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La Iglesia es la Eucaristía

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Corazón de Jesús

El Gran Milagro

Infiltración en la Iglesia

El Reino de la Paz

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La Eucaristía es el Cuerpo de Cristo. Jesús se hace Eucaristía para estar en Sus Almas. Jesús se da en la Eucaristía para guiar a Sus almas al Reino de los Cielos. Jesús es Eucaristía para hacer Su Iglesia.

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, es decir, la unión de las almas en Cristo, en la Eucaristía. La Iglesia une almas, no vidas humanas, no hombres. La Iglesia no es un conjunto de hombres, de vidas humanas, de obras humanas, de pensamientos humanos, de ideales humanos, de culturas humanas, de sociedades humanas.

La Iglesia no es social, sino mística y espiritual, porque es un organismo sobrenatural, no natural. La Iglesia no pertenece a la naturaleza humana, no se deriva de la naturaleza humana. El hombre no exige por sí mismo ser Iglesia, porque la Iglesia es Cristo. Y Cristo es Dios y Hombre. La vida de Cristo no es una vida social, ni histórica, ni cultural, ni material. La vida de Cristo es la Gracia Divina.

Hoy se anula la Gracia, porque se niega el pecado. Y, entonces, necesariamente la Iglesia es un invento de los hombres. Por eso, hay más de cuarenta mil sectas: cada una tiene una forma de seguir a Cristo, de entender a Cristo, de ser de Cristo. La iglesia inventada por Francisco en Roma es una secta más.

Cristo sólo está en Su Iglesia, no en las demás. Cristo ya no está en los judíos. Ellos mataron a Cristo. Ellos se opusieron a Cristo para acoger su Ley: « Nosotros tenemos una Ley, y según esta Ley debe morir». (Juan, 19, 7). Este fue su gran pecado: se opusieron a la Gracia de Cristo. Y, en consecuencia, se declararon enemigos de todos los pueblos: «y a nosotros nos persiguen, y que no agradan a Dios y están en contra de todos los hombres: que impiden que se hable a los gentiles y se procure su salvación. Con esto colman la medida de sus pecados» (1 Tes 2, 15b-16).

Cristo sólo pertenece a Su Iglesia. Y Su Iglesia no es Universal; es decir, no es para todos los hombres, porque Su Iglesia es una Gracia, es un Ser Sobrenatural, que exige una Vida Sobrenatural.

Francisco pone la Iglesia en la naturaleza humana y, por tanto, evoca su comunismo, su humanismo, su derecho a que todos los hombres entren en la Iglesia.

Francisco niega la Gracia y el pecado en su evangelii gaudium: «Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios » (n. 114). La Iglesia, para Francisco no es una Gracia, sino un conjunto de hombres.

Para Francisco, Dios ha elegido a todos los seres humanos «para convocarlos como pueblo y no como seres aislados» (n. 114). Dios elige un pueblo y lo convoca como Iglesia.

Dios eligió un pueblo, pero no lo convocó como Iglesia. Dios da la fe a Abraham y, de esa fe, nacen los hijos de Dios. Quien tenga la misma fe de Abraham, quien crea en lo que Dios reveló a Abraham, entonces es hijo de Dios.

Y, cuando Cristo vino a la tierra, encontró un pueblo que había renegado de la fe de Abraham. Cristo es la promesa del Padre a Abraham. Y los judíos rechazaron esa promesa. Y, entonces, Cristo forma Su Iglesia sin el pueblo elegido.

Francisco niega el pecado y, entonces, tiene que meter en la Iglesia a los judíos: «Los cristianos no podemos considerar al Judaísmo como una religión ajena, ni incluimos a los judíos entre aquellos llamados a dejar los ídolos para convertirse al verdadero Dios (cf. 1 Ts 1,9)» (Ev. gaudium – n. 247). Y la razón: su «Alianza con Dios jamás ha sido revocada» (n. 247). Está negando el pecado de los judíos contra Cristo.

«Jesús no dice a los Apóstoles que formen un grupo exclusivo, un grupo de élite. Jesús dice: “Id y haced que todos los pueblos sean mis discípulos”» (Mt 28,19) (Ev.gaudim – n. 114). Esta es la mentira de Francisco.

San Mateo dice en su Evangelio: «Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto Yo os he mandado» (28, 19-20). Mateo dice: enseñad. Mateo no dice: id y haced que todos los pueblos sean mis discípulos. Son cosas totalmente diferentes.

Cristo enseña Su Palabra, pero no obliga a seguirla, porque sabe que el hombre es pecador. Francisco obliga a que los hombres sean discípulos de Cristo porque anula el pecado. Tiene que anularlo para que entren todos los pueblos: « Este Pueblo de Dios se encarna en los pueblos de la tierra, cada uno de los cuales tiene su cultura propia » (Ev. gaudium – n. 115). La encarnación del pueblo de Dios significa que no existe el pecado. El Pueblo de Dios asume a todos los pueblos de la tierra. Y, entonces, cada pueblo de la tierra es el Pueblo de Dios. Todos los hombres son buenos por naturaleza. Y la razón: «Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios». Como para ser Iglesia no es necesario estar en Gracia, tener una Gracia, entonces la consecuencia. Todos los hombres tienen que entrar en la Iglesia por derecho natural. Y eso supone decir que el hombre es por naturaleza hijo de Dios. Lo cual, es una auténtica herejía.

Sólo Jesús es Hijo Natural de Dios; los hombres son hijos de Dios por Gracia, no por creación. No hay un derecho natural a ser hijo de Dios porque hay un pecado. Adán pecó y se acabó el Paraíso. Y el Paraíso era el Cielo de los hijos de Dios por Creación. Eso no ya no existe, ya no se puede dar.

Por tanto, Francisco pone la Iglesia en un conjunto de hombres, con sus culturas, con sus ideas, con sus filosofías, con sus pecados, con todo lo que un hombre es en su vida. Francisco mira a todo el mundo y lo ve como Iglesia: eso es la iglesia universal.

Cristo sólo ve Su Iglesia, la que Él ha puesto en Pedro. Porque esto es lo que niega Francisco: a Pedro. «debo pensar en una conversión del papado» (Ev. gaudium – n. 32); «ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio en la interpretación de la realidad social o en la propuesta de soluciones para los problemas contemporáneos» (Ev. gaudium – n. 184).

El Papa Bonifacio VII declaraba: «Pero es menester que la espada esté bajo la espada y que la autoridad temporal se someta a la espiritual… Que la potestad espiritual aventaje en dignidad y nobleza a cualquier potestad terrena, hemos de confesarlo con tanta más claridad, cuanto aventaja lo espiritual a lo temporal… Porque, según atestigua la Verdad, la potestad espiritual tiene que instituir a la temporal, y juzgarla si no fuere buena… Luego si la potestad terrena se desvía, será juzgada por la potestad espiritual; si se desvía la espiritual menor, por su superior; mas si la suprema, por Dios solo, no por el hombre podrá ser juzgada (…) declaramos, decimos, definimos y pronunciamos que someterse al Romano Pontífice es de toda necesidad para la salvación de toda humana criatura». (Bula Unam Sanctam). El Papa tiene el monopolio, el dominio sobre todo poder terrenal, porque Cristo es Rey de toda la Tierra. Y, por tanto, el Papa tiene la última interpretación de cualquier cuestión social, política, económica, cultural, artística, humana, natural, carnal, filosófica, etc. Y quien no se someta a lo que diga el Papa no puede salvarse.

Francisco niega todo esto porque quiere una conversión del Papado. Y ya lo ha hecho: ya quitó la verticalidad del Papado. Eso es anular el Papado en su raíz. Esto es renunciar en lo esencial a la misión que tiene el Papa en la Iglesia: dar la Verdad, guiar en la Verdad, enseñar la Verdad, santificar con la Verdad. Y la Verdad sólo la recibe de Cristo. Al quitar la verticalidad, se cierra a Cristo, porque se abre a la mente de los hombres, a su gobierno horizontal. Se acabó el Papado, la Verdad, la santificación en la Iglesia. Ya no hay una cabeza en la Iglesia, sino muchas.

Cristo ha puesto Su Iglesia en Pedro y, por lo tanto, en el Papa Benedicto XVI. No la ha puesto en Francisco.

La Iglesia vive en Benedicto XVI. La Iglesia obedece a Benedicto XVI. La Iglesia se somete a Benedicto XVI.

Cristo ha puesto su Iglesia en Pedro, no en el Pueblo de Dios. Para ser Iglesia hay que estar con Pedro, no hay que estar con los hombres, no hay que buscar a los hombres, no hay que interesarse por los hombres. No hace falta. No hay que quitar la hambruna de los pobres; hay que salvar almas.

Francisco hace su iglesia de los pobres y para los pobres, porque ser iglesia es ser pueblo de Dios, es ser comunión con todos los hombres de toda la tierra. Y, claro, tiene que negar la persona individual. La Iglesia es un conjunto de hombres, es para un conjunto de hombres. Ya la Iglesia no es para cada alma. Francisco tiene que negar la Eucaristía necesariamente.

La Eucaristía es para cada alma: «Es Cristo quien vive en Mí». La Eucaristía no es para un conjunto de hombres, para los pueblos de la tierra. No puede ser, porque Cristo se ha encarnado para estar en cada alma. No se ha encarnado para estar en la vida de los hombres. No se ha encarnado para elevar a cada hombre a Dios: «Confesar que el Hijo de Dios asumió nuestra carne humana significa que cada persona humana ha sido elevada al corazón mismo de Dios» (Ev. gaudium – n 178). Eso es una aberración. Porque la Encarnación es Redentora, no transformadora. Cristo se encarna para quitar el pecado. Y una vez vencido en cada alma, entonces esa alma se transforma en hijo de Dios por participación. Pero si el alma no vence el pecado, no hay transformación.

Francisco niega la Gracia en la Eucaristía: «La Eucaristía, si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles». (Ev. gaudium – n. 47). La Eucaristía no lleva a la santidad de vida, a la perfección, sino que es sólo un remedio, un alimento para los débiles. Es decir, que los fuertes no necesitan la Eucaristía. Es un remedio necesario para aquellas personas que viven en el pecado y que no van a quitarlo: «A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores» (Ev. gaudium – n. 47). Francisco niega que la Eucaristía sea un remedio para vencer las tentaciones, los apegos a la vida, las miserias que cada hombre tiene en la vida. No es por ahí el remedio. El remedio está en que comulguen los que no pueden comulgar: «Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo» (Ev. gaudium – n. 49). Hay que dar la Eucaristía a todo el mundo, porque no hay que controlar la Gracia. Ya el sacerdote no debe juzgar al alma y negarle la Eucaristía: «No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos» (Ev. gaudium – n. 49). La Verdad absoluta cae con Francisco. Los dogmas ya no existen. La norma de moralidad desparece: «Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: “«¡Dadles vosotros de comer!”» (Mc 6,37) (Ev. gaudium – n. 49). Y la razón de todo esto, sólo una: «prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada» (Ev. gaudium – n. 49). Francisco prefiere el pecado que la Gracia de Cristo. Niega la Gracia. Niega la Eucaristía.

Y si niega la Eucaristía, tiene que negar el sacerdocio: «El sacerdocio reservado a los varones, como signo de Cristo Esposo que se entrega en la Eucaristía, es una cuestión que no se pone en discusión, pero puede volverse particularmente conflictiva si se identifica demasiado la potestad sacramental con el poder» (Ev. gaudium – n. 104). Para Francisco, el sacerdote sólo sirve para administrar la Eucaristía, ya no tiene poder. Y, entonces, no hay Jerarquía en la Iglesia.

La Jerarquía corresponde al Orden Sacramental no al Bautismo. Francisco niega: «El sacerdocio ministerial es uno de los medios que Jesús utiliza al servicio de su pueblo, pero la gran dignidad viene del Bautismo, que es accesible a todos» (Ev. gaudium – n. 104). Es más importante un bautizado que un sacerdote.

Y, por eso, el sacerdote tiene que servir al pueblo, su autoridad es sólo un servicio al pueblo: «Su clave y su eje no son el poder entendido como dominio, sino la potestad de administrar el sacramento de la Eucaristía; de aquí deriva su autoridad, que es siempre un servicio al pueblo» (Ev. gaudium – n. 104). Consecuencia, el sacerdote, el Obispo, el Papa, ya no tienen poder de enseñar, poder de santificar ni poder de guiar a las almas en la Iglesia. No existe ese poder. Ese poder pasa al pueblo, es de los bautizados. Y, por eso, la mujer tiene que tener poder en la Iglesia. Francisco se ha cargado la Jerarquía en la Iglesia. Todos en la Iglesia tienen poder para gobernar, para educar, para santificar. Todos. Por eso, el cismático, el hereje, el protestante, el judío, el calvinista, el musulmán, son gente que está en la verdad y que enseñan la verdad a todo el mundo. La Iglesia tiene que aprender de ellos. Es la consecuencia de negar el poder en el sacerdocio.

Cristo ha puesto Su Iglesia en Pedro. Quien anula a Pedro, anula todo lo demás. Es lo que ha hecho Francisco, pero nadie lo ve. Y es sencillo verlo, porque Francisco no es inteligente. Es un charlatán, que le gusta hablar. Y en su habla se ve su gran mentira, su gran herejía, su gran comunismo.

Es un error pensar que el comunismo se propaga principalmente por la persuasión, por la prédica de sus ideas. El comunismo es una pobre doctrina. Pío XI, en la Divini Redemptoris, se pregunta: “¿Pero cómo un tal sistema, el del comunismo, anticuado hace ya mucho tiempo en el terreno científico, desmentido por la realidad de los hechos, como decimos, semejante sistema ha podido difundirse tan rápidamente en todas partes del mundo?”. Y responde Pío XI: “La explicación reside en que son muy pocos los que conocen a fondo lo que se proponen y a lo que realmente tienden los comunistas”.

El comunismo no se difunde por la enseñanza de su doctrina, de hombre a hombre. El comunismo se difunde haciéndole practicar, poniéndolo en práctica.

Esto es lo que hace Francisco: busca dinero para acabar con la hambruna del mundo. Toda la Iglesia está en ese comunismo práctico. Después, él predica sus tonterías cada día. Él entretiene a la gente con sus chorradas. Y la gente lo sigue aplaudiendo y no se dan cuenta de que se vuelven comunistas sin más.

Acoge la mentira de un mentiroso y serás como él: comunista.

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