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La Iglesia es la Familia de Dios, no una sociedad de hombres

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Cristo Jesús murió por el pecado de Adán y estableció en el hombre el sentido de la Autoridad.

Adán, en su pecado, se rebeló contra la Autoridad Divina y, por tanto, rebajó la autoridad que tenía recibida de Dios sólo a un poder humano.

La Autoridad que da Dios al hombre es la misma que tiene Él, pero participada en el hombre. El hombre participa de la Autoridad de Dios y, por tanto, es vicario de Dios.

El hombre, en su naturaleza humana, tiene autoridad humana; en su carne, tiene autoridad carnal; en su espíritu tiene autoridad espiritual; en su alma tiene autoridad racional.

Por ser el hombre un compuesto de alma, carne y espíritu, posee diversas autoridades participadas de Dios.

Cuando el hombre forma una familia, tiene una autoridad para esa familia; es decir, un poder divino, que tiene que ser actuado en la naturaleza humana, en el orden de esa naturaleza. Y así, el varón es la cabeza de esa autoridad; pero también la mujer es autoridad en esa familia, pero no la cabeza.

En la familia, el hombre es el primero en mandar, y la mujer es la segunda en mandar. El hombre, en la familia, tiene un poder de mando: es el primero, es la cabeza; la mujer, es la segunda. Pero la familia tiene una autoridad recibida de Dios, distinta al poder de mando.

El hombre manda primero en la autoridad divina. Tiene que mandar sujeto a ese poder divino recibido de Dios. Si manda algo en contra de ese poder divino, entonces la mujer no puede obedecerlo, porque ella está sujeta a la autoridad divina en la familia, no al poder de mando del varón. La mujer obedece al varón cuando manda en la autoridad divina recibida en esa familia.

El hombre no tiene autoridad sobre la mujer, sino poder de mando. Dios es el que tiene la autoridad sobre el hombre y sobre la mujer en la familia.

Hombre y mujer son vicarios de esa autoridad en la familia. Dios revela, tanto al hombre como a la mujer, en la familia, lo que él quiere de esa familia. El hombre realiza la Voluntad de Dios porque es la Cabeza de la familia. Pero si el hombre no da la Voluntad de Dios, entonces la mujer pasa a ser cabeza, por estar sometida, en la familia, a la autoridad divina.

La mujer se somete al varón en las cosas de la naturaleza humana, pero no en las cosas del espíritu ni del alma. Sólo en las cosas de la carne, hay sometimiento al varón.

El hombre y la mujer, en su carne, tienen una autoridad de Dios recibida, un poder de Dios, para engendrar la vida que Dios quiere. Pero la mujer nace del varón en la carne; luego, la mujer queda sometida al varón en la carne. El varón, en la carne tiene autoridad sobre la carne de la mujer. Ya no tiene poder de mando; el varón no es cabeza de la carne de la mujer; el varón es cabeza de la familia con una mujer.

En la carne, la mujer tiene que someterse al varón. Y esto por derecho de la naturaleza humana, es decir, porque Dios ha creado así al hombre y a la mujer: primero el hombre; segundo la mujer.

Pero este sometimiento de la mujer al hombre, en la carne, no es absoluto; es decir, está regido por la vida espiritual. La autoridad que el hombre tiene sobre la mujer en la carne está relacionada con la vida espiritual, porque es el espíritu el que debe dominar los impulsos de la carne.

Entonces, la mujer sólo puede someterse a lo carnal cuando hay una razón espiritual. Si sólo hay una razón carnal, un deseo carnal, entonces no se da el sometimiento. Porque la autoridad en la carne que ambos poseen no son absolutas, sino relativas a su vida espiritual.

El hombre suele dominar a la mujer en la carne. Es propio de su naturaleza humana, de su carne de hombre. El hombre es carnal; pero la mujer no es carnal. El hombre es carnal porque Dios lo crea de la tierra, de la carne, de la materia. La mujer no es carnal, porque nace del varón. La mujer es una vida, fruto del varón, de la vida que hay en el varón. Por eso, la mujer es el amor en la familia y el hombre, el placer en la familia.

El hombre, en su placer, abre caminos para que la mujer obre el amor. El placer del hombre no sólo está en su sexo, sino en su inteligencia. El hombre es el que piensa en la familia; pero es la mujer la que decide, la que ve, la que obra, por ser el amor.

Y, en el sexo, es lo mismo. El hombre busca a la mujer por placer, pero es la mujer la que pone el camino al placer del hombre para obrar un amor. Siempre es la mujer la que obra el amor; el hombre sólo da su placer.

Esta autoridad familiar produce el amor entre hombre y mujer. La autoridad divina que tienen ambas en la familia es la causa del amor entre los dos.

Sin esta autoridad divina no puede darse el amor entre hombre y mujer. Sólo se daría un placer sexual, una unión de sexos, una unión de vidas humanas, una unión de obras humanas, pero sin amor, sin el amor divino; sólo con un amor humano o natural, o carnal, o material, o sentimental.

Por eso, la necesidad del Sacramento de Matrimonio para poseer esta autoridad divina en el matrimonio y en la familia, para tener este amor divino.

El hombre es sociable por naturaleza; es un ser que se comunica con otros. Este ser sociable no es por derecho de naturaleza, porque Dios crea al varón, pero no a la mujer.

Dios crea a un hombre solo, es decir, una persona incomunicable, no sociable, no comunicable con otras personas, porque no existen. Existe sólo la relación entre Dios y su criatura; y existe la relación del hombre con las demás criaturas creadas por Dios.

Pero la relación con Dios no es una sociedad ni tampoco lo es con las demás criaturas. Porque lo sociable se da sólo en la misma naturaleza humana, no entre distintas naturalezas humanas.

Dios crea al hombre, pero no existe el amor fraterno, el amor entre hombres.

Cuando Dios crea a la mujer, entonces se da el amor matrimonial entre hombre y mujer, pero no el amor fraterno.

El amor fraterno sólo se da entre los hijos del hombre y de la mujer, nunca entre hombre y mujer.

Los hijos se aman como hermanos. Y sólo ellos tienen este amor. Pero este amor fraterno nace del amor entre hombre y mujer. No lo posee cada hijo en sí mismo, sino que es un don que dan los padres a sus hijos.

El pecado original rompió este don. Y, entonces, hombre y mujer tienen hijos que no pueden amarse fraternalmente, porque no reciben el don del amor.

Cristo puso este don en el Sacramento del Matrimonio para que los padres, al buscar un hijo en Dios, es decir, al engendrar un hijo en gracia –no en pecado- ese hijo recibiera el don de la fraternidad y pueda amar a sus otros hermanos con ese amor.

Caín no pudo amar a Abel, porque fue engendrado en el pecado. No recibió el amor fraterno de sus papás.

Muchos matrimonios que se casan por la Iglesia y tienen la Gracia del Sacramento, después no la usan, porque viven en pecado y así engendran hijos en el pecado. Esos hijos, aun concebidos con el pecado original, -que se sigue transmitiendo-, no reciben el don de la fraternidad, pero por el pecado de sus papás, al engendrarlos en el pecado.

Por eso, la importancia del Bautismo de los niños nada más nacer; no sólo para quitar el pecado original, sino para que el amor fraterno pueda vivir en ese hijo.

Los papás que conciben a sus hijos en pecado no les dan ese amor fraterno, pero tampoco el hijo lo recibe cuando se bautiza, porque fue engendrado sin Gracia, en el pecado de los padres.

Hay muchos matrimonios que no viven, desde el inicio de sus matrimonios por la Iglesia, en la Gracia. Y, entonces, inutilizan el valor del Sacramento del Matrimonio. Dios da muchas gracias a los hijos a través de sus papás, que viven en Gracia y que obran con la gracia. Pero Dios no puede dar nada a los papás que no están en Gracia y que hacen el sexo en el pecado.

El sexo tiene un valor divino incalculable para Dios. Y un matrimonio debería preguntar a Dios qué hacer con sus sexos, cómo quiere Dios la relación sexual, cuándo la quiere, cómo conseguir la castidad matrimonial, cómo entender cuándo Dios quiere los hijos. Para eso es la Gracia del Sacramento del Matrimonio.

Por tanto, la fraternidad entre los hombre no puede existir. La fraternidad sólo se da entre los hijos de un hombre y de una mujer.

Entre los hombres sólo se da lo social, pero no lo fraterno. El amor al prójimo es un amor social, no es un amor entre hermanos, no es un amor fraternal.

Y ese amor social proviene de una autoridad divina entre los hombres.

Por eso, cada sociedad de hombres tiene una cabeza, un hombre con un poder, que proviene de Dios. Y ese hombre tiene que obrar la Voluntad de Dios en esa sociedad. Y, cuando la obra, entonces produce el amor divino entre los hombres, el amor social, el que los hombres se amen entre sí.

Las guerras se dan porque hay una cabeza que no obra la Voluntad de Dios y, por tanto, no se puede dar el amor social, el amor al prójimo, sino el odio.

Pero este amor social, por ser algo natural entre los hombres, no es absoluto, sino que está relacionado con la vida espiritual.

Lo social está sometido a la vida espiritual: el amor al prójimo depende del amor espiritual. Y, por tanto, hay que obrar el amor al prójimo guiado por el amor espiritual. Es siempre primero el espíritu que lo social, que la comunicación entre los hombres, que el diálogo entre los hombres.

Por eso, los hombres tienen que amarse entre sí practicando una virtud, ya humana, ya divina o teologal. Sin la práctica de la virtud, no se puede dar el verdadero amor al prójimo, sino un sucedáneo de amor, un esperpento de amor, un humanismo, un comunismo, un socialismo, un liberalismo, etc. Donde hay vicio o pecado, no hay amor al prójimo.

Por eso, no está la vida de la Iglesia en resolver la hambruna del mundo. Eso no tiene ningún sentido, ni siquiera lo exige Dios al hombre.

Es el hombre el que se pone una meta que no puede realizar, porque la vida de los hombres no es para lo social, sino para lo familiar.

Adán y Eva son creados para un matrimonio, no para una sociedad. Los hijos que tienen forman un amor fraternal, pero no social.

La relación entre los hijos con otros hijos de otros matrimonios es lo que forma la sociedad, pero ya de forma independiente a la familia, al orden familiar.

Adán y Eva no fueron creados para una sociedad, para un país, para un pueblo, sino para formar una familia. El pecado de Adán rompió la familia que Dios quería. Y, por eso, la sociedad, el mundo pertenece al demonio. No puede darse un amor al prójimo auténtico entre los hombres. Con la Gracia se puede dar un amor fraternal entre los hijos; pero difícilmente se da, de hecho, una sociedad en la que se viva de amor divino. Tiene que llegar el Reino Glorioso para que se produzca el plan original de Dios sobre Adán. Dios llamó a Adán a una familia, no a una sociedad, no a un país, no a un pueblo.

Por eso, Dios elige Su Pueblo para formar Su Familia, de forma independiente al Pueblo. Y, por eso, la Iglesia no es el Pueblo de Dios, no es una sociedad, no es una comunidad de hombres. Es el Cuerpo Místico de Cristo, es la familia de los hijos de Dios, engendrados en la Gracia. La Iglesia es una familia, no es una sociedad.

Lo importante siempre es el núcleo familiar, nunca la sociedad. Cada hombre debería vivir para su familia y ahí encontrar el amor fraterno y, en ese amor, el amor al prójimo. Porque sólo se puede amar al prójimo cuando hay amor fraterno, cuando los papás dan ese amor a sus hijos.

El pecado original rompió todo esto. La Gracia lo va restituyendo, pero sólo en aquellos hombres y mujeres que viven en la Gracia. En los demás, todo sigue igual, por el pecado.

Por eso, es tan difícil la caridad entre los hombres, porque si hombre y mujer no viven en Gracia, lo que engendran es siempre un problema para el mundo, no sólo para sus familias.

Hoy día, en la Iglesia, no se vive de Gracia, no se vive de cara a lo espiritual, porque han puesto al hombre como centro. Han quitado a Dios. Se da culto a la naturaleza del hombre. Se pone como inmutable la naturaleza humana, el amor humano, el sentido humano, la ley humana. Y, por eso, es una Iglesia ciega por su humanismo, porque no ha comprendido el Don de Dios al hombre en Cristo, que es la Ley de la Gracia.

Cristo ha puesto un camino totalmente diferente al que el hombre ve con su ciencia humana: es el camino de la gracia, que sólo se puede obrar en la Gracia.

Cuando el hombre quiere ser hombre, entonces se olvida que para llegar a la plenitud de la Verdad es necesario la guía del Espíritu, del Entendimiento Divino. Y si el hombre no deja su entendimiento humano a un lado, como inservible, entonces nunca va a encontrar la verdad, sino que se va meter en un callejón sin salida, con una puerta sólo a la autodestrucción del mismo hombre.

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