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Todos se inventan sus mentiras en el Vaticano

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«Mis queridos hijos, dentro de unos días será mi canonización como la de mi compañero Juan XXIII. Eso sería motivo de alegría en el Cielo, pero no será así porque no lo hace el verdadero Papa, por lo tanto no tiene validez y mucho menos aquí arriba, aunque yo ya soy santo por la gracia de Dios, pero no en la Tierra, cómo vuestro bonachón Juan XXIII. Después de Dios y su Madre Santa, lo que más se le debe respeto y obediencia en la Tierra es al Vicario de Cristo, al Santo Padre, pero ese culto no lo tiene el que hoy en día usurpa la Silla de Pedro ya que es un impostor. ¡Qué pena cómo el pueblo lo aclama y no ve en verdad en su cara “quien es”! La cara es el espejo del alma y este hermano no la tiene muy limpia, trasparente, pues algo oculta detrás de esos rasgos raros. ¡Cómo va a dejar la Iglesia, en qué lugar la va a poner con esas leyes e ideas preconcebidas que ya tiene preparadas! En nada se parecerá a la de Pedro, que fundó Nuestro Señor; más bien parecerá una ramera llena de pecado e equivocaciones, para perder a los hijos de Dios. En muy corto espacio de tiempo ya no la reconoceréis los católicos. ¡Qué Dios se apiade de Ella y de vosotros!» (Mensajes – abril 2014).

La cara es el espejo del alma, porque revela lo que cada hombre piensa en su interior.

Por la cara, la expresión de la verdad se trasluce en sus rasgos. Y aquel que no da la verdad, sólo pavonea su mentira ante todos los hombres.

Eso es lo que hace Francisco, desde que se sentó en la Silla de Pedro: es un pavo real, que mueve su cola al son de los gustos del mundo, que camina entre la gente para causar impacto, admiración, fascinación; para darse importancia.

Francisco es un hombre que no cree en el pecado:

«El Señor nos ha creado a su imagen, y si él hace el bien, todos tenemos en nuestro corazón este mandamiento: Haz el bien y no hacer el mal. Todos. Y ante aquel que dice: “Pero padre, este no es católico, no puede hacer el bien”; respondemos: “Si este puede hacer el bien puede, debe hacerlo porque tiene este mandamiento en el interior, en su corazón”. Y pensar que no todo el mundo puede hacer el bien es cerrarse una muralla que nos lleva a la guerra, y a lo que algunos han pensado en la historia: “matar en nombre de Dios, podemos matar en nombre de Dios”» (Casa Santa Marta, 22 de mayo de 2013).

El Señor nos ha creado a Su Imagen y Semejanza (cf Gn 1, 17). Esto, Francisco, no tiene ni idea de lo que significa. No solamente es poner en el corazón la ley divina, por la cual el hombre hace el bien que Dios quiere y evita el mal que no está en Dios; sino que el hombre es, ante todo, un proyecto divino. El hombre, Dios lo ha creado, para una obra divina que sólo Dios sabe hacer en cada alma.

Para esa obra divina, se necesita que el hombre ponga toda su libertad a los pies de Dios.

Esto es lo que no hizo Adán en el Paraíso y, por tanto, el pecado está en la vida de cada hombre que viene a este mundo.

Francisco niega el pecado: como Dios nos ha creado buenos, entonces hagamos el bien.

Francisco, al anular el pecado, no sabe discernir los bienes en los hombres.

Está el bien divino, que sólo el hombre obra de la mano de Dios: un hombre sin pecado obra siempre el bien divino; un hombre que vive en gracia puede obrar el bien divino; un hombre en pecado, que no vive en la Gracia, nunca obra el bien divino.

Adán, en el Paraíso, antes de su pecado, obraba en todo el bien divino. Pero, cuando cometió su pecado, entonces ya no pudo hacer ningún bien divino. Tenía que aprender de Dios cómo se hacía ese bien que Él quería, en su pecado, fuera del Paraíso.

Ya a Adán no le valía la ley divina, que Dios había puesto en su corazón, porque su pecado oscurecía ese conocimiento divino. Y, por lo tanto, Adán servía al demonio, al quedar esclavo de su mente diabólica. Hacía el mal que el demonio quería; no lo podía evitar.

El Señor enseñaba a los hombres el bien divino que Adán perdió. Y, por eso, tuvo que revelar a Moisés la ley divina que el hombre tenía en su corazón, pero que no era capaz de verla por su pecado. No la conocía plenamente y, por eso, el Señor se dedicó a dar leyes a los hombres para que comprendieran la vida que Él quería de ellos, pero que el pecado de Adán lo arruinó por completo.

Por tanto, los no católicos sólo pueden hacer un bien humano, natural, carnal, material, social, pero nunca el bien que Dios quiere. Quien no cree en Dios, quien no vive de fe en Cristo, quien no está bautizado, no puede –nunca- realizar el bien divino. Por su naturaleza humana, podrá realizar otro tipo de bienes, que no salvan al alma, que no la encaminan hacia la verdad de su vida, que no son el proyecto divino que Dios quiere del alma.

Por eso, para amar a Dios no es suficiente decir que Dios nos ama y nos ha creado, y nos ha puesto en este mundo para que lo trabajemos. Eso no salva al alma. Eso no da conocimiento de lo que es Dios. Eso no lleva a amar a Dios. Eso sólo es el lenguaje humano, que se contenta con las cosas de este mundo y que quiere servir a un Dios que ha inventado con su cabeza humana.

Todo hombre que viene a este mundo, Dios lo tiene que iluminar para que encuentre el camino de salvación. Y, para eso, ha puesto Su Iglesia: para que sea luz de las almas, para que dé la Verdad que no pasa nunca, que es para todos los tiempos.

«Y pensar que no todo el mundo puede hacer el bien es cerrarse una muralla que nos lleva a la guerra». Exactamente, Francisco: tú lo has dicho. Porque no todo el mundo puede hacer el bien, por eso, es necesario hacer una guerra contra aquellos que predican la mentira.

Quien se pone la muralla son los mentirosos, que quieren dar su predicación falsa y que quieren que todos obedezcan su falso pensamiento humano.

Y no estamos en la Iglesia para obedecer el pensamiento de Francisco. Estamos en la Iglesia para obedecer la Mente de Cristo, que Francisco no puede dar. Le es imposible darlo porque no cree en Cristo. Su pecado de orgullo y de soberbia le oscurece tanto la mente que sólo da desde esa Silla de Pedro lo que gusta a los hombres, pero no lo que es la Voluntad de Dios.

Pensar que no todo el mundo puede hacer el bien es ponerse en la Verdad. No todos pueden hacer le bien divino, que es el que importa para salvarse y santificarse. Los demás bienes son consecuencia de saber entender la Voluntad de Dios en la vida de cada uno.

Como Francisco anula el pecado, tiene que anular la Revelación Divina. Por eso, él va sólo a lo que le interesa: como Dios nos ha creado buenos, entonces todos podemos hacer el bien en este mundo.

Para la mente de Francisco no existe la Creación, Adán y Eva, ni nada de lo revelado. Para esa mente diabólica, la Sagrada Escritura es sólo la evolución del pensamiento humano. El hombre, en las culturas primitivas, se ideó la noción de Dios y el culto al mismo Dios. El hombre, con ese concepto humano de Dios, comenzó a diseñar la religión, el culto a Dios. Y según fuera avanzando en su humanidad, su pensamiento descubría otras cosas, otras realidades mundanas. Llega Jesús, en un momento de decadencia en lo humano y en lo espiritual, y da un pensamiento revolucionario, que ha seguido hasta nuestros días. Y, en estos tiempos de dificultad en todas las cosas, hay que idear un nueva forma de culto a Dios, según la cultura y el progreso del pensamiento humano.

Este es el resumen de lo que los teólogos, desde hace 100 años, al final del siglo XIX, han desembocado y han dado de comer a todo el mundo. Todos hablan de Dios, de Jesús, de la Iglesia, pero es sólo el lenguaje humano. No se cree ni en los dogmas, ni en los milagros, ni en la ley divina, ni en nada de lo que es Cristo. Cada uno cree en lo que tiene en su cabeza, en lo que su pensamiento le va diciendo, según vaya viviendo su vida. Hoy nadie cree en la Verdad. Nadie. Todos se inventan el lenguaje de la Verdad, el lenguaje del Amor, el lenguaje de la Iglesia. Hoy se cree en el lenguaje del hombre, pero nadie cree en el Evangelio. Todos lo tuercen para hallar su cultura del encuentro.

Por eso, Francisco habla de muchas cosas y sólo da su lenguaje: habla sin Espíritu, sin devoción sin verdad, sin justicia, sin dos dedos de frente. Francisco no cree en nada, pero no lo dice abiertamente, porque este es el juego del lenguaje: hablemos de Dios, pero sin dar la sustancia de Dios; demos otras cosas, más agradable a todo el mundo.

«El Señor nos ha redimido con la sangre de Cristo, a todos, no sólo a los católicos. Todos. ¿Y a los ateos? también a ellos, a todos. Esta es la sangre que nos hace hijos de Dios. Por eso todos tenemos el deber de hacer el bien. Esto también es un buen camino hacia la paz. De hecho, si cada uno hace su parte también, y lo hace para los demás, nos unimos haciendo el bien. Así construimos la cultura del encuentro, tenemos tanta necesidad» (Casa Santa Marta, 22 de mayo de 2013).

Tenemos tanta necesidad, ¿de qué cosa? ¿De reunir los bienes de todos los hombres para formar una nueva cultura y así hacer una nueva iglesia, donde todos entren? ¿De esto estás hablando, Francisco? ¿Es que ya no tenemos necesidad de estar con Cristo? ¿Es que ya no hay necesidad de construir el reino de Dios sin buscar la añadidura? ¿De qué hablas, Francisco?

Es el lenguaje de su ateísmo: es la visión que su mente tiene de la Iglesia, de Jesús, de Dios.

Como Jesús nos ha redimido a todos, entonces todos somos hijos de Dios. Se acabó la Obra de la Redención. La acaba de anular Francisco: «Esta es la sangre que nos hace hijos de Dios».

¿Acaso no es el Bautismo lo que hace ser hijo de Dios, por los méritos de Cristo? Entonces, uno que no cree en el Bautismo, ¿es hijo de Dios? Uno no cree en la Iglesia que Jesús ha fundado en Pedro, ¿es hijo de Dios? Uno que no cree en Cristo, ¿es hijo de Dios?

Cristo ha muerto por todos los hombres, pero Cristo no salva a todos los hombres.

Cristo ha redimido a todos los hombres, pero cada hombre tiene que merecer su salvación. Tiene que hacer méritos para salvarse. Tiene que seguir a Cristo por el Camino, que es Cristo. Un hombre que sigue su camino en su vida humana, en su vida mundana, no puede salvarse. Porque el Camino es Cristo. Y el Camino sólo Cristo lo sabe enseñar.

Si el hombre no se humilla al Espíritu de Cristo, entonces el hombre se pierde en su vida humana, aunque Cristo haya muerto por él.

Estas cosas, que todo sacerdote debería saber y predicar, en la realidad es otra cosa. Muchos piensan como Francisco. Y, por eso, están en la Iglesia para hacer su marxismo, su comunismo, su protestantismo, su cultura del encuentro. Es decir, su negocio humano. Y, por tanto, están en la Iglesia para condenar a las almas.

¡Cuántas almas se están ya condenando por lo que viene de Roma!: «Mucho peor que abrirse esas puertas es la entrada tan grave de pecados y cosas prohibidas por Dios y su Iglesia. El hombre no comprende el alcance de lo que puede abrir, el mal que provocara, la de almas que se perderán para siempre, a la confusión tan grande que se llegara, a lo que se desatara en el mundo desde la Ciudad del Vaticano. Amén» (Mensajes – abril 2014).

Roma: ramera; Roma: maldita; Roma: vaticinio de desgracias.

Cuando el hombre que se sienta en la Silla de Pedro comienza a predicar una doctrina totalmente contraria a la Verdad, que es Cristo y Su Iglesia, entonces «los que estén en Judea, huyan a los montes, y los que estén en medio de la ciudad, aléjense; y los que estén en los campos, no entren en ella; porque estos son días de venganza, para que se cumplan todas las cosas que están escritas» (Lc 21, 21-22).

Tiempos apocalípticos. Ya no son tiempos para obrar una vida social entre los hombres. Ese tiempo ya fue y se han visto sus consecuencias. Es tiempo de recogerse en oración y pedir al Señor luz para poder vivir estos tiempos tan oscuros, donde nadie es capaz de dar la Verdad como es: Todos se inventan sus mentiras.

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