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El ecumenismo es un imposible en la Iglesia

Virgen de Guadalupe

Corazón de Jesús

El Gran Milagro

Infiltración en la Iglesia

El Reino de la Paz

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Dos soles anuncian dos cabezas que rigen el mundo y la Iglesia. Dos reinos que dan al hombre el camino de la perdición. Sólo hay un Sol de Justicia para el hombre: Jesucristo y Su Obra, la Iglesia. Ver video original

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«Encontrándome en mi habitual estado, me he encontrado fuera de mí misma dentro de una iglesia, y ahí había un sacerdote que celebraba el divino sacrificio, y mientras esto hacía lloraba amargamente y decía: “La columna de mi Iglesia no tiene donde apoyarse.”

En el momento que decía esto he visto una columna cuya cima tocaba el cielo, y por debajo de esta columna estaban sacerdotes, obispos, cardenales y todas las demás dignidades, que sostenían dicha columna, pero con mi sorpresa, al mirar he visto que de estas personas, quien era muy débil, quien medio acabado, quien enfermo, quien lleno de fango; escasísimo era el número de aquellos que se encontraban en estado de sostenerla, así que esta pobre columna, tantas eran las sacudidas que recibía desde abajo, que se tambaleaba sin poder estar firme. Hasta arriba de esta columna estaba el santo Padre, que con cadenas de oro y con los rayos que despedía de toda su persona, hacía cuanto más podía para sostenerla, para encadenar e iluminar a las personas que moraban en la parte baja, si bien alguna se escapaba para tener más oportunidad de degradarse y enfangarse, y no sólo a estas personas sino que trataba de atar e iluminar a todo el mundo.

Mientras yo veía esto, aquel sacerdote que celebraba la misa (aunque tengo duda si era sacerdote o bien Nuestro Señor. Me parece que era Él, pero no lo sé decir con certeza), me ha llamado junto a Él y me ha dicho:

“Hija mía, mira en qué estado lamentable se encuentra mi Iglesia, las mismas personas que debían sostenerla desfallecen, y con sus obras la abaten, la golpean, y llegan a denigrarla. El único remedio es que haga derramar tanta sangre, hasta formar un baño para poder lavar ese purulento fango y sanar sus profundas llagas, para que sanadas, reforzadas, embellecidas por esa sangre puedan ser instrumentos hábiles para mantenerla estable y firme.”

Después ha agregado: “Te he llamado para decirte: ¿Quieres tú ser víctima y así ser como un puntal para sostener esta columna en tiempos tan incorregibles?”» (Luisa Piccareta – Purificación de la Iglesia. Las almas víctimas son su sostén. – Noviembre 1, 1899)

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La situación en la Iglesia es de enorme gravedad, porque su purificación supone la apostasía de la fe en muchos miembros de la Iglesia.

No todos son de la Iglesia, ni pueden serlo, porque la Gracia no es permanente en los hombres. Jesús ha dado Su Gracia al hombre para que pueda vivir la Vida de Dios. Pero Jesús no ha dado la confirmación en Gracia, la cual da la capacidad al hombre para no pecar más. Ser confirmados en Gracia es una Gracia más que Dios da a quien quiere y como quiere. El hombre no es digno de esa Gracia y sólo puede pedirla, pero no puede saber si el Señor se la da.

Los hombres, en Gracia, vivimos un misterio: podemos pecar, podemos caer en el pecado, aunque hayamos alcanzado cierta plenitud en la Gracia. Es la enseñanza de la caída de Adán, el cual poseía muchos dones, muchas gracias, muchos carismas, estaba en continua presencia de Dios y, sin embargo, pecó, tenía la capacidad de pecar. No está confirmado en la Gracia. Y, por eso, su pecado sigue siendo un misterio para el hombre.

Por la muerte de Jesucristo, el hombre en gracia se encuentra en el período escatológico, es decir, en los últimos tiempos, viviendo la Resurrección con Cristo, poseyendo el Reino Futuro mediante la fe y, hasta cierto punto, poseemos ese Reino, de una forma anticipada y efectiva, pero podemos caer, de nuevo, en el pecado. Podemos volver atrás, al hombre viejo, al hombre en pecado.

Por eso, el Señor exhorta: «Estad, pues, siempre en vela, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor. Bien comprendéis que si el dueño supiera a qué hora de la noche había de venir el ladrón, estaría en vela y no consentiría que penetrase en casa. Por consiguiente, estad también vosotros dispuestos, porque a la hora que no sospecháis vendrá el Hijo del hombre» (Mt 24,42-44).

No podemos dormir porque hierve la lucha final de Jesucristo y de Satanás, la cual va a durar hasta el fin del mundo. Y, en esa lucha, el hombre siempre puede caer en los lazos del demonio si su vida no está alerta, en guardia contra la mentira y el engaño que Satanás realiza en todas partes del mundo, también en la Iglesia.

Los hombres de Iglesia se creen que, porque tienen la Gracia, ya son santos y justos, ya lo pueden todo en la Iglesia, ya pueden decidir los destinos de la Iglesia.

Muchos sacerdotes y Obispos no han comprendido que tienen que ser los últimos de todos para poder servir a la Iglesia, que tienen que dedicarse sólo a las almas. Y, lo demás, lo material y lo humano, viene por añadidura, viene en la medida en que se dedican a salvar almas.

El sacerdote es otro Cristo y, por tanto, tiene que reflejar en todo a Jesucristo. Y, muchos, sólo reflejan su humanidad, se ser de hombres, pero no la Santidad de Cristo.

Muchos sacerdotes y Obispos engañan las almas, porque sólo las alimentan de su vida humana, de sus obras humanas, de sus sentimientos humanos. Están en la Iglesia con una cara de buenos amigos, conquistando los sentimientos de los hombres, pero no son capaces de darles la Verdad de Cristo.

Por eso, la Iglesia que contemplamos tiene que ser destruida por los propios miembros de la Iglesia, porque es necesario que se cumpla lo que Adán hizo: destruir el plan de Dios en la Creación.

Es necesario destruir el plan que Jesús ha puesto en Su Iglesia: plan de salvación y de santificación. Este plan nadie lo quiere en la actualidad. Todos buscan sus planes humanos, sus objetivos humanos en la Iglesia. Todos andan tras otros caminos, más convincentes para los hombres, pero que los lleva, de forma necesaria, a convivir con el demonio en sus vidas.

Sólo la Iglesia regenerada, purificada, transformada, es imbatible, es capaz de poner un camino que el hombre no pueda anularlo: «y las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella» (Mt 16, 18). Estas palabras del Señor sólo se pueden cumplir en una Iglesia purificada del pecado, es decir, en una Iglesia donde los hombres tengan la confirmación en Gracia, por la cual, ya no se podrá pecar.

Jesús, cuando murió en la Cruz, alcanzó de Su Padre, la Gracia para el hombre. Y «gracia tras gracia» (Jn 1, 16b), Jesús va adornando a sus almas en la Iglesia. «De su Plenitud todos hemos recibido» (Jn 1, 16a), pero no todos viven esa Plenitud, no todos son capaces de ser fieles a la Gracia y, por tanto, no son capaces de ir creciendo en Gracia hasta llegar a la Plenitud, a la confirmación en Gracia.

Por eso, la Iglesia no es para todos los hombres, ni la salvación ni la santificación están al alcance todos los hombres. No es posible salvar a todos los hombres; sólo es posible morir por todos los hombres, para quitar el pecado de origen, en la que un hombre pecó por todos.

Jesucristo murió por todos, pero no salva a todos. Adán pecó por todos, pero no condena a todos.

Jesucristo tiene que condenar a los hombres, como Adán tiene que salvar a los hombres. Porque el pecado de Adán, en la Justicia de Dios, no es un pecado que condene al hombre, a todos los hombres, sino que es un pecado que pone un camino de purificación a todos los hombres. Y, de igual manera, la muerte de Jesucristo, es un camino de salvación y de santificación para todos los hombres, pero no se salvan todos, no se santifican todos, porque Dios ya no lo perdona todo.

Una vez que Dios ha dado Su Gracia al hombre, Dios puede condenar al hombre de forma individual. Con Adán, Dios condena al hombre de forma general, en conjunto, pero no puede condenar a todos los hombres. Pero, una vez dada la Gracia, Dios puede condenar a cada hombre en particular, porque ya el pecado de origen se satisfizo en Su Hijo.

Por eso, ya no hay que mirar a Adán ni a su pecado. Jesús quitó ese pecado de origen, aunque el hombre siga naciendo en el pecado original. Tiene que nacer hasta que el Señor no ponga su tiempo para que el hombre nazca sin pecado. Eso sólo es posible en el Reino glorioso. Esto es imposible en las actuales circunstancias de la vida de los hombres.

Muchos quieren ya estar en ese momento y es, sólo, la ilusión y el engaño del demonio en la mente de muchos sacerdotes y Obispos que se han creído santos porque tienen una gracia. Y, por su soberbia, no han sabido crecer en gracia, adquirir otra gracia, hasta llegar a la plenitud. Por eso, predican que ya no hay pecado, que todos nos salvamos, que sólo hay que hacer el bien a toda la humanidad para que así venga el Reino de Cristo en el mundo.

Esta es la predicación del Anticristo, propia de Él, y que muchos la siguen dentro de la Iglesia, olvidándose de discernir los Tiempos: «Sabéis discernir el aspecto del cielo, pero no sabéis discernir las señales de los Tiempos» (Mt 16, 3), porque es necesario, para ese discernimiento, vivir en Gracia, no perder la Gracia, buscar continuamente la Gracia.

Es la Gracia el camino de los hombres en la Iglesia. Ya no hay que mirar la historia de los hombres para ver cuál es el camino. No hay que ver el Paraíso que Adán perdió. No hay que buscarlo, porque el Señor ha dado el camino para el Cielo, para la Nueva Tierra y el Nuevo Cielo: «Vi un Cielo Nuevo y una Tierra Nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y el mar no existía ya» (Ap 21, 1). Sólo un signo se le da al hombre para que comprenda las señales de los Tiempos: «Esta generación mala y adúltera busca una señal, mas no se le dará sino la señal de Jonás» (Mt 16, 4).

Hasta que el mundo no sea transformado en otra cosa, no es posible vivir sin pecado. Esa es la señal. Y vemos que el mundo sigue igual, sigue en su pecado de origen. Por eso, los hombres siguen naciendo en pecado, como en Adán. Todavía no es posible poner en el mundo la Victoria de Cristo sobre el pecado. Esa victoria se puede poner en cada hombre en particular, pero no en toda la humanidad, no en la Creación. No existe la armonía de la Creación.

Por eso, han habido santos que han conseguido esta gracia: la de no pecar y, por tanto, sus vidas han sido sólo para Dios, no para los hombres. Y Dios los ha guiado en todo en un mundo que no le pertenece, aunque lo haya vencido en Su Hijo.

Dios va dando el camino de la salvación y de la santificación a los hombres. Los hombres no tienen que hacer nada por Dios, sólo dejarse guiar por Él. Es lo que muchos, en la Iglesia, no sabe hacer y, por eso, están en la Iglesia para salvar los cuerpos de los hombres, pero no sus almas. Y este es el gran error de muchos. Gravísimo error.

Ese error es un pecado que, en muchos, es contra el Espíritu Santo. Porque es el Espíritu el que lleva al hombre a la Plenitud de la Verdad. Sólo el Espíritu sabe el camino. El hombre no sabe dónde está toda la verdad. Y los sacerdotes y Obispos han pecado contra el Espíritu Santo creyéndose que conocen los destinos de la Iglesia y de las almas, que el hombre sólo tiene que trabajar en lo creado para así llegar a lo nuevo de la Gracia. Y no han comprendido que para vestirse de lo nuevo hay que desvestirse de lo viejo.

La Creación sigue maldita por el pecado de Adán, a pesar de que el Nuevo Adán, Jesucristo, ha bendecido la Nueva Creación. Pero es la Nueva, no la vieja, no la antigua. Y, por eso, hasta que no se dé el cambio, hasta que el hombre no esté «en el vientre del pez por tres días y tres noches» (Jon 2, 1), no puede comenzar el Reino Glorioso de Cristo en que la Iglesia ya no podrá ser destruida por los hombres.

Ahora, los hombres pueden destruir la Iglesia, porque los hombres pueden caer en el pecado y estar en la Iglesia haciendo su iglesia, que es lo más contrario a la Iglesia de Cristo. Eso lo estamos viendo desde que Jesús fundó Su Iglesia. En todos los tiempos de la Iglesia siempre han habido sacerdotes y Obispos que han intentado vivir en la Iglesia otras cosas, según su pecado y su vida mundana. Y, hoy como ayer, el hombre sigue siendo el mismo: un gran pecador, aunque se revista de sacerdote y de Obispo. Por eso, no es de extrañar lo que hace ese hereje sentado en la Silla de Pedro. No es de maravillarse, porque así somos todos los hombres: nos creemos santos porque ya tenemos algún conocimiento de Dios.

Y Francisco es sólo un gran pecador que no sabe mirar su pecado. Es como muchos hombres: vive su vida humana y llama a esa obra, vida justa, vida santa, vida de bondad. Y cree que Dios lo escucha porque es un buen hombre. Así son muchos en la Iglesia. Se han olvidado de purificar sus corazones. Han dejado de mirar sus pecados, sus miserias, porque no han sabido ser fieles a la Gracia que han recibido. Y, por eso, se creen santos sin serlo, siendo unos grandes demonios.

«Despertaos, borrachos (de humanidad), y llorad (vuestros pecados); gemid, bebedores de vino (de la maldad de los hombres), que os han quitado el vino de la boca. Ha invadido Mi tierra un pueblo fuerte (orgulloso, soberbio), innumerable (por sus pecados que no quita)… Ha devastado Mi Viña (Mi Iglesia)… La Viña está en confusión (perdidos en sus pecados)… Venid, pasad la noche cubiertos de saco (en penitencia), ministros de mi Dios… Promulgad ayuno… y clamad al Señor» (Joel 1, 5.6ª.7ª.12ª.13b.14c).

Ya está cerca: «Día de tinieblas y oscuridad; día de nublados y sombras… Delante de ellos va el fuego consumiendo y detrás la llama abrasa. Delante de ellos es la tierra un Paraíso de Edén, detrás queda convertida en desolado desierto; ante Él no hay escape» (Joel 2, 2.3).

Si el Señor no mete al hombre en el fuego que lo purifica todo y que lo renueva todo, es imposible salvarse, porque todo está contaminado por el pecado de los hombres. Y, ahora, cada hombre, en particular tiene que buscar su salvación. Dios salva a cada hombre; pero Dios no salva a todos los hombres en conjunto, porque ya la Gracia es para cada uno, no para todos.

Y si cada hombre consigue la confirmación en gracia, entonces habrá unión entre los hombres confirmados en Gracia. Nunca la unión entre los hombres se puede dar cuando hay un pecado en ellos. Nunca, porque el pecado rompe cualquier unión. Por eso, el ecumenismo es un imposible ahora, entre los hombres y en la Iglesia. Sólo se puede llegar a un sincretismo y eso es lo más contrario a la Verdad del Evangelio y de la Iglesia.

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1 comentario

  1. José M dice:

    Palabras de Jesús sobre un mal Papa dadas a Santa Brígida (s. XIV.). No veo a Nuestro Señor muy “ecuménico”, ni tan poco muy papólatra ni politicamente correcto. Lo dicho a Santa Brígida en el s. XIV sigue siendo de plena actualidad. ¿Se puede aplicar “mutatis mutandis” a Francisco?:

    “Ahora declaro mi disgusto contigo, cabeza de mi Iglesia, tú que te sientas en mi asiento. Le concedí este asiento a Pedro y a sus sucesores para que se sentaran con una triple dignidad y autoridad: primero, para que pudieran tener el poder de atar y desatar a las almas del pecado; segundo, para que pudieran abrirle el Cielo a los penitentes; tercero, para que cerraran el Cielo a los condenados y a aquellos que me desprecian. Pero tú, que deberías estar absolviendo almas y presentándomelas, eres realmente un asesino de almas. Designé a Pedro como el pastor y el sirviente de mis ovejas, pero tú las disipas y las hieres, eres peor que Lucifer.

    Él tenía envidia de mí y no persiguió matar a nadie más que a mí, de forma que pudiera él gobernar en mi lugar. Pero tú eres lo peor en que, no sólo me matas al apartarme de ti por tu mal trabajo sino que, también, matas a las almas debido a tu mal ejemplo. Yo redimí almas con mi sangre y te las encomendé como a un amigo fiable. Pero tú se las devuelvas al enemigo del que yo las redimí. Eres más injusto que Pilatos. Él tan sólo me condenó a muerte. Pero tú no sólo me condenas como si yo fuese un pobre hombre indigno, sino que también condenas a las almas de mis elegidos y dejas libres a los culpables. Mereces menos misericordia que Judas. Él tan solo me vendió. Pero tú, no solo me vendes a mí, sino que también vendes a las almas de mis elegidos en base a tu propio provecho y vana reputación. “

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