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Cristo no está dividido, son los hombres los que dividen a Cristo

Virgen de Guadalupe

Corazón de Jesús

El Gran Milagro

Infiltración en la Iglesia

El Reino de la Paz

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«Firmemente cree, profesa y predica que nadie que no esté dentro de la Iglesia Católica, no sólo paganos, sino también judíos o herejes y cismáticos, puede hacerse participe de la vida eterna, sino que irá al fuego eterno que está aparejado para el diablo y sus ángeles [Mt. 25, 41], a no ser que antes de su muerte se uniere con ella; y que es de tanto precio la unidad en el cuerpo de la Iglesia, que sólo a quienes en él permanecen les aprovechan para su salvación los sacramentos y producen premios eternos los ayunos, limosnas y demás oficios de piedad y ejercicios de la milicia cristiana. Y que nadie, por más limosnas que hiciere, aun cuando derramare su sangre por el nombre de Cristo, puede salvarse, si no permaneciere en el seno y unidad de la Iglesia Católica» (CONCILIO DE FLORENCIA, 1438 -1445 De la Bula Cantate Domino, de 4 de febrero de 1441).

Hay «un solo Dios y Padre de todos, el cual está sobre todos y por todos, y habita en todos nosotros» (Ef. 4, 6). El género humano es uno por su origen, porque Dios ha creado al hombre. Todos los hombres somos uno por naturaleza, por creación. Dios es Padre de todos los hombres por Creación.

Pero el género humano no es uno por Gracia, porque no todos los hombres viven en la Gracia dada por Cristo Jesús. Y, por tanto, Dios no es Padre de todos los hombres por Gracia.

Si no se tiene claro esto, entonces la gente empieza a decir sus herejías en la Iglesia.

Ni los paganos, ni los judíos, ni los protestantes, ni los musulmanes, ni los budistas, ni ningún hombre que no viva en Gracia está dentro de la Iglesia Católica y, por lo tanto, puede salvarse.

Los judíos no se salvan, porque siguen sus leyes antiguas. Y esas leyes están revocadas: “La primera consideración es que las ceremonias de la ley mosaica fueron derogadas por la venida de Cristo y que ya no pueden ser observadas sin pecado después de la promulgación del Evangelio” (Papa Benedicto XIV, Ex quo primum, # 61, 1 de marzo de 1756).

Si los judíos quieren seguir sus ceremonias de la ley mosaica, entonces no pueden llegar a la vida eterna, porque no pueden pertenecer a la Iglesia Católica porque ésta se rige por la ley de la Gracia. Lo anterior a Cristo, no sirve para salvarse. Cristo ha puesto su ley, su doctrina, y ésta es escándalo para los judíos y necedad para los gentiles [cf. 1 Cor. 1, 23].

Los judíos, para salvarse, tienen que dejar sus leyes antiguas y vestirse del hombre nuevo de la Gracia. Si no hacen eso, quedan en lo viejo, en lo que Cristo abolió en la Cruz: “Y, en primer lugar, con la muerte del Redentor, a la Ley Antigua abolida sucedió el Nuevo Testamento (…) en el patíbulo de su muerte Jesús abolió la Ley con sus decretos (Ef. 2,15) (…) y constituyó el Nuevo en su sangre, derramada por todo el género humano. Pues, como dice San León Magno, hablando de la Cruz del Señor, de tal manera en aquel momento se realizó un paso tan evidente de la Ley al Evangelio, de la Sinagoga a la Iglesia, de lo muchos sacrificios a una sola hostia, que, al exhalar su espíritu el Señor, se rasgó inmediatamente de arriba abajo aquel velo místico que cubría a las miradas el secreto sagrado del templo. En la Cruz, pues, murió la Ley Vieja, que en breve había de ser enterrada y resultaría mortífera…”( Papa Pío XII, Mystici corporis christi, #s 29-30, 29 de junio de 1943).

La muerte de Cristo en la Cruz abrió una nuevo camino para todo hombre: el camino de la Gracia. Y, por tanto, sólo viviendo la Gracia es posible que los hombres se unan en un solo Espíritu. Sin la Gracia, no se puede dar la mano a ningún hombre, porque, aunque somos uno por naturaleza, no así por gracia. La Gracia divide el género humano; pone un doble sendero que todo hombre tiene que elegir: el camino de la verdad y el camino de la mentira. Dios caminos totalmente contrapuestos. Y cada hombre tiene que elegir uno. El camino de la Verdad lleva a la Vida Eterna; el camino de la mentira lleva al infierno.

Jesús ya ha puesto el Camino para el hombre. Hay una camino que salva, pero Jesús no obliga a ningún hombre a recorrer ese camino. Jesús, en ese Camino, ha puesto Su Iglesia. Luego, las demás iglesias, las demás religiones, los demás credos que tienen los hombres ya no les sirven para salvarse. Los hombres, si quieren salvarse, tienen que dejar sus iglesias, sus credos, sus religiones, y entrar en la Iglesia de Cristo. Si no dejan sus ritos, sus cultos, sus desviaciones, no pueden estar en la Iglesia Católica.

“Pero entre los miembros de la Iglesia, sólo se han de contar de hecho los que recibieron las aguas regeneradoras del Bautismo y profesan la verdadera fe y ni se han separado ellos mismos miserablemente de la contextura del cuerpo, ni han sido apartados de él por la legítima autoridad a causa de gravísimas culpas. Porque todos nosotros —dice el Apóstol— hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, ya seamos judíos, ya gentiles, ya esclavos, ya libres [1 Cor. 12, 13]. Así, pues, como en la verdadera congregación de los fieles, hay un solo cuerpo, un solo Espíritu, un solo Señor y un solo bautismo; así no puede haber más que una sola fe [cf. Eph. 4, 5]; y, por tanto, quien rehusare oír a la Iglesia, según el mandato del Señor, ha de ser tenido por gentil y publicano [cf. Mt. 18, 17]. Por lo cual, los que están separados entre sí por la fe o por el gobierno, no pueden vivir en este cuerpo único ni de este su único Espíritu divino” (PIO XII – De la Encíclica Mystici corporis, de 29 de junio de 1943).

Hay muchos hombres que están separados de la Iglesia por la fe o por el gobierno. Muchos hombres profesan su fe, sus credos, sus creencias, sus ideas religiosas, sus filosofías, y eso les impide tener la Fe en Cristo. Porque la fe es un don de Dios, no es algo que pertenezca al hombre o que el hombre pueda adquirirlo por su inteligencia humana. El hombre tiene que despojarse de sus creencias para tener la fe en la Palabra de Dios. El hombre tiene que abandonar su iglesia para estar en la Iglesia de Cristo. Sólo la Iglesia fundada por Cristo salva. Las demás condenan al hombre.

Hay muchos hombres que tienen sus gobiernos, que se rigen según sus guías, en lo humano, en lo espiritual, en lo económico, etc. El gobierno de la Iglesia es divino, no humano, no espiritual, no cultural, no material, no natural. Los que quieran pertenecer a la Iglesia tiene que dejarse gobernar por Dios en sus vidas humanas. Hay muchas políticas que impiden pertenecer a la Iglesia. Hay muchos partidos políticos que son obstáculo para pertenecer a la Iglesia. Hay muchas organizaciones, como la masonería, que son impedimento para ser de la Iglesia.

“Nadie piense que le es lícito por causa alguna dar su nombre a la secta masónica, si tiene la profesión de católico y la salvación de su alma en la estima que debe tenerla. Ni engañe a nadie una simulada honestidad; puede, en efecto, parecer a algunos que nada exigen los masones que sea contrario abiertamente a la santidad de la religión y de las costumbres; mas como la razón y causa toda de la secta está en el vicio y la infamia, justo es que no sea lícito unirse con ellos o de cualquier modo ayudarlos…”( León XIII – De las sociedades secretas – De la Encíclica Humanum genus, de 20 de abril de 1884).

Muchos en la Iglesia Católica pertenecen a la masonería o a grupos o clubs masónicos. Y son sacerdotes y Obispos, muchos de ellos, que, después, siguen haciendo sus ministerios en la Iglesia como si nada pasara. Y esas sectas están excomulgadas por la Iglesia:

“a fin de que no haya lugar a error cuando haya de determinarse cuáles de esas perniciosas sectas están sometidas a censura, y cuáles sólo a prohibición, cierto es en primer lugar que están castigados con excomunión latae sententiae, la masónica y otras sectas de la misma especie que… maquinan contra la Iglesia o los poderes legítimos, ora lo hagan oculta, ora públicamente, ora exijan o no de sus secuaces el juramento de guardar secreto”( León XIII – De las sociedades secretas – De la Instrucción del Santo Oficio de 10 de mayo de 1884).

Luego, si algún sacerdote u Obispo o fiel pertenece a un club o grupo masónico, entonces está fuera de la Iglesia, se excomulga a sí mismo, por su pecado. Y lo que hace en la Iglesia es sólo puro teatro. Ni consagra, ni perdona los pecados, ni puede hacer ninguna obra con la gracia (= no puede recibir los Sacramentos). Está impedido por la excomunión. No sólo por el pecado grave, sino porque la excomunión significa que la persona pierde el derecho a ejercer la Gracia. Tiene el sello del Bautismo, pero no es hijo de Dios por Gracia: no puede obrar como hijo de Dios. La excomunión lo impide. Y, aunque confiese su pecado, queda la excomunión. Son dos cosas distintas. El pecado se quita por el Sacramento de la Penitencia; pero la excomunión sólo la puede quitar el Obispo. La excomunión imposibilita que la gracia actúe, así se confiese el pecado.

Muchas almas van a la masonería y, después se arrepienten y se confiesan, pero queda la excomunión. Hasta que un Obispo no levante la excomunión, la Gracia no puede actuar, así se haya confesado de su pecado.

Hay pecados que, por su gravedad, exigen la excomunión de forma inmediata, como el aborto, la masonería. Y no basta confesarse, hay que quitar la excomunión.

Hoy día vivimos una Iglesia de excomulgados: de gente que obra su teatro en la Iglesia y, después, asiste a reuniones masónicas o a ritos de judíos u a otras cosas.

Un ejemplo de eso es Francisco, que además de ser hereje, de poner una herejía en su panfleto comunista, pertenece a los masones: “Una mirada muy especial se dirige al pueblo judío cuya Alianza con Dios jamás ha sido revocada” (Evangelii gaudium, n. 247).

Este hombre, podrá ser un buen hombre para muchos, con su sonrisa, con su sentimentalismo añoñado, pero está excomulgado de la Iglesia Católica. Es hereje y no pertenece a la Iglesia Católica. Y, por tanto, como es jefe en Roma, ha iniciado su nueva iglesia, que no tiene nada que ver con la Iglesia de Cristo Jesús.

Y quien siga a Francisco sale de forma inmediata de la Iglesia Católica. Es muy grave lo que tenemos en Roma y nadie se ha dado cuenta. El tiempo dará la razón a aquellos que viven de la Verdad y ven el desastre que en Roma se está dando.

Cristo no está divido. Son los hombres los que dividen a Cristo, dividen la Verdad, que es Cristo. Hacen de la Verdad su propio negocio en la Iglesia, que es lo que vemos con Francisco: ¡cómo le gusta parecerse un santo, que no ha roto un plato en su vida, y después sólo saber descargar su odio contra la Iglesia: “En algunos hay un cuidado ostentoso de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, pero sin preocuparles que el Evangelio tenga una real inserción en el Pueblo fiel de Dios y en las necesidades concretas de la historia” (Evangelii gaudium, n. 95). Estas palabras revelan su odio a la Verdad.

Todo Obispo tiene que tener un cuidado exquisito en la liturgia, porque el sacerdote es otro Cristo y, por tanto, el prestigio de la Iglesia es la Eucaristía. Y aquel que no cuide la Eucaristía destroza la Iglesia con su publicidad, como hace Francisco. Es mejor cuidar la Eucaristía que cuidar la historia de los hombres. Porque la hombres no se salvan por su historia, sino por su culto a la Eucaristía. Francisco no es otro cristo, sino otro hombre más que prefiere el mundo a la Vida Eterna. Y bien lo ha demostrado todo este tiempo en la Iglesia. Un maldito que llama a los malditos a arruinar la Iglesia, a desbaratarla como lo están haciendo ya, y que nadie lo ve, porque trabajan en lo oculto.

Quien comulgue con Francisco se condena, no puede hallar la salvación de su alma. Si los hombres quieren salvarse, hoy día, tiene que oponerse rotundamente a Francisco o a quien lidere esa iglesia en Roma. Porque Francisco es sólo un peón más de la masonería. El que sucede a Francisco es el tremido. Si Francisco da cariñitos a la gente y les habla de una falsa esperanza, el que viene pone la Iglesia paras arriba y no da esperanza a nadie, sino odio y turbación.

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