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La perfección de la ley está en un corazón purificado de toda maldad

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«No penséis que he venido a abrogar la Ley o los Profetas: no he venido a abrogarla, sino a consumarla» (Mateo 5, 17).

¿Cómo Cristo consuma la ley mosaica? Con lo que dice San Pablo: «Amarás al prójimo como a ti mismo» (Gal 5, 14).

La ley mosaica es ley moral, litúrgica, social y penal. Y Jesús no viene a suprimirla, sino a llevarla a su perfección en la caridad. Y, por eso, dice: «que antes pasarán el cielo y la tierra que falte una jota o una tilde de la ley hasta que todo se cumpla» (v. 18). Es decir, que no se puede descuidar ninguno de los preceptos más pequeños, menos importantes, porque hay que cumplir la ley como está.

Y, entonces, viene el problema, el gravísimo problema que no resuelve Francisco, porque él dice que basta la intención para cumplir la ley, para que sea perfecta: “Jesús no da importancia sólo a la observancia disciplinar y a la conducta externa. Él va a la raíz de la Ley, centrándose especialmente en la intención y por tanto en el corazón humano, donde se originan nuestras acciones buenas o malas” (Francisco, 16 de febrero 2014).

Y si todo está en la intención, entonces ¿para qué Cristo viene a dar cumplimiento de la ley? ¿Para qué quiere llevarla a la perfección? Si basta la intención, entonces sobra lo demás. Si tengo intención recta, entonces ¿importa cumplir la ley en sus pequeños detalles? Esto es lo que no resuelve Francisco. Él se va por peteneras. Él habla de otras cosas, para él más importantes, que dar la verdad del Evangelio.

Una cosa es la intención en la obra de la ley y otra muy distinta es cumplir la ley a rajatabla, en sus más mínimos detalles.

Para cumplir la ley toda entera es necesario el Espíritu que se dio a la Ley. Ese Espíritu no lo tenía el pueblo de Dios. Dios da la Ley Divina, los mandamientos, pero no Su Espíritu. Moisés hace la ley, los preceptos, pero no da el Espíritu. Y, entonces, los judíos se llenan de leyes que no les sirven para cumplir la Ley de Dios, porque son leyes sin Espíritu; son leyes que los hombres ponen para poder cumplir la ley de Dios, los mandamientos de Dios.

Jesús viene a dar cumplimiento a Su Ley, es decir, a sus mandamientos. Y sólo se puede hacer con el Espíritu. Y los que cumplen los mandamientos de Dios, pueden cumplir los demás preceptos de la Ley. Pero los que no cumplen esos mandamientos, tampoco alcanzan los demás preceptos.

El pueblo judío se llenó de leyes que nadie cumplía, porque no había Espíritu, porque se quería cumplir la Ley Divina midiendo con el pensamiento humano esa Ley. En consecuencia, los judíos se llenaron de una jurisdicción, de unas normas jurídicas aplastantes para los hombres, que les impedía cumplir la ley de Dios. Y habían hecho de esas normas jurídicas la norma férrea, pero totalmente externa, de su vida individual y colectiva. Y los fariseos exigían que todo el mundo cumpliese esas leyes externas, pero ellos no lo hacían. Era una carga para todo el pueblo, menos para ellos. Y, entonces, nadie cumplía la ley de Dios, porque estaba sofocada por multitud de leyes o preceptos humanos.

Esto, al no explicarlo Francisco, hace que su homilía sea herética. Él se dedica a resaltar el amor al prójimo, pero no explica de qué forma se tiene que cumplir con los pequeños mandamientos, preceptos, reglas, que tiene la ley y que son su perfección.

Entonces, Francisco es un mismo fariseo: habla del amor al prójimo, pero no dice cómo amar al prójimo. Habla cosas bonitas, pero no enseña a realizarlas, sino que impone su pensamiento, su punto de vista.

La perfección de la ley está en el Amor, pero la pregunta es: ¿cómo amando puedo cumplir los pequeños preceptos de la ley? Francisco responde: la intención. No dice nada, no resuelve nada. Porque si la intención es buena o es mala, no se sabe si se cumple o no se cumple con toda la ley. Puedo tener intención mala y cumplir toda la ley y, por tanto, no hago una obra buena al cumplir la ley. Y puedo tener una intención buena y, sin embargo, no cumplo toda la ley. En consecuencia, la intención buena no avala el cumplimiento de toda la ley.

Entonces, ¿cómo se llega a los mínimos preceptos y se tiende a la perfección?

El problema no está en el aspecto externo o interno a la hora de practicar la ley. Hay muchas almas que externamente hacen lo correcto y tienen buena intención pero no llegan a la perfección de la ley. Las pequeñas cosas no las hacen, no las cumplen.

Y hay otras almas que internamente hacen lo correcto, con buena intención, pero tampoco llegan a la perfección de la ley.

El problema que Francisco no resuelve es éste: de los preceptos humanos hay que quitar aquello que impide tener el Espíritu de la Ley para poder llegar a la perfección de la ley.

Los escribas se llenaron de normas que no servían para tener el Espíritu, que impedían el Espíritu y, por tanto, sus leyes no servían en la práctica. Todo lo legislaban y no dejaban al alma libre para obrar en el Espíritu. Y, entonces, la vida espiritual era raquítica. Todo consistía en cumplir pequeñas normas externas sin el Espíritu; dando valor sólo a esas normas pequeñas. Y, entonces, si no se lavaban las manos, incurrían en la impureza.

Y Jesús viene a dar cumplimiento de la Ley pero quitando lo que no sirve en esos preceptos. Y, entonces, pone la norma del amor.

«Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás; el que matare será reo de juicio. Pero Yo os digo que todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio; el que le dijere «raca» será reo ante el Sanedrín; y el que le dijere «loco» será reo de la gehena del fuego» (v. 21-22).

Jesús dice que la perfección de esa Ley está en el prójimo. Los judíos habían formulado preceptos muy severos para esta ley, y se habían olvidado del prójimo, porque se mata a alguien, primero, en la mente, después, en la boca y, por último, con las manos. Y, entonces, para cumplir la ley en sus pequeños detalles, no sólo hay que legislar la muerte física de la persona, sino la muerte que dan los pensamientos y las palabras.

Porque si se atiende a quitar el pensamiento y la palabra que mata, entonces no se llega a matar físicamente y se cumple a la perfección, en los mínimos detalles toda la ley.

En consecuencia, no está en la intención la perfección de la ley, sino que está en cumplir el mandamiento del amor. Y ese mandamiento lleva al alma a fijarse en aquellos pensamientos y palabras que tienen una injuria hacia el prójimo.

Hoy día la psiquiatría llama locos a los hombres. Eso es una injuria que el Señor dice que tiene castigo del infierno. Hoy día el lenguaje filosófico de los hombres es como los escribas y fariseos: sin amor al prójimo. Con un falso amor al hombre se llama loco a los hombres, porque así lo han investigado esos filósofos con su ciencia humana. Y hoy día muchos alaban a los psiquiatras y juzgan a los hombres con esa sabiduría humana. Y están pecando contra el amor al prójimo.

Ningún sabiduría humana tiene derecho a declarar loco a ningún hombre por su comportamiento en la sociedad. Cuando se hace eso, se anula el pecado. Y ya el hombre es enfermo mental, pero no pecador. Y eso es diabólico. Y eso es digno de castigo eterno.
Hoy los hombres legislan con sus ciencias humanas la vida de los hombres: miden a los hombres con sus filosofías y van en contra del amor al prójimo.

Y cuánto sacerdotes son psiquiatras, que ven a las almas con los ojos de la filosofía, de la psiquiatría, y anulan la vida espiritual de las almas. Y eso es reo del fuego del infierno.

Cuantos sacerdotes niegan las revelaciones privadas y llaman a los que la reciben locos de mente. Tienen una enfermedad mental. Se volvieron locos. Y eso va en contra del amor de Dios.

Santa Gema Galgani no pudo entrar en el convento porque la Jerarquía la llamó loca. Y, después, de su muerte, es la santa de los Pasionistas. Ella se ganó el Cielo con las injurias de muchos sacerdotes. Y esas injurias merecían el infierno para esos sacerdotes. Porque hay cuidar los mínimos pensamientos para no pecar mortalmente. Esto es lo que enseña Jesús.

No hay que cuidar las cosas pequeñas externas, que son sólo un tumulto de normas que no sirven para nada. No hay que atender a eso, si el alma no atiende a sus más mínimos pensamientos. Hay que cuidar esos mínimos pensamientos y entonces se cumple toda la Ley.

Por eso, Francisco no explica nada de esto y su homilía es una herejía.

El que tiene ira contra su hermano, ya es juzgado, es decir, ya ha pecado. Por eso, hay que practicar la virtud de la paciencia, del silencio interior y exterior, del dominio del cuerpo, y entonces, se vence la ira.

El que dice una palabrota tiene un juicio externo; es decir, todos lo pueden juzgar, es reo del Sanedrín, porque habla mal en público contra el prójimo. Aquí no habla el Señor del pecado de la mentira, ni de la calumnia, ni de la difamación, ni de los chismes, sino de las malas palabras. Malas palabras que nacen de la ira contra el prójimo, que nacen de la envidia, del odio, del rencor. Y, por tanto, producen un mal social, una revuelta social. Y para acallar eso, para expiar eso, es necesario un juicio público.

Por tanto, no es la intención lo que lleva a la perfección de la ley. Es poner en práctica el mandamiento del amor en sus más mínimos detalles en el hombre. Que el hombre no sólo atienda a las cosas exteriores de la obras, a lo más importante de una obra, sino a las cosas pequeñas, a las raíces de donde nace la obra; porque el hombre es soberbio y, entonces, si no ama al prójimo, siempre acaba juzgándolo. Y, para no juzgarlo, tiene que cuidar sus más mínimos pensamientos y palabras.

El hombre tiene que cuidar su soberbia, echar su soberbia a un lado, para poder tener la sabiduría divina. Si no hace eso, anda en sus sabidurías humanas juzgando a todo el mundo.

El hombre tiene que quitar su pecado de soberbia para amar con sabiduría al prójimo.

El hombre tiene que practicar las virtudes para poder dar el amor recto al prójimo.

Y sólo así se cumple la ley en sus pequeñas cosas. Y esto no lo explica Francisco. No dice nada. Sólo habla de lo que le interesa hablar. Entretiene a la gente con muchas cosas que no enseñan la verdad del Evangelio.

Si el corazón humano no se purifica de sus pecados, entonces no puede amar al prójimo. Francisco se detiene en esto: “Él va a la raíz de la Ley, centrándose especialmente en la intención y por tanto en el corazón humano, donde se originan nuestras acciones buenas o malas”. Y no enseña a purificar el corazón, que es donde está la perfección del amor.

Un corazón que no se purifica no puede amar. Un corazón que no ve su maldad para luchar en contra de ella, no puede amar. Un corazón que no sabe discernir entre el bien y el mal, entonces no puede amar.

La raíz de la Ley no está en la intención ni en el corazón. La raíz de la Ley está en el Corazón de Dios. La Ley es Divina. El hombre, para cumplirla, tiene que tener intención recta y un corazón purificado de toda maldad. Por eso, el que peca no puede amar. Los hombres hacen obras buenas en su vida de pecado, y hacen obras perfectas en su vida de pecado: no aman; no cumplen la ley de Dios; sino que se condenan por lo que obran, porque lo hacen en su pecado. Con buena intención, pero con un corazón podrido por el pecado.

Existe la buena intención y la malicia de la obra. Una obra mala se puede realizar con buena intención. Esa es la maldad farisaica. Es una maldad al cuadrado. Es dar una sonrisa y clavar un puñal. Así son muchos hombres. Así eran los fariseos. Así es Francisco: con una sonrisa destruye la Iglesia. Con su buena intención de amar a todo el mundo, destruye la Verdad en la Iglesia.

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