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Francisco es enemigo de la Verdad

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“Una bendición que jamás ha sido quitada. ¡Ni siquiera el pecado original la ha destruido!” (Francisco, 28 de febrero 2014).

Esto es la doctrina de los protestantes sobre la Creación y la caída de Adán. En esa doctrina, el pecado no es una ofensa a Dios sino un conjunto de males que el hombre tiene que padecer de forma necesaria. Y, por eso, ellos predican que hay que pecar fuertemente, que es necesario pecar, y que Dios ya salva al hombre porque lo ama, porque lo ha creado bueno.

Francisco anula el pecado original y, por tanto, vuelve al Paraíso, pone al hombre en ese Paraíso y predica que el matrimonio no está manchado por el pecado original, que no ha sido destruido, que es una bendición. Ésa es su herejía. Una herejía gravísima porque va contra todo el Magisterio de la Iglesia, toda la Tradición de los santos Padres, contra la misma Palabra de Dios.

Francisco cuenta su fábula: “¡Ni siquiera el pecado original la ha destruido!”. Y sólo como fábula ha de ser entendida la homilía que el 28 de febrero predicó en Santa Marta. Su homilía es un cuento chino; es una palabra barata, blasfema y llena de hipocresía, que no tiene ningún fundamento en la Revelación Divina. Por supuesto, en la biblia que use Francisco, que es su cabeza, tendrá su base. Pero sólo ahí, en su opinión, que no vale para nada en la Iglesia, que no hace Iglesia.

Francisco quiere ir al inicio de la Creación, donde el Señor crea un matrimonio: a un hombre y a una mujer. Pero Francisco se olvida del pecado de Adán, que destruye, no sólo el plan de Dios sobre Adán y Eva, sino también el matrimonio. Ya la unión entre hombre y mujer, después del pecado de Adán no sirve para Dios. Sólo sirve para lo carnal, para lo humano, para lo material y para lo demoniáco.

Esta Verdad la anula Francisco en su raíz y comienza a inventarse su fábula sobre el matrimonio, sobre Cristo y Su Iglesia y sobre el amor de Dios hacia el pueblo elegido: “Cristo está casado, Cristo estaba casado, había desposado a la Iglesia, su pueblo. Como el Padre había desposado al Pueblo de Israel, Cristo desposó a su pueblo”. Esto es la blasfemia de ese hombre al Espíritu. Se ve su ignorancia del Misterio de la Iglesia porque no conoce el Misterio del Verbo Encarnado. Y habla palabras de blasfemia. Habla palabras que sólo un ignorante es capaz de decirlas y quedarse tan tranquilo.

Quien sepa un mínimo de teología católica verá los numerosísimos errores de Francisco en su homilía. Una homilía que condena al mismo Francisco. Es una homilía para decirle a Francisco: vete de la Iglesia y forma tu nueva iglesia donde quieras, pero no molestes más con tus idioteces y tus estupideces en tus homilías. Eres un hombre sin sacerdocio; eres un hombre sin verdad; eres un hombre sin la ley de Dios en tu negro corazón.

Pero esto a Francisco le trae sin cuidado. Él habla porque tiene que hablar la mentira. Y la dice de muchas maneras, porque el demonio le ha mandado hablar con una boca de engaño.

“Buscarás con ardor a tu marido, que te dominará” (Gn 3, 16). El pecado de Adán destruye el matrimonio. Ya la mujer no es camino para el hombre, sino un objeto de su placer. Y la culpa de la misma mujer: “Buscarás con ardor”. Ya la mujer no busca al hombre para un amor, sino para un placer, para una lujuria. Esa lujuria que la mujer experimenta en el hombre. Y donde está la lujuria, allí no está el amor. Y si no hay amor, no hay matrimonio.

Porque el matrimonio, en el plan de Dios es unir dos almas en dos cuerpos; es hacer de dos almas, una sola en dos cuerpos. Es hacer que dos cuerpos se complementen para ser una sola cosa en el Espíritu de Dios.

Pero sólo es posible unir dos almas cuando las dos son del Espíritu, son de Dios, son de Cristo. Si las dos almas no tienen vida espiritual, si no se ejercitan en la verdad de sus vidas, si no buscan la verdad en el que es la Verdad, Cristo Jesús, y no reciben de Su Espíritu el camino hacia la Verdad, entonces no pueden constituir un matrimonio para Dios, sino sólo para lo humano, lo carnal, lo natural, lo orgánico, que nunca hace un matrimonio.

Dios crea a un hombre para una mujer. Y lo crea en el amor y para un amor. No lo crea para un rato de cama, para la pasión del sexo, sino para que, juntos, hagan una obra divina en el amor divino.

Y esto es lo que, precisamente, rompe el pecado original. Rompe, no sólo el plan de Dios original sobre el hombre y sobre la mujer y, por tanto, sobre el matrimonio, sino el mismo matrimonio. Rompe la posibilidad de unir dos almas en un mismo Espíritu. Y sólo queda la unión carnal, de cuerpos, de sexos. Unión en el placer y para el placer. No se puede dar la unión en el Amor de Dios y para una obra de ese Amor Divino.

El matrimonio, como lo piensa Dios, tiene que estar regido por el Amor de Dios, tanto en el hombre como en la mujer. Si los dos no tienen ese amor divino en el corazón, vano es todo matrimonio. Sólo se usa el sexo para un rato de placer, pero no es instrumento del amor de Dios.

El pecado de Adán anuló la posibilidad de que el sexo fuera instrumento del Espíritu de Dios y, por tanto, el sexo se convirtió en el instrumento del espíritu del demonio. Por eso, el pecado de Adán y Eva pasa, a través del sexo, de generación en generación.

Y negar esto es negarlo todo en la Iglesia. Precisamente, el pecado de Adán y Eva es una maldición para todo matrimonio. El matrimonio queda maldito porque sólo en la unión entre hombre y mujer se puede engendrar a un demonio, no a un hijo de Dios. Es lo que todo hombre y toda mujer engendran, cuando tienen un hijo. Y, por eso, el Señor puso la Gracia del Bautismo para corregir esa maldición. Y, por eso, es obligado a todo matrimonio que bautice a sus hijos para que no sean demonios, hijos del demonio por generación, sino que alcancen el ser hijos de Dios por gracia.

El pecado de Adán destruye la posibilidad de que Dios, en un matrimonio, engendre sus hijos a través del uso del sexo de ambos. Ésta es la maldición. Y, por eso, el matrimonio queda anulado por ese pecado. Luego, lo que dice Francisco no es sólo una barbaridad, sino una blasfemia contra el Espíritu. Francisco no sabe nada de teología ni de filosofía. Está en la Iglesia para vivir su humanidad, que es su comunismo, su obsesión por el dinero y su misericordia sin moral.

Jesús, con su Gracia, elevando el matrimonio a Sacramento, pone el matrimonio en el camino original. Por eso, la importancia de que hombre y mujer sepan lo que Dios quiere en ese matrimonio por la Iglesia. Como a los novios no se les enseña a buscar esta Voluntad de Dios en sus noviazgos, no se les enseña a buscar la Gracia en ese noviazgo, entonces después fracasan en sus matrimonios, porque sólo ponen un fin humano, natural, carnal, material, a sus vidas como hombre y como mujer, pero no van tras el fin divino en ese matrimonio.

Todos preocupados por aprobar las relaciones prematrimoniales, por aceptar todo aquello que impida la vida, y no saben que están volviendo al pecado original de Adán. Buscan en sus relaciones sexuales lo que buscó Adán: la forma de engendrar un hijo sin la ley de Dios; la forma de tener un placer sexual sin el compromiso de la verdad del sexo; la forma de usar el sexo de la otra persona para sacar el máximo provecho al sexo propio, buscando sólo el egoísmo en esa relación, buscando sólo un tiempo para entretenerse en la cama con alguien, pero no para hacer una vida estable con esa persona.

¡Cuántas parejas no saben para qué se casan! Sí, se han casado porque se atraen, se gustan, quieren vivir algo juntos, pero nada más. En el fondo, no saben lo que Dios les pide en ese matrimonio. Eso es señal de que el matrimonio está roto. El pecado original rompió el matrimonio.

El matrimonio es para una obra divina. Y sólo para eso. Y el Señor ha dado Su Gracia para poder comprender esa obra divina en aquellos que eligen el camino del matrimonio para salvarse y santificarse. Un matrimonio que no ayude al hombre y a la mujer para la salvación de sus almas, es un matrimonio que condena a los dos al infierno. El hombre debería buscar la mujer que le ayuda a salvarse, a salvar su alma, a santificar su alma. Y la mujer tiene que buscar ese hombre que le ayuda a obrar el amor divino en el matrimonio.

El hombre busca a la mujer por placer y sólo por placer; la penetra por placer y se queda en el placer, en el rato de cama. Y, de esa manera, nunca se puede hacer un matrimonio, porque lo que se busca para un placer es sólo para un tiempo, no para siempre. Si la relación se fundamenta en algo que pasa, en algo temporal, entonces ¿cómo puede durar hasta la muerte? No puede, porque los hombres se abandonan a sus ardores sexuales, a sus deseos de la carne, a su lujuria que no pueden contener.

Ningún hombre ni ninguna mujer puede dominar su sexo, su carne: nadie puede ser casto sin una gracia divina. El hombre necesita a una mujer y la mujer necesita a un hombre, porque se lo pide su carne. Ésa es la rotura del matrimonio. ¡Cuántos se casan porque la carne se lo pide, no porque el corazón así lo ve!

El pecado de lujuria rompió el matrimonio original: ése fue el pecado de Adán. Buscó a la mujer por lujuria, no por Voluntad de Dios. Se unió a la mujer por placer carnal, no por amor divino, no por gracia, no por Espíritu. Y las consecuencias: la unión entre hombre y mujer sólo es para un rato de cama. Esa es la consecuencia más terrible. Y eso no se puede quitar. Eso está ahí. Eso todos lo experimentan si tienen una mujer o un hombre en sus vidas.

Y, por eso, Dios –al principio- tuvo que permitir que el hombre tuviera muchas mujeres, que las mujeres buscasen a los hombres por puro placer, por pura lujuria, y que tuvieran hijos por lujuria, por obra del demonio. Porque no hay forma de dominar el cuerpo sin una gracia. Y hasta Jesús, no había gracia en los hombres. Por tanto, lo que había era un desorden sexual por todas partes. Por eso, tantos castigos que el Señor mandaba por culpa del sexo, del uso del sexo sin la Voluntad de Dios, porque se engendraban auténticos demonios, a través del sexo.

Sin la gracia nadie puede contener el sexo. ¡Nadie! Luego, toda unión entre hombre y mujer está maldita. Esto es lo que niega Francisco, que predica una ilusión, algo que, en la práctica, no se da. Los hombres y las mujeres viven en sus matrimonios un infierno. Porque, aunque posean la gracia, la lujuria les vence. Y, aunque estén casados por la Iglesia, se buscan por lujuria, no por amor auténtico, verdadero, genuino, puro.

Y, entonces, el matrimonio debe ser un camino para el placer antes que sea un camino para el amor. Si los dos no se ayudan en su lujuria, después, con la Gracia, no saben buscarse para un amor divino, para una obra divina en ese matrimonio. El matrimonio es, ante todo, para remediar la concupiscencia. Y, por eso, es una misericordia de Dios para el hombre y la mujer. Es mejor estar casado que estar buscando hombres y mujeres en la vida. Es mejor buscar por placer a esa persona que se une en matrimonio, que unirse, como los animales, a cualquier persona.

Quien se casa con otra persona, tiene que tener en cuenta su lujuria y permitir muchas cosas al otro por la lujuria. Y los dos tienen que aprender a controlar su lujuria en la gracia y siguiendo al Espíritu, para que el Señor les dé la gracia en su matrimonio de hacer el sexo sólo por amor, no por lujuria.

El matrimonio está roto con el pecado original. Eso lo experimentan todos los matrimonios. Y las fábulas de Francisco son sólo eso: grandes cuentos chinos que no se los traga ya nadie en la Iglesia.

Francisco es un hombre que no sabe hablar al matrimonio, ni a la pareja; que no sabe centrar el problema sexual en el pecado, sino que busca cómo los hombres y las mujeres se entreguen a sus sexos porque son buenos, porque Dios los ama, pero que anula la verdad de lo que es un hombre y una mujer, porque él no se pone en la Verdad de lo que es el matrimonio para Dios. Él concibe el matrimonio en su mente humana y, por eso, dice sus barbaridades y se queda tan tranquilo. Eso es la señal de su condenación.

Francisco es un hombre que hace propaganda de su pecado. Un hombre que busca lo social, las redes sociales, para llenarlas de su mentira diaria. Un hombre apoyado por toda la Jerarquía de la Iglesia, que vive lo mismo que él: su condenación, su fariseísmo, su pecado de orgullo. Entre lobos andan todo el negocio de la Iglesia en Roma.

Gente que con palabras baratas y blasfemas quiere cambiar la verdad de la Iglesia por la mentira que ellos viven en sus corazones.

Gente que son del demonio y para una obra del demonio en la Iglesia, y que nunca van a reconocer que son pecadores, que son demonios, porque su soberbia los ha cegado tanto que sólo ven su soberbia, viven para su soberbia y hacen el mal porque es bueno hacer el mal. Para ellos, la Verdad ha desparecido y sólo existe su idea, su filosofía, su pensamiento humano: “no podemos cambiar completamente la Doctrina católica, sobre las relaciones prematrimoniales pero podemos elaborar criterios que puedan justificar algunos casos” (Monseñor Stephan Ackermann, obispo de Trier 6 de febrero, en una entrevista al Allgemeine Zeitung). Ellos ven la Verdad, pero no la hacen ni caso, porque viven sólo para su criterio humano, para su idea, para su filosofía, para su teología, es decir, para su soberbia.

Y les importa un rábano la doctrina católica. El valor, para ellos, es su criterio, su mente de hombre. Lo bueno está en su mente; la bondad, el bien, la virtud: su mente. Y de su mente no pueden salir ya. Ése es el pecado contra el Espíritu Santo: cuando un alma reconoce que existe una Verdad, que no se puede cambiar esa verdad, pero que se obsesiona por descubrir un pensamiento humano, un criterio para justificar el pecado, para ensalzar el pecado, para no llamar a eso pecado. Eso es el puro fariseísmo de la Jerarquía de la Iglesia. Son ciegos en su soberbia; son guías de ciegos en su soberbia. No hay forma de que se conviertan a la Verdad, porque la ven pero la desprecian.

Esto es Francisco: él sabe cómo son las cosas en la Iglesia, pero le da igual. Prefiere predicar sus fábulas y tenerse por santo en la Iglesia. Esa es la asquerosidad de Francisco. Es el mayor pecador de todos porque quiere mostrar su mentira con apariencia de verdad. Sus palabras bonitas encierran una gran iniquidad, un gran pecado, un gran desorden moral. Por eso, su doctrina condena al alma que la sigue, porque no tiene una sola verdad en que pueda apoyarse el alma para salir de su pecado.

Quien siga a Francisco, sin dudarlo, cae en el infierno y vive ya, aquí, en esta vida, condenado.

Esto es lo que muchos no acaban de comprender, porque no ven la realidad de lo que pasa en la Iglesia como la ve Dios. Sólo ven a un hombre que dice muchas cosas y que todos están de acuerdo. Sólo ven sus estupideces, lo que habla, cómo se mueve; pero no saben verlo en Dios.

Quien vea a Francisco en el Espíritu de Dios ni se preocupa por él; no está atento a lo que él enseña o habla u obra. Sólo está atento a Dios que le pedirá hablar en contra de él u obrar cosas para enfrentarse a él.

Dios ve a Francisco como un enemigo. Y así hay que tratarlo en la Iglesia. Francisco es enemigo de la Iglesia. Enemigo del Magisterio de la Iglesia. Enemigo de la Verdad. Enemigo de Cristo. Enemigo del Evangelio de Cristo. Enemigo de las almas. Por eso, hay que combatirlo como enemigo que es. No hay que jugarle el juego. Porque Francisco dice muchas cosas para que los demás hablen de él. Es el juego del demonio. Sólo hay que hablar de Francisco para humillarlo, no para decir que dijo esto o aquello. Hay que hablar de Francisco para ridiculizarlo, para que todos vean lo inútil que es ese hombre para la Iglesia.

Francisco no representa a la Iglesia de Cristo. Francisco no es de la Iglesia. Es un masón, es un comunista, es un protestante, es un falsificador de la Verdad, es un mentiroso y padre de la mentira, como el demonio.

Y quien no vea así a Francisco se engaña. La opinión de Francisco no hace la Iglesia, no sirve en la Iglesia. La Iglesia la hacen los santos, los hombres consagrados a la Verdad y que luchan por esa Verdad. Y que saben enfrentarse a todo hombre que no quiera aceptar la Verdad como es en Sí. La Iglesia no es para gente que habla bonito, que dialoga con los hombres, que se preocupa de las cosas materiales y humanas de los hombres.

La Iglesia es el Reino de Dios. Y éste es espiritual. Y todo aquel hombre que no ponga su vida en el Espíritu, entonces no es Iglesia, no hace la Iglesia y sólo está en la Iglesia como un lobo vestido de humildad, de amor camuflado de vanas esperanzas y vanas obras humanas.

Francisco es sólo el inicio del tiempo del Anticristo. Él pasa la antorcha a los hombres que van a preparar esa Roma maldita para la obra del demonio.

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