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Las corrientes del mundo han entrado en la Iglesia con Francisco

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“No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado“. Francisco anula el pecado como ofensa a Dios y, sutilmente, pone su herejía. Parece que va a hablar del pecado, pero no. No es así. Enseguida viene con los suyo.

“¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía!”. El alcohol, las drogas o la pornografía no son pecados morales, sino sociales. Son problemas que las familias tienen, pero no son un pecado para Francisco. Si las familias, de verdad, estuvieran angustiadas por el pecado de sus hijos, entonces esos hijos quitarían sus pecados, porque los papás se pondrían a hacer oración y penitencia por sus hijos. Pero a Francisco, lo que le interesa es el problema social que trae el alcohol, las drogas, la pornografía. A Francisco no le interesa el problema espiritual de esos pecados.

Francisco, con su inútil sentimentalismo humano, llora por las familias rotas por esos problemas sociales, pero no llora por el desastre que es el pecado en cada alma. Eso le trae sin cuidado, porque ha construido un mensaje de la cuaresma para hacer comunismo en la Iglesia, no para enseñar cómo hay que vivir la Cuaresma en la Iglesia.

El pecado es una ofensa a Dios y engendra siempre males. Y los frutos del pecado son muchos males, de todo tipo. No hablar del pecado, es sólo centrarse en los males que trae todo pecado. Querer quitar los males, sin quitar el pecado es la ilusión de los comunistas como Francisco. No se puede. Es imposible quitar el alcohol, las drogas, las pornografías si no se combate el pecado que lleva a esos males. No hay un remedio humano, ni natural, ni genético, ni de ningún tipo que remedie los frutos del pecado, que son los muchos males que los hombres padecen de muchas maneras en sus vidas.

A Francisco le trae son cuidado el pecado; sólo le interesa la cuestión social, económica, política, cultural, religiosa, etc. Y ahí pone todo su esfuerzo para no hacer nada, para perder el tiempo y condenar a muchas almas al infierno.

Como Francisco hay cantidad de sacerdotes que se dedican a obras sociales en la Iglesia, a resolver cantidad de asuntos humanos, pero no saben resolver el pecado de las almas. No saben enseñar a no pecar a las almas. No saben enseñar a expiar el pecado. No saben hacer mirar a las almas la negrura de sus pecados. Sólo saben correr -como los hombres- para buscar caminos humanos a todos los males que vienen por el pecado. Se esfuerzan en vano porque el sacerdote tiene el poder para quitar todo pecado y para expiarlo. Un sacerdote, cuando vive su vida sacerdotal íntegramente, lleva almas al cielo sin que éstas pasen por el Purgatorio, porque él ha reparado por ellas.

Pero un sacerdote que se dedique a su vida humana, entonces es seguro que condenará a muchas almas al infierno, porque el poder que tiene se vuelve en contra de sí y de su rebaño. Se convierte en un lobo para destruir las almas en la Iglesia.

Muchas almas en la Iglesia no ven la gravedad de sus pecados, sino sólo la gravedad de sus vidas rotas en lo social, en lo económico, en lo cultural, en lo humano. Y ahí se paran. No saben pedir al Señor la luz para ver su negrura de corazón. Sino que se vuelven en contra de todo, incluso de sí mismos, porque han perdido el sentido de lo divino y, por tanto, el sentido del pecado.

No se puede sentir a Dios sin sentir el pecado. No se puede dar sentido a la vida sin meter el pecado en la vida de cada hombre. Porque es el pecado el que rompe la vida de los hombres. De un pecado nacen males gravísimos para todos los hombres. De una sola mentira, nace una guerra mundial. Si no se atiende al pecado, entonces vano es preocuparse por la guerra. Porque esa guerra traerá otros pecados, y esos pecados otros muchos males, que traerán más pecados.

El hombre se aficiona en resolver problemas humanos, pero deja lo más importante: el pecado. ¿Cómo se resuelve un pecado? Si no se sabe esto en Cuaresma, ¿para qué sirve que gastes tu dinero en los pobres, en remediar asuntos humanos? De nada. Das de comer a uno que tiene hambre, pero no le quitas el pecado, no le enseñas a no pecar, no alimentas su alma. Entonces, esa alma se pierde por toda la eternidad con el estómago lleno. Se pierde tiempo, se malgasta el dinero, y se condena a un alma al infierno. Este es el planteamiento de Francisco en su mensaje de Cuaresma. Den dinero a los pobres, muchas limosnas y generosas, para condenar a las almas. Eso es todo en este mensaje de Cuaresma.

“Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente”. Francisco dice: tú no das dinero a ese que tiene un problema social, que no tiene trabajo, y entonces le haces pecar. Tú eres el culpable del pecado del otro porque no lo atiendes. Esta es la salvajada de este párrafo.

El que peca lujuriosamente es por una condición social injusta. El que peca avariciosamente es por una condición social injusta. El judío vive en su pecado porque la sociedad lo rechaza. El hereje vive en su pecado porque la sociedad lo rechaza. El que aborta no es culpable de su pecado: es la sociedad la culpable porque tiene una ley que no le permite abortar. El alcohólico está en su pecado porque tú no le ayudas a salir del alcoholismo. Eres culpable tú con tu injusticia. ¿Ven la salvajada?

Una cosa es el pecado, otra cosa es la injusticia social. Quien quiera vivir en su pecado es sólo por su libertad. El que peca no está condicionado por nada social, por nada económico, por nada cultural, por nada político. Se peca porque se quiere pecar. Francisco no sólo no cree en el pecado como ofensa contra Dios, sino que dice: el hombre no es culpable cuando peca. Es la sociedad la culpable. Éste es su comunismo. Busquemos un bien común para quitar los problemas sociales, económicos, etc., y así se quita el pecado social. Tremenda herejía. ¡Gran barbaridad la de este hombre! ¿Quién le puede hacer caso? ¿Quién le va a obedecer? ¿Quién se cree Francisco que es en la Iglesia? ¡Pobres almas que tienen que soportar a un demonio sentado en la Silla de Pedro!

Francisco está degradando la Iglesia y la lleva por el camino de la apostasía. La pérdida de la fe se hace cada día más extensa y alcanza a toda la Iglesia, a sacerdotes y Obispos que son los que deberían creer y transmitir la fe. ¿Y qué transmiten? Su idea comunista, su idea marxista, su idea masónica, como Francisco.

Por eso, mantenerse en la verdadera doctrina de Cristo Jesús es ya una gracia muy grande y muy especial. Es que antes había gracia para todos, para seguir caminando en la Iglesia, aunque hubiera errores y desastres; pero ya no. Ya la gracia no es para todos, no está al alcance de todos, porque muchos ya no son fieles a la Gracia y, por tanto, no pueden merecer otra gracia más grande. No pueden. No saben. No aman. No creen con la sencillez del corazón de un niño.

Las corrientes del mundo han entrado en la Iglesia con Francisco. Y se acabó la gracia. Ahora el camino es para condenarse dentro de la Iglesia, no para salvarse, porque ya hay sacerdotes y Obispos que no cuidan la Gracia, sino que la echan en un saco roto, la tiran, la desperdician, la anulan con sus pecados.

Y Francisco es uno de esos, de estos Obispos que se han creído inteligentes porque predican algo de Dios. Y son sólo necios vestidos de blanco para buscar y encontrar su protagonismo en la Iglesia. Francisco es como muchísimos pseudos teólogos que no solo no saben explicar la Palabra de Dios, sino que la deforman según ellos quieren entenderla, pero que nada tiene que ver con el verdadero criterio de Dios. Francisco pone su opinión en la Iglesia, su idea comunista en la Iglesia, pero no entiende nada de la Verdad de la Iglesia. Deforma toda la Iglesia con su doctrina comunista. Deforma toda la Sagrada Escritura con su doctrina comunista.

Es necesario tener mucha entereza y fuerza de voluntad para no dejarse convencer por las opiniones de Francisco. El hombre se ha dejado envolver por el lenguaje humano, por el sentimiento humano, y ya no ve la verdad, cae en los lazos de la mentira, del engaño, de la soberbia, del orgullo de muchos sacerdotes y Obispos. Y el primero de ellos, el que se sienta en la Silla de Pedro, abarcándola con su negrura de corazón: Francisco. Por eso, el que perseverare hasta el final, ese se salvará (Mt 10, 22).

No son tiempos para perderlos siguiendo las fábulas de Francisco. Son tiempos para combatir con la Verdad en la mente, en la boca y en todo el ser. Y luchar contra la mentira con que Francisco inunda toda la Iglesia. ¿Quién es Francisco para engañar a la Iglesia? ¿Qué es su corazón para dar a la Iglesia la mentira? ¿Qué es su mente sino la podredumbre de su ser?

Estamos viviendo las catástrofes espirituales que ese hombre ha puesto en la Iglesia. Sacerdotes que aconsejan comulgar en pecado; Obispos que participan de forma sacrílega en liturgias, en ritos religiosos, de otras iglesias, que son heréticas, cismáticas; consagrados que ya niegan cualquier dogma en la Iglesia y lo enseñan a sus almas; confesiones que se profanan porque se mete el error, la ciencia del hombre, la cultura del hombre, la filosofía del hombre; ya no se cree en el pecado, luego ya no hay absolución; comuniones sacrílegas a toda hora en la Iglesia: gente que vive en su pecado y así comulga. El pecado en la Iglesia es un mal que ésta recibe y que la obliga a apartarse del camino de la salvación.

El pecado es una condenación. Quien vive en el pecado, vive en su condenación. Por Misericordia Divina, porque el hombre es imperfecto cuando peca, entonces hay un camino para salir de esa condenación. Pero cuando el hombre aprende a estar en su pecado y ya no sale de su pecado, entonces comienza a entender lo que es el pecado y llega a cometer un pecado perfecto: el de la blasfemia contra el Espíritu Santo, que fue el pecado de Lucifer, del cual no hay perdón. Y quien vive en ese pecado contra el Espíritu Santo es un demonio encarnado, es un demonio viviente. Ya no es sólo un hombre. Es un hombre guiado, poseído por el demonio en todo su ser, que hace obras demoniacas, que peca continuamente, porque vive para su pecado.

La Iglesia ha llegado a esta perfección en la maldad. Por eso, la iglesia que está en Roma no es la Iglesia de Cristo. Es la del demonio. Y allí hay muchos sacerdotes u Obispos que ya han llegado al pecado de blasfemia. Y son como demonios encarnados vestidos de oveja, de sacerdotes, de Obispos, con una sonrisa en sus labios para destrozar almas, para llevar almas al infierno.

Eso es Francisco. ¡Qué gran mal ha recibido la Iglesia con Francisco! ¡Qué gran mal tener a Francisco sentado en la Silla de Pedro! ¡Es una maldición para toda la Iglesia! Francisco no es una bendición de Dios, sino una maldición que la Iglesia recibe de Satanás, por el mismo pecado de la Iglesia.

Una Iglesia sin moral, como la que propone Francisco, ¿qué va a traer a la Iglesia? Si ya están apareciendo leyes injustas dentro de la Iglesia porque ya no hay moral, ya no hay sentido del pecado, sino sólo el sentido social de los problemas de los hombres, como lo es en el mundo. Y eso sólo conduce a una cosa: hay que ser mártires de la Verdad divina; dentro de la Iglesia, hay que navegar contra corriente, contra el error, contra la apostasía, contra Francisco, contra su doctrina comunista. Y quien no navegue en contra, se ahoga en la corriente del comunismo que ya ha entrado en la Iglesia por merced de un comunista: Francisco.

Hay que ser mártires de la Verdad del Evangelio y hay que salir de Roma cuando ya no haga falta estar más en una estructura que sólo sirve para irse al infierno. La Iglesia no vive en estructuras, sino en los corazones de las almas humildes. La Iglesia pertenece sólo a las almas humildes, no a los soberbios que beben las aguas del mundo para contaminar los tesoros de la Iglesia con sus inmundicias.

Quien quiera aplaudir a Francisco y sostener sus continuas herejías hace más mal que el mismo Francisco, porque combatir a un alma desviada es fácil, pero combatir a una Iglesia desviada es de mártires y eso lleva al derramamiento de Sangre, por el gran mal de muchos en la Iglesia.

Gran pecado es el que vemos antes de iniciar la Cuaresma: el pecado de poner un camino para ser comunista en la Iglesia. Esta maldad sólo Dios puede medirla en Su Justicia. Esta maldad anuncia muchos males dentro de la misma Iglesia. Esta maldad será lo que lleve a Francisco a su caída en la Iglesia. La caída de un bufón que se ha creído santo en su soberbio pensamiento, pero que no ha visto el camino que le ha trazado su soberbia para inundar la Iglesia de muchos pecados y muchos males. Un hombre soberbio e ignorante en su pecado. Sólo sirve para eso: para entretener, para dar sentimientos, para llegar sólo a la ridícula vida de un hombre que vive para ser grande del mundo. Salir en las revistas es lo que ha querido y buscado Francisco desde el principio de su maldito reinado en la Iglesia. La publicidad de ser un hombre importante en el mundo que se ocupa de los asuntos de los hombres, que vela por ellos, pero que ha renegado de la Verdad de su vida.

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1 comentario

  1. José Manuel Guerrero dice:

    Si es por complacer a Bergoglio -“iglesia pobre para los pobres”-, yo este año no marco la casilla de la Iglesia en mi declaración de la renta y asì podemos jugar todos el partido.

    Aquì les dejo un enlace a un blog donde creo descubrir, o al menos percibir, de dónde le viene al déspota porteño esta obseción por los pobres y la pasta.

    http://panoramacatolico.info/observacion/un-dia-en-la-vida-de-jorge-mario

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