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La fe de Cristo no es la fe que predica Francisco

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Hay tan sólo una Fe que es la verdadera: la de Cristo Jesús, que ha de ser tal como Él la dio, una Fe divina para una obra divina.

La Fe no es un acto humano, sino divino, porque ningún hombre puede creer si Dios no le da el don, la gracia, el Espíritu para realizar un acto de fe.

Hoy se pone la fe como acto humano, pero sólo se está hablando de una fe humana, no de la fe divina.

El que cree en Dios asiente a la Palabra que Dios le revela. Cree en esa Palabra Divina, cree que Dios no miente cuando está hablando al alma, y cree porque es Dios quien habla.

El que tiene fe no cree en el lenguaje humano, en las razones o cosas que se dicen, sino que cree a Dios que habla sin mentir.

Por eso, no es fácil vivir de fe ni tener fe en Dios. Es muy fácil anclarse en una fe humana, en una visión humana de las cosas divinas. Es lo que vivimos en esta época, porque no hay fe divina, sino sólo fe humana.

Y, como existe esta fe, entonces no existe el pecado, ni el infierno, ni el purgatorio, ni la cruz, ni la gracia, ni nada de nada, porque los hombres ven las cosas de Dios, las cosas de la Iglesia, sólo con su diosa razón. Y, con ella, construyen su falso cristo, su falsa iglesia, su falso evangelio, su falsa cruz, su falsa fe.

Hoy día, todo es falso dentro de la Iglesia Católica. Y esto es lo que mucha gente no acaba de comprender, porque hace caso a una Jerarquía que no tiene fe divina y que, por lo tanto, transmite su fe humana dentro de la Iglesia.

Para tener la fe divina, la de Cristo Jesús, hay que fusionarse con ella, hacer de esa fe, de esas verdades, de esos dogmas, algo del alma, del corazón y del espíritu.

Como la gente vive metida en sus grandiosos pensamientos humanos, entonces no puede hacer suya la fe verdadera, sino que alrededor de su vida van girando muchos pensamientos, muchas doctrinas que impiden tener la fe que Cristo dio al hombre.

La fe no es algo que está en el alma a determinadas horas: muchos van a misa el domingo y ésa es su fe; o rezan unas oraciones o dan unas limosnas o hacen un apostolado, y ahí se acabó la fe.

La fe no es para un tiempo de la vida, porque la fe es la vida. Si hay fe divina, se vive divinamente; si hay fe humana, se vive de cara a los hombres, buceando en las cosas humanas y preocupándose por todos los intereses humanos.

Pocas almas, en la actualidad, tienen fe, viven de fe, obra la fe, porque están en todo lo humano. Y es imposible vivir la fe mirando al hombre.

Para vivir la fe hay que dejar de mirar al hombre: a su pensamiento, a su vida, a sus obras, a sus deseos, a sus planes humanos. Dejar todo eso, porque Dios da otra cosa muy distinta al hombre.

Dios da Su Vida Divina al hombre para que éste la ponga en práctica. Peor lo divino no se puede obrar si está por medio lo humano. Lo divino se obra en lo divino, con lo divino, en el camino divino.

Esto es lo que mucha gente, en la Iglesia, no quiere. Quiere hacer cosas para Dios, pero por caminos humanos. Nunca hace nada para Dios. Las cosas divinas Dios las hace, no el hombre. Y, por tanto, el hombre tiene que aprender de Dios a hacer esas cosas, en la manera que Dios quiere, en el tiempo que Dios quiere y para aquello que Dios quiere.

Y esto es lo que le cuesta al hombre: aprender de Dios a vivir la fe, el don que Él da al alma. El hombre, en la Iglesia, no quiere aprender de Dios, sino que quiere ser maestro de lo divino, porque tiene un oficio, unos estudios, una elección divina.

En la Iglesia todos estamos llamados a aprender de Dios, no a hacer cosas de Dios. Para obrar lo divino, hay que entender cómo se obra eso en Dios. Y esto es lo que la gente no se pone a hacer en su vida.

Por eso, viene un Francisco, que no tiene fe divina, sino que abunda en su fe humana, y a todo el mundo se le cae la baba con las tonterías que habla. ¿Por qué? Porque la Iglesia no tiene fe, no sabe lo que es la fe, no tiene ni idea de cómo se obra la fe verdadera, la que Cristo dio, la que nunca pasa, la que vale para todos los tiempos, para todas las culturas, para todos los momentos de la vida: en el sueño, al despertar, al comer, al trabajar, al hacer cualquier cosa, si no se hace con esa fe, lo que haces no vale para nada en tu preciosa vida de hombre.

La fe verdadera es la que da sentido a toda la vida, a todas las obras de lo hombres, a todos sus pensamientos, a todos sus deseos, porque la fe encamina todo hacia la verdad y, por tanto, aleja del hombre todo aquello que no pertenece a la verdad de la vida.

Pero hoy los hombres no buscan la Verdad. Y eso se ve en el entorno de la Iglesia. Se ve en las almas que vienen a Misa todos los días: gente sin fe porque ya no les interesa la Verdad, que es Jesús, sino sus verdades en la vida, que son sus muchas mentiras.

La gente que busca su pensamiento positivo de la vida cada día son gente sin fe divina, sólo con su fe humana.

La gente que escucha a Francisco y sigue diciendo que es Papa son gente sin fe divina, llena de sus pensamientos humanos, que son sus caminos en la vida.

La fe verdadera pone al hombre en la verdad. Y el hombre no se mueve de la verdad en esa fe. Y el hombre hace su vida de acuerdo a esa verdad. Por eso, el que tiene fe verdadera, la de Cristo, se rebela contra Francisco, porque ve en sus palabras y en sus obras la boca y las manos del demonio.

Quien tiene fe ve la acción del demonio en las demás almas. Y sabe entender qué alma está con Dios y cuál es del demonio. Porque el conocimiento que da la fe es luz para el alma: da la verdad tal cual la ve Dios. Y, por eso, el hombre de fe lo juzga todo y nadie lo puede juzgar, porque se pone en la Verdad de la vida y ve toda la vida en esa Verdad.

Los que no tienen la fe verdadera no saben juzgar nada y tiene miedo de juzgar a Francisco, porque viven en su mentira. Y, en esa mentira, todos los hombres son buenos y hay que respetarlos en lo que viven.

Pero quien posee la fe verdadera, entiende que todos los hombres son malditos por el pecado de Adán, que no hay ninguno que sea justo delante de Dios. Y, por tanto, sabe ver su propio pecado y el pecado de los demás. Y llama al pecado con el nombre de pecado. Y, por eso, lo puede juzgar todo, porque no tiene miedo de decir las cosas claras, como son en la realidad de la vida.

Pero las almas, hoy día, están llenas de miedos, de temores, de ideas humanas que impiden dar testimonio de la Verdad. Y todo eso hace callar al hombre cuando ve que algo va mal. Todo eso, hace que la persona se vaya acomodando a la vida de los hombres, a sus pensamientos, a sus obras y ya vea la mentira, el error, el engaño, como algo normal que hay que vivir y tener en la vida.

Eso es lo que pasa con Francisco. ¿Qué importa que diga sus opiniones en la Iglesia, sus herejías, sus mentiras, sus engaños? ¡Hay que vivir con eso! ¡Más vale pájaro en mano que cien volando! ¡Con este buey de Francisco hay que arar! Esto es lo que piensa mucha gente: señal de que no vive la fe, sino que se acomoda a cualquier pensamiento del hombre, a cualquier discurso del hombre, a su lenguaje bonito, y no hay más. ¡Y que todo el mundo haga lo mismo que ellos!

Así está la Iglesia en el 2014: ciega, mirando a un ciego, y dejándose guiar por muchos ciegos, que no saben lo que es la fe verdadera.

¿Qué fe puede dar un Francisco que no cree en el pecado, que sólo cree en la fraternidad como solución a los problemas de los hombres? Lo que da es una fe humana, una fe sentimental, una fe carnal, una fe material, una fe económica, una fe política, una fe natural. Y eso es lo que transmite en cada homilía. Y no otra cosa.

La fe que da Francisco no es la de Cristo Jesús. El Evangelio de Cristo es el Evangelio de la Redención de los hombres, en la que el hombre tiene que morir para ser salvo.

El evangelio de Francisco es el evangelio de la fraternidad, en la que los hombres tienen que vivir sus vidas humanas y así alcanzan la armonía en toda la creación.

Y muchos están siguiendo el evangelio de la fraternidad dentro de la Iglesia. Por eso, Francisco condena a muchas almas dentro de la Iglesia.

Una sola es la fe, una solo es el Evangelio, uno sola es la Verdad, una sola es la Cruz.

Francisco ha puesto una Cruz que no es la de Cristo. Y nadie ha dicho nada. Señal de que a nadie le interesa, en la Iglesia, la Cruz de Cristo, la sencilla Cruz de Cristo. Todos quieren, en la Iglesia, las modas que Francisco pone, lo nuevo que su cabeza se inventa.

En esto estamos en la Iglesia: con las modas de Francisco, con las opiniones de Francisco, con las ideas locas que tiene Francisco de quitar la hambruna del hombre y de resolver todos los problemas de los ancianos y jóvenes del mundo. En esta estupidez está la Iglesia. Y, por eso, eso que se ve en Roma no es la Iglesia de Cristo, porque no se predica el Evangelio de Cristo y, por tanto, no se da la fe divina, la que Cristo dio a toda la Iglesia.

Esto es claro para el que vive de fe. Pero no es tan claro para los demás. Si el hombre no asimila él mismo la fe que Cristo ha dado, entonces coge cualquier cosa que los hombres digan en la Iglesia.

El trabajo de la fe está en cada uno. Cada uno tiene que luchar por alcanzar la fe que Cristo ha ofrecido a la Iglesia. Y hay que luchar en contra de los hombres que predican otras cosas, más bonitas, pero que no sirven para tener la fe verdadera.

Once meses y la gente sigue sin luchar por ponerse en la Verdad de lo que ve. Se tiene miedo de decir que Francisco es un maldito, por el falso respeto humano, por la falsa obediencia, por el falso amor hacia los hombres.

El que ama a Francisco le dice que es un maldito. No puede mentir en sus palabras, porque todo el que ama da la Verdad, la Voluntad de Dios. Francisco es un maldito por sus pecados en la Iglesia que no quiere quitar. Y, hasta que no los quite, será un maldito. Dios no bendice a un pecador. Dios odia al pecador y llama a Su Justicia para que descargue sobre él. Y hasta que el pecador no quite su pecado, la espada de la Justicia permanece sobre la cabeza del pecador: “La cólera de Dios no hay quien la retenga; bajo Él se encorvan los más soberbios” (Job 9, 13).

Hay que vivir, en la Iglesia, de la Palabras de Dios, no de las palabras de Francisco. Francisco no es de la Iglesia, Francisco no hace Iglesia. Francisco ya ha hecho su iglesia en Roma. Y está dedicado a que esa nueva iglesia vaya creciendo. Lo demás, no le interesa. Por eso, muy pronto hay que ir saliendo de Roma, de una iglesia que sólo sirve para condenar a las almas al infierno.

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