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En la Iglesia sólo hay hombres, pero no imitadores de Cristo

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En la Iglesia Católica se vive la mentira sin posibilidad de un camino hacia la Verdad.

La Jerarquía, atada a una estructura de ideas, social, política, económica, humana, material, ha dejado de seguir al Espíritu de la Iglesia.
Hay muy pocos sacerdotes, Obispos, que sean humildes de corazón; son, la mayoría de ellos, grandes soberbios, persona orgullosas, que han hecho de sus pecados la vida en la Iglesia.

La Iglesia tiene que mirar a Cristo: ésa es su referencia. Pero, ahora, todos miran a uno que no es Papa, llamado con el nombre de Francisco, ultrajando el nombre de san Francisco y ofendiendo Su Espíritu.

San Francisco de Asís vino para reparar la Iglesia de Jesús, vino para expiar los pecados de las almas en la Iglesia de Jesús, vino para unirse a las llagas de Cristo en la Iglesia de Jesús.

Y ¿qué hace el Falsificador Francisco, el que ha manchado el nombre de Francisco? Ha tomado la pobreza de Cristo como su negocio comunista en la Iglesia. Ha vendido a Cristo por el amor a sus pobres, por un puñado de fama y de propaganda entre los hombres, en el mundo, en el interior del Vaticano.

San Francisco se hizo pequeño ante sus hermanos; no quiso ningún poder entre sus manos. Y Francisco se ha subido al podio de la popularidad y va caminando en el mundo para recibir el aplauso de tanta gente que sólo mira a la Iglesia como un bien humano, un bien social, un bien político, un bien económico, un bien para el propio bolsillo.

La Jerarquía de la Iglesia pone su referencia en Francisco, no en Cristo. Éste es el más grave error de toda la Jerarquía.

Y ¿por qué se cae en este error moral? ¿Por qué pecan los sacerdotes y los Obispos que dan su obediencia a Francisco? ¿Por qué no hay que seguir a ningún sacerdote, a ningún Obispo, a ningún Cardenal, que obligue obedecer a Francisco?

Porque Francisco no es el sucesor de Pedro, no es el Papa. Es el Papa Benedicto XVI el sucesor de Pedro. Su renuncia ha obligado al Espíritu Santo a retirarse de todas las estructuras de la Iglesia. ¡De todas! ¿Qué significa eso? No hay Arquidiócesis en la tierra que tenga Espíritu. Todas han quedado en poder de los hombres, de sus mentes, de sus obras, de sus vidas humanas.

Esto, por supuesto, no se lo creen en Roma. Esto nadie se lo cree. Pero es la única Verdad. El pecado de Benedicto XVI es un pecado contra el Espíritu. Es un pecado de un Papa, no sólo de un hombre. Un Obispo con una misión específica en la Iglesia: ser el sucesor de Pedro; ser Papa hasta la muerte. Y no llegó hasta el final de esa misión.

Y no se quiera coger el atajo fácil de que un Papa puede renunciar. Ése pensamiento es la comodidad de muchos. Ese pensamiento no es divino cuando se ha visto claramente que nadie ha luchado para que el Papa no renuncie. Nadie se ha levantado para hacer que el Papa vuelva a ser Pedro. A nadie le ha importado lo que el Papa ha hecho. Y eso es un claro signo de que no es un pensamiento de Dios, sino del demonio.

Las cosas divinas dan al alma celo por la Verdad, inquietud por saber la raíz de la Verdad, ansia por conocer la verdad de los acontecimientos de la vida. Pero cuando se ven estas realidades como algo rutinario, entonces es que Dios no sopla, que las almas están dormidas en el sueño de su bien humano y no saben ver lo divino, lo santo, lo sagrado, lo único que importa en la vida: el amor a la verdad. ¡Nadie puede renunciar al don de Dios para su vida y quedarse tan tranquilo! ¡Y quedarse como si no pasará nada! ¡Toda la Iglesia ha renunciado a Su Papa porque nadie ha luchado para tener el Papa que el Señor ha puesto! ¡La Iglesia ha renunciado a la Verdad en el Papa Benedicto XVI! ¡La Iglesia ya no ama la Verdad, que es Cristo!

¿Qué verdad hay en Francisco como Papa? Ninguna. No habla como un Papa, no enseña como un Papa, no gobierna como un Papa, no vive como un Papa, no obra como un Papa. Es sólo un hombre mundano, carnal, demoniáco.

Y ¿qué hay entonces en Francisco? Lo que los hombres quieren ver. Los hombres quieren una Iglesia en la calle. Eso se lo da Francisco: la ruta del comunismo. Los hombres quieren estar con la realidad social. Eso se lo enseña Francisco: su doctrina comunista, su evangelio de la fraternidad, los bienes sociales y culturales en la Iglesia. Los hombres quieren ilusionarse con una primavera de gozo y esperanza. Eso le gusta a Francisco predicar todos los días: su cultura del encuentro, su estadía en las estructuras del mundo, su amor al mundo y a Su Príncipe, el demonio. Los hombres quieren responder a los problemas sin la verdad, sin la moral, sin la ley natural. Ese es el camino que Francisco les ofrece: ama a los hombres porque son buenos hombres; su amor humano que pone por encima del amor a Cristo.

¡Qué gran error seguir a Francisco! ¡Y muy pocos lo ven como error! ¡Pocos entre la Jerarquía! ¡Poquísimos entre los fieles!

Muchos, en la Iglesia, han hecho su partidismo, su política: siguen a un Papa porque da un ejemplo de bondad humana, de bien social, de apertura a las cosas del mundo. Siguen a un Papa porque es un buen hombre. Pero nadie sigue a un Papa porque es el Papa.

Y, entonces, viene Francisco, con una sonrisa de oreja a oreja, con una besadera de niños, con un llamar por teléfono todo el mundo, y entonces, Francisco es un superpapa. ¿La razón? Su bien humano. Y nadie discierne la verdad de lo que hay detrás de esa sonrisa, de esos besos, de ese estar en las redes sociales, de ese querer agradar a todo el mundo. ¡A todos se les ha caído la baba con Francisco! ¡A todos! Señal de que en la Iglesia sólo hay hombres, pero no imitadores de Cristo. ¡Son gente buena, apta para las llamas del infierno! Son los buenos, los que se creen buenos, los primeros candidatos para los primeros puestos en el infierno. Al cielo va sólo el que mira todo el día su pecado, su maldad, su negrura de alma, no el que se mira al espejo de su humanidad.

La Jerarquía de la Iglesia se ha vuelto como los profetas de Baal: todos dicen la misma cosa. ¡Francisco es el mejor! Todos apoyan a Francisco. ¡Es la moda! ¡Es el partidismo! Ahora, es necesario tomar partido por Francisco. Ahora, se necesita la opción de los pobres en la Iglesia. Ahora, es urgente que se abran filas al modernismo que la Iglesia ya no combate, porque se ha hecho supermoderna: tiene su gobierno horizontal y su consejo económico, como las grandes potencias del mundo. Dentro de poco, aparecerá en la Bolsa como una opción más para ser competitiva en la economía del mundo.

Estamos ante una Jerarquía que se ha olvidado, por completo, de Cristo, que ya no dice cosas diferentes a lo que se oye en el mundo. Esta Jerarquía tiene a Cristo en sus bocazas, que son muy grandes para decir todo tipo de herejías y mezclarlas con palabras de santidad. En eso se han hecho expertos muchos sacerdotes y Obispos. Es el alimento que dan cada día a su rebaño. Los engordan para el infierno. Los hacen caminar por las sendas de lo humano y de lo material. Hacen de la oración un encuentro social, en la que todos dan culto a sus dioses, y ninguno al verdadero Dios.

Ha comenzado ya la ruina en toda la Iglesia. La Iglesia se cae a pedazos. Y nadie puede reparar ese destrozo. Ya no hay almas víctimas, que sepan lo que significa sufrir con Cristo y morir con Él.

La Cruz de Cristo es la salvación de la Iglesia. La Iglesia nace cuando muere el hombre. La Iglesia vive cuando muere el pensamiento del hombre. La Iglesia obra cuando muere la obra del hombre.

Mientras el hombre siga en pie en la Iglesia, la Iglesia está muerta; la Iglesia es un nido de avispas, porque los hombres viven en Ella clavando el aguijón de sus pecados en el Corazón de Cristo.

Se renueva, cada día, la muerte de Cristo en la Jerarquía. ¡Cuántos sacerdotes, cuántos Obispos, crucifican de nuevo a Cristo! Y no por sus pecados personales, sino por sus pecados contra Cristo, contra Su Obra, la Iglesia; pecados contra la Verdad, contra la norma de moralidad.

Para ser Iglesia, ahora, hay que vivir sin mirar a Roma, sin hacer caso a ninguna Jerarquía. Viviendo la Verdad, que es Cristo, en el corazón; y preparando el alma para lo que viene. Y es algo tan grande, que los tiempos van a cambiar para todos.

La Pascua ya no será Pascua, sino el inicio de un giro en la Iglesia: un giro hacia la destrucción de toda verdad en la Iglesia.

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