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El matrimonio es para un fin divino con una intención divina

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La esencia del comunismo es: cada uno es igual en lo material (finanzas, trabajo); la persona no es más alta ni más baja en lo social; no hay ricos ni pobres; todos piensan lo mismo; todos tienen un mismo credo; todos trabajan para una misma cosa. Todos forman una comunidad regida, controlada, por un dictador.

En esa comunidad se tiene un banco central y se reparte a cada uno de acuerdo a su habilidad y a su necesidad. El dictador es el que mide la habilidad y la necesidad de cada uno. Nadie puede imponer su necesidad en la comunidad, porque se rige por el bien común, no por los bienes privados de cada uno.

Esto es lo que se quiere meter en la Iglesia con la teología de los pobres, que es sólo comunismo, marxismo, ideado en la masonería.

Hay que hacer una iglesia que sea una comunidad de hombres, en la que todos estén por igual. Por tanto, hay que anular el Papado y la Jerarquía. Estas dos cosas es necesario que desaparezcan, porque no producen esa igualdad entre los hombres, sino un orden, un principio, una escala de valores, de dignidades, de inteligencias, de status social.

Una vez que se anule la Jerarquía, es necesario anular todos los Sacramentos; porque los Sacramentos hacen diferencia entre los hombres: unos pueden recibirlo, otros no; para unos el Sacramento es necesario para salvarse; para otros no tienen esa necesidad. No es igual el sacramento para un matrimonio que el de un consagrado. Y todos tienen que ir a la par.

Si se anula los Sacramentos, hay que anular la Gracia y el Espíritu. Por tanto, el pecado es un valor en esa comunidad; un camino, una vida, una verdad que todos tienen que acoger, todos tienen que seguir, todos tienen que obedecer y vivir en el pecado. Quien no viva en el pecado no puede hacer comunidad, porque ya se está diferenciando de los demás.

Si se quita la Gracia y toda la vida espiritual, entonces sólo queda un objetivo: la vida material, humana, natural, carnal. Y esa comunidad vive para ese objetivo: el bien humano, el bien natural, el bien material, el bien de la pareja, el bien de cada hombre, el bien de cada naturaleza. No puede darse el bien divino, el bien espiritual, porque eso imprime una diferencia de clases, un estilo de vivir y de obrar que se aleja de la comunidad.

Hay que tener sólo un ideal: Dios es Amor, Dios es Bondad. Y hay que ser fiel a ese ideal. Porque Dios nos ama, tenemos que amarnos unos a otros sin condenar al otro, sin decirle que va por mal camino, sin aplicar una norma de moralidad, sin buscar una ley divina o natural. Hay que decirle al otro que Dios lo ama y que siga adelante con su vida; que sus problemas Dios los resuelve porque es bueno, porque es amor. Hay que ser fieles a ese ideal.

Una vez que se tiene este ideal, entonces hay que poner una obra en la que todos trabajen. Y se gana dinero por ese trabajo. Como todo consiste en decirle al otro que Dios es bueno, entonces hagamos la vida de los demás confortable, que los demás estén a gusto en la comunidad, que vean cosas agradables, que nadie quiera imponer su voluntad, su pensamiento al otro; hay que ser misericordiosos en todo tiempo con los demás, porque todos caemos, todos tenemos faltas. Hay que ser tolerantes, pacientes, y esto hasta el infinito, porque Dios es bueno, Dios es amor.

Y ¿cómo hacer agradable la vida de los demás? Hay que resolverles sus problemas. Si tienen hambre, hay que quitársela; si no tienen un vestido, hay que dárselo; si quieren poseer bienes materiales, hay que ofrecérselos…. Hay que resolver los problemas materiales, humanos, naturales, carnales, de la comunidad. Y quien trabaje más por esto, entonces gana más puntos y es merecedor de más bienes.

¿Dónde queda la Verdad? Ya no existe. Hay que lavar la cara a la Verdad en la Iglesia y, por tanto, hay que mostrar otra ley evangélica, otros sacramentos, otra doctrina de acuerdo a ese ideal de la comunidad.

El comunismo no es de ahora, sino que viene de hace muchos siglos, porque la idea comunista es la propia del hombre, la que tiene todo hombre para vivir: hacer una comunidad. Y cada hombre quiere eso. La familia es una comunidad, la sociedad es una comunidad, el trabajo es una comunidad. Dios es una comunidad.

Pero el problema está siempre en el pecado del hombre. Hay que hacer un común, pero sin pecado.

El comunismo es hacer un común, pero en el pecado. Ésa es su falla más grande. Y esa es la raíz de todo el mal que trae el comunismo. La teología de los pobres es darle de comer a los pobres usando el pecado. Eso es todo en esa teología. Y es necesario que sea así, porque no se obliga a salir del pecado a la persona si quiere comer. Se le da de comer esté o no esté en pecado. El pecado no importa.

El gran fallo del comunismo es sólo esto: no tiene ley divina, ni por tanto, natural, para obrar el bien entre los hombres. Se obra el bien porque son hombres. Y sólo por eso. Como están sufriendo, entonces hay hacerles un bien. Y eso es mostrar que Dios ama a los hombres.

Este fallo del comunismo no es apreciado por aquellos que siguen el comunismo o la teología de los pobres, porque han anulado el pecado. El pecado es sólo un conjunto de males necesarios, que todos tienen que vivir en sus vidas. Y no más. Por tanto, hay que dedicarse a resolver problemas entre los hombres, a cambiar estructuras para que todo funcione como el comunista quiere.

Es lo que se está realizando en la Iglesia. Hay que cambiar las estructuras, hay que cambiar las mentalidades, hay que renovar la doctrina de la Iglesia. Y llevan 50 años haciendo esto en lo escondido, preparando el terreno, porque la Iglesia se fundamenta en una Verdad Absoluta. Y hay que cargarse esta Verdad poco a poco, metiendo ideas tras ideas para confundir a todo el mundo. Es la idea del hombre que quiere ponerse por encima de la Verdad Absoluta y quiere encontrar un camino para que su idea prevalezca sobre la Verdad Absoluta.

¿Qué se está haciendo con la comunión entre los divorciados? Buscar esa brillante idea que dé solución a lo que no se puede. Porque se olvida de que hay un pecado. La solución: que cada uno quite su pecado y, entonces, se encuentra el camino. Pero esto es lo que se echa a un lado, lo que no se toma en cuenta.

Porque existe una Verdad: o estás casado o no estás casado. O hay un matrimonio válido o no lo hay.

Si estás casado y eso no funciona, entonces no escojas el camino del pecado para resolver esa situación, que es lo que mucha gente hace y se mete en un gran problema: encuentra a otra persona con la que sí funciona, pero en el pecado. ¡Éste es el problema! Esa nueva unión funciona, pero en el pecado. Y, para resolver eso, no se puede anular el pecado, que es lo que se intenta hacer.

Es la Iglesia la que tiene que decidir si un matrimonio es válido o no es válido ante Dios. No es la pareja la que decide eso. No es la conciencia de cada uno. Y, por eso, aquel que se casa y ve que no funciona ese matrimonio, tiene que ir a la Iglesia para que resuelva esa situación. Y hasta que la Iglesia no resuelva, no puede buscar otra pareja. Este es el punto que la gente no hace. Y, claro, se mete en otros líos, y después quiere que todo se soluciones tan fácilmente.

El gran problema está, entonces, en la Iglesia, que tiene aparcados miles de casos de matrimonios que no funcionan y que no resuelve sólo por una cosa: las personas que se dedican a eso no tienen Espíritu. Si lo tuvieran, enseguida verían si ese matrimonio es válido o no ante Dios. Pero como no tienen vida espiritual, entonces hacen un negocio de todo eso. Y hay matrimonios que no se resuelven porque no hay dinero, porque se exige mucho dinero para eso.

Esta verdad es la que no se dice y, por eso, se quiere inventar una razón para que los divorciados comulguen en sus pecados.

Y hay personas que ven su pecado en su nueva unión, que ven que esa nueva unión Dios la quiere; pero no pueden obrar por culpa de la Iglesia, porque la Iglesia no resuelve. Se ha hecho materialista; vive para ganar dinero; vive de un negocio, pero no del Espíritu.

Para que un matrimonio sea válido es necesario que los dos quieran una cosa: darse el sí para una obra divina. Si esto no lo tienen claro, si esta intención no está clara, entonces no es válido ese matrimonio.

El matrimonio, como Sacramento, no es un contrato jurídico ni humano, ni natural, ni material, ni social. Es un sí espiritual que los dos deben dar a Cristo. Es un sí para una obra en la Iglesia de Cristo. Es un sí para salvarse y santificarse en la Iglesia. Y, por tanto, es un sí que debe apoyarse en la Fe en Cristo. No puede apoyarse en una fe humana, en un razonamiento humano, en una posición humana, social, política, económica.

Muchos se casan por este Sacramento por un motivo meramente humano, material, carnal, etc., pero el sí que se dan es sólo el sí a lo humano, a una vida humana, a una vida material, y no más. No está la intención de casarse para una salvación y para una santificación del alma. Es decir, muchos se casan sin fe en lo que es el matrimonio como Sacramento. Se casan en su pensamiento, en su idea de lo que es un matrimonio, pero no ven la gracia del Matrimonio, lo sagrado del matrimonio, el fin para el cual el Señor ha puesto el matrimonio en la Iglesia, lo divino del matrimonio.

Ese sí humano que se dan es porque no tienen los dos una fe verdadera ni en Cristo ni en Su Iglesia.

Un matrimonio sólo basado en una fe humana, en un sí humano, en un sí sentimental, afectivo, carnal, material, político, económico, social, no hace válido el matrimonio.

Lo que valida un sacramento no son las palabras humanas, sino la intención con que se pronuncian esas palabras. Y muchos mienten diciendo sí a la otra persona, con su boca, pero en su intención es un no. No se casan para una obra divina, que nace de una fe divina, sino que se casan por un motivo humano, propio de su fe humana, de su visión humana de la Iglesia, de la vida espiritual, de las cosas divinas.

Es muy importante investigar la intención de cada cónyuge a la hora de validar o no un matrimonio que no funciona. ¿Qué intención tuvieron al casarse? Porque aquí está la solución a muchos problemas en los matrimonios que no funcionan.

Y cada persona, si es sincera consigo misma, sabe su intención, el motivo real de su casamiento, de su sí a la otra persona. Y hay que educar a los novios a esta intención recta. Hay que enseñar a los novios cómo conseguir una intención recta en el matrimonio para que, después, el matrimonio sea válido.

Muchos viven sus vidas en la Iglesia, en la vida espiritual, de forma humana, natural, cargados de una intención humana; es decir, hacen las cosas de la Iglesia, de la vida espiritual, con un fin humano, natural, propio de los hombres. Lo hacen sin fe; con un conocimiento de libro, de catecismo, sobre la Iglesia, sobre Dios, sobre los Sacramentos; pero es sólo una inteligencia que tienen pero que no la ponen en práctica. Se saben la lección, pero viven otra cosa. Viven su estilo humano de vivir, de obrar, de pensar, de decidir en la vida, de sentir en la vida. Y ese estilo humano va en contra de la fe divina, que les exige vivir para un objetivo divino, no humano.

Hay mucha gente que se casa sin fe divina, sólo con su fe humana. Conocen muchas cosas de la Iglesia, pero viven lo espiritual con sus miras humanas. Y, entonces, no es válido el matrimonio, porque no hay recta intención.

La intención en el sacramento del matrimonio tiene que ser divina, no humana: la persona se casa porque se lo pide Dios y para una obra que Dios le pide. Ésta es la intención divina. Por eso, es necesario formar a las parejas para que busquen esta intención y no se queden en la intención humana: se casan porque se gustan y para algo humano. Entonces, no se casan. No es válido un matrimonio con una intención sólo humana de la vida. Es necesario la intención divina y, por tanto, es necesario la fe divina en ambos. Porque el matrimonio es ya un Sacramento. Antes de Cristo, Dios no pedía esta intención divina a los hombres y a las mujeres. Los matrimonios que se formaban era con intención humana, no divina. Pero al ser el matrimonio un Sacramento, para validar ese matrimonio, Dios exige la intención divina en ambos.

Por eso, no hay que tener prisa en casarse con otra persona, hasta que no se conozca si realmente esa persona tiene una intención divina en el matrimonio.

Como las almas, hoy día, no viven la fe divina, sino que están en la Iglesia con su fe humana, después tienen prisa para solucionar sus problemas en el matrimonio por caminos equivocados.

Y como la Iglesia carece de Espíritu, tampoco sabe ser camino para estos matrimonios, y entonces todo el mundo quiere lo de Kasper: anulemos el pecado para que así los divorciados puedan comulgar. Todo consiste en llorar un poco por esos casos límites en que hay que aplicar la misericordia sin la justicia, que es lo que se pretende hacer. Y se recurren a argumentos extraños, buscando en los orígenes de la Iglesia la solución a lo que es fácil si se ve la verdad del matrimonio.

La verdad del matrimonio es que está roto por el pecado. Y si los dos no viven en gracia, ese matrimonio seguirá roto. Si los dos no tienen vida espiritual, vida auténtica de fe, el matrimonio seguirá roto. Si los dos viven en sus pecados, el matrimonio seguirá roto.

Es esto lo que se niega: que el matrimonio esté roto. Lo niega Francisco: el pecado original no rompió el matrimonio. Esta postura protestante de Francisco y de Kasper, producen que todo el mundo esté preocupado por una sola cosa: busquemos una idea magnífica para anular el pecado y así los divorciados puedan comulgar.

Kasper es un hereje, que no cree en nada, que ha hecho una teología protestante. Él anula con su teología la doctrina de Cristo y la misma Iglesia. Kasper no tiene la fe católica. Es un protestante más, es un comunista más, es un socialista más, que busca, como todos, estar en la Iglesia con sus malditos pecados porque aman sus malditos pecados. Y se pasan su vida sacerdotal buscando una idea para encumbrar, para excusar, para justificar sus malditos pecados. Y Kasper es alabado por Francisco: son de la misma rama; son para un mismo lugar; son tal para cual: dos necios que se besan para darse el abrazo de su estupidez y decirse a sí mismos lo bueno que son para todo el mundo.

Lo que viene ahora es el comunismo en la Iglesia: hagamos un común, gobernados por un dictador, y seamos todos felices porque Dios nos ama a todos.

Y, en ese comunismo, el dictador el que se siente en la Silla de Pedro. Ése será el que tenga en su bolsillo el dinero del Banco Vaticano y lo administre en su pecado, en su injusticia, en su mala vida. Y, entonces, la Iglesia degenerará en la más completa ruina, porque como no es un negocio para el mundo, los que quieran regir ese negocio la llevarán a su quiebra económica.

Una iglesia que sólo se centra en los problemas de los hombres es una iglesia sin la verdad, sin la ley de Dios, sin la norma de moralidad. Es una iglesia sin Cristo porque echa a Cristo de su misma casa.

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2 comentarios

  1. natalia dice:

    ¿El matrimonio sólo es válido en el caso de que los cónyuges sean conscientes de que con este sacramento quieren cooperar con el plan divino y que lo hacen para santificarse, y si sólo lo reciben porque quieren estar juntos no es válido? Si fuera así, entonces la gran mayoría de los matrimonios serían inválidos, y en el caso de fracasar, la Iglesia les permitiría una certificación de “invalidez” y ya pueden luego buscar a alguien nuevo para casarse? Disiento totalmente. Y quien protege a los hijos fruto de ese supuesto “matrimonio inválido”? El matrimonio al ser sacramento es sagrado y está Dios en medio de los cónyuges. No son dos,son tres porque están unidos a Cristo. Mientras no haya motivos reales de anulación (obligación con amenaza de muerta a alguno de los cónyuges, por ejemplo), el matrimonio es real y no se puede “buscar novio/a” para empezar de nuevo cuando el primer matrimonio fracasó. Sí es cierto que no es del todo completa la preparación de las parejas al matrimonio, pero tampoco pensemos que la mayoría de los matrimonios son inválidos. Protección a los hijos, que son los más perjudicados cuando los padres se separan o divorcian, por favor!!!!

    • josephmaryam dice:

      No ha comprendido la intención divina en el Sacramento del matrimonio. Intención divina significa una Voluntad de Dios que el alma acoge en su corazón y la obra en su vida. Para conocer la intención divina hay que poseer la fe divina. Por eso, ya en el matrimonio, ya en el sacerdocio, ya en el bautismo, ya en cualquier sacramento, si no hay fe divina, sólo queda un óbice a la Gracia, que impide que la gracia del Sacramento se obre. Y externamente están casados por la Iglesia, externamente están bautizados, externamente se ejerce como sacerdote, pero existe el óbice en el alma por la falta de fe.
      Tiene que discernir entre fe humana y fe divina. Dios exige, para estar en su Iglesia, la fe divina. Por tanto, exige una vida espiritual de profunda oración de auténtica penitencia interior y exterior. Si el alma no trabaja en esto en su vida espiritual, recibe los Sacramentos si fe. Y hasta que no consiga tener esa fe divina, que es un don de Dios que el alma tiene que merecer, entonces queda el óbice en el alma.
      Por eso, no se apresure a entenedr la fe divina como un conjunto de conocimientos sobre Dios, como un ir a la Iglesia los domingos, o el de hacer un retiro al año u otra cosa que las almas se acomodan a hacer y, después, carecen de fe; tienen conocimientos sobre Dios, pero nada más: no viven para entender la Voluntad de Dios en sus vidas; no viven buscando el querer de Dios en sus vidas; viven de cualquier manera en sus matrimonios, en sus sacerdociso, en sus bautismos, y después quieren que Dios les proteja y les bendiga en sus vidas humanas.
      El Señor ha puesto la Gracia y Su Espíritu en Su Iglesia no como un adorno, sino para que las almas las usen. Y si no saben usar al gracia del Sacramrnteo del matrimonio, ¿para qué se casan? Dios no quiere matrimonios humanos, naturales, carnales, sentimentales. Dios quiere matrimonios divinos. Y para hacer un matrimonio divino hay que buscar la Voluntad de Dios desde el noviazgo. Si los novios no se dedican a esto -y en la práctica no lo hacen- entonces después no se quejen de que el matrimonio no funciona. No funciona porque no tienen fe divina. Fueron al matrimonio con una fe humana, que es obstáculo para la gracia del matrimonio. Y en el transcurso de ese matrimonio no buscaron la fe divina. Y nunca se da esa fe divina porque ni el hombre ni la mujer creen. Tienen una fe humana, cree a su manera humana, pero no obran la fe, no hacen la Voluntad de Dios en sus matrimonios. Y los dos tienen que aprender a hacer la Voluntad de Dios en un matrimonio si se casan por la Iglesia. Si no buscan eso, mejor que no se casen, porque los dos se condenan con sus vidas humanas, con sus obras humanas, con sus hijos que nace de su deseo humano, pero que Dios no les pide.
      El matrimonio por la Iglesia es algo muy serio y muy sagrado. No es cualquier cosa. Y para casarse por la Iglesia hay que buscar la pareja que viva de fe auténtica, no que viva su vida humana y, después hacen su matrimonios humanos, que no les sirve para salvarse ni para santificarse, sino para condenarse.
      Si no saben lo que es la Gracia del Sacraento del matrimonio, si no saben lo que es la intención divina en el matrimonio, ¿para qué se han casado? El matrimonio no es sólo para remediar la concupiscencia, sino para hacer una obra divina, para tener los hijos que Dios quiere, no para llenarse de hijos humanos, carnaless, naturales.
      Para que Dios esté en medio de los dos, es necesario la fe divina en los dos. No se da porque se casen sin màs. Dios exige la fe divina, una auténtica vida espiritual, no cualquier cosa en la vida espiritual. ¡Qué se creen que es vivir de fe? ¿Qué se creen que es tener fe? ¿Decir que porque han recibido un sacramento, ya Dios está en medio de los dos? No se equivoquen con las bellas palabras. La fe es una vida; la fe es una obra; la fe no es un sentimiento; la fe no es recibir un Sacramento; la fe no es un conjunto de conocimientos sobre el matrimonio o sobre la vida. La fe es seguir la moción divina en eso que se hace para obrar una obra divina en lo humano. Y para esto es necesario la vida espiritual. Pero no cualquier vida espiritual. Por eso, ¡cuántos matrimonios que no sirven para nada! ¡Cuántos sacerdotes que no sirven para nada!¡cuántos bautizados, confirmados, gente que comulga diariamente, y eso no sirve para nada! Porque falta la fe, la verdadera, la que hay que merecerla con una vida de cruz, de desprendimiento, de desapego a todo lo humano.
      Por eso, si el Señor no tuviera misericordia, a cuántas almas tendría que condenar por no sabe usar la gracia.
      Y los màs perjudicados no son los hijos, son los papas que no tiene ni idea de lo que es buscar la Voluntad de Dios en sus vidas. Dios no quiere hijos de matrimonios; Dios quiere alma humildes que sepan buscar los hijos que Él quiere y desea. Y, entonces, esos hijos no hay que protegerlos con el inútil sentimentalismo humano; porque ya los protege Dios al haber sido engendrados en Su Voluntad.
      Sepan lo que es la vida espiritual en un matrimonio. Sepan las exigencias de la gracia a los dos en el matrimonio. Sepan lo que es estar en la Iglesia y seguir el Espíritu de la Iglesia para hacer un matrimonio para la Iglesia, no para el hombre, no para el mundo. La gente se casa para la vida del mundo, pero no se casa para la vida de la Iglesia. Despuès van a la Iglesia a cumplir con nada, a decir que son muy buenas personas porque rezan y van a misa los domingos.
      Aprendan a tener vida espiritual, y a ver la vida con los ojos de Dios. Y, entonces, comprenderán lo que es la intención divina. Es la intención del mismo Dios, pero en el corazón de los dos. ¡Qué matrimonios tan inútiles hay en la Iglesia que sólo se contentan con sus vidas humanas y no saben poner la Voluntad de Dios en nada, no saben buscar un hijo en Dios, no saben educar a un hijo en Dios. Sólo lloran por sus vidas humanas y por los sentimientos de una vida humana vacia, sin el sentido divino de la vida.
      No se llenen de palabras bonitas sobre el matrimonio. Vivan sus matrimonios en el Espíritu. Y verán que no es fácil entender la intención divina en la vida. Es un aprendizaje de cada día, porque cada día el alma tiene que estar viva en la fe. En cuanto se acomoda un poco a su manera de pensar al vida, se acaba la vida de santidad que Dios quiere en el matrimonio.

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