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Francisco es enemigo de los hijos de Dios

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“Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Ésta se llamará varona, porque del varón ha sido tomada” (Gn 2, 23).

La mujer nace del hombre, no es creada de la tierra, del polvo, del limo. No es creada para la tierra ni en la tierra. No es creada como tierra.

Dios da a Adán el gobierno del Paraíso y le manda poner nombre a todas las criaturas, para que éste no esté solo: “No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda semejante a él” (Gn 2, 18).

Pero Dios hizo pasar a todas las criaturas ante Adán, “pero entre todos ellos no había para el hombre ayuda semejante a él” (Gn 2, 20).

La mujer, Dios la piensa como ayuda, como la que está con el hombre para algo con él, para hacer una obra que el hombre tiene que realizar.

La mujer es, para el hombre, una obra, no es una compañera, no es otro hombre a la que hay que unirse para vivir una vida humana. Dios da a Adán una mujer para una obra divina, no para una vida humana.

La mujer no es para un amor fraterno, para un amor humano, para una obra humana. Es para hacer con ella lo que Dios puso en Adán.

Dios da a Adán, cuando lo crea, una vocación divina, pero no le da la mujer. Adán no puede poner en obra esa vocación divina sin una ayuda adecuada, sin alguien que sea como él.

Por eso, la mujer nace de Adán, no puede ser creada de la tierra, en el polvo, con el suelo. Tiene que ser creada de lo que tiene Adán, de lo que Dios ha puesto en Adán, para poder obrar ese Don Divino que marca el alma de Adán.

Adán, en su alma, tiene una vocación divina, no tiene una vocación fraterna, no tiene un amor a los hombres. No hace falta eso para ser hombre, para formar una familia, para vivir en sociedad.

Dios pone en Adán su amor divino para una obra divina. Dios quiere engendrar hijos de Dios con Adán. Y sólo los hijos de Dios son fraternos, viven el amor entre hermanos, viven como hermanos. Pero los que no son hijos de Dios no pueden vivir la fraternidad.

¿Por qué Caín mató a Abel? Porque no era un hijo de Dios, era un hijo del hombre. Adán engendró a Caín sin el Espíritu, porque lo perdió cuando pecó. Luego, Caín es un hijo del hombre, no es hijo de Dios. Luego, Caín, por ser un hijo del hombre, no puede amar a su hermano Abel. No puede, porque no tiene la vocación del amor divino en su alma. Y si no hay amor divino, no hay amor al prójimo.

Los hijos de los hombres no pueden amar a los hijos de Dios. Nunca. Y los hijos de los hombres no pueden amar a otros hijos de los hombres. Nunca. Porque no tienen el amor de Dios, no son hijos de Dios.

Sólo los hijos de Dios son fraternos con todos los hijos de Dios. Pero los hijos de Dios no son fraternos con los hijos de los hombres, sino que los aman con la gracia, con la virtud, con el Espíritu.

La fraternidad no existe en los hijos de los hombres. Sólo se puede dar entre los hijos de Dios.

El amor entre hermanos es el amor entre hijos de Dios. Los demás, no entran en este amor fraterno; entran en el amor de la gracia y en el amor del Espíritu.

El hijo de Dios puede amar a un enemigo, pero no como hermano, sino como enemigo: dándole a esa persona la Voluntad de Dios, lo que se merece, lo que quiere Dios.

El amor fraterno sólo existe entre los hijos de Dios. Por eso, dice San Juan: “Carísimos, amémonos unos a otros, porque la caridad procede de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y a Dios conoce” (1 Jn 4, 7).

El amor entre hombres sólo es posible en los hijos de Dios: “todo el que ama es nacido de Dios”. El amor entre hombres no es posible en los hijos de los hombres: “Porque éste es el mensaje que desde el principio habéis oído: que nos amemos los unos a otros. No como Caín, que, inspirado del maligno, mató a su hermano. ¿Y por qué le mató? Porque sus obras eran mala, y las de su hermano justas” (1 Jn 3, 12).

Las obras de Caín procedían de un hombre sin gracia, sin espíritu, es decir, un hijo de hombre. Y, por tanto, no podía amar a su hermano, no podía mostrarle un amor fraterno, un amor de hijo de Dios. Su hermano Abel tenía el amor fraterno, por ser hijo de Dios. Caín no tenía el amor fraterno, por ser hijo del hombre.

Adán recibió en su alma, cuando fue creado, su vocación: el amor divino. Y, por tanto, tenía la misión de dar ese amor divino a todo cuanto hiciese en la vida. Tenía que amar a su mujer con el amor divino y así engendrar un hijo de Dios. Pero, como amó a sus mujer sin el amor divino, es decir, se unió a su mujer sólo con el deseo de la carne, con su amor carnal, con su amor humano, entonces, sólo pudo engendrar un hijo de hombre, Caín, pero no un hijo de Dios. Y todo hijo de hombre no posee el amor de Dios.

Jesús, con su muerte en Cruz, pone en el hombre este amor originario, esta vocación que le dio a Adán. Pero el hombre tiene que vivir en Gracia, tiene que obrar con la Gracia, tiene que dejarse guiar por el Espíritu de Cristo para poder hacer las obras de los hijos de Dios. Y, entonces, se puede vivir el amor fraterno, pero sólo entre los hijos de Dios, no con los hijos de los hombres.

Con los hijos de los hombres, con los hombres que quieren vivir en pecado y que son sólo otros demonios, no se puede tener un amor fraterno, no se les puede ver como hermanos. Hay que verlos como son: como pecadores, como enemigos, como demonios. Y amarlos como son, es decir, hay que obrar con ellos lo que Dios quiere: o darles una caridad, o una justicia, o una misericordia, o una condena. Hay que amarlos practicando una virtud, porque no son hermanos, no son hijos de Dios ni por gracia ni por el Espíritu, ni por generación.

No se ama de la misma manera a un hombre en pecado que a un hombre en gracia. El amor es distinto por la vida que ese hombre tiene. Quien vive en pecado vive para pecar, no conoce a Dios, no conoce Su Voluntad, no puede hacer obras divinas, santas, sagradas en su vida. Hará sus obras humanas, pero esas obras humanas ya no le sirven al hijo de Dios. El hijo de Dios hace obras divinas, no humanas. Luego, ningún hijo de Dios puede comulgar, puede unirse, puede seguir a un hijo de hombre, a un hombre que vive su pecado. No se puede. Y, por eso, hay que amarlo de otra manera a como se ama a un hombre que viven en gracia y que obra la gracia.

Por eso, lo que predica Francisco es insostenible en la práctica de cada día, de hecho. Dios no nos ha dado el Bautismo para amar a todos los hombres como hermanos. Dios nos ha dado el Bautismo para hacer las obras de los hijos de Dios en un mundo que no ama a Dios, con unos hombres que odian a Dios.

“Por él nos sumergimos en la fuente inagotable de vida que proviene de la muerte de Jesús, el más grande acto de amor de la historia y, gracias a este amor, podemos vivir una vida nueva, ya no al azar del mal, el pecado y la muerte, sino en comunión con Dios y con nuestros hermanos” (Francisco, 8 de enero). Francisco dice que gracias al amor de Jesús en su muerte, vivimos una vida nueva en comunión con nuestros hermanos, es decir, con todos los hombres.

Para Francisco, hermanos significa, todos los hombres: “La viva conciencia de este carácter relacional nos lleva a ver y a tratar a cada persona como una verdadera hermana y un verdadero hermano” (8 de diciembre). Y, por eso, cae en muchos errores al tratar de solucionar los problemas de los hombres con la sola fraternidad.

Sólo los hijos de Dios son hermanos entre sí. Sólo los que viven su Bautismo son hermanos entre sí. Hay muchos bautizados, de muchos credos, de muchas iglesias, pero que no están en gracia, no pueden vivir su bautismo, aunque tenga el bautismo. No son hijos de Dios en la práctica. Son demonios con el sello del Bautismo. Y un demonio no es hermano de un hijo de Dios.

La muerte de Jesús es sólo para quitar el pecado de Adán. No reviste a la humanidad, a todo hombre de la verdad, no vuelve a la humanidad a sus orígenes. No pone la armonía en la Creación, porque ésta está maldita por el pecado de Adán. Y esa maldición no se borra con la muerte de Cristo. Cristo pone un camino bendito al hombre. Cristo da una vida bendita al hombre, pero no quita la maldición entre los hombres, no quita el pecado entre los hombres. Por eso, hay que estar en el mundo, pero sin ser del mundo, porque el mundo sigue maldito. No hay amor fraterno. No puede haberlo.

Para Francisco, sí lo hay. Y, por eso, él se abre al mundo para acoger a todos los hombres como hermanos, porque no ha comprendido la Obra de la Redención, al negar el pecado original.

Para Francisco, el génesis es un mito. No es una realidad. Y, por eso, hay que explicarlo de forma mitológica, ya no como Palabra Revelada. Y, por eso, él sólo se fija en la fraternidad, porque concibe el pecado como un conflicto entre los hombres, un conflicto entre Caín y Abel, un conflicto entre hermanos. Llama hermanos a Abel y Caín. Y no son hermanos, porque no son engendrados de la misma manera. Abel fue engendrado como hijo de Dios, en la Voluntad de Dios, pero Caín fue engendrado como hijo de hombre, sin la Voluntad de Dios. Y, por tanto, son de un mismo padre carnal, Adán, pero no de un mismo padre espiritual. Adán tenía por Padre a Dios, pero Caín tenía por padre al maligno, por eso hizo caso al demonio y mató a Abel.

Lo que enseña Francisco no se puede sostener en ninguna manera. Siempre Francisco cae en su error: su humanismo. Y todo lo ve desde la fraternidad. Y no existe la fraternidad. Sólo existe el amor divino. Y sólo se puede amar a otro hombre en el amor divino.

Por eso, él continúa diciendo sus fábulas en la Iglesia: “Si conseguimos seguir a Jesús y permanecer en la Iglesia, incluso con nuestros límites, nuestras fragilidades y nuestros pecados, es por el Sacramento gracias al que nos hemos convertido en criaturas nuevas y revestido de Cristo” (8 de enero). Dice que si seguimos a Jesús es por el Bautismo. ¡Ésta es su fábula!

1. El Bautismo no nos reviste de Cristo, sino que nos hace hijos de Dios por adopción, nos da el sello de una vida nueva, pero

2. el bautismo no nos convierte en criaturas nuevas. El Bautismo es la puerta para ser una criatura nueva. Sólo la puerta para entrar en el camino, que es Cristo. Y, por eso,

3. el que está bautizado, necesita de los otros Sacramentos de la Iglesia para ser hijo de Dios en la práctica, para ser revestido de Cristo, para ser otro Cristo, para alcanzar la vida divina.

4. Y, sólo así, se puede seguir a Cristo y permanecer en la Iglesia de Jesús.

Francisco no enseña nada de nada. Enseña su fábula de lo que es el Bautismo, de lo que es ser hijo de Dios, es decir, enseña su humanismo y sólo su humanismo.

No se puede amar a Francisco como hermano. No se puede llamar a Francisco Papa, ni Vicario de Cristo, ni sacerdote, ni Obispo, porque no obra como los hijos de Dios. Obra como un hijo de hombre y como un hijo del demonio. Y no es posible la obediencia a un hijo del demonio.

Hay que amar a Francisco como enemigo de la Iglesia, como enemigo de los hijos de Dios, como enemigo de Cristo, pero no como hermano, no como amigo. No se puede ser amigo de un hombre que dice que Jesús no es Espíritu. Así hablan los enemigos de Dios por ser hijo de los hombres e hijo del demonio.

El hijo de Dios sólo puede amar a sus hermanos como hijos de Dios que son. Pero a los que no son, a los que obran como hijos del demonio, aunque estén bautizados, aunque tengan un sacerdocio, aunque sean lo que sean en la Iglesia, no hay amor fraternal con ellos, porque no se puede dar. Los hijos de los hombres y los hijos del demonio sólo escuchan a los hombres y al demonio, pero no son capaces de escuchar a Dios, al Padre Dios, porque no lo conocen ya que viven en sus pecados, no son fieles a la Gracia.

Por tanto, a Francisco hay que darle lo que él busca: la justicia, el infierno, al demonio. No se le puede dar un beso. No se le puede llamar Vicario de Cristo, porque no tiene el Espíritu de Cristo, no da la mente de Cristo a los hijos de Dios. Sólo da la mente del demonio a los hijos de los hombres y a los hijos del demonio.

¿Ven el juego que se la hace en la Iglesia a Francisco por no confrontarlo, por no oponerse a él? El mal es enorme el que hace la misma Iglesia cuando calla la herejía de Francisco. ¡Enorme! Y, por eso, enorme va a ser lo que viene ahora, porque la gente no quiere despertar del sueño de Francisco. Pues, van a despertar a la fuerza, sin tiempo para ver el camino de la Verdad.

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2 comentarios

  1. Juan Pablo dice:

    La pregunta lógica que surge es si Francisco hace y dice lo que hace y dice por ignorancia, por desconocer todas éstas cosas…..o por maldad. Esto último sería más grave aun.

    • josephmaryam dice:

      La respuesta lógica y obvia es una sola: por maldad. Porque el que es de Cristo habla las palabras de Cristo sin añadir ni quitar nada. Da lo que es esa Palabra. Pero aquel que interpreta la Palabra según su mente humana, da su herejía por maldad, no por ignorancia. Todos pueden comprender la Sagrada Escriutra, porque Dios habla para todos. Los sencillos comprenden el lenguaje de Dios sin dar vueltas a lo que leen, sin necesidad de estar leyendo libros e interpretando la Palabra de muchas maneras. Quien hace eso, siempre se equivoca por su soberbia. Y la soberbia es siempre maliciosa.

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