Lumen Mariae

Inicio » Francisco » Los hijos de Dios no son hermanos de los hijos de los hombres

Los hijos de Dios no son hermanos de los hijos de los hombres

Virgen de Guadalupe

Corazón de Jesús

El Gran Milagro

Infiltración en la Iglesia

El Reino de la Paz

REVELACIONES MARIANAS 2013

“Ni llaméis padre a nadie sobre la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el que está en los Cielos” (Mt 23, 9).

La Paternidad Divina no es, como los hombres piensan, dar el Padre el amor personal a cada ser humano.

Dios no ama al hombre, sino que Dios ha creado las almas de los hombres: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza” (Gn 1, 26). La Paternidad Divina es creadora de las almas de los hombres. Y, por tanto, Dios es Padre de todas las almas, pero no es padre de los cuerpos de los hombres.

Por eso, ningún alma puede llamar padre a nadie, porque sólo tiene un Padre que la ha creado. Pero todo hombre puede ser hijo de Dios o hijo del hombre o hijo del diablo, porque viene al mundo en el pecado original.

Dios creó al primer hombre y a la primera mujer, para hacer una familia divina, para hacer hijos de Dios: “Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra” (Gn 1, 27).

Pero Adán pecó y, entonces, no se puede dar esa familia divina, ese plan original en las generaciones de los hombres, en los hijos de los hombres, porque Dios no manda tener hijos a los hombres, sino que mandó a la primera pareja tener los hijos de Dios, los hijos que el Padre quería: “y los bendijo Dios, diciéndoles: Procread y multiplicaos, y henchid la tierra, sometedla y dominad (…) sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra” Gn (1, 28). Es la bendición para engendrar hijos de Dios.

Adán no quiso ese plan original y, por tanto, de ahí nacen las guerras, las matanzas, el odio entre los hombres que eso es señal de que no todos los hombres somos hermanos, no todos somos hijos de un mismo padre: “Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, entre su linaje y el suyo” (Gn 3, 15).

El plan de Dios sobre la humanidad era formar hijos de Dios por gracia y por generación, es decir, que el hombre en gracia iba a engendrar un hijo de Dios en la mujer en gracia. El hombre, en ese plan, no podía engendrar un hijo de hombre o un hijo del diablo.

Como Adán pecó, entonces, Adán engendró hijos de Dios por generación, pero no por gracia, e hijos de hombres. Se unió a otras mujeres para tener sus hijos, que Dios no quería. Y, por tanto, se da una línea generacional de hijos de Dios y una línea de generación de hijos de hombres: “viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron de entre ellas por mujeres las que bien quisieron” (Gn 6, 3).

De Adán salen dos familias distintas: una familia que da hijos de Dios y otra que da hijos de los hombres. La de los hijos de Dios son los hijos que Dios quiere que Adán engendre. La de los hijos de los hombres son los hijos que Dios no quiere que Adán engendre. Ésta última viene por el pecado original.

Y si se unen estas dos familias, entonces tenemos los hijos del diablo: “Existían también los gigantes en tierra, y también después, cuando los hijos de Dios se unieron con las hijas de los hombres y les engendraron hijos” (Gn 6, 3).

La Sagrada Escritura es clara: todas las almas proceden de Dios por creación. Todas las almas tienen por Padre a Dios. Hay muchos hombres que venden sus almas al demonio. En este caso, Dios Padre sigue siendo el Padre de esa alma, pero está esclavizada al demonio. El demonio no puede crear un alma, no puede ser padre de un alma, pero puede atarla a su ser demoniaco.

Pero los hombres se dividen en: hijos de Dios, hijos de los hombres e hijos del diablo. Luego, los hombres no somos hermanos entre sí. Venimos de un mismo hombre, de Adán, pero no de una misma mujer. Este es el punto del pecado original.

Mientras Adán se unió a la mujer en la Voluntad de Dios, engendró de ella hijos de Dios; pero cuando Adán se unió a la mujer sin esa Voluntad Divina, porque comió del fruto que Dios le prohibió tomar, entonces, perdió la gracia y comenzó a engendrar hijos de los hombres, no ya hijos de Dios: “Por haber escuchado a tu mujer, comiendo del árbol del que te prohibí comer, diciéndote: comas de él: por ti será maldita la tierra” (Gn 3, 17).

Por tanto, la doctrina de la fraternidad que enseña Francisco no puede sostenerse, hace aguas por todas partes.

Para Francisco existe en el hombre una vocación a la fraternidad. Y lo fundamenta así:

“Ya que hay un solo Padre, que es Dios, todos ustedes son hermanos (cf. Mt 23,8-9). La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios (…) se trata de un amor personal, puntual y extraordinariamente concreto de Dios por cada ser humano (cf. Mt 6,25-30) (…) Una paternidad, por tanto, que genera eficazmente fraternidad” (Francisco, 8 de diciembre de 2013). Aquí está toda su herejía.

Hay un solo Padre, luego todos somos hermanos. Francisco no discierne las Palabras del Evangelio (cf. Mt 23,8-9) y da por sentado que se refiere a los cuerpos, no a las almas. Dios crea las almas y, por eso, es Padre de todas las almas. Pero Dios no es Padre de todos los hombres, por el pecado original. Francisco dice: todos somos hijos de un mismo Padre, en los cuerpos y en las almas.

Si se comienza mal la doctrina, entonces la conclusión no puede sostenerse: todos somos hermanos. Esto va contra la misma Palabra de Dios, porque Dios mandó a Adán engendrar hijos de Dios para hacer la familia de Dios. Si Adán no hubiera pecado, entonces todos seríamos hermanos y Dios sería el Padre de todos los hombres. Es así que Adán pecó. Luego, hay división en las generaciones de los hombres. No somos ni podemos ser hermanos.

Entonces, la fraternidad no está enraizada en la Paternidad Divina. Esta es la siguiente herejía: La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios.

Se ama al hermano porque se es hijo de Dios. Sólo es posible ser hijo de Dios por gracia, no por generación. Hay tantos cruces entre los hombres, hay tantas uniones entre los hombres, que ya no se sabe dónde está la familia de Adán, la que viene por generación divina, la que no se cruzó con los hijos de los hombres ni con los hijos del demonio. Ahora, después de la Obra Redentora de Cristo, ser hijo de Dios sólo es posible por gracia, recibiendo la gracia del Bautismo y, por tanto, recibiendo el Espíritu de filiación divina.

Pero, aunque una persona sea hija de Dios por gracia, eso no supone ser hija de Dios por generación. Luego, no hay fraternidad entre los hombres. Sólo se da la paternidad espiritual y mística por la gracia, pero no por generación.

Los hombres no somos hermanos carnales, ni tampoco espirituales. No somos hermanos de Cristo por tener un Bautismo, ni siquiera hermanos de un mismo Padre por ese Bautismo. Porque, para ser hijo de Dios, como lo quiere el Padre, según su plan original, hay que ser tres cosas:

1. hijo de Dios por gracia;
2. hijo de Dios por Espíritu;
3. hijo de Dios por generación.

Hay muchos que están en gracia y que han recibido un Bautismo, pero no son hijos de Dios por generación.

Hay muchos que no están en gracia y tienen un Bautismo, pero no son hijos de Dios por generación.

Hay muchos que no están en gracia ni tienen un bautismo, y tampoco son hijos de Dios por generación.

Y la cuestión es si se puede dar el ser hijo de Dios sólo por generación, no por gracia, no por Espíritu. Y la respuesta es: no.

En las condiciones del pecado original, se ha perdido la generación de los hijos de Dios, porque el Señor puso el camino de la Gracia para ser hijos de Dios. Lo que Adán hizo al principio: engendrar hijos de Dios de una mujer, ya no es posible porque no existe esa mujer. Toda mujer, como todo hombre, está mezclado en su generación. No es puro. No es un hijo de Dios puro en la generación.

Sólo se da la pureza en la gracia. Se es hijo de Dios por gracia y por Espíritu. Para conseguir el plan de Dios original, es necesario el Reino Glorioso. Y, entonces, en ese Reino se podrá dar la fraternidad que, en estos momentos, es imposible. Por eso, Francisco se equivoca totalmente en su doctrina de la fraternidad, que es la doctrina del demonio. Es lo que metió el demonio en la mujer, en el Paraíso, para que Adán engendrara hijos de los hombres, hermanos en la carne de los hombres, pero no de Dios. Y esos hermanos dan lugar a los hermanos del demonio.

No puede darse un amor personal de Dios a cada hombre, como lo enseña Francisco, porque el Padre Celestial sólo puede amar a los que están en gracia (cf. Mt 6,25-30) y, por tanto, el Padre celestial alimenta, cuida, bendice, es providente de aquellas hombres que viven en su gracia, que es lo que les hace ser hijo de Dios. Por más que se tenga un Bautismo y, por tanto, por más que se haya recibido el Espíritu de filiación divina, si la persona no está en gracia, no se es hijo de Dios, porque se vive en el pecado. Y aquel que peca no es hijo de Dios: “el que comete pecado, ése es del diablo (…) Quien ha nacido de Dios no peca” (1 Jn 3, 8.9).

Francisco siempre se olvida del pecado original. Siempre se olvida de que existe el pecado, aun cuando se reciba la Gracia y el Bautismo. Y se olvida porque no cree en el pecado. No por otra cosa.

Por eso, sólo habla de una forma bonita: “El corazón de todo hombre y de toda mujer alberga en su interior el deseo de una vida plena, de la que forma parte un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer” (8 de diciembre 2013).

Pero este lenguaje es herético por sí mismo. Porque no todo hombre ni toda mujer tiene en su corazón el deseo de algo pleno. No se puede hablar así, cuando hay hombres y mujeres que no buscan lo pleno en su vida, no buscan la plena verdad. Sólo les importa sus verdades, sus vidas, sus obras y ya está.

Y tampoco se puede decir que eso que tienen en su corazón viene de un anhelo indeleble de fraternidad. ¡Menuda herejía! Dios, cuando crea al hombre, no pone este sello indeleble de fraternidad. Se es hijo de Dios porque el hombre engendra en una mujer el hijo que Dios quiere. No se es hijo de Dios porque el hombre tenga en su alma un sello de ser hijo de Dios ni, por tanto, un sello de que todos somos hermanos.

Esta es su enseñanza herética. Francisco no habla claro en la Iglesia. Y, entonces, da una doctrina totalmente demoniáca. Esto tiene un sabor demoniáco, ni siquiera humano.

En la vida encontramos a muchos hombres que son enemigos, que hay que verlos como enemigos y, por tanto, no se pueden ver como hermanos. Esto es lo que enseña la Sagrada Escritura: “pongo enemistad”. Pero Francisco no atiende a estas verdades fundamentales y entonces cae en utopías:

“La fraternidad extingue la guerra” (8 de diciembre). El mirarnos como hermanos eso quita la guerra. Es que esto no se puede sostener. Es que está la experiencia desde Adán que, por más que el hombre dialogue y bese a otro hombre y lo abrace, siempre está la guerra, siempre habrá discordias, siempre habrá odios. Siempre. Porque hay una cosa que Francisco no cree: el pecado.

Por el pecado, se rompe la fraternidad. Se quita el pecado, entonces hay amor fraterno porque hay amor de Dios.

Francisco dogmatiza la fraternidad. La pone como un sello indeleble en el hombre. Esa es su herejía. El amor al hermano viene del amor a Dios. Dios pone en el hombre su amor divino, no el amor a los hermanos. Francisco dice: no. Todos sentimos ese anhelo indeleble de ser hermanos. Se carga el pecado original. Lo anula. y, por tanto, pone al amor a los hermanos por encima del amor a Dios. Eso es signo de su orgullo, de su pecado de orgullo, en que no puede ver su soberbia, sino que se cree que está en la Verdad. Y, por eso, da sus fábulas en la Iglesia.

Ahí tienen el documento LA FRATERNIDAD, FUNDAMENTO Y CAMINO PARA LA PAZ, con fecha 8 de diciembre, en la que pueden ver todas sus herejías para explicar lo que no se puede explicar: el amor de Dios en este mundo sólo es posible a través de una vida de cruz. Y, por tanto, sólo se puede amar al hermano dándole una cruz, la Voluntad de Dios, que es lo que no hizo Adán con su mujer. Se unió a ella en el placer de la vida y, por tanto, de ella nace la humanidad, los hijos de los hombres, que no saben ser hermanos entre sí porque no tienen la gracia, porque no quitan el pecado, porque se creen que con la conciencia vale para salvarse, para justificarse ante Dios. Es lo que enseña Francisco en todo este documento, totalmente herético, desde el principio al fin.

Anuncios

2 comentarios

  1. José M dice:

    Brillante artículo. Hoy he entendido porque se dice “Dios te salve María, hija de Dios Padre”….Ahora veo que no es mera retórica. Al no tener pecado original es verdaderamente HIJA DE DIOS PADRE, no por adopción, sino literalmente, tal como lo fue creado Adán. En consecuencia, es un gran privilegio de la Santísima Virgen María ser hija de Dios Padre; el resto de la humanidad debido al pecado original solo lo podemos ser por adopción, pero no de origen.

  2. Cristina de López dice:

    La FRATERNIDAD de la que tanto alardea Francisco es simple y llanamente el fundamento y camino para la MUERTE, doctrina pura proveniente del mismo infierno y cuyo fin no es otro que CONDENAR A LAS ALMAS.
    “Fraternidad, paz, amor, unidad” palabras carentes de VERDAD en boca de un maldito que solo trabaja para el mismo Demonio, quien no tiene otro fin que allanarle el camino al Anticristo y quien con cada gesto, palabra y obra solo destruye a la IGLESIA CATOLICA y construye la “nueva iglesia universal”, iglesia que no es otra que la del mismo Satanás.

    Gracias “josephmaryam”.

Los comentarios están cerrados.

Glosario

Misa espiritual

Benedictus PP. XVI

Allí donde está Pedro, allí está la Iglesia, allí se encuentra a Dios

Allí donde está Pedro, allí está la Iglesia, allí se encuentra a Dios

Santuario de Fátima

Fátima en directo

Jesús, en Vos confío

A %d blogueros les gusta esto: