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Existe el infierno

Virgen de Guadalupe

Corazón de Jesús

El Gran Milagro

Infiltración en la Iglesia

El Reino de la Paz

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El que adora la bestia “será atormentado con el fuego y el azufre…” (Cf. Ap. 14,9-11; 19,20). “Los cobardes, los infieles…, los homicidas, los fornicadores, los hechiceros, los idólatras y todos los embusteros tendrán su parte en el estanque, que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte” (Cf. Ap. 20,13s).

El infierno es la casa de muchos bautizados, sacerdotes, Obispos, Papas, y fieles de la Iglesia Católica. Muchos se han merecido ir al infierno porque no han sido fieles a la Gracia que han recibido.

En el infierno están todas las almas que, una vez en su vida, han creído en Jesús. Ese momento de fe es su infierno. No fueron fieles a esa fe y eso les atormenta por toda la eternidad.

El don de la fe es lo que salva al alma de caer en el infierno. Aquella alma que no tenga fe se condena sin posibilidad de volver a la vida. La condenación al infierno es para siempre; no es una pena temporal, sino eterna.

Y se sufre en el infierno un daño real, una pena real, no algo metafórico, sino propiamente el infierno es un dolor que nunca se acaba, que no sólo está en la conciencia del hombre, sino en todo su ser. Es un dolor que no destruye el ser del hombre: lo aniquila para volverlo a aniquilar; y es un dolor que está por sí mismo, no lo puede quitar el condenado de sí.

Se cae en el infierno porque no se vive de fe. Y vivir fe significa dos cosas:

1. combatir el pecado hasta la muerte;

2. expiar el pecado hasta la muerte.

Si no se hace esto, no se vive de fe, sino que la vida es cuento chino, en la que todo el mundo se salva porque Dios es Misericordioso.

Hoy los sacerdotes y los Obispos ya no predican del infierno porque no tienen fe. Ya no creen en la Verdad y, por tanto, ya no combaten el pecado ni lo expían.

Ahí tienen a todo ese gobierno horizontal de la nueva iglesia que ha creado el hereje Francisco, en que ninguno cree en el infierno. Y, entonces, se creen santos y justos en lo que hacen en Roma. Ya no miran sus pecados, porque dicen que el pecado no es pecado, sino un mal con el cual hay que vivir y no confesar. La confesión de estos males es sólo desahogarse con el sacerdote para que éste le diga: sigue pecando, sigue con tu vida de pecado. Eso no es malo lo que haces.

El confesonario se ha convertido en una consulta psiquiátrica, donde se charla de muchos problemas y no se absuelve de ningún pecado. Porque el pecado se ha convertido en un problema psíquico, mental, pero no espiritual. Hay que curar las mentes de los hombres, que se han vueltos desquiciados con tanto mal en el mundo. Hoy muchos sacerdotes son psicólogos, psiquiatras, pero no confesores, no ministros que imparten el Sacramento de la Penitencia, porque ya no creen en el pecado. Y aquel sacerdote que no cree en el pecado, sólo habla con el penitente, pero no le absuelve ninguno de sus pecados.

“La predicación… de los novísimos no sólo no ha perdido en nuestras citas de ningún modo el ser ventajosa, sino que más bien ahora sobre todo es necesaria y urgente. También por supuesto la predicación del infierno. Sin duda tal tema debe ser presentado con dignidad y discreción. Sin embargo en cuanto a la sustancia misma del tema, la Iglesia tiene ante Dios el sagrado deber de transmitirlo y de enseñarlo sin mitigación alguna, del modo como lo reveló Jesucristo, y no se da ningún condicionamiento circunstancial, que pueda disminuir el rigor de este deber. Esto obliga en conciencia a todos los sacerdotes, a los cuales les ha sido confiado el cuidado de enseñar… a los fieles. Es verdad que el deseo del cielo es una motivación en sí más perfecta que el temor del castigo eterno; pero de ahí no se sigue el que el deseo del cielo sea para todos una motivación más eficaz que el temor del infierno en orden a apartarlos del pecado y a que se conviertan a Dios” (Pío XII Exhortación a los párrocos de Roma y a los predicadores del Sagrado Tiempo de Cuaresma: AAS 41 (1.949)).

Hoy nadie obedece a los Papas en el deber de predicar del pecado y del infierno. Es cómodo no tocar estos temas, porque a la gente no le gusta. A las almas les gusta un Dios lleno de amor y de misericordia, pero no entienden al Dios de Justicia, al Dios que castiga, al Dios que nunca perdona.

Un sacerdote que predique que Dios todo lo perdona está diciendo que no cree en el Infierno y, por tanto, dice que el pecado ya hay que mirarlo de otra manera, para seguir viviendo la vida con otra orientación más realística para los hombres.

La doctrina de la fraternidad de Francisco es lo mismo que dicen los protestantes: como el hombre se justifica por la fe, y como la sangre de Cristo nos ha quitado la expiación del pecado, entonces todos al cielo. No existe el infierno. No hay nada que pagar porque Cristo ya lo pagó todo por nosotros. Sólo hay que creer, aunque se tengan los pecados. No importa estar en la Iglesia con los pecados. No se pueden quitar, son algo que hay que cargar con ellos, son males de la naturaleza humana. El hombre, si vive una vida razonable, haciendo el bien a sus hermanos, dando dinero a los pobres, poniendo hospitales para los ancianos, dando trabajo para los jóvenes, entonces se salva, no puede condenarse, tiene derecho natural a la vida eterna, porque Dios ha creado a todos los hombres por amor. Todos somos buenos para Dios. Él ya se encarga de los males.

Este es el resumen del pensamiento de Francisco, un hombre que no cree en el pecado porque no ve su pecado. Ve que lo que hace es santo y justo. No puede entender el daño que está haciendo con su gobierno horizontal. No ve el mal que produce en toda la Iglesia, porque no ama la Verdad, no ama a las almas de la Iglesia, no se sacrifica por ellas, no hace nada por las almas que tiene encomendada en su ministerio sacerdotal. Francisco es un hombre que sólo vive para su idea de lo que debe ser la iglesia: por eso, ha fundado su nueva iglesia en Roma.

Quien no predica del infierno condena a las almas a ese lugar. Quien no habla del pecado como pecado, habla de su mentira en la Iglesia. Quien no da la Justicia de Dios en la Misericordia, entonces sólo hace de la Misericordia una irrisión, una burla, un desprecio.

Las almas no quiere oír hablar del infierno. Quien les da lo que ellas quiere oír, las condena al infierno.

El hombre, para que se salve, hay que predicarle aquello que no quiere escuchar: el pecado, la muerte, el purgatorio, el infierno, la penitencia, la expiación del pecado, la cruz.

Estos temas, hoy día, ni se tocan por muchos sacerdotes y Obispos. Eso es una señal de que no se cree en nada: ni en el pecado, ni en el infierno, ni en cielo, ni en el amor de Dios, ni en la Eucaristía,, ni en la Iglesia.

Hoy día es necesario predicar de estos temas para salvar a las almas. Necesario. Urgente. Porque todos quieren un camino fofo para salvarse. Nadie quiere la cruz, el dolor, el sufrimiento. El hombre vive ya condenado en vida y, muchos, no se han dado cuenta de eso. Cuando el hombre deja de luchar contra el pecado, entonces camina hacia el infierno.

El signo claro de que este mundo que vivimos, de que la Iglesia que contemplamos, es un infierno, es porque ya no se cree en el pecado.

Cuando un sacerdote dice que ya no hay infierno o que no es necesario hablar de esos temas, sólo está diciendo que no quiere salvar almas en la Iglesia. El pecado ya es algo sin relevancia y, por tanto, la vida espiritual hay que ponerla en objetivos humanos, naturales, carnales, materiales, en el amor fraterno. Que todos nos amemos como hermanos, nos besemos, nos abracemos, nos demos la mano, que hagamos un bien al otro, y ya está hecha la salvación.

Esto es la predicación de muchos. Y, por eso, es necesario abrirse al mundo: decir que los protestantes, los luteranos, los judíos, los calvinistas, los budistas, los musulmanes, todos se han salvado, están salvados, son hijos de Dios, se van al cielo. Esta es la idea de Francisco en su nueva iglesia. Y no es otra. Y ¿por qué? Porque ya no se cree en el pecado.

Como no se cree en el pecado, entonces hay que bautizar a los niños de padres que viven en su pecado, que no tienen fe, que no pueden transmitir la fe a sus hijos, que sólo les enseñan a condenarse en la vida. Y, entonces, bauticemos a esos niños para que vayan al infierno con el sello del Bautismo y así su infierno sea más riguroso, tengan más dolor, por el Bautismo que han recibido y que nadie les ha enseñado a usarlo como conviene; porque sus papás tampoco lo usaban ya que vivían en sus grandes pecados, los cuales no eran pecados para ellos. Sólo era una forma de vivir la vida, con unos males que hay que cargar. Como creen en Dios y como Dios todo lo perdona, entonces hagamos del Bautismo un camino para condenar a las almas al infierno. Esto es lo que el otro día hizo Francisco. Esto mismo. Porque no cree en el pecado y, por tanto, tampoco cree en el infierno. En consecuencia, le da igual la salvación del alma. Lo que importa es la publicidad: que todos venga a una iglesia abierta al amor de dios y al amor fraterno, que eso es lo que salva a los hombres.

Ya no salva vivir la Verdad, obedecer a la verdad, sino hacer que los hombres vivan sus pensamientos humanos, que son sus verdades, y cada uno tiene derecho a pensar y a vivir como quiera. Es igual. Se va a salvar de todas maneras. Vive en tu pecado y, después, pide que el cura te bautice a tu niño porque eso es bien visto por los hombres. ¿Qué culpa tiene el niño del pecado de sus padres? La misma que los hombres del pecado de Adán. La misma. Lo que viven sus padres eso vive el hijo. Como piensan sus padres, así piensa el hijo. Si sus padres lucharan por quitar el pecado, entonces no harían cometer al hijo un pecado en su vida. Pero como sus padres no luchar por vivir -ellos mismos- sin pecado y así se ejemplo para su hijo, ejemplo de una vida sin pecado, entonces cometen una gran barbaridad: ¿para qué bautizas a un hijo se le vas a enseñar a condenarse como tú vives ya?

Hoy día, como la gente no cree en el pecado, hace estos disparates. Como los Obispos no creen en el pecado, entonces bautizan a cualquiera. El pecado es algo tan grave que nadie tiene derecho a pedro una gracia sin antes quitar su pecado.

Vemos en Roma una nueva iglesia. Y, dentro de poco, vendrá el gran desastre, por el cual habrá que salir de ese engendro y seguir viviendo la Fe en Cristo en el desierto de todo lo humano, viendo cómo los hombres van bailando felices al infierno; viendo a muchos que son de la Iglesia Católica comulgar con la doctrina del demonio que les lleva al infierno.

Roma es una nación que condena ahora a todo el mundo. Ya no es la ciudad de la Verdad, sino el hogar del infierno.

Glosario

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