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Francisco cerca a la Iglesia con el protestantismo

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“¿Y quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” (1 Jn 4, 5).

La fe es confesar que Jesús es el Hijo de Dios. Para Francisco, “la fe es confesar a Dios, pero al Dios que se ha revelado a nosotros, desde el tiempo de nuestros padres hasta ahora; al Dios de la historia” (10 de enero).

No dice eso el Evangelio del día. La fe no es confesar a Dios. El budista, el judío, el protestante, el calvinista, el masón, el musulman, cada hombre en el mundo confiesa a dios, a su dios, el que sea. Pero el católico confiesa a Jesucristo, como Hijo de Dios, como Hijo del Padre. Y, por tanto, también, en el Hijo, confiesa al Padre, que ha engendrado a Su Hijo en el Espíritu. Y, al confesar a Jesús, como Hijo de Dios, también está confesando al Espíritu. En Jesús está toda la Trinidad, que se ha Revelado en Sí Misma. El Dios que creemos es el Dios de la Revelación. No es el Dios de la historia.

Cuando Francisco habla así, está indicando la doctrina protestante sobre Dios. Para el protestante Dios se revela en la historia, pero no en Sí Mismo. Y, por tanto, en la historia de los hombres, Dios va dando Su Palabra y esa Palabra va haciendo la vida de cada hombre.

Por eso, para Lutero es el Evangelio el que crea a la Iglesia, no es la Iglesia la que enseña a interpretar el Evangelio; es lo que dice Jesús, que es la Palabra de Dios encarnada, la autoridad final para ver si algo es cierto o no.

Jesús va dando pautas de lo que debe ser la vida. Y, por eso, el hombre, en su historia, tiene que leer el Evangelio y aplicarlo a su vida particular. Dios se revela en la historia de cada uno, pero Dios no se revela en Sí Mismo. Conocemos a Dios por la historia de los hombres, pero no en Sí Mismo. Por eso, el génesis es un mito para muchos, porque no se dan datos históricos, sino hechos que deben ser interpretados según la mitología o las creencias antiguas. En el Génesis no se ve a Dios en Sí Mismo. Dios empieza a verse en Abraham, pero no antes.

Y, entonces se cae en el error de la historia: poner la vida espiritual en lo que hacen o piensan los hombres. Y esa es la fe que predica Francisco, una fe llena del pensamiento luterano, protestante. Y, por eso, en Francisco está la libre interpretación de la Sagrada Escritura. Se apoya en el Evangelio y, de ahí, saca su idea humana. Ya no se apoya ni en la Tradición, ni en el Magisterio de la Iglesia, ni en el Dios que se revela, porque todo eso pasa con el tiempo. La Palabra de Dios es lo que importa. Pero hay que interpretarla según el tiempo histórico de cada uno, según la mente de cada uno, según su cultura o su ciencia o su filosofía de la vida.

Entonces, Francisco, en esta homilía quiere explicar qué significa eso de que la victoria que haya vencido al mundo sea nuestra fe.

Y, como siempre, mete su herejía, no sólo una mentira, sino algo que va en contra del dogma: “este «permanecer en el amor» de Dios es obra del Espíritu Santo y de nuestra fe y produce un efecto concreto: Quienquiera permanece en Dios, todos han sido generados por Dios, el que permanece en el amor vence al mundo y la victoria es nuestra fe”.

Todos han sido generados por Dios: ésta es su herejía. Como Jesús, con su muerte y su resurrección nos ha salvado, entonces todos salvados. Quien cree en esto, se salva. Quien cree que Jesús le ha salvado, se salva. Jesús ha dado la salvación a todos gratuitamente. Luego, todos salvados. Sólo hay que creer. Esto es puro protestantismo.

El Evangelio es muy claro: “Conocemos que permanecemos en Él y Él en nosotros en que nos dio Su Espíritu” (v. 13). Permanecemos en Dios porque hemos recibido de Su Espíritu, no porque todos hemos sido generados por Dios. Son dos cosas muy diferentes.

“Todo el que ama es nacido de Dios” (v.7). Hay muchos hombre que no aman, porque no han nacido de Dios, no son generados por Dios.

Francisco se basa en esta herejía, clara herejía, para construir una mentira, una homilía totalmente anticatólica y anticristiana.

Como todos han sido generados por Dios, entonces todos vencen al mundo. Pero, ¿por qué no lo vencen? Porque “la Iglesia está llena de cristianos vencidos, cristianos convencidos a medias”. ¿Han percibido su odio contra toda la Iglesia en estas palabras? ¿Ven la mentira que encierran estas palabras?

La Iglesia está llena de almas que no creen en Jesús, porque creen en las cosas del mundo. Y, por tanto, no tienen fe en Jesús, como Hijo de Dios. Tienen fe en el Jesús de la historia, en el Jesús que han aprendido en un libro, en el Jesús que alguien le ha enseñado. Pero no tienen fe en Jesús. Creen en Dios, creen en Jesús, creen en muchas cosas, pero a su manera humana. Y no creen en Jesús sólo por una razón: porque viven en su pecado: “El que no ama no conoce a Dios” (v. 8). El que no ama es el que vive su pecado. Éste no tiene el conocimiento de Dios, que viene por fe.

Pero. ¿qué es lo que dice Francisco? Porque eres un cristiano vencido, derrotado, que no crees que la fe es victoria, entonces nada puedes: “Pero la Iglesia está llena de cristianos vencidos, que no creen en esto, que la fe es victoria; que no viven esta fe, porque si no se vive esta fe, está la derrota y vence el mundo”. Para Francisco, hay que creer que la fe es victoria: “De nuestra parte, está la fe. ¡Es fuerte! Y esta es la victoria que ha vencido al mundo: ¡nuestra fe! ¡Nuestra fe puede todo! ¡Es victoria! Y esto sería bello que lo repitiéramos, también a nosotros, porque tantas veces somos cristianos derrotados”.

La fe no es creer que Jesús es el Hijo de Dios. No. La fe es algo que está dentro de nosotros mismos: “De nuestra parte, está la fe”. Ya no es un don de Dios. Es un esfuerzo humano. Y, como ese esfuerzo en muchos es débil, por eso no tienen fe. Tiene que ser fuerte: “¡Es fuerte! Y esta es la victoria que ha vencido al mundo: ¡nuestra fe! ¡Nuestra fe puede todo! ¡Es victoria!”.

Nuestra fe puede todo. Nuestra fe. No la fe en que Jesús es el Hijo de Dios.No. Nuestra fe. Como la Iglesia no cree que la fe es victoria, por eso está llena de derrotados. ¿Ven la maldad?

Y esto viene sólo por decir su herejía: Todos han sido generados por Dios. Luego, todos tienen que tener esta fe fuerte. Todos. Porque el Espíritu ya ha hecho su obra en todos. El problema está en el hombre, que no cree en esta fe. El hombre tiene que hacer su obra, poner de su parte. Y, por tanto, el problema no está en el pecado del hombre, sino en el hombre que no es fuerte, que vive derrotado, vive vencido.que no pone de su parte, no pone el esfuerzo humano para tener fe.

Y esto le lleva a decir que, como no existe el pecado, sino el esfuerzo de cada hombre por creer, entonces, tampoco existe la gracia divina. El hombre, por tanto, se salva por sí mismo, por su fe, porque cree en la Palabra de Dios. Y esa fe es fuerte. Es tan fuerte que siempre cree, que nunca es débil, nunca el hombre cae en el piso derrotado: ¡nuestra fe! ¡Nuestra fe puede todo! ¡Es victoria!. ¿Ven? Se niega la gracia de Dios. Todo está en el hombre. El hombre se salva por su fe. Esto es lo que decía Lutero: la fe fiducial. Y esto lo que predica ese hereje.

“La Iglesia está llena de cristianos vencidos” = la Iglesia está llena de gente que no cree en sus propias fuerzas humanas. Éste es el odio de Francisco a la Iglesia. Francisco quiere llevar a las almas al cerco del Protestantismo. Es un lobo vestido de piel de oveja: usa la Palabra de Dios, cambiándola el sentido para adaptarla a sus necesidades, a donde él quiere llevar su homilía. La Iglesia ya no tiene que vivir siendo fiel a la Gracia, sino siendo fiel a su esfuerzo humano. Es la Gracia la que da la fuerza al hombre. Pero dice Francisco: no.Si está en el piso, derrotado, es que no has hecho el suficiente esfuerzo humano para tener esa fe fuerte en sí misma, porque ya el Espíritu te ha hecho hijo de Dios. Ya puedes tener esa fe fuerte. ¿Y el pecado, dónde lo metemos? Sólo es un problema de conciencia. Eso no daña el ser hijo de Dios.

Francisco siempre quiere, en toda homilía, dar una mentira. Cuando la ofrece, vuelve a lo de siempre. Por eso, muchas veces sus homilías no se comprenden. Comienza por una cosa y termina por otra, que no tiene nada que ver, como en ésta: “¿Y cómo puedo saber si confieso bien la fe? Hay un signo: quien confiesa bien la fe, y toda la fe, tiene la capacidad de adorar, adorar a Dios”. El evangelio no habla para nada de la adoración a Dios. Francisco lo mete porque ya ha terminado de decir su mentira. Y esa mentira le lleva a este absurdo: quien confiesa toda la fe tiene la capacidad de adorar a Dios. Es un absurdo, pero Francisco no sabe completar su idea del principio. No sabe hilar los pensamientos, porque no van con la Verdad. Es una verdad y una mentira. Otra verdad y otra mentira. Y eso tiene que romper la lógica del pensamiento y caer en absurdos, porque no se sabe cómo hilar, cómo acabar, como conectar una idea con otra. Y así, siguiendo su juego de palabras, llega a la confianza en Dios.

Nunca Francisco va hacer una homilía digna, porque es protestante. Va a lo suyo en cada homilía. A lo que salga. Y, entonces, dice estas barbaridades que deja claro lo que es su alma: es un demonio travestido que conduce a las fuentes de Satanás. Es un homosexual vestido de sacerdote del demonio. Su espiritualidad es amanerada, sensiblera, acomodada a los placeres de los hombres, pero nunca recia, viril, de un hombre de Dios, sino de un hijo del diablo.

Francisco usa lenguajes sabios y muchos gestos del mundo para que todos oigan y vean cuan santo y bueno es, pero da la doctrina más pura del demonio: el protestantismo. A Francisco le importa muy poco la Verdad; sólo le interesa el lenguaje a emplear: qué frases, qué giros, qué tonos hay que usar para decir lo que hay que decir. Y no importa la Verdad, porque no la persigue, ya que no la comprende.

Francisco tiene el mismo problema que Lutero: no comprendía muchos libros de la Biblia porque no percibía a Jesús en ellos. Como su mente quería leer la Biblia según sus ideas humanas, razones, sentimientos, entonces no podía captar la Verdad, que es Jesús. Pues, lo mismo le pasa a Francisco: como su mente no puede entender que Jesús haga milagros, como no puede comprender que Jesús sea un Espíritu, como sólo ve que Jesús nos ha salvado a todos y, por tanto, todos vamos al cielo, por que sí, entonces, cae siempre en el error y en la herejía.

Francisco persigue un proyecto mortífero, que es su evangelio de la fraternidad, que anula el Evangelio de Cristo: en nombre de la libertad religiosa y del Ecumenismo hay que abrirse a los hombres del mundo a todas las religiones, sin que éstas quiten sus errores, sino que la Iglesia se abaje de la Verdad para abrazar los errores de todos.

En nombre de fraternidad, se construye en Roma esa iglesia. Es lo que propone Francisco en su evangelii gaudium. Es sólo esto. No es más.

Francisco no es digno de estar sentado en la Silla de Pedro, porque su espíritu es el de un protestante y lleva a toda la Iglesia hacia lo mismo de Lutero: peca fuertemente y te salvarás. Hay que estar en la Iglesia con los pecados, cargados con ellos y, por tanto, hay que ser santos dando de comer a los pobres. Eso es imitar a Cristo. Así Francisco condena a tantas almas, con su prosa bonita, con su lenguaje hermoso, que esconde herejía tras herejía.

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