».

    Bergoglio con estas palabras niega la divinidad de Cristo. Nada nuevo en lontananza. La niega diariamente en la Eucaristìa al no arrodillarse en la consagración. Francisco está en la Iglesia para abolir la misericordia y la caridad cristiana y suplantarlas por las ideas masónicas de la fraternidad y la solidaridad. Es un maldito. Él lo sabe. Los que están alrededor suyo, también lo saben. Y el argentino monseñor José Luis Mollagham, al que se lo lleva a Roma por saber más de la cuenta de su pasado, lo sabe mejor que nadie.

  5. Matias Esteban dice:

    Gracias Padre.

    Que la Santísima, que nos lleva a su Hijo, no a la “fraternidad”, lo bendiga y guarde bajo su Manto.

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