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Francisco destruye la Verdad en la Iglesia con su comunismo

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“Hay que recordarlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual, en que cada individuo se convierte en doctor y legislador. No, venerables hermanos, no se edificará la ciudad de un modo distinto a como Dios la ha edificado; no se levantará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar, ni la ciudad nueva por construir en las nubes. Ha existido, existe; es la Civilización Cristiana. Es la Ciudad Católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla sin cesar sobre los fundamentos naturales y divinos de los ataques siempre nuevos de la utopía moderna, de la Revolución y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo (San Pío X, Notre Charge Apostolique, del 25 de agosto de 1910)

La Ciudad Católica es algo distinto y separable absolutamente de la Iglesia y del cristianismo.

No se da la Ciudad Católica sin la Iglesia, pero la Iglesia siempre se da sin la Ciudad Católica.

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo que da la presencia de Cristo en las almas. Cada alma en Gracia es Cristo, -su vida, sus obras-, en esa alma. Y eso está por encima, eso trasciende la sociedad, las culturas, la historia de los hombres.

La Iglesia tiene una estructura externa, una organización externa de magisterio, de gobierno, de culto, que es necesaria para obrar la Verdad, que es Cristo. Pero la Iglesia se puede difundir entre civilizaciones hostiles sin apoyarse en ninguna de ellas, sin informar ninguna de ellas, porque la Iglesia está en las almas. Pero es siempre necesario una sociedad que avale la vida de la Iglesia, porque si todas fueran hostiles a la Iglesia, entonces sólo la Iglesia viviría en algunas almas privilegiadas, en algunas almas que responden a Cristo en ese mundo totalmente rebelde, pero no podría obrar la misión que tiene: la de ser camino de salvación y santificación en el mundo.

En el tiempo del Anticristo, la Iglesia vivirá una gran desolación en la que unos pocos fieles continúen viviendo de la Fe, en medio de un gobierno mundial hostil totalmente a la Verdad. Y, por eso, en ese tiempo, nadie se salvará. No habrá Misericordia, sólo la Justicia Divina. Y si ese tiempo no fuera abreviado, incluso los elegidos, incluso esas almas privilegiadas que continúan viviendo su fe, no podrían salvarse.

La Ciudad Católica significa que la Iglesia misma informa la vida de los pueblos, la vida temporal de todos los hombres. Es decir, los hombres viven en la sociedad pero sometiéndose a la vida de Cristo, sometiéndose a unas leyes naturales y divinas y, en consecuencia, haciendo de esa historia humana algo divino, un camino para el mismo hombre en esas sociedades.

Pero, cuando las sociedades, los Estados, se olvidan de someterse a las leyes divinas, entonces se ponen en contra de esa Ciudad Católica y comienza a formar sus ciudades, sus países, sus mundos, que no son otra cosa que un reflejo del pensamiento del demonio en los hombres.

“Hubo un tiempo en que la filosofía del evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. El sacerdocio y el Imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades” (León XIII, en su Inmortale Dei).

Ese tiempo fue un momento de plenitud histórica en el siglo XIII, cuando la sabiduría culminó con Santo Tomás de Aquino, cuando la prudencia política logró una forma maravillosa con San Luis, rey de Francia. Pero, después, vino la decadencia de los pueblos y hemos llegado al culmen de esa decadencia: el comunismo.

El comunismo tiene una raíz cristiana. No es un movimiento puramente pagano, sino que es una herejía del cristianismo hecha obra, hecha modelo de amor fraterno para la sociedad. Es, en consecuencia, un poder destructivo de la Verdad Evangélica y de la Verdad de la Ciudad Católica.

El comunismo socava la Iglesia, la hunde. Sólo unas almas privilegiadas pueden seguir siendo Iglesia en un régimen comunista. El comunismo quiere realizar el hombre total, es decir, la humanidad perfecta sin Cristo, sin Verdad, sin la Vida que da la Gracia. Y a ese comunismo hay que enfrentarlo con el Cristo total, el Cristo del Evangelio, el Cristo que no se sometió a ningún poder humano ni eclesiástico.

Y cuando ese comunismo ha penetrado la Iglesia con la teología de la liberación, con la de los pobres, con las comunidades de base, con la doctrina de la fraternidad de Francisco, entonces hay que decir: ésa no es la Iglesia de Cristo. Esa que está en Roma es la iglesia del Anticristo, que va a producir que todos los Estados del mundo se opongan a la Iglesia. Y la verdadera Iglesia quede sola en las almas privilegiadas, que viven su fe en la Palabra de Dios. Una Iglesia sin estructuras externas, porque no será posible obrar externamente la verdad, sino sólo en las catacumbas, encerrados, viviendo la fe sin poder transmitirla a los demás de una manera pública, social, política, económica, etc.

Por eso, el mal de Francisco es inmenso. Todas las herejías han sido revolucionarias en un sentido total, porque no sólo se intenta reformar las creencias religiosas, sino también la vida espiritual de las almas: darle a las almas un sucedáneo del espíritu. Eso es sólo la Nueva Era: un conglomerado de cosas espirituales que no sirve para nada, sólo para confundir a las almas en el camino espiritual y hacer que crean que obran algo bueno para Dios.

Desde el siglo XIII, el hombre ha puesto su comunismo en todas las cosas, pero se enfrentó a sociedades fuertemente estructuradas en la ley divina y en la ley natural. Y no pudieron socavar esas sociedades de un solo golpe, sino poco a poco. Y, por eso, se llegó al siglo XVIII en que la Revolución Francesa quiso conquistar el mundo y la Iglesia. Napoleón quiso ser Papa, pero Dios tenía otros planes. Y, desde ese momento, hasta nuestros días, el hombre ha avanzado en el proyecto de este gobierno mundial. Por eso, un Hitler es la consecuencia de la Revolución.

La Iglesia, en los Papas, se ha opuesto de forma enérgica al planteamiento del comunismo. Y se ha opuesto en las mismas estructuras sociales y políticas, porque todavía existían hombres en el mundo sin el espíritu del mundo, llenos de la Verdad del Espíritu de Cristo. Por eso, Napoleón fracasó y, también, Hitler. Y ha sido tarea del mismo comunismo socavar esas estructuras para que el hombre viviera un sistema de desorden que le alejara del camino de la salvación y de la santificación. Por eso, el comunismo ha conseguido que los Estados tengan leyes totalmente contrarias a las leyes divinas y naturales, aceptadas por todos.

Con el comunismo el hombre no afirma nada, sino que se vuelve hacia el mismo hombre y lo destruye. Destruye la religión, el Estado, la propiedad, la familia, la Verdad.

El humanismo afirmaba al hombre; el racionalismo, la razón del hombre; el naturalismo, la vida natural de los hombres; el absolutismo, el poder absoluto del hombre sin dependencia a nada: el orgullo del hombre; el capitalismo, afirma el capital, la propiedad privada; la democracia, afirma la soberanía del pueblo; el liberalismo afirma la libertad del hombre; pero el comunismo destruye al hombre, porque es una cultura que se rebela contra lo burgués, que oprime al rico para expandir lo material. Y esto es un absurdo: porque si los ricos no dan dinero, ¿de dónde viene el dinero para los pobres? Si al rico se le oprime, entonces ¿cómo se expande lo material, cómo los pobres tienen lo material? Se crea un círculo vicioso. Y eso es una destrucción de todo.

El comunismo promulga el bien común, el bien colectivo, el bien de todos y, en consecuencia, tiene que destruir al hombre individual, al hombre hijo de Dios, al hombre que domina la naturaleza con su razón para servir sólo a lo social, a lo común. El hombre, para el comunismo es sólo algo útil, que se usa o se tira según lo común, según una conveniencia social, cultural, artística, económica, política; según una maquinaria colectiva así sirve o no sirve el hombre.

Juan Pablo II combatió al comunismo, pero no lo venció, sino que se ocultó. Porque ninguna herejía es vencida totalmente, sino que todas cambian de color, cambian su rostro, cambian su forma de presentarse a los hombres. El protestantismo sigue vigente, pero se presenta de otras maneras a los hombres. El comunismo sigue ahí, pero de otra manera.

La Ciudad Católica está formada por pueblos sometidos a la Iglesia Católica, que se desarrollan en su historia de cada día. Pero, ¿dónde está la Ciudad Católica cuando la Iglesia pierde la Verdad de lo que es? Tiene que desparecer. Este es el problema en el mundo y en la Iglesia actualmente. La iglesia en Roma es una estructura que se somete al mundo, no a la Verdad.

En la Iglesia pervive el comunismo en la teología de la liberación y de los pobres. Esa teología ha sido combatida por la misma Iglesia. Juan Pablo II es modelo de ese combate. Pero el problema es que el comunismo se introdujo en la Iglesia, que no tenía que haberlo hecho, y eso es el fin de la Iglesia.

El comunismo lo destruye todo, porque así ha sido concebido: una herejía que tiene por objetivo destrozar al hombre entero. El comunismo ha arrasado en todo el mundo, pero no en la Iglesia. La Iglesia se ha mantenido firme hasta que entró la teología de la liberación en ella. Esa entrada fue diabólica: fue la sugestión del demonio en muchos Obispos que ya vivían ese comunismo en la vida práctica de sus ministerios sacerdotales.

El comunismo no tenía que haber entrado en la Iglesia como una teología. Pero se produjo y eso señala la decadencia de la propia teología eclesial, que ya no es una ciencia divina, sino demoniaca. Los Sacerdotes tienen que estudiar teología para ser sacerdotes. Y, por eso, hoy día salen sacerdotes del demonio, porque estudian una teología que ha perdido la Verdad, el norte de la verdad divina, y ha impuesto el norte de la verdad humana. En la teología se estudian tantas cosas, tantas corrientes filosóficas modernas que no ayudan para entender la Verdad del Evangelio, sino que ponen un obstáculo para obrar la Verdad.

Muchos sacerdotes y Obispos están influidos por la teología protestante en sus ministerios y, por eso, predican auténticas herejías, como lo hace Francisco.

La teología de la liberación tiene su origen en Lutero, en las reforma de Lutero. Y, poco a poco, se ha ido imponiendo, primero en el mundo, y, después, en la Iglesia.

El problema de la Iglesia, en estos momentos, es tener un líder comunista. Ésta es la gravedad. Ese líder está para destruir la Iglesia con su teología de los pobres, con su iglesia para el pobre, del pobre, con su evangelio de la fraternidad.

El amor fraterno destruye el amor divino, la gracia. El comunismo se basa en el humanismo, en el progreso de toda la humanidad, en el bien común de todos, es decir, en un amor común, en un amor colectivo, en un amor universal: el amor fraterno.

Por eso, Francisco busca a todos los hombres del mundo, por este amor universal, colectivo, por este querer hacer un bien común a todos los hombres.

Este amor colectivo, fraterno, no mira el orden moral, sino sólo el bien de todos los hombres, sólo se fija en que todos los hombres tengan lo necesario para ser hombres, para vivir como hombres, para obrar como hombres. Pero no pone el dedo en la llaga en la norma de moralidad, en la ética, en la ley divina y en la ley natural. Porque este amor colectivo ha destrozado lo moral. Lo moral tiene que estar sujeto al bien colectivo. Primero es el hombre y su bien, su ciencia, su progreso, su bienestar, su cultura; después, lo demás. Y, por eso, se hacen leyes para anular las leyes divinas y las leyes naturales, y así se anula la norma de moralidad, la ley moral, la ley que Dios ha inscrito en cada corazón.

Este amor colectivo tiene que ser para todo el mundo, no sólo para los miembros de la Iglesia, no sólo para unos pocos. Por eso, Francisco predica que la iglesia es para todos los hombres, no sólo para los que están en unos dogmas, en una verdades. Por eso, hay que abrazar a los herejes, a los cismáticos, porque ellos también son hombres y tienen cosas que enseñarnos. A pesar de vivir en su pecado, también viven en la verdad, en la verdad de cada uno, en una verdad relativa a la vida de cada hombre. Se destroza la gracia; se anula la Verdad del Evangelio, las verdades absolutas, y se comienza a vivir la mentira que cada uno vive en su vida particular. Esa mentira acaba siendo un bien colectivo, un amor colectivo, una obra universal.

Un mundo y una Iglesia que ha apostatado de la Verdad y de la Gracia corre pendiente abajo hacia la propia destrucción. Hoy la Iglesia no combate el comunismo; luego, la Iglesia se destruye a sí misma por el mismo comunismo. Y todos los pueblos de la tierra han quedado desarmados porque la Iglesia se ha hecho comunista. No es posible, hoy día, encontrar la Ciudad Católica. No es posible que pueda darse en estos momentos, porque hay un hombre en la Iglesia, como líder de la Iglesia, un líder impío, un falso líder, que es Francisco, que predica el comunismo y que hace vivir a todos ese comunismo. Predica la muerte de la Verdad; predica la muerte de la Vida Eterna; predica la muerte del camino de la salvación y de la santificación personal, individual. Para poner una verdad colectiva, relativa; una vida para todos los hombres; y un camino en el que se trabaja sólo para el bien humano, natural, de todos los hombres. Se anulan los medios sobrenaturales, para dedicarse a los medios naturales.

El comunismo en la Iglesia avanza porque hay hombres, como Francisco, -que son sacerdotes y Obispos-, que trabajan para que penetre la ideología comunista. Y, además, hay hombres, como Francisco que desarman la Iglesia, que quitan obstáculos para que pueda entrar sin problemas esa ideología.

Francisco quitó la verticalidad en la Iglesia: camino abierto hacia el comunismo. Muchos en su gobierno horizontal han anulado los dogmas, y así lo predican a sus rebaños y así lo viven. Eso es abrir caminos al comunismo; no sólo trabajar por un ideal comunista.

Hasta el Papa Benedicto XVI, en la Iglesia no había caminos para el comunismo. Puertas cerradas. Sólo habían sacerdotes y Obispos que trabajaban -ocultamente- para hacer penetrar el comunismo. Con Francisco, las puertas abiertas a la destrucción de toda la Verdad en la Iglesia.

Francisco predica un cristianismo diluido, un humanismo cristiano, un socialismo universal, un liberalismo fraterno, una encarnación del orgullo demoniaco.

¿Qué está haciendo Francisco en la Iglesia? Lo propio del comunismo: que todos trabajen, febrilmente, para producir bienes económicos para todo el mundo. ¡Hay que quitar la hambruna del mundo! Es necesario erigir una poderosa colectividad entregada a esto. Por eso, predica que Cristo se ha hecho pobre para cubrir las necesidades de los pobres. Y que la Iglesia tiene que ser pobre y tiene que vivir para los pobres, tiene que servir a los pobres. Está abriendo caminos para su objetivo comunista, para su nueva iglesia marxista, comunista, masónica, fraternal.

Y esto produce un caos en lo espiritual. Ya la Iglesia verdadera no tiene el apoyo de ningún gobierno del mundo. Todos miran la iglesia que Francisco quiere construir, una iglesia del mundo y para el mundo, donde se resuelvan los problemas de todos los hombres.

Por eso, la Iglesia verdadera tiene que irse al desierto, fuera de Roma, porque Roma es la destrucción de la Verdad, la aniquilación de la ley divina, el desmoronamiento de todo lo sagrado, de todo lo divino, de todo lo santo.

Francisco sólo quiere servir a los hombres, pero no a Dios. Y su nueva iglesia es sólo para los hombres mundanos, profanos, incultos, desarraigados de la bondad divina para poder obrar sólo las bondades humanas, naturales, sociales, económicas, culturales de los hombres.

El hombre comunista, el hombre fraternal, el hombre que predica Francisco es ateo porque quiere ser completamente hombre.

Francisco, para conseguir que los hombres lleguen a su felicidad tiene que darles de comer, tiene que servirles en todo lo humano, tiene que quitarles todos los problemas que tienen en sus vidas humanas. Es decir, tiene que ateizarlos. Un hombre sin dios es un hombre que se dedica a trabajar por el bien colectivo, por el bien universal, por el bien fraternal de todos los hombres. Y la razón: porque Dios no lo hace. Dios ha dejado al hombre que trabaje para que sea feliz. Francisco, para poder explicar el mal, para poder dar una explicación de por qué Dios no quita el mal, tiene que negar a Dios, tiene que presentar a un dios colectivo, un dios que ama a todos los hombres porque los ha creado, un dios amor, misericordioso, que todo lo perdona porque tiene poder para ello. Y, como Dios ha dejado al hombre el trabajo de quitar el mal, es tarea de los hombres hacer el bien en sus vidas humanas y así todos se salvan.

Para Francisco, Dios es sólo un concepto, una idea filosófica, teológica, pero no un ser real. Para Francisco, el hombre es dios, pero un dios práctico. Francisco no va a la filosofía para negar a dios, para decir que Dios no existe o para afirmar que el hombre es dios. Francisco no es inteligente, sino sabio en su voluntad de pecar. Él ya vive sin Dios en su corazón. Y no le interesa dar una filosofía de eso, sino que lo pone en práctica. Francisco no es un teólogo, que está en un escritorio, en una biblioteca y que da sus investigaciones a los demás. Francisco da lo que vive a la Iglesia. Él vive el comunismo, el bien colectivo, el bien fraternal. Y eso es lo que enseña cada día en sus homilías. Y eso es lo que obra cada día en la Iglesia.

Por eso, el gravísimo mal que ha hecho Francisco en este año en toda la Iglesia. No sólo por su verborrea barata y blasfema, sino por sus obras. Se ha dedicado a obrar el comunismo, el protestantismo. Y esas obras son la destrucción de la Verdad en la Iglesia. No son cualquier obra. No es sólo dar un dinero a los pobres, es anular la verdad de las almas para que vivan la mentira en la Iglesia.

La Iglesia se deshace y se corrompe siempre por arriba, por su clase dirigente, por su Jerarquía. Los pueblos del mundo se corrompen porque existen sacerdotes y Obispos corrompidos. Y ya no puede darse la Ciudad Católica. Lo que sucede en la Iglesia se verifica en el mundo, pasa al mundo. Si la sal se corrompe, entonces ¿qué será del mundo?

Por eso, no vivimos cualquier cosa en la Iglesia. Estamos viendo cómo un hereje destruye lo más sagrado de la Iglesia: la Verdad, que es Cristo.


3 comentarios

  1. Elías dice:

    Dice la Sagrada Escritura :”El misterio de la impiedad está en marcha…”
    Si la piedad es el amor que une a padres y a hijos, la impiedad tiene por objeto desunirles e instaurar el odio entre ellos (en este caso separar a los hombres de Dios).
    Yo creo que esta es la labor del comunismo en la historia, dar la solución aparente a los problemas del hombre en el mundo, pero el precio a pagar es apostatar de la Fe, renegar de Dios, separarnos de Él, pues dichas soluciones están en abierta oposición a la Ley de Dios.

    Creo que fue el Papa Pío XI quien definió el Comunismo como “una ideología intrínsecamente perversa”, para mí además tiene la categoría de escándalo, pues pretende lo peor del mundo, que es separar a los hombres de Dios, llevarlos a la impiedad.

  2. José Manuel Guerrero dice:

    “Anima Christi, sanctifica me.
    Corpus Christi, salve me.
    Sanguis Christi, inebria me.
    Aqua lateris Christi, lava me.
    Passio Christi, conforta me.
    O bone Iesu, exaudi me.
    Intra tua vulnera absconde me.
    Ne permittas me separari a te.
    Ab hoste maligno defende me.
    In hora mortis meae voca me.
    Et iube me venire ad te,
    ut cum Sanctis tuis laudem te
    in saecula saeculorum.
    Amen.”

  3. José Manuel Guerrero dice:

    Uno de los mas influyentes, insignes y peligrosos comunistas de la Revolución francesa fue el tenebroso Fouché. Fue sacerdote antes de polìtico al servicio del Terror. Hoy dìa, evidentemente, serìa un destacado comisario politico al servicio de la Onu o del Vaticano. Lamentablemente pocas diferencias separan ya una institución de la otra. La asimilación consciente y claudicante por parte de la Iglesia de los postulados polìticos, sociales, económicos, culturales, €ticos, filosóficos que rigen el mundo hacen que ésta, la Iglesia, pierda su condición y finalidad primigenia para la que fue creada: salvar almas. Decia Chesterton que cuando un hombre deja de creer en Dios acaba creyendo en cualquier cosa. El comunismo es esa “cualquier cosa”. Una mala cosa. Por otro lado, y acabo, todo lo que toca un comunista, un marxista, un progre, un perroflauta, termina destruyéndolo. Francisco, el papaflauta, es consciente -y lo dusfruta- del poder de su destrucción. Paradójicamente, el arma de destrucción masiva escogida por el satánico Bergoglio para aniquilar la Iglesia es la pobreza.

    Pidamos al Señor la perseverancia en la fe hasta el final, y que su bendita Madre nos acoja en su misericordia. Amen.

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