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La máscara del pecado oculta el pecado en la Iglesia

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La Iglesia ha vendido una imagen falsa de Cristo: mirarlo resucitado, glorioso y, por tanto, lejano, porque la gloria no pertenece a esta tierra. En este mundo está el dolor y, por eso, aunque Cristo haya resucitado, está, actualmente, padeciendo continuamente por sus almas.

A Cristo hay que mirarlo Crucificado, no Resucitado. La Gloria, para el hombre que vive su vida humana, sólo se consigue a través de la Cruz, muriendo con Cristo, abrazándose a la Cruz de Cristo. Y no hay otro camino para poder entender la Resurrección.

Cristo quitó el pecado de Adán, pero no ha quitado el pecado en cada alma. Cristo tiene que seguir muriendo, en cada alma, para llevarla a la gloria de la Resurrección.

Esta doctrina es la que no se vende, y es la que salva y santifica al hombre en este mundo, que pertenece entero al demonio.

Cristo padece continuamente por nuestros pecados y negaciones hacia el Reino de Dios. Los hombres viven buscando el reino del hombre y se olvidan que ya Cristo ha instaurado su Reino en cada corazón.

Pero es un Reino espiritual, que el alma tiene que merecerlo con la Gracia. Si no se vive en Gracia, sino que se vive en pecado, entonces sólo el demonio tiene derecho al alma.

Es muy fácil vender a un Dios amor y misericordioso. A todo hombre le gusta que le hablen de eso. Pero es lo más difícil para el hombre centrarse en el sufrimiento de su vida.

Porque se viene al mundo a sufrir, no se viene a gozar, a ser feliz, a pasar el tiempo, a entretenerse en algo en la vida mientras llega la muerte.

La vida es un camino de Cruz, que es el camino que Cristo ha dado al hombre. Ese camino es Él mismo; se recorre imitando a Cristo. Y sólo es posible asumir a Cristo en Su Espíritu.

Si el Espíritu de Cristo no habita en el corazón, entonces el alma sólo vive su vida humana, pero no es otro Cristo, no camina con Cristo, no vive a Cristo, no obra con Cristo.

Y, para recibir el Espíritu de Cristo es necesario morir al espíritu del hombre.

Todo hombre viene al mundo con un espíritu humano, viejo, porque nace en el pecado de origen. Y, en ese pecado, el espíritu del hombre está corrompido: es decir, no le sirve al hombre para vivir de forma espiritual. Es algo que tiene, pero que no sabe cómo usarlo.

Cristo ha revestido al hombre con Su Espíritu, el espíritu del hombre nuevo en Cristo. Pero ese Espíritu no obra en el hombre hasta que éste no se esfuerza por dejar su hombre viejo, su espíritu humano corrompido.

Y son tres cosas, tres enemigos del alma, al que el hombre tiene que luchar toda su vida para deshacerse de su espíritu humano viejo, de su hombre viejo: mundo, demonio y carne.

Si el hombre no ve su pecado, no se opone al mundo y no lucha contra el demonio, el hombre se queda en su hombre viejo. Y, aunque posea el Bautismo, que le reviste del Espíritu de filiación divina, que lo hace hijo adoptivo de Dios, el hombre no es hijo de Dios hasta que no comienza a luchar contra aquello que no tiene el hijo de Dios: el espíritu del mundo, el pecado y el demonio.

El hombre que vive su pecado no es hijo de Dios; el hombre que se esclaviza al demonio no es hijo de Dios; el hombre mundano, que vive en el mundo con el espíritu del mundo, no es hijo de Dios.

Muchos han recibido el Bautismo y siguen siendo hijos del demonio por su pecado. No han sabido batallar contra los tres enemigos del alma.

El Bautismo no es un Sacramento que quite al hombre la lucha contra su pecado, contra Satanás y contra el mundo. Sino que es un Sacramento que da al hombre una fuerza para iniciar su andadura hacia Dios.

Pero es una fuerza que necesita de los demás Sacramentos para que el hombre llegue a su plenitud como hijo de Dios.

Y, por eso, la Confirmación hace al hombre ser soldado de Cristo: el alma tiene la fuerza necesaria para oponerse a todo pecado y, por tanto, a todo demonio, para que en su corazón viva Cristo.

Pero esa oposición requiere el Amor de Cristo, que es la Eucaristía, que da al alma la Voluntad de Dios para obrar en la vida aquello que le lleva al Cielo.

Pero, como los hombres son soberbios, nacen en el pecado y les cuesta no pecar, por eso, la necesidad del Sacramento de la Penitencia, para volver a la Gracia y continuar la batalla hasta ganar el Cielo.

Como los hombres se han olvidado del pecado, entonces inutilizan todos los Sacramentos. Ni les sirve la Eucaristía, ni la Confirmación ni el Bautismo, porque ya la gente ha tomado la Penitencia como un desahogo de la vida, como algo psicológico; las almas sólo ven la vida llena de problemas, pero no llena de pecados.

Y si no se combate el pecado, ni el matrimonio, ni el orden sagrado, ni la unción sirven para salvar ni para santificar a los hombres.

Esta es la realidad que vivimos en la Iglesia: muchas almas no viven en Gracia, sino en su pecado y, por tanto, en su hombre viejo. Y, por eso, les gusta oír que Dios todo lo perdona, pero no les gusta Crucificarse con Cristo.

Y, de esta manera, se llega a la situación que estamos: un lobo, sentado en la Silla de Pedro, llevando las almas al infierno. Nadie se opone a ese lobo, porque viven como él: en su pecado.

El hombre ha colocado una máscara frente al pecado para permitir la destrucción interior y exterior de la vida de los hombres y, por tanto, de toda la Creación.

Esa máscara consiste en aparentar ser una buena persona, ayudar a los demás, hablar de forma que la gente se sienta atraída por el lenguaje de los hombres, llena de razones, de ideas, de argumentos que convencen la mente, pero que dejan vacío el corazón.

Con la idea del progreso técnico, científico, cultural, el hombre vende felicidad a los hombres; una paz falsa, pero que gusta al hombre, porque le da una vida material buena, con unos objetivos que, a corto plazo, dan seguridad al hombre. Por eso, esta felicidad que vende el hombre tiene que cambiar constantemente para que los hombres vean que hay seguridad, que hay apoyo en la vida, que el camino es seguro porque hay cosas materiales para vivir.

Pero el hombre, en lo que vende, se olvida de su pecado. Y, entonces, lo que vende es perjudicial para el mismo hombre, porque es necesario dar cosas nuevas a la vida de los hombres, pero, para ellos, los hombres deben ser conejillos de indias.

Si el hombre quiere una medicina que le cure, hay que practicar con el mismo hombre hasta dar con esa medicina. Y, entonces, en eso, se mete el pecado por querer el hombre resolver el misterio de la vida. Y hace de toda la vida de la Creación un basurero, un estercolero, una corrupción. El hombre, al querer poseer la vida que no muere, entonces mata toda la Creación: se pone a jugar con la vida de todos los seres vivientes para conseguir su felicidad humana, temporal; para tener esa seguridad de que todo va bien en la vida.

Esta máscara del pecado, en el mundo se inició hace ya mucho tiempo. Pero, en la Iglesia, hace 50 años que la llevan puesta muchos sacerdotes y Obispos.

Porque es agradable ser humano y predicar lo que los hombres quieren oír. Esta es la predicación que venden muchos Pastores, que han dejado de serlo para convertirse en lobos, que aúllan que Dios todo lo perdona, que Dios ya no castiga, que Jesús ya ha puesto la armonía en toda la Creación y, por tanto, no hay que sufrir más, ya Cristo ha sufrido por nosotros.

Hoy los sacerdotes y Obispos niegan la Justicia de Dios. Y así lo predican a la Iglesia. Eso es lo que venden. Como Dios es Misericordioso, entonces siempre la Misericordia antecede a la Justicia. Conclusión: Dios siempre perdona; Dios nunca castiga. Esta es la predicación de muchos que, aparentan una vida de santidad, y son unos demonios en la Iglesia. Esto lo predica Francisco, pero él aparenta otra cosa. Él no sólo da la careta de hombre santo, sino de hombre redentor: quiere salvar a los hombres quitando la hambruna del mundo. Se ha puesto esa máscara, la careta de su pecado. Y no se la quita, porque está empeñado en salvar los cuerpos, no las almas. Y, por eso, su pecado de orgullo será su caída en su nueva iglesia.

El rostro de su nueva iglesia es una casa para todos: es lo que él vende ahora al mundo. “Estamos llamados a dar testimonio de una Iglesia que sea la casa de todos. ¿Somos capaces de comunicar este rostro de la Iglesia?” Estas palabras revelan la máscara de su orgullo. de su necedad como Obispo, de su ineptitud para gobernar la Iglesia y de maldita avaricia, pecado que le obsesiona y le ciega en su política en la Iglesia.

El que sigue a Cristo tiene que dar testimonio de la Verdad, como Cristo lo dio ante Pilatos. Cristo compareció ante los gobernadores del mundo y no les ofreció Su Iglesia, porque ellos no la querían, ya que despreciaban a Su Rey.

La Iglesia Católica no es la casa de todos. Esta verdad es combatida por el hereje Francisco. No se puede aceptar esa frase de este hereje, porque van contra el Evangelio. Jesús puso Su Iglesia para salvar y santificar las almas. Y no tiene otra misión la Iglesia terrena. En la Iglesia purgante, las almas se purifican; en la Iglesia celestial, las almas viven de la Voluntad de Dios.

Pero en la Iglesia terrenal, que es sólo un camino hacia la Verdad, no es posible salvar y santificar a todos los hombres. Dios lo quiere, pero los hombres, porque son libres, muchos deciden otra cosa en la vida: condenarse.

Esto es lo que niega Francisco: porque la Iglesia es la casa de todos, entonces nadie se condena. Dios, como es Amor y Misericordia, acoge a todos los hombres, en sus pecados, y los lleva a Su Reino. Francisco niega que haya dos caminos opuestos: la salvación y la condenación.

Quien cree en estos dos caminos, siempre va a decir: la Iglesia no es la casa de todos.

Pero quien no crea en estos dos caminos, entonces va a predicar lo que dice ese hereje: la Iglesia es la casa de todos.

Francisco va contra un dogma en la Iglesia. ¿Quién de la Jerarquía se ha levantado para corregir a Francisco sobre esta frase? Nadie. Y ¿por qué? Porque la Jerarquía está dividida. Eso significa una sola cosa: nadie vela por la Verdad. Unos tienen miedo de enfrentarse a Francisco; otros se acomodan a la situación creada por la misma Jerarquía en toda la Iglesia; otros ya han acogido la misma mentira de Francisco como una doctrina de verdad y que debe ser defendida en la Iglesia.

Al Papa Benedicto XVI lo odiaban en muchos sectores del Vaticano y armaron un malvado complot, los planearon muchos sacerdotes y Obispos del Vaticano, para robarle la Silla de Pedro. Y si eso hicieron con el Papa, están dispuestos a hacerlo con aquellos sacerdotes y Obispos que se opongan a la doctrina de Francisco. Todos callan porque todos tienen miedo.

Muchos de la Jerarquía ven las herejías de Francisco. ¡Las ven! Pero tienen que callar. Es el falso respeto humano. No ya la obediencia, porque hoy nadie obedece a nadie. Desde hace mucho tiempo, no hay obediencia en la Iglesia. Por eso, la crisis de la Iglesia es oscurísima.

Muchos callan, no porque tienen que obedecer a un Papa, sino porque saben lo que hay por debajo de ese Francisco. Saben el escándalo que se vive en el Vaticano. Escándalo encubierto. En el Vaticano a nadie le interesa la salvación de las almas. ¡A nadie! Todos se ha vuelto un lucro, un negocio en la Iglesia.

Francisco no está interesado en salvar almas, sino en perseguir la Verdad en la Iglesia, en combatir la Verdad en la Iglesia y, por tanto, en condenar a las almas.

Las almas se salvan dando la Verdad, predicando la Verdad, poniendo la Verdad por delante. Y Francisco, hace todo lo contrario: pone la mentira por delante.

Y esto lo sabe la Jerarquía, que le hace el juego a Francisco.

Hoy la Jerarquía necesita mucho valor y mucha fortaleza divina para salvar las almas, porque sólo hay un camino para hacerlo: enfrentando a Francisco y a los suyos en la Iglesia.

Cuando los verdaderos sacerdotes y Obispos comiencen a oponerse a la doctrina de Francisco, entonces comenzarán a salvar almas. Pero, hasta el tanto, callan. Y son culpables en el silencio. Porque tienen la vocación divina de dar testimonio de Cristo, ya que son otros Cristo. Tienen que proclamar la Verdad como Cristo lo hizo ante Pilatos. Y, entonces, comenzarán a destacarse en la Iglesia como lo que son: salvadores de almas. El sacerdote no está llamado sino para esto. Lo demás, no vale nada. Salvar cuerpos: eso es la obra del demonio siempre en la Iglesia.

A Francisco sólo le interesa los cuerpos, los hombres, sus culturas, sus mentes humanas, sus deseos humanos, sus obras humanas, su visión humana de la vida. Lo espiritual no existe. Son sólo palabras huecas que tiene que decir para contentar a muchos. Pero le importa un comino la vida de santidad en la Iglesia. Como se cree santo y justo, se dedica a cultivar su orgullo dentro de la Iglesia; se dedica a promocionar su doctrina de la fraternidad en la Iglesia; él mismo de mira todo el día en el espejo para verse el más grande de todos los hombres.

Francisco no ve su pecado: ¿qué esperan de él? Quien no ve su mal está ciego y es guía de ciegos. Quien ama su mal busca la ruina de todos los hombres en su mal. Quien no tiene en el corazón el don de la fe, ¿cómo va a guiar a las almas hacia la vida Eterna? Francisco se hace su propia vida eterna. Él mismo se salva a sí mismo invocando a su conciencia, a lo que él piensa que es bueno y que es malo. Pero nunca pregunta a Dios sobre lo bueno y lo malo. Él ve su mal y él mismo lo quita, se perdona a sí mismo. Y sigue contento viviendo su estúpida vida humana.

Francisco es un hombre sin luz en su corazón: un hombre negro, que sólo vive de sus pensamientos de hombre. No es capaz de abandonar uno solo de sus pensamientos. Y esos pensamientos serán su caída en la Iglesia.

Francisco ya ha caído en el pecado; pero ha escalado el Sillón de Pedro usando su orgullo. Y la caída de todo orgullosos es siempre un ejemplo para muchos. Muchos verán caer a Francisco y se aliviarán. Pero no habrán comprendido la raíz de esa caída.

Con la caída de Francisco se inicia el cisma en la Iglesia. El cisma, ya no encubierto, sino a las claras, público. Pero, muchos, no verán ese cisma. Se alegrarán de que cae un hereje. Y su caída es el comienzo del giro en toda la Iglesia, del cambio hacia la ruina en toda la Iglesia.

El cisma, desde la renuncia del Papa Benedicto XVI, está ahí, pero encubierto. Se tapa, se contiene, se presiona a Francisco para que rompa la Iglesia. Pero Francisco no quiere porque va tras su negocio en la Iglesia: su dinero. El gobierno horizontal está presionando para comenzar a quitar los dogmas. Hay mucha división entre ellos. Ellos no son nada santos. Se visten de piel de oveja, hacen sus ministerios en la Iglesia, pero no tienen el Espíritu de Cristo ninguno del gobierno horizontal.

Están ahí para cambiar toda la Iglesia, porque nadie de ellos cree en ningún dogma. Y de ese gobierno horizontal viene todo el giro en la Iglesia. Viene toda la persecución en la Iglesia. Vienen momentos desconcertantes para todos.

Con la renuncia del Papa Benedicto XVI se inició el impero del Falso Profeta. Primero es Él. Él anuncia al Anticristo. Pero ese imperio tiene muchos caminos, porque hay que, primero, destruir el dogma, y, segundo, poner el culto al demonio. Y eso no es fácil en una Roma de 20 siglos de tradición. Hay que ir socavando, poco a poco, como se ha hecho durante 50 años. Pero, ahora, es necesario, la parte más difícil: quitar los dogmas; poner otra doctrina, totalmente contraria a la de Jesús.

Francisco ya la predica, pero todavía no tiene la fuerza para cambiar la Iglesia, porque las almas en la Iglesia están ya hartas de tantas palabras de la Jerarquía. Muchas almas ven a la Jerarquía como habladores, pero son gente incapaz de darles el alimento que necesitan.

Hoy la Jerarquía no sabe hablar a las almas, sino sólo a las mentes de los hombres. Y eso al hombre, acostumbrado a las palabras de los hombres, escuchando diariamente las razones necias de muchos hombres, ya no les llama la atención. Por eso, lo que muchos predican, hoy día, sólo sirve para entretener a la gente, pero no para salvarlas. Y las almas, llega un momento, que necesita de la Verdad para vivir, no de palabras bellas, no de sentimientos bellos.

El alma busca la verdad para alimentarse y seguir luchando contra un mundo que no quiere la Verdad. Por eso, el tiempo de Francisco es muy corto en la Iglesia. Es uno más, pero que hay hecho un gran daño a toda la Iglesia. Francisco saca almas de la Iglesia; quita la poca fe que algunas almas tienen en la Iglesia. Francisco destruye las almas, porque se dedica a los cuerpos. Francisco no entiende la necesidad de las almas en la Iglesia; y, por eso, sólo predica a las mentes de los hombres, a sus razones, a sus ideas, a sus filosofías, a sus sentimientos de la vida. Pero no sabe predicar al corazón del hombre, porque él tiene su corazón cerrado a la Verdad.

Francisco no es lo que parece: porque un sacerdote que no dé testimonio de la Verdad, es mejor que renuncie a ser sacerdote, que pida la anulación de sus sacerdocios, porque no ha sido llamado a esa Vocación.

Muchos hay en el sacerdocio que no son llamados por Dios. Tienen el sello de la consagración, pero no el Espíritu. No son sacerdotes para Dios, sino para el mundo, para los hombres. Y son muchos los que hacen su obra de teatro en la Iglesia, porque no tienen el Espíritu. Ya no por su pecado, sino porque tienen un pecado que obstaculiza el Espíritu para ser sacerdotes.

Francisco es uno de ellos: su pecado es óbice para que el Espíritu obra en él. Su pecado es un muro, un obstáculo. Y, por tanto, lo que hace: sus misas, sus homilías, todo el apostolado en la Iglesia es su obra de teatro. Es un hombre que celebra misa, que predica, que gobierna una iglesia, etc., pero no es un sacerdote, un Obispo. Como Francisco, hay muchos en la Jerarquía.

Porque la Gracia del Sacramento sólo funciona cuando el alma quita su pecado, su óbice; ese mal que ama y que no quiere quitar. Eso significa el óbice, el obstáculo: un alma que ha llegado a una cima del pecado en que vive su pecado y sólo su pecado. Eso imposibilita la obra del Espíritu en ese alma.

La máscara del pecado la tienen muchos en la Iglesia. Pero deben quitarse la máscara. Y, cuando lo hagan, inicia el cisma en toda la Iglesia.

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