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Una Iglesia sumergida en el error

Virgen de Guadalupe

Corazón de Jesús

El Gran Milagro

Infiltración en la Iglesia

El Reino de la Paz

Jesus Rey

La Iglesia se halla sumergida en el error, acogido y propagado por muchos, desconociendo la Verdad del Evangelio: “Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo vivir todavía en él?” (Rm 6, 2).

Las tinieblas del pecado han descendido sobre la Iglesia porque vive en el pecado. Jesús ha dado muerte al pecado con Su Muerte, pero muchos siguen viviendo según la carne y, por tanto, “no pueden agradar a Dios” (Rm 8, 8). Sólo los que “son movidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Rm 8, 14) y, por tanto, no viven según la carne, sino que son de Cristo.

Cristo no pertenece al mundo, Cristo no da la alegría del mundo, sino al Espíritu de Dios. Cristo no vino al mundo para dejar al hombre en sus pensamientos humanos, en sus vidas humanas, en sus obras humanas, sino que vino para darle una nueva Vida, que no es de este mundo, que no se puede encontrar en este mundo, porque es un don de Dios.

Pero hay que ganarse ese don de Dios luchando contra el pecado, que impide que se manifieste el Espíritu de Dios en el hombre. Y, en consecuencia, impide la verdadera alegría en el corazón.

Hay que arrancar de sí las raíces del pecado, que son las vestiduras del hombre viejo, para poder vestirse del hombre nuevo, del Nuevo Adán, que quiere asumir toda carne y llevarla a la Gloria de Dios.

Pero si los hombres desechan la Palabra de Dios, que es el camino para salvar y santificar al hombre, entonces Cristo no puede habitar en los corazones de los hombres y sus vidas se pierden sólo en las oscuridades del mundo.

Si el mundo está pervertido por el pecado, va a alcanzar la máxima perversión por la apostasía de la Iglesia, porque un gran mal significa para el mundo que un hereje esté sentado en la Silla de Pedro.

Si en la Iglesia primitiva, los gentiles obtuvieron la salvación por el pecado de los judíos: “su reprobación es reconciliación del mundo” (Rom 11, 14), ¿qué será del mundo, del pueblo gentil, ahora que la Iglesia vuelve la espalda a Su Salvador? ¿Qué castigo no vendrá al mundo y a la Iglesia?

En la Iglesia primitiva había fe en la Palabra para transformar los corazones de los hombres sin Dios. Las almas creían sencillamente en el Evangelio y daban testimonio de la Verdad con sus vidas, con sus obras, con sus pensamientos.

Pero en la Iglesia del siglo XXI, las almas carecen de fe en la Palabra de Dios y han vuelto a lo de antes, a lo que los fariseos vivían y obraban: en las promesas de un Mesías terreno, temporal, humano. Hoy se busca en la Iglesia el Paraíso en la tierra, la felicidad en la tierra, a un Mesías, a un rey, a un hombre que dé palabras de apoyo, de confianza, de seguridad en las cosas materiales, en lo humano de la vida.

Las almas han perdido el objeto de la fe: a Cristo. Ya no miran la Vida que Cristo ofrece en cada Eucaristía, sino que andan mirando sus vidas humanas y buscando un camino para ser feliz en esas vidas de hombre.

Las almas en la Iglesia prefieren a un gobernante que les hable de forma bella, agradable, que se ocupe de los asuntos del mundo, que a un gobernante que les diga la Verdad.

No quieren escuchar la Verdad, pero sí quieren acoger la mentira como verdad. Están dispuestos a morir por la mentira de sus vidas y a enseñar esas mentiras a otros en la Iglesia. Y eso da lugar a que se extienda la apostasía como una mancha de aceite hasta que llegue a su culmen.

Cristo ha abandonado a Su Iglesia. Cristo calla ahora en Su Iglesia. No se manifiesta por su Jerarquía, que debe ser la Voz de Cristo en la Iglesia. Y eso es un castigo para toda la Iglesia. Porque la Iglesia es lo que son sus primicias: “si las primicias son santas, también la masa; si la raíz es santa, también las ramas” (Rm 11, 16).

Y la Jerarquía de la Iglesia no es santa, sino pecadora, pervertida, corrupta. Por lo tanto, también la masa, también el Cuerpo de Cristo está lleno de pecadores, de perversión y de corrupción. Y, donde reina el pecado, no reina Cristo. Donde se comulga con la mentira no puede haber unión con la Verdad. Donde se obedece al error es imposible vivir la libertad de los hijos de Dios.

Cristo calla en Su Jerarquía porque ésta mira el pecado como solución para la vida de la Iglesia en muchos. Pero Cristo no calla en las almas de la Iglesia, porque cada alma ha sido redimida por la sangre de Cristo. Y, por lo tanto, Cristo guía, ahora, a su Iglesia desde el Cielo. Él solo, sin necesidad de hablar por ninguna cabeza en Su Iglesia.

Porque quien ha jubilado al Papa Benedicto XVI también ha jubilado la Voz de Cristo en la Iglesia.

Quien haya hecho renunciar al Papa Benedicto XVI al Papado, también ha hecho renunciar la Voz de Cristo en la Iglesia.

Si no hay Cabeza en la Iglesia, Cristo calla en toda cabeza de la Iglesia. Pero no puede callar en sus almas. Por eso, ahora sólo hay que hacer caso, en la Iglesia, a los profetas de Dios. Sólo a ellos. A los demás, ni caso.

Lo que haga Francisco y los suyos: ni caso. No hay obediencia a un judas en la Iglesia. Se obedece a Cristo, no a uno que parece de Cristo en su semblante exterior, pero sus obras son las de un anticristo.

El negocio de la Iglesia es la salvación de las almas. Quien quiera poner el negocio de la Iglesia en quitar la hambruna de los pobres del mundo, ése es del anticristo. Ése es un judas. Tiene el mismo pensamiento de Judas: “¿Por qué este ungüento no se vendió en trecientos denarios y se dio a los pobres? Esto lo decía no por amor a los pobres, sino porque era ladrón” (Jn 12, 6). Francisco el ladrón del dinero, el que roba el dinero en la Iglesia.

“Pero, hombre, ¿quién me ha constituido juez o partidor entre vosotros? Mira de guardaros de toda avaricia, porque, aunque se tenga mucho no está la vida en la hacienda” (Lc 12, 14).

La vida de la Iglesia no está en pedir dinero a los ricos del mundo para quitar la hambruna de los pobres. La vida de la Iglesia está en caminar detrás de las huellas ensangrentadas de Cristo para subir al Calvario, con Él, y alcanzar la Vida Eterna.

Hoy la Jerarquía de la Iglesia no sigue a Cristo, no sube al Calvario, sino que mira, de nuevo a Cristo, para juzgarle y crucificarle en cada miembro de la Iglesia. Porque esto es lo que significa la apostasía de la fe: andar por el camino de la rebelión contra Dios, de la idolatría, de la blasfemia, de la impiedad, pervirtiendo todo en la Iglesia, anulando toda Verdad en la Iglesia, aniquilando la Vida de Cristo en la Iglesia.

Y, por tanto, persiguiendo a aquellos que siguen la doctrina de Cristo, que siguen los dogmas de siempre, que no negocian con la Verdad de la Iglesia.

No se puede negociar con los dones de Dios, con los tesoros divinos, con las gracias divinas, con los misterios de Dios, porque no pertenecen a nadie. Sólo a Dios. Los hombres son sus administradores. Pero si los hombres se pervierten, esos dones vuelven a Dios, no quedan entre los hombres. Por tanto, que nadie se engañe cuando le ofrezcan un evangelio lleno de felicidad, que dicen que es de Cristo, pero que es sólo la perversión de su mente humana.

Quien no vive a Cristo en su corazón, pierde los dones de Dios y sólo ofrece en la Iglesia lo adulterado de su pensamiento. Y lo ofrece como una mentira encubierta, maquillada de verdad.

Por eso, hay que combatir la doctrina de Francisco, porque no es la de Cristo en la Iglesia. Es la doctrina de un pervertido, de un amanerado, de uno que se ha olvidado de mirar los dones de Cristo, para observar los regalos que los hombres le hacen.

Hoy Francisco da a la Iglesia la Resurrección, pero olvidando el drama del Calvario, dejando el sufrimiento como una calamidad en la vida, pero no como camino de salvación. Muchos creen que el Nuevo Testamento es sólo alegría, diversión, la búsqueda de nuevos horizontes, porque Dios ya lo perdonó todo. No quieren oír hablar de castigos ni de profetas que anuncian tiempos difíciles.

Hoy no se quiere hablar de la muerte en la Iglesia, ni del infierno, ni del purgatorio, porque no hay que asustar a la gente, no hay que tener miedo, hay que dar el amor en la Iglesia, no hay que atemorizar con los castigos. Esto es lo que mucha gente saca de la doctrina de Francisco: todo es Misericordia. Dios todo lo perdona, Dios todo lo aguanta, Dios es bueno con todos. Y, por tanto, seamos santos con nuestros pecados en la Iglesia.

Francisco presenta un evangelio amable, cariñoso, de besos y de abrazos, de que todo va bien en todas partes, de que existe la esperanza para todos los hombres, de que todos se salvan, ninguno se va al infierno, porque lo dice Francisco, lo predica Francisco. Ha hablado el maestro de los tontos en la Iglesia: Francisco. Ha hablado el engañabobos en la Iglesia: Francisco.

Francisco habla de la necesidad de la alegría, pero no habla de la necesidad de ver el pecado para estar alegres en Dios. Francisco presenta una alegría humana, superficial, que le gusta a todos los hombres, pero que no es la alegría del Evangelio. Es la alegría de los que van bailando, corriendo al infierno.

Francisco dice que la humanidad está enferma de fraternidad y no ve que la enfermedad del hombre es el pecado. No pone el dedo en la llaga, porque sólo quiere ser hombre amable con los hombres. Sólo quiere decirles a los hombres: ¡qué bueno es la vida! ¡qué bello es vivir! Pero no le da al hombre la solución de su enfermedad: que es quitar su pecado, luchar contra su pecado, meter su vida humana en el desierto de todo lo humano para vivir a Cristo en su corazón.

Esto no lo enseña Francisco porque no lo vive. Él vive su estúpida vida. Y hace que los demás lo imiten, viviendo sus estúpidas vidas en la Iglesia, llamado a todo fraternidad, cuando habría que llamarlo todo engendro demoniaco.

Francisco quiere una Iglesia mundana, pero no quiere la santidad, que es crucifixión del mundo. Quiere aferrarse a su vida mundana, pero no puede acogerse a la Verdad de Cristo, a la vida divina que Cristo le ofrece en un camino de Cruz, de desprendimiento de todo lo humano. Él no puede comprender esto. Por eso, cuelga de su cuello una cruz con un cristo con los brazos cruzados, porque ya no hay que crucificarse, sufrir, ya que Cristo ha sufrido por todos. Ahora, a descansar en la vida: a comer, a ser felices, a ganar dinero y a morir contentos, que todos nos salvamos, que ya cristo negoció la salvación de todos los hombres y al Cielo sin sufrir más en la vida, con los sufrimientos que cada cual tenga en su vida. Esto es su mente. Esto es lo que piensan muchos en la Iglesia: esta espiritualidad cómoda, acomodada a la vida humana, que sólo pone la mira en los problemas de los hombres para vivir solucionando problemas humanos. Y eso da felicidad al hombre.

Por eso, a Francisco no le gustan los profetas. No puede con ellos, porque los Profetas ponen verde a Francisco, lo niegan como Vicario de Cristo, y le dan el nombre de falso profeta.

Pero, como Francisco se cree sabio, como él se que cree más que todos los profetas, él hace como los falsos profetas: habla en contra de la Verdad para decir sus mentiras en la Iglesia. Y así tapa a los profetas.

Francisco nunca va a escuchar a un Profeta, porque no cree en el Espíritu de Profecía. Sólo cree en su mente humana. Sólo habla en la Iglesia lo que se inventa su mente humana. Sólo sale de su boca la arrogancia de su mente humana.

Y los que los siguen, los que hacen coro a su estupidez doctrinal, son los que se niegan a reconocer la Verdad en la Iglesia, que son muchos, porque sólo quieren vivir felices en el mundo y en sus vidas.

La Iglesia ha perdido la fe en la Palabra de Dios. Por eso, lo que viene a la Iglesia no es nada bueno. Y el mismo Francisco tendrá que callar su boca ante la maldad que va a contemplar en la Iglesia, en esa iglesia que él quiere de la alegría y del bienestar.

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3 comentarios

  1. yohuallan dice:

    En conclusión: El ateo Scalfari pone a Bergoglio en su justa medida. Scalfari, representante del “mundo” amador de Bergoglio, no deja traslucir sino su fascinación por este terrible depredador de la Iglesia de Jesucristo…

  2. yohuallan dice:

    Les dejo el siguiente texto, donde el ateo Scalfari, director del periódico italiano La Reppublica, amplia y confirma los dichos de Francisco, en la polémica entrevista que ambos sostuvieron.

    Texto original en italiano: http://www.repubblica.it/politica/2013/12/29/news/la_rivoluzione_di_francesco_ha_abolito_il_peccato-74697884/

    Traducción:

    INSISTENTEMENTE se buscan las novedades e innovaciones con las cuales el Papa Francisco está modificando actualmente la Iglesia. Algunos sostienen que las novedades son pura fantasía y las innovaciones, del todo inexistentes; contrariamente, otros subrayan las innovaciones organizativas que no turban todavía la tradición teológica y doctrinaria; otros incluso definen a Francisco, Obispo de Roma como él gusta definirse a sí mismo, un Pontífice revolucionario.

    Personalmente me incluyo entre estos últimos. Francisco es revolucionario por varios aspectos de su aún breve pontificado, pero sobre todo por un punto fundamental: ha abolido el pecado de facto.

    Jamás se había visto un Papa que hubiera modificado la Iglesia, más bien la jerarquía de la Iglesia, sobre una cuestión de tanta radicalidad, al menos desde el siglo III° en delante de la historia del Cristianismo, y que lo haya hecho operando simultáneamente sobre la teología, la doctrina, la liturgia y la organización. Sobre todo, sobre la teología.

    Los críticos del Papa Francisco subestiman sus capacidades e inclinaciones teológicas, pero cometen un burdo error. El pecado es un concepto eminentemente teológico, es la transgresión de una prohibición. Por lo tanto, es una culpa.

    La ley mosaica condensada en los Diez Mandamientos ordena e impone prohibiciones. No contempla derechos, no prevé libertad. El Dios mosaico se describe, en primer lugar, a sí mismo: “Honra a tu Dios, no tomarás el nombre de Dios en vano, no tendrás otro Dios fuera de mí”.

    Después, por analogía, ordena honrar al padre y a la madre. Finalmente, se abre el capítulo de las prohibiciones, de los pecados y de las culpas que estas transgresiones conllevan: “No robar, no cometer actos impuros, no desear la mujer del prójimo (atención: la prohibición está impuesta al varón, no a la mujer, porque la mujer está más próxima a la naturaleza animal y por lo tanto, la ley mosaica atañe a los varones).

    El Dios mosaico es un juez y al mismo tiempo es ejecutor de la justicia. Por lo menos, desde este punto de vista, no se asemeja para nada al judío Jesús de Nazareth, hijo de María y José, de la estirpe de David. El Dios mosaico no contempla para nada a ningún Hijo; no existe ni siquiera el más vago indicio de la Trinidad. El Mesías –que aún no ha llegado para los judíos–, no es el Hijo, pero un Mensajero que vendrá a preanunciar el reino de los justos. Ni existen sacramentos ni los sacerdotes que los administren. Aquel Dios es único, es juez, es vengador y es, también, pero muy raramente, misericordioso, suponiendo que pueda definirse que premia al hombre, su siervo, siempre y cuando haya cumplido su ley (?????).

    Es Creador y Señor de las cosas creadas. Nada ha existido antes de Él y luego, de allí comienza la creación. Los cristianos han heredado a este Dios transformándolo fuertemente en su esencia, pero haciendo propios algunos aspectos importantes: la prohibición y luego el pecado y la culpa. Adán y Eva pecaron y fueron castigados, Caín pecó y fue castigado, y también sus descendientes pecaron y fueron castigados. La humanidad entera pecó y fue castigada por medio del diluvio universal.

    Este es el Dios de Abraham, el Dios de la cautividad egipcia y babilónica, de Asiria, de Babel, de Sodoma y Gomorra. En la sustancia, es el Dios judío, o mucho se le parece, salvo en la predicación de algunos profetas y después, sobre todo, en la evangelización de Jesús.

    En los siglos que siguieron, hasta el edicto de Constantino que reconoció la oficialidad del culto cristiano, el pueblo que había seguido a Jesús, ofreció mártires por la verdad de la fe, fundó comunidades, predicó el amor hacia Dios y sobre todo, hacia Cristo que transfirió aquel amor hacia las criaturas humanas, a fin que lo cambiaran con sus prójimos (???).

    Así nacieron el ágape, la caridad y la exhortación evangélica: “ama a tu prójimo como a ti mismo”.

    Este es el Dios que predicó Jesús y que encontramos en los Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles. Un Dios extremadamente misericordioso que se manifestó con el amor y el perdón.

    En la doctrina de los Concilios y de los Papas quedan todavía las categorías del Dios juez, del Dios ejecutor de la justicia, del Dios que ha edificado una Iglesia y, poquito a poco, la separó del pueblo de los fieles. Desde el Edicto de Constantino, han pasado 1700 años y ha habido cismas, herejías, cruzadas, inquisiciones, poderes temporales. Novedades e continuas innovaciones sobre todos los planos: teología, liturgia, filosofía y metafísica. Pero jamás se había visto que un Papa aboliera el pecado. Un Papa que hiciese de la predicación evangélica el punto firme de su revolución, jamás había aparecido en la historia del Cristianismo.

    Esta es la revolución de Francisco y esta será examinada a fondo, especialmente después de la publicación de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, donde la abolición del pecado es la parte más inquietante de aquel recentísimo documento.

    ****

    Francisco ha abolido el pecado sirviéndose de dos instrumentos: identificado al Dios cristiano revelado por Cristo con el amor, la misericordia y el perdón. Y después, atribuyendo a la persona humana, plena libertad de consciencia. El hombre es libre y como tal fue creado, afirma Francisco. ¿Qué hay implícito en esta afirmación?

    Si el hombre no fuese libre, sería sólo un siervo de Dios y la elección del Bien sería automática para todos los fieles. Sólo los no creyentes serían libres y su elección del Bien sería un mérito inmenso. Pero Francisco no opina así. Para él, el hombre es libre, su alma es libre, incluso si contiene un toque de la gracia dada por el Señor a todas las almas. Este rayo de gracia es una vocación al Bien, pero no una obligación. El alma puede también ignorarla, repudiarla, pisarla y escoger el Mal; pero aquí se siguen la misericordia y el perdón, que son una constante eterna, siendo esta la predicación evangélica como la interpreta el Papa. Siempre que, incluso en el instante previo a la muerte, aquella alma acepte la misericordia. ¿Pero si no la acepta? Si ha escogido el Mal y no revoca aquella elección, no habrá Misericordia y entonces, ¿qué será de él?

    Por revolucionario que sea, un Papa católico no puede actuar más allá. Puede abolir el infierno, pero aún no lo ha hecho, incluso si la existencia teológica del infierno es discutida ahora y desde hace siglos. Se puede dar al Purgatorio una función “post-mortem” de arrepentimiento, pero si entrara entonces en el juicio bajo la entidad de la culpa y aún esto es un tema de discusión.

    A veces el Papa Francisco se da el gusto de recordar a los fieles la doctrina tradicional, aunque su diálogo con los no creyentes es constante y representa una de las novedades de este pontificado, que ha encontrado sus antecedentes en el Papa Juan [XXIII] y en el Vaticano II.

    Francisco no discute sobre los dogmas y habla lo menos posible de ellos. A veces los contradice de manera directa. Ha sucedido al menos dos veces en el diálogo que tuvimos y que espero continuará.

    Una vez me dijo, por iniciativa suya y sin que yo le hubiese preguntado nada: “Dios no es católico”. Y explicó: “Dios es el Espíritu del mundo. Hay muchas lecturas de Dios, tantas cuantas almas de quien piensa en Él, para aceptarlo cada una a su manera o a su modo para refutar su existencia. Pero Dios está por encima de estas lecturas y por esto digo que no es católico, sino universal”.

    A mi sucesiva pregunta sobre aquellas alarmantes afirmaciones, el Papa Francisco precisó: “Nosotros, los cristianos, concebimos a Dios como Cristo nos lo reveló en su predicación. Pero Dios es de todos y cada uno lo lee a su manera. Por eso digo que no es católico, porque es universal”. Finalmente hubo en aquel encuentro otra pregunta: ¿qué pasaría cuando nuestra especie se extinguiera y no haya ninguna mente sobre la Tierra capaz de pensar en Dios?

    La respuesta fue esta: “La divinidad estará en todas las almas y el todo estará en todos”. A mí me pareció un paso enérgico de la trascendencia a la inmanencia, pero aquí entramos en la filosofía y me vienen a la mente Spinoza y Kant: “Deus sive Natura” y “El cielo estrellado sobre mí, la ley moral dentro de mí”. “Todo será todo en todos”. A mí, ya lo acabo de decir, me pareció inmanencia clásica, pero si todos tienen al todo dentro de sí, luego esto podría concebirse como una gloriosa trascendencia (????).

    En cualquier caso queda probado que, para Francisco, Dios es misericordia y amor al prójimo y que el hombre fue dotado de libertad de consciencia de sí mismo, de lo que considera como Bien y como Malo.

    Pero aquí surge otra pregunta fundamental: ¿qué es el Bien y qué cosa es el Mal? Creo que es imposible dar una definición para ambos conceptos. Sólo una es posible: tanto uno como el otro son necesarios para poder existir recíprocamente frente a un ser vivo que tiene consciencia de sí mismo. Los animales no tienen problema del Mal y del Bien porque no poseen una mente que se ve a sí misma y que se juzga. Nosotros sí poseemos esta mente. Si existiera sólo el Bien, ¿cómo lo definiríamos? Pero si existe también el Mal, la existencia de uno hace la diferencia del otro, como sucede entre la luz y la oscuridad, entre la salud y la enfermedad y, si queréis, entre la existencia y la inexistencia. La nada no puede definirse ni pensarse porque está falta de alternativas.

    ***

    “Evangelii Gaudium” no sólo habla de teología. Al contrario, habla mucho más ampliamente de otras cosas, concretas, organizativas, de nuevo revolucionarias. Habla del papel positivo y creativo de las mujeres en la Iglesia. Habla de la importancia de los Sínodos de los cuales el Papa forma parte como Obispo de Roma, “primus inter pares”. Habla de la autonomía de las Conferencias episcopales. Habla de la importancia de las parroquias y de los oratorios en los territorios. Inclusive habla de política, ciertamente no en el sentido de los politicuchos, sino como una visión del bien común y de la libertad de cualquier persona para utilizar el espacio público para difundir y confrontarse con las ideas del prójimo. Habla de las desigualdades que van disminuyendo. “No estoy con los ricos, pero quisiera que los ricos se hicieran cargo directamente de los pobres, de los excluidos, de los débiles”. Así el papa Francisco. Y, finalmente, habla de la Iglesia misionera que representa el punto central de su revolución. La Iglesia misionera no busca el proselitismo, más bien la escucha, el debate y el diálogo.

    Concluyo con una frase que dice todo sobre este Papa, jesuita al grado de haber “canonizado”*** hace unos días a Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía más noble y más discutida entre las Órdenes de la Iglesia y, simultáneamente, por haber asumido el nombre de Francisco que ningún pontífice había usado jamás. Los jesuitas ponen al servicio de la Iglesia su proverbial y no siempre apreciable flexibilidad. Francisco de Asís era, al contrario, integral en su visión de una Orden mendicante e itinerante. La Orden franciscana fue revolucionaria, pero su poder fue limitado; la Compañía de Jesús fue, contrariamente, poderosísima y muy flexible.

    Este Papa reúne en sí los recursos de una y otra órdenes y concluye con dos líneas que representan la síntesis de este vínculo histórico: “Es necesaria una conversión del Papado para que éste sea más fiel al significado que Jesucristo intentó darle. No es necesario tener miedo de abandonar las costumbres de la Iglesia no estrictamente ligadas al Evangelio. Es necesario ser audaces y creativos, abandonando, de una vez por todas, el cómodo proverbio: ‘Si siempre se ha hecho así’. Es necesario no cerrar más las puertas de la Iglesia para aislarnos, sino abrirlas para encontrarse con todos y prepararnos al diálogo con otros idiomas, otras clases sociales, otras culturas. Este es mi sueño y esto es lo que intento hacer“.

    Este diálogo concierne también y tal vez, sobre todo, a los no creyentes; la predicación de Jesús nos concierne, el amor por el prójimo nos concierne, las desigualdades intolerables nos conciernen. Un Papa revolucionario nos concierne y el relativismo de abrirse al diálogo con otras culturas nos concierne. Esta es nuestra vocación al Bien que debemos perseguir con constante propósito.

    ——–

    *** Algunos lectores me imputan un error en aquel lugar de mi artículo de hoy donde he escrito que el Papa Francisco ha “canonizado” a Ignacio de Loyola. Probablemente he usado mal el verbo “canonizar”, que significa promover la santificación. Ignacio en realidad fue hecho santo por iniciativa del Papa Gregorio XV en 1622. Al usar aquella palabra, quería señalar que el Papa Francisco subrayó la importancia del fundador de la Compañía de Jesús, marcando así aún más el vínculo entre la veneración que él tiene por San Ignacio y la elección de Francisco de Asís que representó una concepción completamente distinta de la Iglesia. Me disculpo con los lectores por la imprecisión léxica (Eugenio Scalfari).

  3. José M dice:

    Si según estos herejes nos salvamos todos, supongo que los que los denunciamos como lo que son, hijos de satanás (Ave María Purísima), tampoco nos condenaremos si seguimos su lógica. ¿O es que según ellos todos se salvan menos los que fieles a la verdad los critican? Si de los “buenistas” dependiera, todos se salvarían menos quienes creemos en 2000 años de tradición. Menos mal que la verdad es objetiva y quien nos juzgará a unos y a otros está por encima de ellos y de nosotros.

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