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El misterio del bien y del mal

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La razón por la que el mundo está espiritualmente vacío es porque el hombre ya no conoce la diferencia entre el bien y el mal.

Conocer esa diferencia no es un trabajo intelectual, sino espiritual. No está en la inteligencia del hombre lo que es el bien y el mal. Está sólo en la Luz del Espíritu, en el Pensamiento Divino, en la Palabra del Pensamiento del Padre.

Y todo el problema para el hombre consiste en aceptar esa Luz del Espíritu para conocer la diferencia entre el bien y el mal.

Cuando se pone ese conocimiento en lo que cada hombre puede alcanzar con su mente, entonces se llega a un camino en que ya no existe el pecado, en que se toma como un derecho de la persona, como un deber, como una ley.

En el mundo ya hay muchas leyes contrarias al Evangelio y, por tanto, son leyes que nacen de aceptar el pecado como un derecho de la persona. Son leyes inicuas que ningún hombre puede seguir, porque van contra lo que tiene escrito en su ser humano.

En cada hombre Dios ha puesto su Ley, una Ley Divina, una Ley que no se escribe en papel y con tinta, sino que hace que el hombre se mueva en las coordenadas de esa Ley.

Todo hombre nace con una ley natural en su ser de hombre. Esa ley natural es una ley divina para el hombre. Toda el Universo, por ser creada por Dios, posee la ley divina. Cada ser creado, cada planta, cada animal, cada materia tiene la ley de Dios en lo que es creado. Y se rige por esa ley divina.

Por eso, todo el Universo obedece sólo a Dios: los astros, las estrellas, los planetas, los seres animados e inanimados, los seres materiales, los seres espirituales, etc., por tener la ley divina inscrita en ellos, dan obediencia a Dios; Dios los guía; Dios les enseña a obrar en su vida.

Dios todo lo rige por Su Ley. Su Ley es diferente a Su Espíritu. El Espíritu es que posibilita al ser para conocer y amar a Dios. Por eso, los animales no tienen Espíritu, ni los astros, ni los planetas; sólo los hombres y los seres espirituales (ángeles y demonios) pueden conocer y amar a Dios por tener un espíritu. Y son movidos por este espíritu para alcanzar un fin divino en sus vidas.

Pero los demás seres, Dios los gobierna con su Ley y, por tanto, carecen del fin divino. En estos seres no se da el pecado, ni la bienaventuranza eterna: no hay infierno ni cielo para ellos. Pero estos seres tienen una misión que hacer en el Universo. Y la realizan con la Ley Divina, que está inscrita en cada ser, en el interior de cada ser creado.

Esa Ley Divina es una bondad divina, es decir, es un bien que el ser tiene y al cual tiende: un planeta se mueve hacia esa bondad que posee en su interior. Y, en ese movimiento, ese planeta está realizando la misión que Dios le ha dado en el Universo.

Esos seres que no poseen el Espíritu, no pueden moverse nunca hacia el mal, porque sólo realizan el bien. Y lo hacen sólo por la Ley Divina en ellos, que es una ley natural en sus seres (movimientos gravitatorios, elípticos, etc.). Nunca harán algo que no está inscrito en esa ley. Ellos sólo obedecen a la Ley Divina.

Pero los seres que tienen espíritu, tienen algo más en sus vidas y, por tanto, en ellos está el mal. Y lo está desde el principio. Cuando Dios creó al ángel, se forma el demonio: un ángel que no acepta la verdad que Dios le dio y que, automáticamente, se pone en la mentira.

Éste es el Misterio del Mal, que nace en el Misterio del Bien.

Dios, que es Espíritu, siempre es Bueno. Nunca es Malo, nunca miente, nunca engaña, nunca peca.

Dios crea un ser espiritual, distinto a él: un ángel; y éste se rebela contra Él. Y, ¿por qué se rebela si es todo bueno, si al crearlo Dios no ha puesto nada malo en él?

Porque ese ser nuevo tiene un espíritu, no sólo posee la Ley Divina inscrita en su ser, sino que tiene una inteligencia divina, una inteligencia que proviene del Espíritu Divino.

Pero ese espíritu que Dios da al ser que crea no es absoluto, es decir, Dios se lo da para una relación con Él. Dios se relaciona con los hombres y con los ángeles con el espíritu. Sin el espíritu, Dios no puede amar a los hombres ni a los ángeles.

Dios se ama a Sí Mismo en Su Espíritu: las Tres Personas se relacionan entre Sí en el Espíritu. Es el Misterio de la Santísima Trinidad. Y sin Espíritu no es posible la relación. Todo sería un absoluto, un camino cerrado, sin puerta, sin comunicación con el otro.

Los planetas, los animales, los seres sin espíritu, ni se pueden relacionar, comunicar con Dios. Dios no los ama y ellos no pueden hacer un acto de amor hacia Dios, porque no existe la relación. Entre Dios y ellos hay algo absoluto: no hay un camino para que ellos puedan alcanzar a Dios ni para que Dios les dé algo más de lo que tienen por creación.

Por eso, no hay que hacer de la Creación algo divino, un ser divino, que es la herejía de la Nueva Era: todo es divino, todo es amado por Dios, todo se relaciona con Dios. Por eso, la astrología es un pecado: es darle a los astros lo que no tienen. Los astros, los planetas, no se relacionan con los hombres, no guían a los hombres, no deciden el curso de la historia de los hombres, porque no tienen espíritu, no tienen inteligencia.

Los astros, los planetas, en su vida, dan señales a los hombres. Pero esas señales hay que discernirlas en el Espíritu para entender lo que significan en Dios.

Dios le dio al ángel un espíritu. Y, con ese espíritu, ese ángel penetraba a Dios: entendía sus misterios, conocía todo lo que había en Dios. Y, entonces, ¿cómo nace el pecado de ese ángel? Si conoce el bien divino, la vida divina, ¿por qué no se aferra a Ella?¿por qué peca?¿por qué se alza en contra de Dios?

Dios da al hombre y al ángel dos cosas: su Ley Divina y Su Espíritu.

En la Ley Divina, el hombre y el ángel conocen la Voluntad de Dios en sus seres creados. Conocen el bien divino. No conocen el mal.

En el Espíritu, el hombre y el ángel tienen algo que no poseen las demás criaturas: la libertad del Espíritu.

Dios es libre en Su Espíritu. El animal, los astros, los planetas, las plantas no son libres en sus seres creados. Están atados a una Ley Divina que deben realizar. Y no pueden no querer esa Ley Divina. La hacen por Ley, movidas por esa Ley, por ese Bien Divino inscrito en sus seres. No son libres, pero tampoco están coaccionados, porque la coacción significa que hay libertad. Dios mueve a esos seres a algo que Él quiere. Y Dios los mueve con libertad, pero ellos no poseen esa libertad.

Pero el ángel y el hombre sí poseen esa libertad: la libertad que da el Espíritu. Por tanto, son libres en el Espíritu. Por Ley Divina deben hacer lo que está inscritos en sus corazones: esa bondad divina hay que obrarla. Pero no ya atados a la ley divina, como los otros seres creados, sino libres en el Espíritu.

Dios, al dar Su Espíritu al hombre y al ángel, les da el don de la libertad. Y ese don es siempre bueno. Y, entonces, ¿por qué la criatura escoge el mal? Si ese don les lleva a realizar lo que Dios quiere con libertad, ¿por qué el hombre o el ángel realizan el mal que Dios no ha puesto en ellos?

El hombre y el ángel tienen, por el Espíritu, un conocimiento divino, distinto a su conocimiento humano o angélico.

En esos conocimientos, el hombre y el ángel, conocen la verdad de sus seres. Por sus entendimientos ven siempre la verdad. Pero son entendimientos no absolutos: es decir, esos entendimientos no tienen toda la Verdad, no llegan a toda la Verdad. Son entendimientos limitados porque son creados por Dios.

Dios no crea a un hombre y pone su entendimiento divino; sino que lo crea con un entendimiento humano, acorde a su naturaleza humana. Y, con ese entendimiento humano, el hombre se mueve en la verdad de su ser humano, pero no puede moverse fuera de su ser para entender lo que está afuera.

El hombre ve muchas cosas fuera de él, pero tiene que investigarlas para conocerlas. Y esa investigación nunca es completa, porque no conoce la raíz de la creación, la razón por la cual Dios creó las cosas. Su entendimiento humano llega a muchas verdades, fuera de él, que están en la Creación, pero no a toda la Verdad, no a la Plenitud de la Verdad.

Para llegar a esa Plenitud, el hombre necesita otro entendimiento, el divino. Y ése lo posee sólo en el Espíritu.

El hombre y el ángel pecan sólo por una cosa: porque se aferran a su entendimiento humano. Sólo por eso. Por eso, el pecado del ángel: su soberbia. El pecado del hombre: su soberbia.

Y la soberbia significa no aceptar la luz divina sobre una verdad que no posee el entendimiento de la persona.

El ángel, cuando fue creado por Dios, lo entendió todo de Dios y, al punto, se puso en el pecado. Y, ¿por qué? Porque prefirió su entendimiento angélico. No aceptó el entendimiento divino que Dios le daba por Su Espíritu. Ese no aceptar produce en el ser del ángel una transformación: Dios le quita el Espíritu, Dios le quita la inteligencia divina de todas las cosas, y el ángel se queda sin Espíritu. Eso es el demonio: un ser espiritual, pero sin Espíritu Divino. Por eso, el demonio es un misterio en su mal, porque él un ser espiritual, a imagen de Dios, que es Espíritu.

El ser del demonio lo capacita para ver lo espiritual, no sólo lo material o lo humano. Y, por tanto, puede moverse en ese mundo espiritual, aunque no tenga el Espíritu. Este es el Misterio del Mal: un ser que no tiene el Espíritu y que, por lo tanto, la ley divina inscrita en su ser está inutilizada, corrompida, porque Dios no sólo lo creó dándole una Ley Divina, sino también un Espíritu. Al quedarse sin Espíritu, la Ley Divina inscrita se corrompe. Y, por tanto, el mismo ser del demonio hace su ley: su ley demoniaca, que es sólo lo contrario a la ley divina.

El demonio no puede arrancar de sí esa ley divina, pero sí la puede corromper con su pecado. Y corromper significa usar esa ley divina con solo su entendimiento no angélico, sin someterse al Entendimiento Divino. Y, en consecuencia, imita a Dios en todo, pero en lo opuesto, haciendo lo contrario a lo que hace Dios.

Y el demonio puede hacer esto por su ser espiritual. El hombre, en su pecado, no puede hacer esto del demonio, porque no es espiritual.

El hombre pecó como el demonio, pero no en su totalidad, porque no tiene el ser espiritual. El ser del hombre es humano: alma y cuerpo. El alma es la imagen de Dios. Es un ser espiritual, pero imperfecto, es decir, necesita de un cuerpo para vivir y moverse, para entender y amar.

El ángel no necesita de un cuerpo y, por eso, su ser espiritual es perfecto. Pero el hombre, al ser imperfecto en su ser espiritual, -que es su alma-, cuando peca, lo hace imperfectamente. No llega a todo el pecado porque no entiende todo el mal.

El demonio comprendió todo su mal y, por eso, su pecado no tiene perdón de Dios. El demonio, cuando pecó, se condenó al instante. Pero el hombre, Adán, cuando pecó, no se condenó, por la imperfección de su conocimiento humano. Por eso, Dios le puso un camino de salvación. El demonio no tiene este camino.

Y este camino no estaba en el Plan de Dios original. No había necesidad del pecado, ni del ángel, ni del hombre. Dios creó al ángel y al hombre para Su Cielo. Ése era el plan. Pero ni el ángel ni el hombre aceptaron ese Plan. Y, entonces, Dios pone otro Plan al hombre.

Dios podía quitar al hombre de su vista, como también lo podía hacer con el demonio cuando pecaron. Porque Dios, al crear el Universo, tiene derecho de hacer en él lo que quiera. Lo puede destruir cuando Él quiere. Es un derecho divino. Y Dios no tiene que avisar a ningún hombre que va a aniquilar el Universo.

Pero Dios, en su Inteligencia Divina, es Perfecto. Y, por eso, pone un Plan distinto al hombre en su pecado. El Plan de Su Misericordia con el hombre en el pecado. Para el demonio, sólo se da la Justicia Divina, sin Misericordia, por el pecado del demonio. Pero, para el hombre, se da la Misericordia en Su Justicia. No es la Misericordia sin Justicia. No es antes la Misericordia que la Justicia. Es antes la Justicia en Dios. Y, en la Justicia, se da la Misericordia.

Hoy se predica al revés: primero la Misericordia. Es un error, por desconocer el pecado del hombre.

Adán no tenía que haber pecado. Luego, no se da la Misericordia. La Misericordia no existe sin no se da el pecado del hombre. No hubo Misericordia para el demonio. Sólo hubo Justicia. En la Justicia Divina, Dios vio que no podía poner al demonio un plan distinto para salvarlo. No se daba la salvación al demonio. Luego, no había Misericordia para él porque no entraba en la Justicia de Dios.

La Misericordia nace de la Justicia, no es al revés. La Justicia no nace de la Misericordia. Es primero la Justicia y es sólo la Justicia. El Amor de Dios no es la Misericordia. El Amor de Dios es la Justicia de Dios en el Espíritu: es obrar la Justicia en el Espíritu, movido por el Espíritu.

En Dios no existe el mal, luego su Amor es siempre Justo. La Justicia de Dios es algo que está unido al Amor de Dios. Y, por tanto, ante el pecado del hombre Dios ama al hombre con Su Justicia. Y ese amor significa castigar al hombre por el mal que ha hecho. Y, en ese castigo, se da la Misericordia: el perdón del pecado y la expiación del pecado.

Como hoy se niega la Justicia Divina, tiene que negarse también todo lo demás: el pecado, el infierno, el purgatorio y el cielo; la cruz, la obra de la Redención, la Misericordia.

Hoy los hombres se han inventado su misericordia, en la que Dios todo lo perdona. Dios salva a todo el mundo. No hay que crucificarse con Cristo. Sólo hay que mirar al Resucitado para salvarse. Es lo que muchos sacerdotes y Obispos predican continuamente en la Iglesia. Y eso sólo por no comprender el misterio del bien y del mal.

Y no lo comprenden sólo por una cosa: su soberbia. Se aferran a sus ideas humanas. Pero lo peor no es eso. Van más allá. Cometen el pecado del ángel, que no lo cometió Adán, sino imperfectamente.

El demonio, en su soberbia perfecta, cometió otro pecado perfecto: el orgullo, es decir, se puso por encima de Dios. Adán también lo cometió, pero de forma imperfecta.

Y, hoy día, hay muchos sacerdotes y Obispos que van por el camino del orgullo, creciendo en ese pecado hasta alcanzar la perfección de ese pecado, como el demonio.

Y crecer en ese pecado de orgullo les lleva a muchos a cometer el pecado contra el Espíritu Santo, que es el mismo pecado del demonio, en el cual, ya no hay Misericordia, sino sólo Justicia.

Y éste es el pecado que podemos observar dentro de la Jerarquía de la Iglesia. Porque el sacerdote es más que un hombre, es más que un ángel, es más que un demonio. El ser sacerdotal tiene otras cosas que no posee ni el hombre, en su creación, ni en el ángel, en la suya. Y, por tanto, el pecado de muchos sacerdotes es como el pecado del demonio, porque tienen una inteligencia perfecta de las cosas celestiales. Ya no tienen la inteligencia de Adán.

Adán, en su inteligencia, era imperfecto. Pero el sacerdocio, en su inteligencia, es perfecto. Por eso, cada sacerdote está obligado a ser santo, porque lo tiene todo para eso. Y. cuando el sacerdote no busca su santidad, entonces se corrompe más fácilmente que muchos hombres.

Por eso, tenemos una Iglesia con una Jerarquía corrompida por su pecado de orgullo: crecen y crecen en el orgullo y eso les lleva a pecar en contra del Espíritu Santo siendo sacerdotes. Y hacen una iglesia del demonio y para el demonio, llena de orgullo, donde nadie se puede salvar.

Es lo que vemos con Francisco: él ha iniciado el camino del orgullo en la Iglesia. El camino de la corrupción. Y, por tanto, en su nueva iglesia no se puede estar. No se puede obedecer a un orgulloso, que sólo vive para entendimiento humano, para su soberbia y su orgullo. Y, por tener el sello de la consagración sacerdotal, eso produce que su alma viva para su pecado, que su alma se centre en su pecado. Porque teniendo toda la inteligencia para hacer el bien perfecto, usa todo el don de Dios para hacer el mal perfectamente. Su entendimiento humano ya no puede seguir al Espíritu, por su pecado de orgullo. Y, por eso, va creando sus leyes, sus doctrinas, sus interpretaciones del Evangelio, sus formas de estar en la Iglesia, sus visiones de la Iglesia, su capacidad para hacer el mayor mal en la Iglesia.

Quien siga a Francisco se condena, porque él no da la Misericordia del Señor, sino que se inventa su misericordia, amoldada a sus pensamientos humanos.

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