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Francisco quiere una confesión que no condene al alma

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Todos los hombres pecan. Sólo Dios y la Virgen María no pecan.

Muchos no saben hacer una confesión correcta, porque han perdido el sentido del pecado.

El que perdona el pecado es el Sacerdote en la Persona de Cristo; es decir, Dios no perdona el pecado de forma directa, sino a través del Sacerdote, que obra en la Persona de Cristo, el Verbo Encarnado, que ha transformado el alma del sacerdote en un ser divino.

Si el Sacerdote no se ve como Persona de Cristo, como otro Cristo, como el mismo Cristo, entonces no sabe reconocer el pecado y la obra del pecado como ofensa grave a Dios.

La confesión no debe ser tratada como un acto social, sino como el tribunal de la Justicia de Dios sobre el alma y su pecado.

Muchos Sacerdotes ven el pecado y su obra sin trascendencia, de una manera descuidada, porque no quieren que el penitente se sienta incómodo, y tienden a menospreciar la importancia de la confesión.

Francisco es claro ejemplo de un sacerdote que ve la confesión como un acto social, un acto comunitario, un acto cultural, pero no como una obra divina en el alma: “¡La confesión no es un tribunal de condena, sino una experiencia de perdón y misericordia!” (Francisco, 28 de marzo 2014). Estas palabras, heréticas, definen la confesión como una experiencia de misericordia, pero no como una experiencia de justicia.

Francisco anula la justicia porque condena, porque castiga al alma, porque no da la misericordia, el amor de ternura que él predica en su iglesia. Y, entonces, tiene que poner su humanismo por encima de la Verdad: “el sacerdote debe acoger a los penitentes no con la actitud de un juez y tampoco con la de un simple amigo, sino con la caridad de Dios… El corazón del sacerdote es un corazón que se conmueve…Si es verdad que la tradición indica el papel doble de médico y de juez de los confesores, no hay que olvidar que cómo médico está llamado a curar y como juez a absolver” (Ibidem).

Resulta paradójico que Francisco aluda a la tradición y ponga el papel de juez al confesor, para sólo indicar que, en ese papel, tiene que absolver los pecados; cuando es claro que la tradición de la Iglesia pone al confesor como juez que absuelve y condena, al mismo tiempo. Francisco anula la condena, porque eso no va con su sentimentalismo herético en su iglesia.

El sacerdote debe acoger al penitente con la actitud de juez. Ésta es la Verdad que niega Francisco, porque la confesión es el tribunal de la Justicia de Dios. Y hay que ser juez en ese Tribunal. Al negar esta parte, tan importante en la Penitencia, Francisco sólo se ocupa de que el sacerdote tenga un corazón que se conmueva ante el alma. Esta es otra herejía en su herejía. Porque el sacerdote, como Juez, tiene que discernir la Verdad del pecado y del pecador. Por tanto, tiene que dejarse de sentimentalismos, de falsas misericordias, de falsas ternuras con los hombres. Si el sacerdote no es capaz de hacer un juicio sobre el pecado de la persona, entonces no puede ni absolver ni condenar al penitente.

Francisco anda en su ternurismo herético: “No olvidemos que, a menudo, a los fieles les cuesta trabajo confesarse, sea por motivos prácticos, sea por la dificultad natural de confesar a otro hombre los pecados propios. Por eso es necesario trabajar sobre nosotros mismos, sobre nuestra humanidad, para que no representemos nunca un obstáculo sino para que favorezcamos siempre el acercamiento a la misericordia y al perdón” (Ibidem). En este párrafo, Francisco está declarando su ceguera espiritual, su ignorancia de la vida de un alma, su ineptitud para ser sacerdote.

Francisco es ciego en la vida del Espíritu, porque sólo ve al hombre: “es necesario trabajar sobre nuestra humanidad”. No; Francisco. No hay que trabajar sobre lo nuestro, sino en contra de nuestra humanidad. Ese ir en contra de lo humano es lo que niega Francisco. Y eso le hace ser ciego para las cosas espirituales, para la sabiduría que viene del Cielo. Francisco pone el fin humano en la confesión: “hay que favorecer el acercamiento a la misericordia y al perdón”. Esta herejía viene por su humanismo.

El sacerdote tiene que descubrir al alma la Verdad de su pecado. Tiene que favorecer el acercamiento del alma a la Verdad. Un alma que guarda su pecado, un alma que no quiere arrepentirse de su pecado, un alma que no ve su pecado sino que habla de sus problemas en su vida o de los pecados de los otros, no está lista para la confesión. Y el sacerdote tiene que ayudar al penitente a centrarse en su pecado. Y, sólo de esta manera, el sacerdote discierne si esa alma viene arrepentida o no al Tribunal de la Penitencia.

Francisco ignora lo que es un alma, las dificultades espirituales que todo hombre tiene al confesar, porque se trata de decir lo más íntimo de la persona. Y el demonio está ahí, luchando para que el alma no descubra la Verdad. Un sacerdote que no ve la acción del demonio cuando un alma viene a confesarse, entonces nunca podrá ayudar al alma en la confesión.

El alma que viene a confesar su pecado, viene con su demonio que le ha ayudado a obrar su pecado. No viene sola a la confesión. Y, por eso, el sacerdote tiene que saber luchar contra el demonio en ese momento. Si el sacerdote no se pone en la Verdad, sino que se pone en un sentimentalismo, en un cariño, en un afecto hacia esa alma, entonces entra en el juego del demonio.

El sacerdote tiene que luchar contra el demonio llevando al alma a reconocer su pecado. Y, entonces, gana la batalla contra el demonio. Pero si la lleva a la misericordia, si sólo le dice que Dios es misericordioso, entonces pierde la batalla.

El Tribunal de la Penitencia no es para recordar al alma que Dios es perdón. No hace falta. Es más, se debe recordar al alma, que Dios castiga por el pecado. El alma viene con su demonio; no viene sola. Esto es lo que Francisco ignora y, por eso, cae en su herejía.

Francisco es un inepto como sacerdote: no sabe ser otro Cristo; no sabe actuar en la Persona de Cristo; no vive la misma vida de Cristo. Un hombre que ha hecho de la Silla de Pedro, -que es la Cátedra de la Verdad-, el monumento de su mentira, la estatua de su herejía, la obra de su maldad, no puede ser escuchado ni obedecido en la Iglesia Católica.

Todo hombre que se siente en la Silla de Pedro y no guarde el depósito de la Fe, que no luche por mantener la Verdad Absoluta desde esa Silla, nunca puede ser llamado Papa. ¡Nunca! Porque el Papa verdadero NO FALLA, NO YERRA, NO SE PUEDE EQUIVOCAR. El Papa verdadero es INFALIBLE en sus enseñanzas de la fe; tiene la infalibilidad Papal.

Francisco yerra; Francisco miente; Francisco engaña; Francisco dice herejías; Francisco obra en pecado; Francisco gobierna en contra de Cristo en la Iglesia… Luego, Francisco no es Papa.

Esta Verdad es la que muchos les cuesta tragar. Y dan a Francisco una obediencia falsa. No creen en el don de la infalibilidad, que tiene Pedro, y, por eso, no saben discernir nada con un Papa. Sólo se acomodan al gobierno de hombres en la Iglesia. Y en la Iglesia no gobierna el hombre, sino Cristo.

Cuando en el reinado de un Papa legítimo se producen cartas, decretos, encíclicas, etc., que van en contra de la Fe, entonces eso no viene del Papa, sino de los Obispos, Cardenales, que imponen su voluntad en la Iglesia por encima del Papa. Es lo que ha sucedido desde Pablo VI hasta Benedicto XVI. Nadie ha discernido la acción del demonio en torno al Papa. Nadie la ve. Y todos terminan por acusar al Papa de todos esos males.

Y llega uno, puesto por los hombres, y como habla como los otros, como dice lo que los otros dicen, entonces todos le acogen. Y Francisco habla lo que él ha hecho en la Iglesia en contra de los Papas legítimos. Francisco se ha dedicado a tumbar las enseñanzas de los Papas legítimos mientras era Cardenal. Francisco se ha dedicado a desobedecer a los Papas legítimos.

Francisco, con los suyos, es el que ha derribado al Papa Benedicto XVI; y se ha subido al podio de su ignorancia para enseñar la doctrina de su mente humana, que es su pecado que le lleva al infierno de cabeza.

Pocos hay que se opongan, de verdad, a Francisco y a todo su gobierno horizontal. ¡Muy pocos! Y estamos llegando a la mitad de la semana, que significa que se acaba la Eucaristía, que es necesario salir de Roma porque ya no da la Iglesia de Cristo, ya no representa a Cristo.

Ni Francisco ni su gobierno horizontal, ni aquellos sacerdotes, Obispos, Cardenales, fieles que apoyen a Francisco, son de la Iglesia Católica. Ellos no representan a la Iglesia Católica, sino a su iglesia, a su invento de iglesia.

El cisma se está haciendo, cada día, más manifiesto. Se ve con mayor claridad. Por supuesto, para los idiotas que siguen a ese idiota, todo marcha viento en popa: no hay problema en la Iglesia. Pero, para las almas que viven la vida del Espíritu, empiezan a notar la persecución desde el interior de la Iglesia.

La gente se está haciendo fuerte en la mentira. Y comienza a luchar por una mentira, por una idea humana, por las ideas comunistas que Francisco lanza en la Iglesia. Y eso es perseguir la Verdad y a aquellos que viven la Verdad en la Iglesia Católica.

No se hagan ilusiones con Francisco: él abrió la puerta del infierno en la Iglesia. Él ha sentado en la Silla de Pedro a Lucifer. Él ha querido que los demonios tengan parte en su nueva iglesia. Y, por eso, él batalla contra la Verdad en la Iglesia; anula la Tradición para poner sus tradiciones, sus costumbres, sus deseos sociales, culturales, políticos, económicos. Francisco ha vendido su alma al demonio por un puñado de popularidad entre los hombres.


1 comentario

  1. Verónica dice:

    En “Confidencias de Jesús a Ottavio Michelini ” , Jesús dice lo sig. sobre la Confesión, y esto está en perfecta sintonía con lo que se explica tambien aquí en Lumen Mariae:
    Todo sacerdote debe ser juez recto, justo e imparcial. Este poder no es de ellos sino de Mí, Eterno Juez.
    Muchísimos ejercitan este poder como si fuese de ellos; administran este poder sobrenatural con una facilidad e inconsciencia que hace estremecer a quien tiene un poquito de sensibilidad espiritual.
    Se ayuda a los penitentes a encontrar todas las justificaciones posibles a sus pecados, concluyendo que la misericordia de Dios es grande.

    Confesiones sacrílegas

    La Misericordia de Dios no es solo grande sino que es infinita, pero esto no autoriza a ninguno a abusar de ella en un modo tan vergonzoso.
    Es importante, hijo, y por eso te repito esta cosa: “¡No os volváis de administradores de la justicia divina, en cómplices del demonio, de instrumentos de salvación, en instru­mentos de perdición!”.
    De Dios no se puede uno reír impunemente. Las palabras con las que Yo he instituido este medio de salvación, son de una claridad inequívoca: Perdonar o retener los pecados.
    No puede haber Confesión válida sin arrepentimiento sincero, no puede haber arrepentimiento sincero sin un serio y eficaz propósito de no querer pecar más.
    Muchas Confesiones son nulas. Muchas son dos veces sacrílegas. Quien se confiesa sin tener las disposiciones requeridas y quien absuelve sin cerciorarse que las requeridas disposiciones existan, profana el sacramento y comete un sacrilegio.
    Envilece este prodigioso medio de salvación, transmutarlo en medio de perdición, aquel sacerdote que se hace cómplice del malvado designio de Satanás. No busca a Dios ni el bien de las almas, sino se busca a sí mismo y es en verdad terrible anteponer a sí mismo a Dios.
    —Entonces Señor…
    Sí, hijo mío, no estúpido rigor, sino rectitud y justicia.

    ¿Porqué habría dicho a los Apóstoles y a sus sucesores: “Andad, y a todos aquellos a quienes perdonareis los pecados les serán perdonados y a quienes se los retuviereis les serán retenidos?” Es evidente que con estas palabras se les pide un serio y equilibrado juicio que no admite compromisos con ninguno, ni con la propia conciencia, ni con el penitente y mucho menos Conmigo.

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