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La Jerarquía de la Iglesia se ha vuelto farisea

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Cualquiera que tenga un poco de vida espiritual se da cuenta de la gravedad en que está toda la Iglesia.

Porque un necio (ewél) está sentado en la Silla de Pedro. Esto es lo grave.

El necio es la persona que está vacía de verdad en su mente; una persona que no alcanza la verdad con su mente; que no ve la verdad con su mente; no sabe razonar, meditar, analizar con la verdad. Y, por tanto, el necio está lleno de mentira, de errores, de engaños, de falsedades, propias de su condición mental.

Francisco es un hombre necio, no razona, no tiene la verdad. Consecuencia: el hombre necio se vuelve estúpido (iwwelet), es decir, un hombre sin moral, sin norma de moralidad. Tiene una mente necia que le lleva a obrar sin ley moral, es decir, que obra el pecado. El estúpido es el que obra su pecado, que nace de su mente necia, de su mente sin verdad.

Cuando no hay verdad en la mente, entonces en el corazón no hay norma de moralidad: no se alcanza la ley divina ni la ley natural. El hombre, en su corazón, se vuelve un estúpido, es decir, obra un pecado.

Y, cuando el pecado se hace una vida, se hace un camino, se justifica de muchas maneras, la persona se vuelve idiota (nebala): obra en contra de la Voluntad de Dios de forma permanente. El idiota es el que vive su pecado como norma de su vida.

Francisco es un hombre necio, estúpido e idiota; es decir, un hombre sin verdad, sin ley moral y que obra la iniquidad desde la Silla de Pedro.

Y esto es un problema para toda la Iglesia. El desorden moral es lo que reina en toda la Iglesia. Si existe el desorden moral es porque la almas no viven la verdad, no obran la verdad. En sus mentes hay mucha confusión. No tienen las ideas claras de lo que hay que creer. Y, por tanto, la fe va desapareciendo, se va ocultando y se va perdiendo en muchas almas.

Lo que salva, en última instancia, es la fe. Si la fe se pierde, el hombre sólo camina hacia el infierno, sin posibilidad de salvarse. Todo el trabajo del demonio es hacer que las almas pierdan la fe. Para eso, el demonio da a las almas una fe humana, una fe racional una fe material, una fe romántica, una fe que agrada el oído de los hombres, una fe que es sólo un lenguaje humano, una fe que no sirve para nada, sólo para decirse a sí mismo que Dios nos ama y que Dios nos perdona.

Esta es la fe de muchos: Dios te ama y Dios te perdona. Tú sigue en tu vida porque Dios es Amor, Dios es fraternidad, Dios los es todo, lo puede todo.

Y, entonces, las almas ya no luchan por la Verdad, porque se oculta la fe, se anula la fe.

La fe es un don de Dios. Y ese don de Dios sólo Dios lo da; es decir, no lo merece ningún hombre.

Cristo da al hombre la Gracia, no la fe. Cristo da la gracia por la fe del hombre. Si no hay fe, Cristo no da la gracia.

Dios Padre dio a Abrahán el don de la fe. No le dio la gracia. No le dio el Espíritu. Le dio la posibilidad de creer, la capacidad para poseer la Verdad. Y creer en una sola cosa: en el único Dios verdadero: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Para creer hay que empezar por aquí: hay que adorar a Dios, al único Dios, al verdadero Dios.

Dios se reveló a Abrahán como Tres Personas distintas en una única naturaleza. Y Abrahán se sometió a esa Revelación Divina. Y ahí comenzó su camino de fe.

Si los hombres no creen en Dios, y comienzan a dar culto a dioses extranjeros, no pueden salvarse. Es lo que vemos en todo el mundo: hombres, con sus iglesias, con sus religiones, con sus espiritualidades, con sus asociaciones, que no creen en el único Dios verdadero. Creen en sus dioses, en sus pensamientos humanos, en sus leyes, en sus lenguajes filosóficos, teológicos, pero no creen en Dios. No tienen la fe divina. Tienen otro tipo de fe.

Los judíos perdieron la fe que tenía Abrahán porque la humanizaron, la carnalizaron, la hicieron un sentimiento humano, un don humano, un merecimiento humano. Y es lo que muchos católicos hacen hoy día con la fe y con la gracia: lo pervierten todo con sus pensamientos humanos.

El problema del don de la fe está en la soberbia del hombre. Si el hombre, en su mente, no se somete a la fe, no obedece a la Revelación de Dios, entonces no puede tener fe divina. Inmediatamente, surge la fe humana: el hombre se inventa la fe, se inventa un camino para adorar a Dios, para servir a Dios, para hacer apostolado.

Es lo que vemos en toda la Iglesia: el invento del hombre por agradarse a sí mismo diciéndose que lo que hace lo quiere Dios, es Voluntad de Dios. Y, para eso, emplea su lenguaje humano, para tapar su mentira, su engaño, su ilusión, su pecado.

Esto es lo que continuamente hace Francisco desde la Silla de Pedro. Usa su romanticismo, su lenguaje barato y blasfemo, para contentar a todo el mundo, y, al mismo tiempo, para extraviar a todo el mundo.

Esto lo puede hacer Francisco por ser necio, idiota y estúpido. Él vive su pecado. Él obra su pecado. Él guía hacia su pecado. Esto, en la Sagrada Escritura, se llama maldición. Una cosa está maldita porque está llena de la obra del pecado.

«Maldita Adán la tierra por tu causa»: el pecado de Adán trajo la maldición a toda la Tierra.

El pecado de Francisco trae la maldición a toda la Iglesia. Es decir, la Iglesia está llena de la obra del pecado de Francisco. El pecado trae males allí donde se obra. Y si se obra continuamente, entonces de forma inmediata salen males por todos los sitios, por todos los rincones. Si la Cabeza esta corrupta, todo lo demás se corrompe.

El pecado de Francisco es una obra de iniquidad. No es que Francisco diga una mentira y, después, se confiese y se acabó la cosa. Francisco obra una iniquidad. Éste es el problema. Su pecado es una iniquidad, que llena la Iglesia de maldición, no de bendiciones, no de gracias. Y, por tanto, el pecado de Francisco produce la apostasía de la fe en muchas almas de la Iglesia.

Y la apostasía de la fe indica el camino abierto al demonio dentro de la Iglesia: es una puerta abierta por donde entra en la Iglesia todo el infierno. Hay comunicación directa entre Roma y el infierno.

Antes la puerta estaba cerrada, porque había un Papa elegido por Dios. Y el pecado de las almas en la Iglesia no podía abrir esa puerta.

Pero un hombre no elegido por Dios abre el infierno en Roma; abre las puertas de la maldad en toda la Iglesia.

Por eso, el que tiene vida espiritual percibe cómo está el ambiente de cargado en toda la Iglesia. Hay demonios que recorren, no sólo el mundo, sino la Iglesia. Y la recorren libremente, sin oposición, porque se ha abierto la puerta.

«Porque el misterio de iniquidad ya está en acción; sólo falta que el que lo retiene sea apartado» (II Tes 2, 7).

Hay que apartar al Papa verdadero para que entre el hombre de iniquidad.

Durante 50 años es lo que se ha intentado hacer de manera oculta, poniendo dobles, sosías, imitadores del Papa verdadero. Y nadie se ha enterado porque los hombres, con sus ciencias, pueden lograr muchas cosas. Son ciencias malvadas, regidas por la mente del demonio, para obrar mucha maldad.

A Benedicto XVI lo apartaron de forma brusca. Tuvo que irse por la maldad de muchos hombres que, de manera científica, técnica, pusieron al Papa verdadero en un dilema: es mejor irse de una Iglesia que no sirve para nada.

Benedicto XVI sabía muy bien cómo está de corrupta la Iglesia en la Jerarquía. Pero no sabía solucionarla por los caminos divinos: que es decirle a esa Jerarquía que se dedique a quitar sus pecados y a hacer vida de penitencia. Él no supo apartar de sus cargos a muchos sacerdotes y Obispos corruptos. Los mantuvo y, entonces, la fuerza del mal pudo con él.

Benedicto XVI se encontró con una fuerza maléfica, mayor que la que encontró Juan Pablo II. Y, por su falta de fe, no supo batallar contra esa fuerza. Sucumbió. Y está ahora rendido, sin fuerza espiritual. Él sigue viendo la maldad, pero no puede hacer nada. Él se fue porque no quería hacer nada con toda esa maldad. Que otros resuelvan.

Pero el problema de la Iglesia actual es el fariseísmo de la Jerarquía. Si los sacerdotes y Obispos pecaran y se confesaran, entonces, no existiría lo que vemos. Pero, desde hace mucho tiempo, la Jerarquía se ha convertido en farisea; es decir, vive una espiritualidad falsa, que consiste en hablar muchas cosas de Dios y en obrar de manera diferente a lo que se predica.

Se habla para convencer a la gente de que son sacerdotes y Obispos buenos; se habla para agradar a los hombres en sus vidas y mantenerlos atentos sólo a las necesidades materiales o humanas de la Iglesia; se habla para captar la atención de muchas personas y dirigirlas a entornos humanos, sociales, políticos, para formar comunidades o grupos que trabajen por ideales humanos, materiales, donde se haga un bien común, dando una doctrina, más o menos, apta para conseguir que las personas sigan en esas actividades.

Y, entonces, se crean apostolados humanos, dedicados a todo lo humano, lo social, lo material, descuidando la vida espiritual o haciendo que esa vida espiritual sea sólo lo mínimo: misa dominical, oraciones, limosnas.

Y, de esta manera, va surgiendo el hombre fariseo, el hombre de mente humana, de obras humanas, de proyectos humanos, sociales, comunes a todos. Y se van realizando ideales humanos para alcanzar objetivos humanos en la Iglesia.

Y así la salvación de un alma se pierde, se anula, se tergiversa. Para salvarse ya no es necesario hacer oración y penitencia; sino hay que hacer un bien común, hay que resolver problemas de los hombres, es necesario que se sienta una solidaridad humana, común, social, en toda la Iglesia.

Cuando se predica que la misión en la Iglesia consiste en dialogar la verdad con los hombres y obrar la fraternidad en medio de ellos, se está haciendo puro comunismo en la práctica. Se está realizando lo más contrario a la doctrina de Cristo.

La misión en la Iglesia consiste en predicar la Verdad y en hacer penitencia por las almas que están en pecado. Esa es toda la misión. Eso hicieron todos los santos: salían a predicar del infierno, del pecado, de la muerte, del purgatorio, etc.; y salían para una vida de penitencia. Mientras predicaban hacían penitencia para que su predicación llegara al corazón de las almas.

Pero esto se ha perdido desde hace mucho en la Iglesia. Y la Iglesia se dedica a construir obras sociales de todo tipo para que los hombres estén contentos con la Iglesia, para que vean los hombres que la Iglesia también está pendiente de sus necesidades materiales o humanas.

Y esto es lo diabólico. Esta es la obra de la iniquidad que hace Francisco. Él no enseña la Verdad a nadie. Nada más es ver cualquiera de sus homilías, encuentros con las almas, y constatar que nunca dice la Verdad, nunca predica la Verdad. Él predica su evangelio de la fraternidad. Predica su lenguaje humano, sentimental, herético, que habla cosas de Dios, pero mal habladas, metiendo el engaño, el error, falsedades y mucho cinismo.

En el encuentro con las parejas de novios del 14 de febrero, ¿acaso Francisco se ha preocupado por dar a entender los pecados que incurren las parejas para que los quiten? No ha hablado del pecado. ¿Acaso Francisco ha enseñado a usar la gracia del Matrimonio y las cosas que son necesarias en el noviazgo para ir bien al Matrimonio y saber usar esa Gracia? En absoluto. ¿Acaso Francisco ha predicado sobre la oración y la penitencia que ambos tienen que hacer en sus noviazgos y en sus matrimonios para entender la Voluntad de Dios en esas relaciones? Francisco ni siquiera ha tocado este tema, porque él tampoco lo vive en su sacerdocio.

Francisco se ha dedicado a lo de siempre: a sus palabras hermosas, bellas, que gustan a todos, pero que están llenas de mentira, de maldad, de engaño. Se lee el discurso que ha pronunciado y el corazón encuentra un vacío, porque no ha dicho ninguna verdad evangélica.

Leer a Francisco es sentir la presencia del espíritu del demonio. Sus palabras no tienen la unción del Espíritu Divino, sino la sugestión del espíritu diabólico. Y, entonces, esas palabras van a la mente, la llenan, la cautivan; pero el alma siente un vacío en su corazón. Siente que algo no va bien en esas palabras; siente una inquietud cada vez que lee a Francisco.

Cuando se predica la Verdad, el alma encuentra la paz del corazón, porque éste se llena del amor que nace en esa Verdad. Pero cuando se predica la mentira, entonces hay turbación en el corazón, porque la mente tiene una confusión. Siempre la mentira deja al alma turbia, sin luz, en tiniebla, en duda, en temor, en miedo. Su mente no descansa en una verdad y, por tanto, su corazón no encuentra la paz. Y el corazón que no está en paz tiende al odio, a la envidia, a la ira, al pecado. Por eso, cuando se predica la mentira, las almas obran un pecado. Cuando se predica la verdad, las almas obran un amor.

Hablar la verdad y hablar la mentira son dos realidades totalmente diferentes que obran dos cosas opuestas.

Quien habla la verdad nunca puede hacer una obra de pecado. Si la hace es que no habló la Verdad. Quien habla la mentira nunca hará una obra de amor, sino siempre un pecado.

Por eso, el fariseo es aquel que predica una verdad falsa, una media verdad, un lenguaje aparente de verdad, pero que, en el fondo, es pura mentira, puro engaño. Y la Iglesia está llena de fariseos: predican cosas bonitas, que gustan a todo el mundo, pero que son auténticamente desastrosas para quien las oye.

Por eso, es mejor ir a misa y, en las homilías, leer un libro que ayude a que el alma siga en la presencia de Dios, que estar escuchando a un mentiroso. Porque el daño al alma es muy grande.

El que predica la mentira pone el odio en el corazón. Hay mucha maldad en los sacerdotes, en los Obispos, cuando predican a la gente. ¡Mucha maldad! Porque un sacerdotes está obligado a dar sólo la Verdad de la Palabra de Dios. Y tiene el poder para hacer esto, aunque sea un inculto en teología. El Santo Cura de Ars no sabía nada de teología, pero predicaba la verdad. Y convertía a las almas porque sólo predicaba la Verdad y hacía penitencia por ellas. Y sus homilías eran muy simples, pero muy claras. No tenía pelos en la lengua.

La Jerarquía ha perdido el buen espíritu y está llenado la Iglesia con sus mentiras, con sus obras demoniacas, dedicados a lo social, a lo comunitario, a resolver problemas de los hombres. Y, entonces, las almas viven una confusión. No encuentran un camino de salvación y de santificación en la Iglesia. Encuentran un comunismo, un idealismo, una verborrea que sólo sirve para echarse las manos a la cabeza y pedir al Señor que el castigo sea con misericordia, porque el pecado de la Jerarquía merece el infierno.

Cualquiera que tenga un poco de sentido común, entenderá que lo que obra Francisco en la Iglesia tiene un desenlace trágico. Si no se predica la Verdad, se obra el odio en toda la Iglesia. Y se obra con bonitas palabras, con un lenguaje humano bello, pero que va contra el amor.

Se buscan en la Iglesia gente que tenga dinero, fama, poder, cercanía hacia los hombres; y se deja a un lado a almas de oración, de penitencia, de vida espiritual. Los que valen en la Iglesia son los que hacen un bien social. Los demás, no valen, no sirven. Se está haciendo una selección de personal dentro de la Iglesia. Y eso es lo propio de comunismo. Ya el bien personal, individual, privado no sirve en la Iglesia. Sólo sirve el bien común, el que soluciona problemas de todos, el que trae satisfacción a todos.

Por eso, vienen tiempos muy duros para los que creen en la Verdad. Para los demás, son tiempos bellos, porque se acogen a cualquier idiota que predique sus necedades en la Iglesia. Y así se conforman en sus vidas, creyéndose que van bien porque sigue al que está en la Silla de Pedro. Mucha gente no discierne la Verdad porque ha sido enseñada con la mentira. Y no saben lo que es la verdadera obediencia en la Iglesia. Y no saben ver las mentiras de los demás porque sólo quieren ver sus cosas buenas, sus obras buenas, sus pensamientos buenos.

No hay que obedecer al que piensa bien o al que habla bien. Hay que obedecer al que obra la Verdad, al que se dedica a hacer lo que el Señor le ha llamado a la Iglesia. Un sacerdote que no se dedica a predicar ni a liberar del demonio, sino que sólo se dedica a resolver asuntos sociales de sus almas, no es sacerdote, no es Pastor de almas; es sólo un lobo, un comunista vestido de Cristo.

Si cada uno en la Iglesia se dedicara a aquello a lo que Dios lo ha elegido, entonces la Iglesia siempre caminaría en la Verdad. Pero la Iglesia ya no camina. Y, desde hace mucho tiempo, no camina. Porque los suyos, su Jerarquía se ha vuelto farisea e impide a los demás caminar en la Verdad, obrar la Verdad.

Jesús se encontró con un Pueblo anclado en la mentira. Y tuvo que enfrentarse a los poderosos, a los sacerdotes, a los rabinos, a los fariseos para salvar a ese pueblo de la mentira.

Y hoy nos encontramos con lo mismo: una Iglesia cerrada a la Verdad, viviendo un engaño, manejada por fariseos, y que es conducida hacia el comunismo y el protestantismo.

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