Lumen Mariae

Inicio » alma » El poder para excomulgar pertenece a toda la Iglesia

El poder para excomulgar pertenece a toda la Iglesia

Virgen de Guadalupe

Corazón de Jesús

El Gran Milagro

Infiltración en la Iglesia

El Reino de la Paz

img-00009300traiion

«Si pecare tu hermano contra ti, ve y repréndele. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma contigo a uno o dos, para que por la palabra de dos o tres testigos sea fallado todo el negocio. Si los desoyere, comunícalo a la Iglesia, y si a la Iglesia desoye, sea para ti como gentil o publicano» (Mt 18, 15-17).

En estas palabras del Señor está el fundamento de la excomunión en la Iglesia: sea tratado como gentil. Es decir, se da una ruptura de las relaciones personales con ese hermano, una exclusión de la comunidad de la Iglesia.

La Iglesia tiene poder para juzgar a sus hijos, por ser una sociedad perfecta, por tener el Espíritu de Santidad, por poseer la Gracia Santificante. Y cualquier pecado mortal, si la persona no se corrige, tiene efecto de excomunión para el Señor: «si pecare tu hermano contra ti».

La Iglesia ha castigado ciertos pecados con la excomunión: aborto, herejía, apostasía de la fe, cisma. Pero en la Mente de Dios, entra cualquier pecado grave.

San Pablo, contra el incestuoso de Corinto, lo excomulga fuera de la Iglesia, al entregarlo a Satanás: «entrego a ese tal a Satanás, para ruina de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús» (1 Cor 5, 5). Y enseña:

«Dios juzgará a los de fuera. Vosotros extirpad el mal de entre vosotros mismos» (1 Cor 5, 13).

Es deber de todo miembro de la Iglesia anatematizar a los que no quieren quitar su pecado mortal y viven, dentro de Ella, pecando, amando su pecado.

San Pablo enseña a apartar de la comunidad el peligro de la contaminación, excluyendo a aquellas personas que claramente viven en sus pecados.

Un alma que no quiere quitar su pecado lo irradia en toda la Iglesia, en su familia, en la sociedad, allí donde esté. Y su pecado es tentación para otras almas, es peligro de condenación. Por lo tanto, hay que apartarlos de la Iglesia: «Al sectario, después de una y otra amonestación, evítalo» (Tit 3, 10).

San Pedro hace un juicio sobre Ananías y Safira, que origina la muerte de éstos. Y su pecado fue la avaricia: «Ananías, ¿por qué se ha apoderado Satanás de tu corazón, moviéndote a engañar al Espíritu Santo, reteniendo una parte del precio del campo?» (Hch 5, 3). En este juicio sobre el pecado de avaricia, no hay perdón: la muerte viene como consecuencia. Y San Pedro obra una excomunión, que es una Justicia Divina, un castigo divino.

En el juico que hace San Pedro a Simón Mago, no hay pena de muerte: «Sea este tu dinero para perdición tuya, pues has creído que con dinero podía comprarse el don de Dios». (Hch 8, 20). San Pedro excomulga a Simón Pedro, pero sin la pena de muerte. Su pecado era la simonía.

San Pablo entrega a Satanás a Himeneo y Alejandro «para que no aprendan a hablar blasfemia», es decir, para que aprendan a quitar su herejía de la Iglesia.

La separación de la Iglesia se realiza en concreto por la exclusión de la Eucaristía: «quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor» (1 Cor 11, 27). El que recibe la Eucaristía en pecado mortal, él mismo se hace su propio juicio; él mismo se excluye del Cuerpo de Cristo, de la Iglesia; él mismo se excomulga.

Se hace reo, en los ojos de Dios, se hace responsable a Dios del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, porque profana la Eucaristía, profana a Cristo y a Su Iglesia. Se hace reo de Cristo y, por tanto se hace responsable a Dios, se hace merecedor de castigo.

El que come la Eucaristía en pecado mortal pide venganza a Dios; no pide Misericordia. Pide el infierno, el castigo, la exclusión de la Iglesia.

Para estar excomulgados de la Iglesia no hace falta otro Tribunal que la Mesa del Señor, que la Eucaristía, que la Santa Misa: esa Eucaristía es juicio contra el pecador que comete este pecado. Allí el hombre comete el delito, y allí es juzgado por el mismo Señor.

Por eso, dice San Pablo: «Por esto hay entre vosotros muchos flacos y débiles, y muchos dormidos. Si nos juzgásemos a nosotros mismos, no seríamos condenados. Mas juzgados por el Señor, somos corregidos para no ser condenados por el mundo» (1 Cor 11, 30-32).

La excomunión es siempre un castigo para el alma. Y puede ser medicinal o condenatorio para el alma. Pero en la Iglesia es necesario volver a la práctica de siempre: excomulgar a quien no vive la fe. Es lo que se ha olvidado por la Jerarquía y por los fieles. Y, por eso, tenemos una Iglesia llena de herejes que han cambiado la doctrina de Cristo y han puesto sus doctrinas. Y todos tan contentos, tan felices. Y este es el desastre de toda la Iglesia.

Una Iglesia que no excomulga es una Iglesia que va de cabeza hacia el infierno: «Si nos juzgásemos a nosotros mismos, no seríamos condenados».

Pero hoy se ha suprimido el juicio, la Justicia, el castigo. Y todo es un Dios amor y lleno de misericordia. Y Dios es otra cosa a como lo pintan los hombres.

Hoy en la Iglesia ya no hay excomunión. Muy poca. Y sólo se entiende de la exclusión de la comunidad: se aparta al que peca con una serie de condiciones. Pero ha desparecido la idea de la excomunión por un pecado mortal, sea el que sea. No es necesario pecar de herejía para estar excomulgado. Cualquier pecado, para Dios, saca de la Iglesia al alma.

Hoy las personas no tienen vida espiritual y les asusta la excomunión. Pero es necesario castigar a las almas para que se enmienden, para que vivan su fe de una manera auténtica. Es necesario juzgar en la Iglesia como san Pedro y san Pablo hacían. Y eso no lo vemos desde hace mucho tiempo, porque queremos una Iglesia que no castigue, que no juzgue, que empolve las caras de los hombres para darles una felicidad, una alabanza, una sonrisa en su pecado. Y todo eso produce la pérdida de la fe en la Iglesia.

Como se ha perdido este sentido de la Justicia, del castigo, entonces, los hombres no saben medir los pecados de la Jerarquía. Y se creen que todos los sacerdotes, todos los Obispos son santos, son justos, son impecables.

Y hay tanta Jerarquía corrupta que las almas no se dan cuenta de ello, porque esa Jerarquía hace su teatro en la Iglesia: confiesa, celebra misas, administra sacramentos, y –por sus pecados- ya están excomulgados. Pero nadie, en la Iglesia, dice que están excomulgados. Y viene la confusión, y se obedece a sacerdotes y a Obispos que no son Iglesia, que no hacen Iglesia, que están excluidos de la Iglesia por sus pecados.

Éste es el caso de Francisco y de toda su cuadrilla de gente en su gobierno horizontal. Y ¿a quién le interesa esto? A nadie. Todos quieren a Francisco porque da una alegría a la Iglesia, porque no juzga a nadie, porque habla cosas tan sentimentales que es agrado el escucharlo. Y nadie atiende a su gran pecado. A nadie le importa que lo que está haciendo en la Iglesia sea nulo y sin efecto. Y tampoco se lo cuestionan. Porque ya en la Iglesia sólo se vive de apariencias externas, pero no se vive de la verdad de la Fe en Cristo.

Nadie toma a Cristo en serio. Nadie imita a Cristo en la Iglesia. A nadie le importa hacer las obras de Cristo. Todos están inmersos en realizar sus obras humanas y llamarlas de Cristo, cuando son sólo de Satanás.

¡Qué pocos han entendido lo que la Jerarquía ha hecho permitiendo el bautizo de un hijo de las mujeres lesbianas!

La Jerarquía no es la dueña de los sacramentos y, por tanto: «No queráis dar las cosas santas a los perros, ni tiréis vuestras margaritas a los cerdos» (Mt 7, 6).

Esas dos mujeres lesbianas son perras y cerdas por su pecado de abominación. Y es voluntad de Cristo no dar Sacramentos a los perros y a los cerdos. ¿Con qué derecho la Jerarquía va en contra de la voluntad de Cristo en la Iglesia? ¿Con qué autoridad? Cristo no da el poder para pecar a Su Jerarquía. Cristo da a Su Jerarquía el poder para no pecar, para no permitir ningún pecado, para quitar el pecado, para juzgar al que peca.

Y, ¿qué ha hecho esa Jerarquía bautizando a ese niño? Pecar. Y sólo pecar. La Jerarquía sólo administra los Sacramentos que son de Cristo, que es el dueño de todos los Sacramentos. Pero la Jerarquía no decide nada en contra de Cristo.

Y es lo que han hecho. Esas dos mujeres viven en su pecado. Y no es cualquier pecado. Y el Bautismo a un niño se da por la fe de sus papás. Y ¿cuál es la fe de esas dos mujeres? Ninguna.

Si tuvieran un poco de fe en Cristo, se separarían una de otra y expiarían su pecado. El que cree en Cristo busca el perdón de su pecado. Busca salir de su pecado. Busca el arrepentimiento de su pecado.

Esas dos mujeres, ¿qué buscan? Seguir pecando. No tienen voluntad de enmendarse de su pecado. Y, entonces, ¿con qué fe piden el Bautismo para un hijo? ¿Con qué fe van a educar a ese hijo, si sólo le van a enseñar a pecar, como ellas hacen? ¿Cómo van a conducir a ese hijo al Cielo si ellas no quieren ir al Cielo?

Esa Jerarquía ha cometido un grave pecado. Y no cualquier pecado ante la Iglesia. Y es necesario excomulgar a esa Jerarquía, a esas dos mujeres y a ese niño, a la madrina que ha aplaudido ese pecado

El escándalo en toda la Iglesia ha sido muy grave. Y ese escándalo viene de la Cabeza. El culpable: Francisco, que no sólo ha permitido eso, sino que lo aplaude, lo alaba, lo quiere.

Y esto trae una consecuencia para toda la Iglesia. Este hecho, tan notorio, tan escandaloso, es el inicio de un gran cisma en toda la Iglesia.

Una Jerarquía que produce el escándalo en toda la Iglesia, que no cuida lo que no es suyo, que no sabe juzgar al que peca, que sólo está ahí para su negocio en la Iglesia. Y esto se llama: cisma.

Nadie ha sabido medir el pecado de ese bautizo, indigno, escandaloso, herético, que lleva a toda la Jerarquía hacia el cisma. Y no lo medirán, porque ya no les interesa la Verdad. Se escandalizan de la Verdad, de la gente que les dice la Verdad. Ellos sólo escuchan a la gente que habla como ellos, que piensan como ellos, que obran como ellos.

Por eso, Francisco es un maldito. Y ¡qué pocos saben llamarlo así! Porque no quieren herir sentimientos, porque quieren dar su sentimentalismo estúpido a los hombres, porque quieren bailar con el demonio. Quieren estar con Francisco, porque les da dinero y fama. Pero no quieran estar con Cristo, porque Él sólo hace sufrir al alma; su camino es de cruz; su amor es dolor.

Y, por eso, la Jerarquía, que está ahora en el Vaticano, gobernando una Iglesia que no le pertenece, tendrá su castigo del Señor tan pronto como el Papa Benedicto XVI muera. Porque han obligado a un Papa a renunciar a su misión en la Iglesia, ellos estarán obligados a renunciar a su poder en la Iglesia, usurpado, arrebatado, porque otro invadirá Roma para ocuparla y tener a la Iglesia bajos sus pies. ¡Habéis arrebatado el poder; otro os lo quitará! Por eso, a Francsico lo quitan de en medio muy pronto.

Anuncios

Glosario

Misa espiritual

Benedictus PP. XVI

Allí donde está Pedro, allí está la Iglesia, allí se encuentra a Dios

Allí donde está Pedro, allí está la Iglesia, allí se encuentra a Dios

Santuario de Fátima

Fátima en directo

Jesús, en Vos confío

A %d blogueros les gusta esto: