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Francisco y Tony Palmer: la unidad en la mentira

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Resulta preocupante que un Obispo de la Iglesia Católica pase su tiempo mandando mensajitos a personas que no creen en Cristo ni en la Obra de Cristo, que es la Iglesia Católico.

Las palabras de Francisco deben llenar de inteligencia divina a las almas que están viendo todo lo que sucede en la Iglesia.

Francisco da su mensaje porque así se ha comportado con los hombres, con los protestantes, con los judíos, con todas las personas que no tienen fe, durante toda su vida. Para él, esto no es nuevo. Es su pan cotidiano. De esta manera, él vive su vida como sacerdote y como jefe de una Iglesia, que no es la suya, que no pertenece a Ella por su pecado.

Pero estas verdades no interesan, hoy día, a la gente, sino que las personas están más atentas al lenguaje humano de Francisco que a su vida espiritual. Y se engañan cuando escuchan palabras bellas, llenas de ternura, llenas de amor, pero que las dice un hombre sin fe en Cristo ni fe en la Iglesia.

El lenguaje del corazón que usa Francisco es un lenguaje sin verdad, sin apoyarse en la Verdad del Evangelio. Y, por tanto, es un lenguaje del hombre para la mente del hombre, para el sentimiento del hombre; pero no es un lenguaje que penetre el corazón del hombre.

Al hombre le gusta este lenguaje, porque viven en la idea, en la palabra, en la razón, en los ideales humanos. Pero, una vez que se acaba el sentimiento, el corazón empieza a experimentar un vacío, porque se llenó de nada, de vacío; se quedó sin alimento. Se alimentó la mente o el sentimiento del hombre, pero no encontró una verdad; una eterna, permanente, inmutable verdad.

Francisco siempre es lo mismo cuando habla: sentimiento humano. Él predica la revolución de la ternura, es decir, la herejía del sentimiento humano.

Tienes que sentir la vida para amar al otro. Tienes que hacerle sentir bien. Tienes que agradarle con una sonrisa, con un bello pensamiento, con algo que el otro se dé cuenta de que estás pendiente de él.

Y, por eso, Francisco cae en su error, que es un error que nace de su herejía: ama al otro porque es tu hermano, porque es hombre, como tú lo eres, porque pasa necesidades, como tú las pasas.

Ya no es capaz, Francisco, de amar al otro en la verdad; porque quiere sentir el amor; quiere experimentar el amor; quiere que el otro se dé cuenta de que se le ama. Francisco no sabe dar la Voluntad de Dios al otro porque sólo mira su mente humana; sólo busca la idea humana que llegue al otro, que ponga contento al otro, que dé una satisfacción al otro.

Y, por eso, Francisco pone el amor al prójimo por encima del amor a Dios.

Es más importante fijarse en el otro, en su vida humana, en sus problemas, en sus proyectos, en sus necesidades, que poner los ojos en Dios.

Francisco no puede elevar su mente a Dios porque está todo el día dando vueltas a lo que hay en su cabeza. No sabe salir de sus pensamientos. Y, por eso, es necesario que anule el pecado, y que conciba el pecado como algo común, social, de todos, que viene por la confluencia de los diversos entendimientos humanos.

Todos los hombres quieren vivir su vida según lo que encuentran en sus mentes, según sus capacidades intelectuales, según la evolución de sus filosofías, de sus normas de vida. Y, entonces, por necesidad, los hombres chocan unos con otros en sus pensamientos.

Todos los hombres son soberbios. Pero esto no lo dice Francisco.

Para Francisco, cada hombre vive bien su vida; porque cada hombre tiene una inteligencia y, de acuerdo a esa inteligencia, obra en su vida. Y, por eso, para Francisco hay que respetar el pensamiento de cada hombre; hay que ser tolerantes con los demás, porque no todos pueden llegar a un entendimiento perfecto, en donde no se den errores comunes, sociales, etc.

Por eso, Francisco tiene que poner la fraternidad por encima de Dios, como lo más importante en la vida. La unión fraterna entre los hombres, el abrazo entre los hombres, estar con los hombres, mirar a los hombres, obrar como los hombres hacen.

Francisco y el amor sin verdad a los hombres. Francisco cree en una moral, pero no en la que viene de Dios; Francisco cree en una ética, pero no la que se encuentra escrita en cada corazón. Francisco quiere tratar a todos los hombres por igual, y cae en una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Si Dios no trató por igual ni al ángel caído ni a Adán, sino que les puso, a cada uno, un camino de Justicia, entonces no se pueden tratar a los hombres de forma igualitaria.

La igualdad en el amor no existe. Porque el amor es algo divino, no humano. Y Dios, ni siquiera cuando crea a un hombre, a un ángel, crea dos iguales. Cada alma, cada espíritu es diferente. Tiene dones, carismas, gracias, que le ponen un camino particular a cada alma.

Y en la vida de los hombres, cada hombre tiene que seguir el camino que Dios le ponga. Y, por eso, no vale buscar igualdades en lo humano o en lo político o en lo económico, porque es imposible que se puedan dar; y menos en el estado de pecado original como nacen todos los hombres.

Francisco, al buscar la fraternidad, lo hace en un pecado contra el Espíritu: no tiene fe en Dios; no cree en el Espíritu de Dios, sino que sólo cree en su concepto de Dios. Por eso, él tiene que decir que no existe un Dios católico. Y la consecuencia: tiene que buscar a los no católicos para obrar su fraternidad; porque entre los católicos, él sabe que no puede.

En este mensaje de Francisco se observan dos cosas:

1. Su falta de fe en la Iglesia;

2. Su amor a la mentira.

1. Para solucionar el ecumenismo, la Iglesia no tiene que ofrecer nada a los demás; sino que son ellos, los que están en pecado, en sus errores, en sus herejías, en sus cismas, los que tienen que volver a la Iglesia. Si ellos no se preocupan por volver, la Iglesia no tiene que perder el tiempo con nadie, porque tiene su propio camino en el mundo.

2. Desde el comienzo del mensaje, Francisco habla con la mentira en su boca. Y no la deja hasta el final. No hay una frase llena de verdad. Francisco no dice una Verdad, sino muchas medias verdades entre grandes mentiras.

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1 comentario

  1. Verónica dice:

    Vi todo lo que respecta al protestantismo tomar cada vez más poder, y la religión caer en decadencia completa. (AA.III.137)

    Había en Roma, incluso entre los prelados, muchas personas de sentimientos poco católicos que trabajaban para el éxito de este asunto (la fusión de las iglesias).

    Vi también en Alemania a eclesiásticos mundanos y protestantes iluminados manifestar deseos y formar un plan para la fusión de las confesiones religiosas y para la supresión de la autoridad papal. (AA.III.179)

    ¡… y este plan tenía, en Roma misma, a sus promotores entre los prelados! (AA.III.179)

    Ellos construían una gran iglesia, extraña y extravagante; todo el mundo tenía que entrar en ella para unirse y poseer allí los mismos derechos; evangélicos, católicos, sectas de todo tipo: lo que debía ser una verdadera comunión de los profanos donde no habría más que un pastor y un rebaño. Tenía que haber también un Papa pero que no poseyera nada y fuera asalariado. Todo estaba preparado de antemano y muchas cosas estaban ya hechas: pero en el lugar del altar, no había más que desolación y abominación. (AA.III.188) Catalina Emmerich ya había anticipado el preocupante poderío protestante dentro de la Iglesia Católica hacia el final de los tiempos, esto tiene mucha relación con la patética “nostalgia Bergogliana “que invita a abrazar a orar en unidad con herejes. Ella dice: “todo estaba preparado de antemano”.

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