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Francisco llama a ser protestante en la Iglesia

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“¡Pecador si, traidor no! Y ésta es una gracia: permanecer hasta el final en el Pueblo de Dios. Tener la gracia de morir en el regazo de la Iglesia, en el regazo del Pueblo de Dios. Y éste es el primer punto que quisiera subrayar. Pedir también para nosotros la gracia de morir en casa. Morir en casa, en la Iglesia. ¡Ésta es una gracia! ¡Esto no se compra! Es un regalo de Dios y debemos pedirlo: ‘Señor, ¡hazme el regalo de morir en casa, en la Iglesia!’. Pecadores sí, ¡todos, todos lo somos! Pero traidores ¡no! Corruptos ¡no! ¡Siempre dentro! Y la Iglesia es tan madre que también nos quiere así, tantas veces sucios, pero la Iglesia nos limpia: ¡es madre!” (Francisco, 6 de febrero de 2014).

Esto se llama doctrina protestante. Esto va en contra -totalmente- de la doctrina de Cristo.

Cristo ha dado la Gracia para que nunca peques más. Si se peca, hay que ir corriendo al Sacramento de la Penitencia para quitar ese pecado, porque Cristo no quiere pecadores en Su Iglesia. Cristo quiere Santos. Para eso da Su Gracia.

“¡Pecador si, traidor no!”; es decir, peca fuertemente, ya Dios te perdona, pero no seas traidor al pensamiento del hombre, a su idea humana, a su conciencia, a su vida, a sus obras. Esto es de Lutero: no traiciones tus ideales, pero sé un pecador.

No traiciones a Cristo, confía en Él más fuertemente, porque Él te ha perdonado: “Sé un pecador, y peca fuertemente, pero deja tu confianza aún más fuerte en Cristo, y regocíjate en Él, quien ha triunfado sobre el pecado, la muerte y el mundo. Cometeremos pecados mientras estemos aquí, debido a que este no es el lugar en donde la justicia reside… Ningún pecado puede separarnos de Él, incluso si cometemos asesinato o adulterio miles de veces cada día.” (“Que tus pecados sean graves, del proyecto de Wittenberg”. Traducido por E. F., de la obra del Dr. Martin Lutero, “Saemmtliche Schriften”, Carta no. 99, 1 agosto de 1521).

Pecador sí, traidor a Cristo, no; traidor a la Iglesia, no. Esta es la doctrina más contraria a la Verdad del Evangelio.

Quien peca traiciona a Cristo y a la Iglesia, porque el pecado aparta de Dios, anula la Vida de la Gracia en el alma. Quien peca no puede salvarse, aunque permanezca en la Iglesia, aunque confíe en Cristo.

Cristo ha dado ya el camino para quitar todo pecado, para que los hombres vivan sin pecado: la Gracia.

Ya no se puede predicar: somos pecadores. No. No se puede. Sí, todos somos pecadores, pero ya todos podemos quitar nuestros pecados: el Sacramento de la Penitencia. Ya no hay excusa para permanecer en el pecado. Ya no se puede vivir en el pecado, porque ya está la Gracia para todos los hombres.

Francisco es un auténtico protestante. Peca, pero no traiciones a la Iglesia. Esto es la mayor herejía de todas. En esta sola frase está anulando la Gracia, el pecado y la salvación por medio de la Cruz.

Tres cosas anula Francisco:

Somos pecadores, sí, y el pecado es lo más contrario a Dios. Y los hombres justos pecamos, como mínimo, siete veces al día, en pecados leves, en imperfecciones, porque la santidad sólo se consigue en el Cielo. Y hasta que no se llegue al Cielo, hay que purificarse. Y en esa etapa de purificación hay muchas caídas, leves y graves en el pecado, muchas imperfecciones que quitar, muchos apegos con los cuales hay que luchar. Y Jesús da Su Gracia para que el hombre se vaya purificando.

La Gracia no es para tenerla escondida y decir que somos de Dios porque Él nos ama. La Gracia es una fuerza divina que salva y santifica al alma; pero el alma tiene que ser fiel a la Gracia, seguir a la Gracia, permanecer en Gracia para llegar a la salvación y a la santificación.

La Gracia vence al pecado y al demonio. Pero quien no trabaja con la Gracia, quien no vive en Gracia, quien no usa la Gracia, sucumbe ante el pecado y ante el demonio. Y, entonces, sólo sabe decir que es un pecador, que tiene muchos pecados, que cae siempre en los mismos pecados, que no ve camino para no pecar más. Y es porque ha echado la Gracia en un saco roto, y está en la Iglesia para una cuestión social, humana, para un interés suyo personal, pero no busca ni la salvación ni la santificación de su alma.

Esta es la historia, que siempre se repite, de muchas almas que han recibido muchas gracias, pero que se han dedicado a otras cosas, más importantes para ellas, y no se han centrado en buscar su salvación y su santificación a través de la Gracia.

Y, entonces, se ve el pecado, pero se lo anula, como hace Francisco. Ya el pecado no es pecado, no es una ofensa a Dios; sino que se convierte en un problema en la vida: un problema social, económico, cultural político, etc. Y sólo se atiende a resolver ese problema, pero ya no se quita el pecado, ya no hay arrepentimiento del pecado y, tampoco, la reparación del pecado.

Y se pone la salvación en la confianza en Cristo, que como Él nos ama tanto, nos salva sin más, porque Él ya murió por todos nosotros. Por eso, no traiciones a Cristo: es el mensaje protestante de Francisco. Es el mensaje de Lutero: “deja tu confianza aún más fuerte en Cristo, y regocíjate en Él, quien ha triunfado sobre el pecado, la muerte y el mundo”.

Para Francisco ningún pecado separa de Cristo, de la Iglesia. Sólo la falta de confianza en Cristo y en la Iglesia separa. Éste es, no sólo su grave error, sino su herejía. Por eso, a él le gusta predicar del amor sentimental a Cristo. El sentimiento de que Cristo nos ama, aunque tengamos muchos pecados. Y la alegría de sentirnos amados por Cristo, a pesar de tantos pecados. Por eso, Francisco anula la Misericordia Divina, porque cae en su sentimentalismo, en su falsa misericordia, en su falsa compasión por los hombres. Y de ahí, viene su doctrina de la fraternidad: como Cristo nos ama cada uno como somos, con nuestros pecado, entonces seamos hermanos todos, unámonos todos en una iglesia sin quitar nuestros pecados, porque Dios es poderoso y lo perdona todo.

“¡Pecador si, traidor no! Y ésta es una gracia: permanecer hasta el final en el Pueblo de Dios. Tener la gracia de morir en el regazo de la Iglesia, en el regazo del Pueblo de Dios”. Si eres pecador, Dios nunca te da la Gracia de permanecer en la Iglesia. Nunca. Porque la Iglesia no es para los pecadores, para los que viven en su pecado y no hacen nada por quitarlo. La Iglesia es para santificarse, para salvarse, para luchar por conquistar el Cielo. Y lo que impide eso es una sola cosa: el maldito pecado. Y Cristo ya ha puesto el camino para quitar todos los pecados: el Sacramento de la Penitencia. Luego, tienes la obligación de estar en la Iglesia sin pecado. Porque ya puedes estar en Ella sin pecado: Tienes la Gracia. Hoy nadie valora la Gracia porque no cree en el pecado. Ya no se lucha por quitar el pecado, ya no hay penitencia por el pecado. Consecuencia: las almas están en la Iglesia para condenarse. No pueden recibir la Gracia para salvarse.

Francisco dice una auténtica herejía. Permanecer en la Iglesia en el pecado. Ésta es la herejía. Permanecer en la Iglesia no siendo traidor a Cristo, pero sí pecando. ¡Tremenda herejía!

Leer esto de Francisco y no escandalizarse de lo que ha dicho es estar ciego, es no ver la Verdad, es seguir aplaudiendo a ese hereje, y seguir comulgando con su doctrina comunista y protestante.

¡Cuántas cosas ha dicho ya Francisco, que son de excomunión, y la gente todavía no ha discernido lo que es ese hombre! ¡Es que no se le puede ya mirar a la cara! ¡Es que su sonrisa le delata! Sonríe para engañar a todos en la Iglesia. Sonríe y se hace el santo pecando. Él no esconde su pecado. Él exalta su pecado y se muestra justo ante los demás.

“Y la Iglesia es tan madre que también nos quiere así, tantas veces sucios, pero la Iglesia nos limpia: ¡es madre!”: esto es amar el pecado y destrozar la Iglesia. Esto es querer una Iglesia sucia, llena de pecadores, llena de demonios encarnados. Y esto es anular la Verdad de la Iglesia, que tiene la Gracia para ser inmaculada en todos sus miembros.

La libertad del hombre es lo que le lleva al pecado y lo que hace que ame su pecado. Y esa libertad humana, porque no se somete a la Gracia, acaba perdiendo al hombre. El pecado inicia en la libertad de cada hombre, no en su pensamiento.

Lucifer vio el pecado con su inteligencia; lo midió con su inteligencia, pero sólo pecó con su libertad, cuando dijo si al pecado.

Adán vio el pecado con su limitada razón humana; lo midió, pero sólo pecó cuando dio su libertad al pecado.

¿Qué será el pecado que ha llevado a la ruina a tantas almas? Es un Misterio que sólo con otro Misterio se puede abarcar: la Gracia.

Sin la Gracia no se puede comprender el pecado. Y, por eso, anular la Gracia, es anular el pecado. Es lo que hace Francisco.

Para Francisco (véase su entrevista con Scalfari) la gracia es sólo un conjunto de luces, de saberes, de entendimientos, pero no es la Vida de Dios al alma. Y, en esa cantidad de luz, el alma obra según lo que conoce. Por eso, para Francisco, todos los hombres pueden ser tocados por la Gracia, porque pone la Gracia en relación al alma; es algo intelectual, que todos los hombres pueden tener.

Y la Gracia no está en relación con el alma, sino que viene del Espíritu y se aloja en el espíritu del hombre, no en su alma.

Francisco no comprende la Gracia porque la pone en algo del entendimiento y de la voluntad del hombre, algo del alma. Y este su gran error. La Gracia pertenece al corazón del hombre, no a su alma. Si el corazón no se abre a Dios, no puede recibir ninguna Gracia.
Francisco predica que todos los hombres pueden ser tocados por la Gracia con tal de que abran su mente a Dios. Gravísimo error: está enseñando la doctrina de la Nueva Era.

Pero lo que importa señalar es que Francisco anula la Vida Divina del alma, porque sólo coloca la vida espiritual en una serie de conocimientos que el hombre puede tener, una serie de luces, una serie de reglas, de leyes, que el hombre puede poner para vivir esa vida. Por eso, dice: “Y ésta es una gracia: permanecer hasta el final en el Pueblo de Dios”. En su pensamiento, en sus luces, no ser traidor a Cristo es tener la gracia para permanecer en la Iglesia siempre. Este pensamiento anula lo que es la Gracia de raíz.

Porque para permanecer en la Iglesia, si el alma no vence al demonio, al mundo y a la carne totalmente, no se puede alcanzar esa gracia. Hay que luchar mucho para merecer esa Gracia. No basta confiar en que Cristo nos ha salvado o en que la Iglesia es madre. Es que la Iglesia, por ser tan madre, por eso nos limpia. ¡Esto es una aberración más de ese hereje! Pero él tiene que seguir su pensamiento. No puede comprender lo que es la Gracia, la cual no da conocimientos al alma, sino una Vida Divina, algo que el alma tiene que vivir, tiene que obrar.

“Pedir también para nosotros la gracia de morir en casa. Morir en casa, en la Iglesia”. Ésta es una oración inútil, absurda, que lleva el sentido de la condenación.

No se puede pedir a Dios la gracia de morir en la Iglesia, porque la Iglesia es la Gracia. Quien está en Gracia, muere en la Iglesia; quien no está en Gracia, no muere dentro de la Iglesia. Gran absurdo el que pide Francisco, porque no ha comprendido lo que es la Iglesia.

La Iglesia es para el alma. Si el alma no está en Gracia, tampoco está en la Iglesia. No se está en la Iglesia porque se va a misa o porque se reza una serie de oraciones o porque se hace un apostolado o lo que sea que haga el alma. El alma está en la Iglesia, el alma es Iglesia, el alma hace Iglesia, porque está en Gracia, porque vive en Gracia, porque obra con la Gracia.
Hay que pedir a Dios la gracia para no pecar más. Este es el punto de la vida espiritual. Porque quien peca, ya no está en la Iglesia.

En la Iglesia del Cielo sólo están los santos, es decir, aquellos que todo lo purificaron. No es posible ni pecar ni purificar el corazón.

En la Iglesia del Purgatorio sólo están los que se van purificando de sus pecados. Allí ya no se puede pecar, pero sí sufrir por el pecado. Son las almas que, aquí en la tierra, no alcanzaron la gracia de no pecar más y, por eso, iban cayendo en sus pecados que exigía purificación.

En la Iglesia terrenal, los hombres pecan mucho y expían muy poco. Y los hombres se creen que por tener un Bautismo ya pertenecen a la Iglesia, ya son Iglesia. Los hombres creen que por ir a Misa el Domingo y hacer unas cuantas obras de misericordia, ya son Iglesia, ya hacen Iglesia. Los hombres creen que por predicar una cuantas cosas, que pueden ser verdades o medias verdades, que por hacer unas cuantas obras, más o menos buenas, entonces ya son Iglesia, ya pertenecen a la Iglesia. Y no es así.

Porque la Iglesia es una Gracia. Y la Gracia es Cristo Jesús. La Iglesia es Jesús. Y, para ser Iglesia, para hacer la Iglesia, hay que imitar a Cristo.

Muchos van a misa el domingo, pero no imitan a Cristo en sus vidas de cada día. Muchos predican, pero no dan la Palabra de la Verdad, dan sus predicaciones humanas, materiales, naturales, carnales; muchos hacen obras buenas humanas, pero no hacen obras divina con la Gracia. Y, entonces, en la práctica, no son Iglesia, no forman la Iglesia.

La Iglesia se hace en la práctica: si el alma es fiel a la Gracia que ha recibido, entonces es Iglesia. Si el alma no es fiel a esa Gracia, entonces, por más que predique, por más que haga lo que haga en la Iglesia, no es Iglesia, no forma la Iglesia.

Y Cristo ha dado Su Gracia para que cada alma esté en la Iglesia sin pecado. ¡Sin pecado!. ¡Pecado, no!. ¡Tienes la Gracia para decir: pecador, no!¡Ya no quiero pecar más!.

Por eso, la oscuridad de la Iglesia es que hay tantas almas, tantos sacerdotes, tantos Obispos, que viven su pecado y ya no se ponen en Gracia. Y, en su pecado, siguen en la Iglesia. Y, por eso, hacen la Iglesia del demonio, que es lo que se ha inventado Francisco desde Roma. Y eso es lo que predica diariamente. Es que no hay una homilía donde no se vea su tufo protestante, comunista, marxista, masónico.

Y es una pena que muchos en la Iglesia sigan dormidos. ¡Es lo más trágico! El castigo que viene es ejemplar para toda la Iglesia. Y muchos se condenarán porque no sabrán aceptar ese sufrimiento para despertar de sus pecados.

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