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El gran pecado de la Jerarquía actual: su soberbia

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La verdad de la Iglesia sólo está en Cristo, que es el que la ha fundado. Por tanto, ningún hombre sabe construir la Iglesia.

Si no comenzamos desde este punto, entonces toda la Jerarquía de la Iglesia se inventa su iglesia, que es lo que vemos desde que Francisco se sentara en la Silla de Pedro: lo que importa es la opinión de los hombres en la Iglesia, pero no la Verdad de la Iglesia.

Es Cristo el fundador de la Iglesia. Y Cristo da Su Espíritu para que los hombres obren en la Iglesia lo que el Padre quiere. La Voluntad de Dios es la Obra de la Verdad. Quien hace lo que Dios quiere da sentido a su vida; pero quien va buscando sus propias voluntades, que son fruto de sus ideas, de sus opiniones, de sus puntos de vista, entonces su vida sólo tiene el sentido de su soberbia humana.

El problema de los hombres es siempre que no siguen al Espíritu de Cristo, sino que siguen a sus pensamientos humanos.

Éste es todo el problema durante 20 siglos de Iglesia: la soberbia humana impide hacer la Iglesia que Cristo quiere.

Y es sólo la soberbia humana, pecado que engendra otros muchos pecados y males en la Iglesia. El mal de toda la Iglesia es el pecado de soberbia de muchos sacerdotes y Obispos, que han perdido el norte de su vida espiritual y sólo se dedican a sus obras humanas en sus ministerios sacerdotales. Y eso lleva a toda la Iglesia a actuar como ellos; es decir, a construir una Iglesia humana, carnal, material, natural, pero cerrada todo bien divino y espiritual.

Si no se ataca, de forma conveniente esta soberbia, que todos los hombres tenemos, entonces hacemos de la Iglesia un lugar para nuestro fariseísmo: cada uno quiere imponer su idea de cómo hay que ser Iglesia y hacer Iglesia. Cada uno sigue su pensamiento humano, su lenguaje humano, su filosofía humana, pero nadie obra la Voluntad de Dios en la Iglesia.

La soberbia en el hombre es innata; es decir, todos nacemos con la soberbia original de Adán. Ese pecado de Adán se transmite a todo hombre y en todo tiempo. No hay hombre que no haya sido soberbio y que no haya querido imponer su idea en la vida de otros.

Sólo una Mujer nunca tuvo soberbia, porque fue engendrada sin el pecado de origen: en su concepción sin pecado original. Y sólo Dios podía hacer esto por los méritos de Su Hijo, que tenía que nacer, sin concurso de varón, en esa Mujer.

De la Virgen María nace Jesús; de la Mujer, el Hombre, que es el Nuevo Adán, un Hombre del Espíritu, porque es engendrado por el Espíritu en la Mujer.

Jesús no es un Hombre de hombre (de varón) y, por tanto, no es persona humana. Toda persona (en la naturaleza humana) es humana porque es engendrada de hombre y de mujer; es decir, tiene la misma naturaleza del hombre y de la mujer. Jesús es engendrado de Espíritu y de la Mujer; luego ya no es persona en la naturaleza humana, sino que hay que buscar su Persona en Su Naturaleza Divina.

Jesús tiene dos naturalezas; luego ya no es sólo hombre, ya no puede ser persona humana. Su naturaleza humana convive con la Naturaleza Divina.

Y, por tanto, Jesús es otra cosa: no sólo hombre, sino también Dios. Es un ser con dos naturalezas distintas, que no se confunden, pero que poseen una Jerarquía, un Orden, una Armonía en Jesús. Jesús sólo tiene la Persona Divina, que es el Verbo, engendrado por el Padre en el Espíritu. Y esa Persona Divina rige toda la naturaleza humana de Jesús.

Jesús, por tanto, no puede mirar a los hombres como éstos se miran unos a otros. Jesús no está para los hombres, no vive para los hombres, no obra como los hombres, no piensa como los hombres, no ve el mundo como lo ven los hombres.

Jesús, al ser Dios, mira lo humano con los ojos divinos. Y, por eso, puede entender todas las cosas del hombre. El hombre no se comprende a sí mismo, porque no tiene la visión de Dios. El hombre sólo comprende algunas cosas de él mismo y pocas del exterior. Y de Dios, el hombre no comprende nada o casi nada, porque Dios es Espíritu. Y el hombre sólo tiene un alma espiritual, incapaz de alcanzar el Espíritu por sí misma, si Dios no la ayuda.

Todo el problema de la Iglesia, actualmente, es contemplar a Jesús como hombre, como persona humana. Y, entonces, se tiene que negar lo que es Jesús y su doctrina en la Iglesia.

La Encarnación del Verbo es hacer de lo humano un ser divino, glorioso, distinto a todo lo humano. Por eso, Jesús viene con la Gloria del Padre; pero necesita despojarse de esa Gloria porque los hombres viven en el pecado, sin Gloria, sin vida espiritual, sin un fin divino. Y Jesús se despoja de Su Gloria y se queda pasible y mortal: puede sufrir y puede morir.

Y la Iglesia actual no comprende este despojo del Verbo Encarnado porque ha fabricado su Jesús, su visión de Jesús, del Mesías, del Reino del Mesías. Y, por eso, cae en el pecado de los fariseos, que es el pecado de los judíos de todo tiempo: esperar a un Mesías político, humano, terrestre, carnal, material, natural.

Este pecado es el de la Jerarquía de la Iglesia actual, la que está ahora en Roma gobernando una Iglesia que no le pertenece.

La Iglesia verdadera no está en Francisco ni en todo su gobierno horizontal. No existe en esa estructura que ha creado ese hombre, que se viste de Obispo, y que es sólo una caricatura de sacerdote, una figura enclenque de Papa.

Francisco no es Papa, sino un hombre, sin vida espiritual, que no sabe lo que es la vida de la Iglesia, que sólo se sienta en la Silla de Pedro para salir en el mundo, para aparecer ante el mundo como el que sabe lo que hay que hacer en la Iglesia.

Esto es la idea que ha recogido Francisco de la renuncia del Papa Benedicto XVI. El Papa verdadero se fue porque no encontraba un camino en la Iglesia. Y él sigue sin camino. Él sigue esperando algo de Francisco. Y éste su principal error, que viene de su pecado en la renuncia.

Un hombre inteligente como el Papa Benedicto XVI sabe lo que Francisco está diciendo. Y, sin embargo, calla. Es decir, comulga con los errores, con las mentiras, con las herejías, con el pecado de Francisco. Calla. Y esto es muy grave dentro de la Iglesia.

Muchos en la Iglesia han comenzado a hablar mal de Francisco y, por tanto, a actuar en consecuencia. Y ven la oposición que existe en la Iglesia cuando uno quiere ponerse en la Verdad: se comprueba que nadie quiere la Verdad. Todos están en la Iglesia para escuchar lo que ellos quieren. Y nadie está en la Iglesia para escuchar la Verdad y ponerla en práctica.

Es el pecado de soberbia, del fariseo que ya se cree santo porque cumple con unas normas o sigue unas estructuras en la Iglesia. Es el pecado de ver a Jesús como líder humano, líder político, líder para los hombres. Un líder que gusta a los hombres porque sigue, porque se adapta a las costumbres, a las culturas, a las ciencias de los hombres. Eso es sólo Francisco: un líder ideal para aquellos que hacen de su vida un cultura, una ciencia, un delirio social, un negocio, una empresa, una dedicación al bien humano.

Y el problema de todos estos hombres es que están cerrados al Espíritu. No pueden comprender lo que es la vida espiritual, lo que es la vida de la gracia, lo que es la vida divina en la Iglesia.

Dios ha dado Su Espíritu al hombre y, por eso, todo hombre nace con un alma, con un cuerpo y con un espíritu. Ese espíritu viene del Espíritu; no es una parte del Espíritu, sino un ser que se derrama en el hombre, que le hace tender hacia el Espíritu.

El espíritu humano es la capacidad que tiene el hombre para comprender la vida espiritual. Sin este espíritu humano, el hombre sólo se queda en su soberbia, que es el conocimiento que nace de su mente humana, que está en su alma.

El hombre piensa con su alma, con el entendimiento que su alma tiene. Pero el hombre, con su alma no abarca lo espiritual. Entiende cosas de la vida espiritual, de Dios, de los espíritus, pero no capta la esencia de todo eso.

Para captar lo espiritual como es, es necesario tener un espíritu; que es algo diferente al alma. El alma es espiritual, pero no es espíritu. La esencia del alma es espiritual, no es material. Y el alma, en esa esencia espiritual, se mueve hacia el espíritu, pero en un cuerpo, no en el Espíritu.

El hombre tiene deseos espirituales, ya por su alma, ya porque tiene un espíritu humano. Y cada hombre tiene que discernir sus deseos espirituales, porque muchos de ellos provienen de su naturaleza humana, no de Dios.

Cuando hablamos de la vida de la Iglesia estamos hablando de lo que quiere el Espíritu en la Iglesia, que es la Obra del Verbo Encarnado. Y, por tanto, no estamos hablando de lo que quieren los hombres, de lo que entienden los hombres, de lo que obran los hombres.

Porque la Iglesia es la Obra del Espíritu y, por eso, no es fácil hacer la Iglesia como el Espíritu quiere.

Toda la dificultad de tantos sacerdotes y Obispos sólo está en su soberbia, en la que tiene cada uno en sí mismo. Y esa soberbia les hace quedarse en su alma y cerrarse al Espíritu.

Con el espíritu humano el hombre tiene la inteligencia divina para hacer las obras divinas en la Iglesia; con el alma humana, el hombre sólo posee su inteligencia humana, que es incapaz de hacer una obra divina en la Iglesia.

Por eso, todo hombre tiene que someterse a Dios, tiene que obedecer a Dios, en Espíritu y en Verdad.

La obediencia del hombre a Dios significa el sometimiento de su alma, de su entendimiento humano, al Entendimiento Divino. Y es un sometimiento absoluto, no relativo. Todo el hombre, todas sus ideas, todo sus conceptos de la vida tienen que someterse, inclinarse hacia Dios. Si el hombre tiene una idea que no se somete a Dios, que es distinta de lo que Dios tiene en su Pensamiento Divino, entonces el hombre cae en su soberbia.

Por eso, el mundo está lleno de ideas totalmente contrarias a lo que Dios tiene en Su Pensamiento. Y de ahí se conoce que el mundo no pertenece a Dios, porque no se quiere someter a Dios en las ideas que fabrica, que se inventa, que adquiere. El mundo será siempre del demonio, porque es el constructor de la soberbia, es el que se inventa la idea soberbia, la idea que está de moda en los hombres, que siguen los hombres, que buscan los hombres.

Una Iglesia que se olvida de combatir su soberbia en muchos consagrados hace de la Iglesia una estructura que no sirve para obrar el Evangelio. Roma ya no sirve para ser Iglesia ni para obrar la Iglesia. Es una estructura vieja, formada por la soberbia de muchos sacerdotes y Obispos, que sólo están en Roma para ganar dinero y para tener un puesto en la Iglesia. Francisco ha puesto una estructura nueva en lo viejo que estaba en Roma: su gobierno horizontal. Eso produce que Roma se hunda totalmente y en poco tiempo.

Lo que ha hecho Francisco es abrir las puertas de Roma al negocio del poder, como se comprende en el mundo. Todos, ahora, van a querer sentarse en la Silla de Pedro. Eso es ya el negocio que viene del gobierno horizontal. No se puede esperar de unos hombres herejes, que ya no creen en los dogmas, como son los que componen el gobierno horizontal, una verdad en la Iglesia. Es algo absurdo, es una ilusión creer que ese gobierno va dar solución a los problemas de la Iglesia. Eso no cabe en la cabeza cuando se vive la Verdad.

Las estructuras de la Iglesia en Roma, en la actualidad, son aptas para destruir toda la Iglesia, porque ya no existe el Vértice, una Cabeza Absoluta, que es el Papa. Por tanto, en el gobierno de esa estructura que hay en Roma está la maldición de toda la Iglesia.

Ni Francisco ni el gobierno horizontal representa a la Iglesia verdadera. Lo que hay en Roma es sólo una iglesia nueva, con lo externo de los 20 siglos de Iglesia. Pero su interior está corrupto en su raíz.

El gobierno horizontal no es un bien en la Iglesia, ni siquiera algo más o menos bueno dadas las circunstancias, sino que es una maldad en su totalidad. Poner un gobierno horizontal en la Iglesia es un pecado que no tiene perdón de Dios. Éste es el punto que muchos no comprenden.

Francisco es una maldición para toda la Iglesia por haber puesto su gobierno horizontal. ¡Una maldición! Porque ese gobierno horizontal trae cualquier pecado y cualquier mal a toda la Iglesia.

Se gobierna la Iglesia estando Pedro solo, sin nadie, sin ayuda de nadie, sin colaboración de nadie. Es Cristo quien gobierna Su Iglesia, a través de Su Pedro.

Quien renuncia a ser Pedro, renuncia a la Iglesia: éste es el pecado del Papa Benedicto XVI. ¡Gravísimo pecado, que trae consecuencias desastrosas para todos en la Iglesia!

Y quien se pone como Papa sin ser llamado por Cristo a ser Pedro, atrae para la Iglesia sólo la Justicia Divina; es decir, no hay Misericordia para la Iglesia.

Si la Iglesia quiere hallar Misericordia a los ojos de Dios, tiene que enfrentarse a Francisco y a todo su gobierno horizontal. Esto es lo que muchos no acaban de comprender.

La Iglesia verdadera no es la que se ofrece en la iglesia de Roma, que dan las estructuras de Roma. Eso es sólo la nueva iglesia, la iglesia universal, la iglesia en la que todo vale, en la que está todo incluido, la que sirve para todo, porque ya no hay moralidad, ya no hay ética, ya no existe la Verdad.

La Iglesia verdadera está fuera de Roma, de sus estructuras, de esos hombres que se creen con poder y que sólo tienen una figura, una entelequia del poder del demonio. Es el demonio el que obra a través de ellos. Y sólo el demonio. Cristo no habla por bocas mentirosas, que engañan cada día, que no saben lo que es la vida de moralidad, la ley divina y la ley natural en la naturaleza humana, como es Francisco y todos los que los siguen y le aplauden sus claras herejías.

Cristo toma las bocas de los humildes, de los que son nada ante los hombres porque se pasan la vida luchando contra ellos, contra el mundo, contra el demonio, contra sus pecados.

Cuando la Iglesia se olvida de luchar contra su pecado, entonces se vuelve una maldición. Eso es el gobierno horizontal: en ese gobierno ya nadie lucha contra el pecado, sino que se lucha por conseguir una idea, una filosofía, una visión humana para anular el pecado, para decir que el pecado es un bien, un valor, un camino en la vida. Y así se inventan un lenguaje para decir que Dios perdona todo pecado y que sólo hay que buscar la manera humana de quitar males humanos para que Dios dé su perdón a todo el mundo.

Lo que hay en Roma es el fariseísmo puro: están cerrados al Espíritu. Se inventan todo en la Iglesia. ¡Todo!

La Iglesia sólo necesita de una estructura sin soberbia para que todo marche en el Espíritu. La estructura sin soberbia es muy sencilla, porque son las almas simples, dóciles, humildes, obedientes, las que la realizan.

No hay que inventarse una estructura para ser o para hacer la Iglesia. La estructura ya está puesta: en Pedro.

La Iglesia es en Pedro; la Iglesia se hace en Pedro. Si Pedro es obediente a Cristo, entonces todo funciona en la Iglesia. Pero si Pedro no obedece a Cristo, entonces nada funciona en la Iglesia.

Jesús puso a Pedro. De esa manera, edifica Su Iglesia. Su Iglesia es un organismo espiritual, sobrenatural; no es algo ni humano, ni material, ni natural, ni carnal. Necesita todo esto, pero sólo por exigencia del Espíritu, no por necesidad de origen.

Cuando Cristo funda Su Iglesia lo hace en la muerte de su humanidad. Su humanidad está muerta, no viva. Y, en la muerte de Cristo, tiene su origen la Iglesia.

La Iglesia no se funda antes de morir. Lo que hizo Jesús con Sus Apóstoles no era la Iglesia; era sólo la preparación de la Iglesia. Pero no existía la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo.

Cuando muere Jesús en la Cruz, ahí nace la Iglesia. Nace en el Espíritu, no en la humano. No en la obra humana de Jesús; no en la vida humana de Jesús; sino en su muerte, cuando su alma ha abandonado su cuerpo.

Por eso, no hay que poner las estructuras de la Iglesia en nada material, nada humano, nada carnal. Sólo hace falta un alma humilde para sostener la Iglesia, para ser Iglesia, para formar la Iglesia.

La Virgen María, en la muerte de Su Hijo, sostenía la Iglesia recién nacida. Tenía a su Hijo muerto entre sus brazos. Y lo mostraba al mundo, en el Calvario. Estaba mostrando la Iglesia a todo el mundo, a toda la humanidad.

Y toda la Iglesia, en ese momento, era la Virgen María. Su Hijo, muerto; los Apóstoles, huidos; sólo San Juan, apoyando su dolor con su amor.

Y la señal de que la Iglesia nunca va a desaparecer es porque siempre está sostenida por la Madre, por el amor de los humildes, por la vida de los humildes, por las obras de los humildes.

Para ser Iglesia no hace falta ni ser rico ni ser pobre; sólo es necesario ser humilde; es decir, tener la soberbia a los pies de la Virgen; machacar nuestra soberbia para que ningún pensamiento humano, por más bueno y perfecto que sea, se ponga por encima del Pensamiento Divino.

En la nada de lo humano, nace la Iglesia; sostenida por una Virgen, por la Mujer sin soberbia, sin pecado original.

Y, por eso, allí donde hay pecado no está la Iglesia, no se sostiene la Iglesia, no se hace Iglesia.

Cristo ya ha puesto el camino para quitar todo pecado en la Iglesia: el Sacramento de la Penitencia. Eso es suficiente para no pecar más, para expiar todo pecado, para hacer la Iglesia que Dios quiere.

Pero es necesario la fe en la Palabra de Dios y la fe en la Obra de esa Palabra, que es la Iglesia.

Jesús y Su Iglesia son dos cosas diferentes: es necesario creer en Jesús, pero también es necesario creer en Su Obra, en Su Iglesia. Sin estas dos cosas, no es posible la salvación de los hombres.

El hombre no se salva porque crea en Jesús solamente; sino que es necesario, de forma absoluta, también creer en la Obra que Jesús ha edificado en Pedro.

Lo más difícil para los hombres es creer en lo segundo, porque en la Iglesia hay muchos hombres que parecen santos, que se visten de Cristo, pero que no son otros Cristos, que viven una vida humana y pecadora dentro de la Iglesia. Y, por eso, muchos pierden la fe en la Iglesia por andar mirando a los hombres que están en la Iglesia y que no viven lo que es la Iglesia.

En la Iglesia hay que mirar a solo Cristo y entender qué Él quiere de Su Obra, para realizarla por el camino que ponga el Espíritu. Y como los hombres no hacen esto, entonces, tenemos una iglesia en Roma para el hundimiento y al condenación de las almas.

Si alguien quiere salvarse, tiene que salir, de forma necesaria, de las estructuras de Roma. En Roma no está la Iglesia verdadera. Allí sólo hay un cisma que, dentro de poco, se volverá claro para todo el mundo.

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2 comentarios

    • josephmaryam dice:

      La traducción de lo que dice ese hereje:

      »Queridos hermanos y hermanas: Perdonad que os hable en italiano pero tampoco voy a hablar en inglés, ni en italiano, voy a hacerlo desde el corazón…

      »Es una lengua más sencilla y más auténtica y esta lengua del corazón tiene una gramática especial. Una gramática simple. Dos reglas: Ama a Dios sobre todas las cosas y ama al prójimo porque es tu hermano, es tu hermana. Y con estas dos cosas vamos adelante.
      »Estoy aquí con mi hermano, mi hermano obispo Tony Palmer. Somos amigos desde hace años. Él me ha hablado de vuestro Encuentro y es un placer poder saludaros. Un saludo feliz y nostálgico.
      »Feliz porque me alegra que os reunáis para alabar a Jesucristo, el único Señor, orar al Padre y recibir al Espíritu. Esto produce alegría porque se ve que Dios trabaja en todo el mundo.
      »Y nostálgico por lo que ocurre en nuestro barrio. En los barrios hay familias que se quieren y familias que no se quieren. Familias que se unen y familias que se separan y nosotros estamos un poco, me permito la palabra, “separados”. Separados porque el pecado nos ha separado. Nuestro pecado. Los malentendidos a través de la historia… un camino largo de pecado común.
      »Pero, ¿quién tiene la culpa? ¡Todos tenemos la culpa! Todos somos pecadores, ¿eh? Sólo hay un justo: el Señor.
      »Siento deseo de que esta separación termine y nos llegue la comunión. Siento nostalgia por poder abrazaros con el abrazo del que nos hablan las Sagradas Escrituras cuando los hermanos de José tienen hambre y van a Egipto a comprar para comer. Iban a comprar, tenían el dinero pero ¡no podían comerse el dinero!
      »Y allí encontraron una cosa más importante que la comida. Encontraron al hermano.
      »Todos nosotros tenemos dinero: el dinero de nuestra cultura, el dinero de nuestra historia… tanta riqueza religiosa y tantas diferentes tradiciones… pero debemos reencontrarnos como hermanos y debemos llorar juntos como hizo José. Con ese llanto que une. El llanto del amor.
      »Os hablo como hermano, ¿eh? Y os hablo así, con sencillez: con alegría y nostalgia. Hagamos que crezca la nostalgia porque esto nos animará a encontrarnos, a abrazarnos y a alabar a Jesucristo como único Señor de la Historia.
      »Os agradezco tanto que me escuchéis. Os agradezco tanto que me dejéis hablar en la lengua del corazón… Y también quiero pediros un favor. Rezad por mí porque necesito tanto de vuestra oración… Yo rezo por vosotros y lo seguiré haciendo, pero necesito de vuestras oraciones. Y pidamos al Señor que nos una a todos.
      »Y adelante, somos hermanos. Démonos espiritualmente este abrazo y dejemos que el Señor termine la obra que comenzó. Porque esto es un milagro: el milagro de la Unidad ya ha comenzado.
      »Dice un famoso escritor italiano, Manzoni, en una de sus obras, a través de un hombre sencillo: “Nunca he visto que el Señor haya comenzado un milagro sin terminarlo por completo”. Él terminará por completo este milagro de la Unidad. Os pido que me bendigáis y yo os bendigo. De hermano a hermano. Un abrazo. Gracias.”

      Y su principal herejía: Nuestro pecado. Los malentendidos a través de la historia… un camino largo de pecado común.
      Francisco no cree en el pecado como ofensa personal a Dios y que produce todos los males en el mundo. El pecado que cada uno comete en particular engendra todo tipo de males. Y en este pecado como ofensa a Dios es el que no cree Francisco. Para él el pecado, es el común, el social, el que se ve en los males de la vida, de la sociedad, de los hombres. A esos males, los llama pecado. Y a esos males los denomina: malentendidos, es decir, es una cuestión de lenguaje humana, de ideas humanas, de filosofías humanas, por los cuales el hombre lucha y, por eso, se separa de los demás. A este absurdo llega Francisco y, por eso, él ama el pecado de los protestantes, de los judíos, de los homosexuales, de todos los hombres en el mundo, porque son sólo malentendidos, no son ofensa a Dios, no exigen una moralidad. Todos somos buenos, Dios nos ama a todos, todos somos hermanos; busquemos ese lenguaje humana que no produzca malentendidos y así nos unimos todos. A esta idiotez llega Francisco, que es un hombre sin vida espiritual, un hombre sin vida eclesial, un hombre sin moralidad, un hombre que sólo busca su negocio en la Iglesia: que le den dinero para resolver la hambruna del mundo. Para eso está: es un lider político, económico, que gusta a la gente del mundo porque les habla lo que ellos quieren escuchar. Y así los idiotas siguen al idiota, que es Francisco: un ciego que guía a muchos ciegos hacia el infierno. Y Francisco habla tan campante, seguro de lo que está diciendo, con el aplauso de su gobierno herético, con el abrazo de sus muchos seguidores en el mundo social, político, económico, cultural. Y le besan el trasero los muchos sacerdotes y Obispos comunistas y marxistas que hay en la Iglesia.
      ¿Qué se puede esperar de un Francisco? La maldición para toda la Iglesia. Y no hay que esperar otra cosa, porque, en secreto, se está destruyendo la Iglesia. Y muy pronto ese cisma encubierto todos lo van a ver con sus propios ojos.

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