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Francisco miente en su enseñanza sobre la confesión

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«a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos» (Jn 20, 23).

El Sacramento de la Penitencia es un Tribunal, en el que hay Justicia y Misericordia. Por tanto, es herético decir:

«Queridos amigos, celebrar el Sacramento de la Reconciliación significa estar envueltos en un abrazo afectuoso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre.». Esto es el romanticismo herético de ese hombre, que no tiene ni idea de lo que es la vida de las almas y la vida de la Iglesia.

Cuando uno se va a confesar, va a una Justicia, a un Tribunal de Justicia. Y hay que ir sabiendo a dónde se va, porque nos pueden retener el pecado o darnos una expiación que no nos guste.

La confesión del pecado no es un abrazo amoroso de Dios, no es el abrazo de la infinita misericordia del Padre, sino el abrazo de la infinita justicia del Padre. Esto, como no es capaz de enseñarlo ese hereje, entonces da una fábula a los hombres.

“Cuando yo voy a confesarme, es para sanarme: sanarme el alma, sanarme el corazón por algo que hice no está bien”. Estas son las palabras bellas de Francisco.

Cuando te vas a confesar es para declarar tu pecado, no para decir que se ha hecho una cosa mal. No es para desahogarse de los problemas de la vida, no es para hablar con el sacerdote y así ver cómo la vida se soluciona.

Cuando te vas a confesar di tu pecado como es, como lo hiciste, y las veces que lo hiciste. Si no se dice esto, entonces, no esperes que el alma se sane, que el corazón tenga la luz de la gracia.

Precisamente esto es lo que hoy día no se hace cuando se va a la confesión y todo se ha convertido en un hablar de muchos problemas, de los males que trajo ese pecado, de las estructuras del pecado, pero no se va con arrepentimiento del pecado.

Francisco no usó la palabra arrepentimiento. Y es lo más fundamental en el Tribunal de la Penitencia. Porque hay muchas almas que dicen su pecado pero sin arrepentimiento. No hay confesión. Aunque se dé la absolución, el alma que no está arrepentida de su pecado, pone un óbice y no puede recibir la Gracia de la Penitencia; es decir, se queda con su pecado.

Hay que enseñar a las almas a ir arrepentidas de sus pecados a ese Tribunal. Francisco ni mencionó lo más fundamental, porque él ya no está arrepentido de sus pecados porque ya no peca, ya es un santo, un justo y, por eso, trata a todos como santos, como justos, e invita a confesarse para hacer de ese Sacramento una palabrería humana y divertida para todos.

Y, como no se centra en el arrepentimiento, entonces pone su fábula: “Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen” (Jn. 20,21-23). Este pasaje nos revela la dinámica más profunda que está contenida en este Sacramento”. Éste es su cuento chino. No menciona la segunda parte: «a quienes se los retuviereis, les serán retenidos». Se anula la Justicia Divina, para sólo mostrar la Misericordia. Ésta es la fábula.

La dinámica del Sacramento: la Misericordia, el perdón. Entonces, se anula el mismo Sacramento de la Penitencia.

La dinámica del Sacramento son dos cosas: o te perdonan el pecado o te vuelves a tu casa con tu pecado. San Pío de Pietrelcina negaba la absolución a algunas almas. Y lo mismo el Santo Cura de Ars y otros muchos santos sacerdotes. Porque no es ese Sacramento para dar un beso y un abrazo al penitente, sino para decirle la verdad de su pecado.

Y el pecado es algo muy serio en la vida de cada hombre, y no se puede tomar a la ligera, como si nada pasara, como si Dios todo lo perdonara.

Cristo no perdona todo pecado. Y hay que saber enseñar esto a las almas cuando se habla de ese Sacramento. No hay que enseñar cosas bonitas, dulzuras, sentimientos bellos, para que, después, las almas no sepan combatir sus pecados y se condenen por ellos.

Francisco condena a las almas dentro de la Iglesia porque su doctrina es contraria a la de Cristo y al Magisterio de la Iglesia. No enseña la Verdad; no se centra en la verdad. Todo es confusión, para decir su negocio en la Iglesia, para llevar a las almas hacia donde a él le interesa: protestantismo y comunismo.

“El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino es un regalo, es don del Espíritu Santo, que nos colma de la abundancia de la misericordia y la gracia que brota incesantemente del corazón abierto del Cristo crucificado y resucitado”. Este párrafo es una gran mentira.

1. El perdón es un merecimiento del alma que tiene la Gracia; el perdón es un don de Dios al alma que no tiene la Gracia, que no está bautizada.

2. Quien vive en gracia tiene que merecer el perdón de su pecado. Y eso es lo que significa el arrepentimiento. Porque es fácil entender el pecado. Y con la gracia, es muy fácil. Pero es difícil estar arrepentido del pecado. Veo mi pecado, lo confieso, pero caigo de nuevo en el mismo pecado: no hubo arrepentimiento. Y, por tanto, no confesé nada. Hay muchas confesiones que no valen para nada, porque no hay arrepentimiento del pecado cometido.

3. Del Corazón de Cristo no sólo brota de forma incesante su amor, sino su justicia. Y, por tanto, hay que enseñar al alma que, para merecer la gracia de una buena confesión, tiene que unirse a la obra de la Redención de Cristo para que le aproveche su Misericordia. Si el alma no hace esto, entonces no alcanza la Misericordia en ese Tribunal y se queda en la Justicia, que viene del mismo Corazón de Cristo; porque es Cristo el que perdona y el que retiene: el que hace una Misericordia o una Justicia.

4. Hablar de esta forma, como lo hace Francisco, es no dar importancia al pecado, no dar importancia a la expiación del pecado, y, en consecuencia, a tratar la Penitencia como un charlar de los problemas como un desahogarse de los problemas de la vida y así uno se confiesa y recibe la paz. Este es el fin que quiere Francisco cuando toca este Sacramento: Dios todo lo perdona; cuanta tus penas al sacerdote y sigue con tu vida humana.

“En segundo lugar, nos recuerda que sólo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con el Padre y con los hermanos podemos estar verdaderamente en paz”. A Francisco se le cae la baba cuando habla su romanticismo. Y no comprende de dónde viene la paz al corazón.

Se pide perdón en el Tribunal de la Penitencia al sacerdote, que es otro Cristo. A los demás, no se pide perdón. No hace falta. Y si se va con el arrepentimiento del pecado, entonces se recibe la gracia y la paz en el corazón.

Así que no nos reconciliamos en el Señor Jesús. Pedimos perdón a Jesús, al mismo Jesús que está en el sacerdote. Es a Jesús al que hemos ofendido, no a los demás. Y hay que pedirle a Jesús perdón porque la falta, el pecado es contra Él y sólo contra Él.

Si las almas tuvieran un poco de fe en lo que es este Sacramento sus vidas cambiarían totalmente. Pero como ya la gente no cree en el pecado, tampoco cree en este Sacramento y no encuentra la paz en su corazón. Quiere buscar esa paz hablando con los hombres, dialogando con los hombres. Y, entonces, no comprende lo que es la expiación del pecado.

Se peca y se hacen muchos males. Se va a la Penitencia para que Dios perdone el pecado; pero los males están ahí. Y hay que reparar esos males, de muchas maneras, dependiendo del pecado que se ha cometido. La paz en el corazón ya está, por el perdón recibido en la confesión. Y, por tanto, no hay que buscar otra paz con los hombres. Con los hombres hay que buscar la expiación del pecado, que se refleja en los males que trajo ese pecado.

Un corazón que se arrepintió de su pecado, está en paz y puede ver los caminos divinos para poder solucionar los diferentes males que trajo el pecado. Un corazón que no se arrepintió del su pecado, entonces se dedica a hablar con los hombres, a darles besos, a abrazarlos, a adularlos, pero sigue en su pecado y, por tanto, no expía nada.

No se repara el pecado sólo disculpándose con la otra persona por los males que trajo ese pecado; una cosa es hacer un acto de humildad y reconocer ante la otra persona que no se obró bien; y otra cosa es expiar los males que trajo el pecado.

“En el tiempo, la celebración de este Sacramento ha pasado de una forma pública – porque al inicio se hacía públicamente – ha pasado de esta forma pública a aquella personal, a aquella forma reservada de la Confesión. Pero esto no debe hacer perder la matriz eclesial, que constituye el contexto vital”. Esto es el invento de Francisco sobre el Sacramento de la Penitencia.

Este Sacramento siempre ha sido para el alma, de forma privada, porque los pecados sólo tienen que ser conocidos por el sacerdote. Por eso, el sacerdote no puede revelar nada de la confesión; hay secreto de la confesión, porque es privado el Sacramento; es entre el alma y el sacerdote; entre el alma y Cristo. Y nunca se dio la forma pública. La manera pública de confesarse sólo es en ocasiones gravísimas, en que no hay tiempo de confesar a cada alma por un mal inminente.

Y no hay que confundir el perdón que se pide en la Misa, en la que todos piden públicamente perdón de los pecados, con el Sacramento de la Penitencia.

El confiteor o la oración de confesión, que se reza en la Misa, no es la Confesión del pecado, sino el pedir perdón por los pecados de toda la Iglesia. Es la oración universal de la iglesia sobre todas las almas para que el Señor recuerde su Misericordia sobre toda la Iglesia. No se da la absolución del pecado privado, personal, sino que se da la absolución por el pecado de toda la Iglesia. Hoy día, con la nueva liturgia, el sacerdote no da esa absolución porque no está en los libros litúrgicos. Antes, el sacerdote hacia la señal de la Cruz y decía las palabras: «Misereatur vestri omnipotens Deus, et, dimissis peccatis vestris, perducat vos ad vitam aeternam. Indulgentiam, absolutionem, et remisionem peccatorum nostrorum tribuat nobis omnipotens et misericors Dominus»: “El Señor tenga misericordia de vosotros, perdone vuestros pecados y os lleve a la vida eterna. Que la omnipotencia y la Misericordia del Señor nos alcance la indulgencia, la absolución y la remisión de nuestros pecados”. En las liturgias del nuevo ordo se ha cambiado el vosotros por el nosotros. Y es el sacerdote el que tiene que decir ese vosotros, no el nosotros. El sacerdote no pide perdón para él, sino para toda la Iglesia. Es Cristo el que absuelve a toda la Iglesia en la Misa. Pero esto ya se perdió.

Y Francisco sólo engaña con sus cuentos chinos a toda la Iglesia, porque le interesa poner su comunismo: “En la celebración de este Sacramento, el sacerdote no representa solamente a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con Él, que lo alienta y lo acompaña en el camino de conversión y de maduración humana y cristiana”

Francisco no comprende lo que es la vida eclesial. Y, por eso, no comprende por qué, antes en la Misa, el sacerdote daba la absolución a toda la Iglesia.

La Iglesia es la Obra de Cristo Jesús. Y esa Obra es Santa; pero sus miembros son pecadores, a pesar de que tengan la gracia por el Bautismo y por los demás Sacramentos.

Y la Misa es la Obra de la Redención de Cristo. Por tanto, la Misa es el inicio de la Iglesia. La Iglesia se inicia en la muerte de Cristo, cuando el Señor muere y el soldado le clava la espada y sale agua y sangre. Ahí comienza la Iglesia: en la santidad de la muerte de Cristo, que se ha introducido en el pecado para poner un camino de vida. Y, por eso, en la muerte Cristo perdona el pecado; en la Cruz, Cristo perdona el pecado; en el dolor Cristo perdona el pecado.

La Misa es el dolor, es la muerte, es la Cruz. Y, por eso, hay que comenzar la Misa perdonando el pecado, porque Cristo vino a saldar la deuda del pecado, a quitar el pecado, a perdonar el pecado. Y esta es la razón de la oración que ante se hacía al principio de la Misa. Y es el perdón para toda la Iglesia, no por los pecados de cada alma; sino por los pecados que tiene la Iglesia a consecuencia de los pecados de cada alma.

Un sacerdote que peca llena la Iglesia de muchos pecados; un fiel que peca llena la Iglesia de muchos pecados. Pecados que los hombres no saben medir, porque no piensan que un pecado engendra otro pecado. No entienden esto espiritualmente. Pecados que vienen de un pecado personal, privado, pero que se manifiestan en toda la Iglesia. Y Cristo da la absolución para estos pecados universales, que son como el pecado original, se van transmitiendo sin culpa en toda la Iglesia. Francisco no enseña estas cosas y, por eso, habla estupideces todo el día. Y la gente contentísima con sus estupideces.

El sacerdote no representa ni a Dios ni a la comunidad: es Cristo mismo, que está haciendo su obra por medio de ese sacerdote. Y no es más que eso. Lo que habla ese hereje es su comunismo.

“Pero nuestros pecados son también contra nuestros hermanos, contra la Iglesia y por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia y a los hermanos, en la persona del sacerdote”. Este hereje no discierne entre el pecado personal y los males que se producen en la familia, en la Iglesia, en otros por ese pecado.

Sólo se peca contra Dios. Y ese pecado lleva a hacer un mal a otra persona. Hay que reparar ese mal, pero sólo se pide perdón a Dios por el pecado cometido.

El pecado es la ofensa a Dios. Sólo eso. No se ofende a nadie más. Es un acto contra la voluntad de Dios. No es una acto contra la voluntad de los hombres. Es una soberbia, un orgullo, una lujuria que va en contra de Dios. Eso produce males de todo tipo en la familia, en la sociedad, en la Iglesia, etc. No se pide perdón a la familia ni a la Iglesia ni a nadie para recibir el perdón divino por el pecado cometido. Porque ni la familia ni nadie tiene poder para quitar el pecado. Sólo se pide perdón a la otra persona o a la Iglesia para expiar el pecado que se cometió contra Dios. Es sólo para reparar: es una acto de humildad que se puede hacer o no, según sea el pecado que se ha cometido.

Dios no obliga a pedir perdón a la Iglesia ni a nadie por el pecado que se comete contra Él. Dios sí obliga a reparar ese pecado de muchas maneras. Y una de ellas puede ser ese acto de humillación ante los demás.

Francisco nunca da claridad en nada. Todo es confusión, porque va a lo que va en la Iglesia: comunismo.

Y, entonces, tiene que caer en su negra herejía: “es necesario pedir perdón (…) en la persona del sacerdote”. Su lenguaje es herético. No tiene finura teológica. Su lenguaje coloquial condena a las almas.

Se pide perdón a la persona de Cristo, que está en el sacerdote, porque es sólo Cristo el que puede perdonar pecados. El sacerdote como hombre no perdona nada. El sacerdote, otro Cristo, lo perdona todo. El sacerdote tiene que actuar en la persona de Cristo en el Tribunal de la Penitencia para absolver el pecado. Si no actúa en esa Persona, entonces no quita el pecado.
Y la falta de fe de muchos sacerdotes, hace que hagan en ese Tribunal una obra de teatro: dicen las palabras, pero no se da nada, porque ya no creen en nada.

Francisco sólo quiere que la gente se desahogue en la Iglesia, pero que no confiese sus pecados, porque él no cree en el pecado. Sólo cree en las estructuras del pecado, en los males sociales o políticos o familiares que el pecado trae. Y, entones, habla con un hombre y cuéntale tus penas y ya tendrás la paz en el corazón. Habla con tu hermano y dale un abrazo y ya tendrá la paz en el corazón. Esto se llama: protestantismo y comunismo.

Cuando se dice que “es necesario pedir perdón (…) en la persona del sacerdote” se está diciendo que el sacerdote es otro hombre cualquiera; que es nada más que hombre. Y, por tanto, se está diciendo que la confesión nada más que es un contar historias tristes de la vida para sentir el desahogo de todos esos problemas. Y así se va quitando la importancia de confesar el pecado para que los psiquiatras hagan su agosto en la Iglesia. Al final, todo se reduce en ir a un psiquiatra para ver cómo se vive la vida de la Iglesia y la vida espiritual. Y así se anula la vida eclesial y la vida espiritual de cada alma.

Francisco es una maldición para toda la Iglesia. Sus palabras están llenas de engaños, de mentiras, de herejías, de errores, que ya nadie sabe ver ni entender, porque todos le hacen el juego ahora.

No esperen del consistorio extraordinario de la familia una bendición para las familias ni para la Iglesia. Se quiere anular el pecado para que los divorciados, con sus pecados, puedan estar en la Iglesia y comulgar y hacer vida de santos, siendo unos demonios.

Se pone el énfasis en resolver las estructuras del pecado, es decir, en resolver los muchos males que los divorciados tienen por su pecado, y no se pone el dedo en la llaga, que es el pecado. Y, entonces, se dice que Dios perdona todo pecado, y también el de los divorciados que se vuelven a casar. Y se exige a Dios que perdone el pecado sin que las almas lo quiten de sus vidas, sino dando valor al pecado, diciendo que ese pecado ya no es pecado, sino un bien. Consecuencia: se anula el pecado. Y cuando se anula el pecado, se anula toda la Iglesia. Porque la Iglesia es para quitar el pecado, para vivir en Ella sin pecado, para obrar las obras divinas, que no se pueden hacer con el pecado.

Por tanto, cuando vemos que todos se alaban a sí mismos diciéndose que van a hacer un documento bello, inteligente, valiente y lleno de amor sobre la belleza de la familia, entonces sólo hay que esperar que en ese documento se digan tantas herejías sobre la familia, porque nadie de ellos cree en el pecado de Adán y de Eva. Quieren hacer un documento sin pecado original, planificando una familia para el infierno. Un documento donde se anula la Justicia Divina para enmarcar la misericordia como la entienden los hombres: una estúpida misericordia que no sirve para nada, sólo para condenar a las almas, para hacer el camino más fácil para ir al infierno.

Da asco leer a Francisco, leer las declaraciones de Lombardi, y ver cómo Kasper tiene la sartén por el mango para liquidar la verdad en la Iglesia. Una Jeraquía que no tiene a Dios en sus corazones, sino sólo palabras bellas, pero vacías de toda verdad. Da pena ver cómo está toda la Iglesia siguiendo a un maldito que se cree papa sin serlo.


3 comentarios

  1. El Anacoreta dice:

    los audios de la imitacion de cristo son excelentes porque no tiene para escuchar el libro 3 entero?podrian subirlos?

  2. Gog dice:

    La mayoría de los fieles no estamos capacitados para distinguir si nos dan buena o mala doctrina. Yo he estado alejada de la práctica durante muchos años, aunque sin perder la fe, del todo, se puede decir. Y cuando he vuelto, recientemente, son tantas las cosas “raras” que veo que estoy muy desconcertada. Pero mi actitud es la de aprender no la de conformarme con cosas que veo y que me sublevan. He visto sacerdotes que no saben o no creen lo que dice el Catecismo. Si no lo saben es imperdonable tanta dejación y si no lo creen son unos hipócritas metiendo a la gente veneno. Es una pena cómo está la Iglesia. Gracias otra vez.

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