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La condenación de las almas en vida

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«Y Adán conoció a Eva, su mujer, y concibió y parió a Caín. Y dijo: “Adquirí un hombre del Señor”» (Gn 4, 1).

Para comprender cómo un hombre se hace un demonio es necesario entender que todo hombre es libre, con una libertad total, sin que nada ni nadie pueda impedir esa libertad.

Sin el don de la libertad, que Dios da a todo hombre, no hay ni salvación ni condenación. En último término, quien se salva y se condena es la misma persona, a causa de su libertad. Dios la juzga en su ser libre, en lo que la persona ha escogido para su vida.

Adán, cuando peca, conoce a su mujer, a Eva, y concibe, en su pecado, un hijo. Ese hijo viene con todo el pecado original, de una manera directa, porque el padre es el mismo que cometió el pecado. No es un descendiente de Adán.

Luego, ese hijo, Caín, adquiere toda la magnitud del pecado original, no una parte, sino que en ese hijo está toda la maldad de ese pecado. Por eso, el nombre de Caín significa, en hebreo, adquirir, comprar, obtener. Adán obtuvo un hijo con su pecado; compró un hijo con su pecado.

Pero Dios hace a Caín libre. Y, a pesar de que recibe todo el pecado de su padre, Caín puede salvarse.

«Y aconteció, después de días, ofrecer Caín -de los frutos de la tierra- sacrificio al Señor» (Gn 4, 3). Caín, en su libertad ofrece al Señor su trabajo; pero Dios no le hace caso: «pero a Caín y a sus sacrificios no atendió» (Gn 4, 5). Dios atiende a Abel, pero no a Caín. Y la razón es muy sencilla: Caín es fruto del pecado de Adán. El primer fruto, en el cual está todo el demonio. Dios mira lo que hay en el alma de Caín: una obra demoníaca. Y Dios sabe cómo es esa obra del demonio en Caín. Por qué está ahí y para qué está ahí. Caín no lo sabe totalmente. Caín ha nacido con eso. Él es inocente de cargar con el pecado de su padre. Pero lo carga, lo siente, permanece en él, sin que él pueda quitarlo, rechazarlo, impedirlo.

Dios rechaza el trabajo de Caín porque sabe que las obras de Caín no son buenas. En apariencia son buenas, pero están torcidas por el demonio, que habita en él. Y el Señor le amonesta a Caín: «¿Por qué te has enfurecido y por qué andas cabizbajo? Si hubieras ofrecido rectamente, andarías erguido, pero si no has obrado bien ¿estará el pecado a la puerta? Cesa, que él siente apego por ti y tú debes dominarle a él» (Gn 4, 6-7).

Caín, inocente de lo que su padre ha puesto en él, por generación, es libre para aceptar eso o rechazarlo. Sus obras están viciadas por eso; pero sigue siendo libre. Él hace esas obras libremente, sin que el demonio le impida en su voluntad. El demonio le sugiere la obra y Caín, con su voluntad libre, lo obra. Este es el Misterio del Mal y de la libertad del hombre.

Caín puede rechazar con su voluntad la obra del demonio en su alma. Pero, en la práctica, no la rechaza, sino que la quiere. Por eso, se entristece porque las obras de su hermano sí son agradables a Dios. Ya no mira a su hermano con pureza, sino con malicia. Y, por eso decide matarlo: «Y cuando estuvieron en el campo, se alzó Caín contra Abel, su hermano, y lo mató» (Gn 4, 8).

Aquí comienza, con Caín, la raza maldita de los hombres. Caín es el fruto primero del pecado de Adán. Es decir, la serpiente convenció a Adán para que engendrara un hijo fuera de la Voluntad de Dios. Y ese conocimiento que recibió Adán del demonio era para formar una humanidad del demonio. Era necesario que Adán diera al demonio un hijo para que éste comenzara su humanidad maldita, diabólica. Por eso, los gigantes vienen de Caín. En Caín está una fuerza tan maligna como para hacer de la naturaleza humana una abominación, una desviación. Y no hay que entenderlo como una evolución del ser humano, sino como la caída de la especie humana en una degradación. Por eso, el Señor tuvo que castigar al hombre con el diluvio.

«Ahora, pues, maldito serás de la tierra, que abrió su boca para recibir de mano tuya la sangre de tu hermano» (Gn 4, 11): no hay lugar en la tierra para Caín. Las obras de Caín son malditas siempre. Sus hijos, sus vidas, sus pensamientos. «Cuando la labres, te negará sus frutos, y andarás por ella fugitivo y errante» (Gn 4, 12). Caín vive condenado en vida; es lo que significan estas palabras. No hay bendición en las obras de Caín. No hay camino en la vida de Caín. No hay verdad en el pensamiento de Caín. Siempre Caín huirá de toda Verdad, caminará por sendas de pecado, de mentira, de error. Y sus obras son para el infierno.

Caín mata a su hermano Abel. Por este pecado, viene la maldición de Dios, porque el alma de Caín queda totalmente poseída por el demonio para obrar sólo lo que el demonio quiere. Es una posesión absoluta, que no se puede quitar con nada. No es posible la liberación por dos cosas: el pecado de Adán, transmitido a Caín, y el propio pecado de Caín.

El demonio iba trabajando el alma de Caín para que obrase el pecado que le permitía ocupar su alma de manera perfecta. Y Caín aceptó en su alma ese pecado, y lo obró con su voluntad libre. Y es un pecado perfecto, que lleva a la condenación en vida.

Ante la realidad del pecado de Caín, es más fácil comprender cómo un astro divino, un sacerdote, un Obispo, puede transformarse en el Anticristo.

El Anticristo viene de la unión sexual entre un Obispo y una mujer entregada al demonio: “Durante este tiempo, nacerá el Anticristo, de una religiosa hebrea, de una falsa virgen que tendrá comunicación con la antigua serpiente madre de la impureza. Su padre será un obispo. Al nacer vomitará blasfemias y tendrá dientes: en una palabra, será un demonio encarnado; lanzará gritos espantosos y hará prodigios y no se alimentará sino de impurezas… a la edad de 12 años llamará la atención por las ruidosas victorias que alcanzará» (Mensaje de La Salette – 1846).

Un Obispo concibe un hijo de su pecado. Todo sacerdote que se acuesta con una mujer siempre engendra un anticristo. Porque el sacerdote está para engendrar “cristos” en las almas. Si engendra un hijo con una mujer, comete el mismo pecado de Adán. Adán tenía una mujer para engendrar hijos de Dios. Escucha al demonio y obra un pecado: engendra un hijo para el demonio.

Este Obispo no se acuesta con cualquier mujer, sino con falsa virgen; es decir, una persona religiosa, que se hace pasar por virgen, que está en un convento, pero que, en vez de dedicarse a la oración, tiene trato con el demonio en ese convento. Es una mujer que ha escuchado al demonio, como Eva, y va tras un Obispo para hacerle caer en el pecado. En una falsa virgen que quiere un hijo de un Obispo, según el conocimiento que el demonio le ha dado.

De ese encuentro sale el Anticristo, que al nacer tendrá la obra del demonio: vomita blasfemia. Es decir, esa alma está condenada. Es un demonio encarnado. Es un alma poseída totalmente por el demonio, como Caín. Pero es un alma libre. Nace con la carga del pecado de su padre y con lo que su madre ha hecho para engendrarlo. Nace con el espíritu del Anticristo, que le viene por vía paterna. Y nace para una obra demoníaca. Un alma muy inteligente, porque a los doce años alcanza muchas e importante victorias.

El demonio va llevando a esa alma hacia lo que quiere de él. Por eso, esa alma es un Obispo; un astro divino, un hombre que tiene la vocación al sacerdocio. Un hombre que alcanza una gran dignidad en el Vaticano. Pero un hombre que tiene que cometer su pecado para ser el Anticristo, para convertirse en el Maldito, en el Innombrable.

El Anticristo es otro Caín: tiene que matar a su hermano Abel. Tiene que matar a un Obispo para ser el Anticristo. Y si el Anticristo tiene que sentarse en la Silla de Pedro, tiene que matar a un Papa.

Las profecías ya se han cumplido. Y, cuando esto ocurre, ya no hay más profecías, sino que sólo se dan los hechos, las obras.

Estamos en el tiempo del Anticristo, en los Últimos Tiempos: «Verás muchos cambios en la iglesia. Los cristianos que recen serán pocos. Muchas almas caminan hacia el infierno. Las mujeres perderán el pudor y la vergüenza. Satanás tomará su forma para hacer caer a muchos. En el mundo habrá crisis comunes. El gobierno caerá. El papa pasará horas de agonía; al final yo está ahí para conducirlos al paraíso. Tendrá lugar una gran guerra. Muertos y heridos incalculables. Satanás cantará su victoria pero será el momento en que todos verán a mi hijo aparecer sobre las nubes y el juzgará a cuantos han despreciado su sangre inocente y divina. Entonces mi Corazón Inmaculado triunfará» (Teresa Musco, 20 de mayo de 1951).

Esto es lo que estamos observando: cambios radicales, constantes en la Iglesia. Se cambia para mal; se cambia para condenar a las almas; se cambia para destrozar la Tradición; se cambia para negar la verdad; se cambia para configurarse a las modas de los hombres, a sus pensamientos, a sus ideales en la vida.

Y tenemos un Papa que está pasando su agonía. Y la pasa solo, sin el apoyo de nadie. Callado, porque no puede hablar. Le han relegado a una habitación y ahí permanece, como un tonto, como un loco, como un enfermo mental.

Y ya se huelen las guerras, las crisis de todo tipo, las revueltas; porque estamos en el Fin. No estamos esperando el Fin. Ya es el Tiempo. Ya no hay más Tiempo.

«Sábete hija mía que Satanás reina en los más altos puestos. Cuando Satanás llegue a la cima de la iglesia, entiende que este instante habrá conseguido seducir a los espíritus de los grandes científicos y será el momento en que ellos intervendrán con armas potentísimas con las cuales es posible destruir gran parte de la humanidad» (Teresa Musco, 13 de agosto de 1951).

Satanás ya llegó a la cima de la Iglesia. Ya ha puesto al maldito Francisco gobernando la Iglesia. Y lo ha hecho en el momento en que los hombres del mundo tienen un gran progreso científico y técnico para el mal, para poder producir la tercer guerra mundial con sólo apretar un botón.

Iglesia y mundo se unen para la obra del Anticristo. Francisco está poniendo el camino para que entren en el Vaticano toda clase de personajes que destruyan la Iglesia con sus falsas apariencias de bondad humana, de amor al prójimo, de deseo de encontrar la paz entre todos los hombres. Él ya habla de su Iglesia Universal y de liderazgo en esa Iglesia. Él quiere ser uno que contribuya a la obra del Anticristo. Él es otro anticristo, otro Caín. Pero su obra es distinta al Anticristo.

Él sólo mueve las masas con su palabra barata y blasfema. Es el charlatán del pueblo de Dios. Es el que entretiene a los hombres con una sonrisa, besando a los niños, abriendo su boca para no decir nada. Siempre que la abre es para meter la pata. Francisco es un tarado espiritual. Ni sabe gobernar la Iglesia ni sabe guiar su alma hacia la verdad de la vida. Es un vividor de su ignorancia en la Iglesia. Se alimenta de su orgullo. Y obra su impureza en todo lo que hace en la Iglesia.

Por eso, Francisco huele mal. Huele a podrido. Su obra es destruir las conciencias de los hombres. Su obra es negar a las almas el camino de la salvación. Su obra es para que los hombres vean en sus vidas la necesidad de ponerse por encima de toda ley divina. Francisco enseña a pecar. Y sólo puede enseñar eso. Se pone una careta de verdad para ocultar su obra: exteriormente dice palabras bien concertadas, que gustan a todos, menos a los que saben de qué está hablando. Pero con una llamada telefónica imprime la verdad de su pecado en las almas.

Francisco es el típico idiota que se las da de sabiondo, pero que enseguida se ve su juego, porque es un ignorante, habla como un plebeyo, y vive como un loco de atar. Si no quieres obrar como Obispo, si no quieres atenerte a los principios morales, religiosos, éticos, si no quieres dar la verdad en la predicación del Evangelio, ¿para qué eres Obispo? Si sigues dando tus mentiras a la Iglesia, es que eres un hombre loco de atar.

«Qué de estragos hacen en medio de la juventud y de los niños el pecado de la impureza. La familia cristiana ha dejado de existir. Rogad incansablemente. . . Roma será castigada. . . Rusia se impondrá sobre todas las naciones, de manera especial sobre Italia, y elevará la bandera roja sobre la cúpula de san Pedro; la basílica será rodeada de leones muy feroces» (Madre Elena Aiello – 27 de marzo de 1959).

Huele a comunismo en el Vaticano. Se abren las puertas para que entre en Roma la destrucción de todo. Porque hay que quitar los 20 siglos de riquezas espirituales, que están en Roma, para hacer la Catedral al Anticristo. Hay que despejar el área. Hay que hacerlo todo nuevo sólo para una persona, que tiene en su alma la destrucción, la muerte; que es otro Caín: un maldito.

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5 comentarios

  1. Lydia Huerta dice:

    josephmaryam…. su comentario me ha aclarado mucho más, sobre este tema, le agradezco tanto. Y me alegro que usted comparta con nosotros, lo que por gracia de Dios, puede entender sobre los misterios Divinos.

    Muchísimas gracias… que Dios lo bendiga siempre.

  2. josephmaryam dice:

    Es la idea comunista de que la Iglesia tiene que salir al mundo, tiene que abrirse al mundo. Y, por tanto, también Jesús, al ser un hombre de mundo, político, que lucha por las injusticias sociales de la gente, tiene que salir al mundo. Es la Iglesia que tiene que llevar al mundo un Jesús social, político, económico, racista, humano, material, carnal.
    Jesús tiene que salir de la Iglesia: eso es una abominación, una herejía más, una prueba del cisma que ya se vive en toda la Iglesia.
    Jesús no ha hecho Su Iglesia abierta al mundo, sino cerrada al mundo.
    Jesús no ha hecho Su Iglesia para los hombres, sino para los hijos de Dios.
    Jesús no ha hecho Su Iglesia para una idea humana, que sirve a un interés humano. Jesús ha hecho Su Iglesia para llevar al hombre fuera del mundo, de ese mundo cuyo príncipe es el demonio.
    Jesús ha hecho su Iglesia para Su Reino Glorioso, que viene de los Cielos, que no es de este mundo.
    Por eso, todo lo que predica Francisco es su política comunista y protestante.
    Y ¡ay del ciego que sigue a Francisco! Su alma queda abandonada a la gracia y no puede salvarse.
    Francisco condena en la Iglesia. Y esta verdad hay que predicarla por todas partes.

  3. Lydia Huerta dice:

    Gracias josephmaryam, por ayudarnos a ver y entender con más claridad, lo que es el Anticristo, sería muy difícil por uno mismo, poder relacionar la figura de Caín con el Anticristo, aún me cuesta trabajo entender todo lo que ha dicho.

    Que Dios lo bendiga y lo proteja del maligno.

    • josephmaryam dice:

      En Caín está el espíritu del Anticristo porque en el plan divino, el Verbo tenía que encarnarse en una humanidad sin pecado para llevar a los hombres al Reino que el Padre quería de ellos. Y, por lo tanto, el pecado de Adán abre las puertas al Anticristo. El pecado de Lucifer va en contra del Verbo Encarnado; el pecado de Adán es el mismo que el de Lucifer, pero atenuado, porque Adán no conoce todo el misterio en el plan de Dios. Lucifer sí lo conocía y por eso se condenó. La astucia de la serpiente en el Paraíso era para inducir en Adán este pecado y así arrebatar a Dios esa humanidad, en donde el Verbo iba a encarnarse. Por eso, desde Caín, Satanás va metiendo en los hombres este espíritu que ataca a la Verdad, que es Cristo.

  4. Juan Pablo dice:

    Excelente artículo como siempre. Gracias.
    Pero, disculpen; cuando leí “Un Obispo concibe un hijo de su pecado. Todo sacerdote que se acuesta con una mujer siempre engendra un anticristo”, no pude menos que pensar en el pintoresco ex presidente de Paraguay, el Obispo Fernando Lugo.
    Dios quiera se haya arrepentido.

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