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No somos una Iglesia de pecadores

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El pensamiento de Francisco sobre la Iglesia está influenciado por su herejía del humanismo.

Francisco no puede ver la Iglesia como la Obra del Espíritu, sino como la obra de los hombres. Por eso, dice: “somos una Iglesia de pecadores; y nosotros, los pecadores, estamos llamados a dejarnos transformar…por Dios. (…) ¿Alguno de los que está aquí ha venido sin sus pecados? No, todos llevamos nuestros pecados con nosotros” (2 de octubre 2013).

Un sacerdote que tenga celos por las almas, que quiera salvar almas en la Iglesia, dice a las almas: si tienes pecado, ve al Sacramento de la Penitencia y quita tus pecados, pero no vengas a la Iglesia con tus pecados, no convivas en la Iglesia con tus pecados. Porque Cristo ya ha puesto el camino para quitar el pecado y, por tanto, ha dado la gracia para hacer una Iglesia sin pecadores, sin gente que conviva con sus pecados. Pero, como se da en la Iglesia, almas que ya no creen en la gracia ni en el perdón de los pecados, por eso, muchos pecan y no confiesan sus pecados, y están en la Iglesia llenándola de demonios por sus obras pecaminosas. Francisco no enseña el camino para quitar el pecado, sino que enseña el camino para seguir en el pecado.

En la Iglesia están los santos y también hay almas que pecan. Eso es normal, pero la Iglesia no es una Iglesia de pecadores. La Iglesia es la Iglesia de los hijos de Dios. Y los hijos de Dios han nacido de Dios y, por tanto, no pueden pecar, porque el germen de Dios permanece en ellos. (cf. 1 Jn 3, 9)

El problema del pecado de los hijos de Dios es que no son fieles al don de Dios que han recibido, a la Gracia, y, por tanto, se vuelven a sus pecados y se convierten en hijos del diablo. El Señor pone el Sacramento de la Penitencia para volver a ser hijos de Dios por la Gracia, pero hay muchas almas que ya no lo usan o lo usan mal.

La Iglesia es la Iglesia de los hijos de Dios que luchan contra sus pecados. Y, por tanto, si se lucha contra el pecado, el hijo de Dios no lleva su pecado con él, no convive con su pecado. Siente la concupiscencia del pecado, el deseo de pecar, pero, si está en Gracia, no está en pecado. Y si cae, se confiesa al instante Luego, esa frase de que “todos llevamos nuestros pecados con nosotros” es la frase de un hereje que no cree en la Gracia, en el don que Dios ha dado al hombre con Jesucristo. Y si no cree en la Gracia, entonces ¿de qué está hablando Francisco? ¿Por qué dice esa frase? ¿Por qué dice que todos llevamos nuestros pecados con nosotros?

Él dice: “nosotros, los pecadores, estamos llamados a dejarnos transformar por Dios”. Esta frase que parece que está bien concertada, es una más de sus herejías.

Si el hombre está en pecado, Dios no lo llama a transformarse, sino a dejar su pecado. Primero es el perdón del pecado, después es la penitencia por el pecado y, en último lugar, la transformación -por amor- del hombre en hijo de Dios. No es posible ser santo si primero no se camina en la purificación del corazón. Y esa purificación supone, primero, reconocer el pecado y luchar en contra de él. Y hasta que el alma no se centra en el pecado, y no mira su pecado, y Dios no le revela todo lo que hay en su corazón de negrura, el alma no puede ser transformada. Por eso, la vida espiritual cuesta, porque muchas almas se detienen en el pecado. Se confiesan y vuelven a caer. Y así están mucho tiempo en la rutina de una vida espiritual que no conoce el pecado de su corazón porque no vive para luchar contra ese pecado.

La santidad de la vida es la obra de la justicia divina en el alma. Y, cuando se culmina esa obra, Dios pone la otra obra, la de su amor en el alma para transformarla en amor, en un ser divino, en un ser santo. Pero hay que sufrir mucho para ser transformados, para llegar a esa santidad.

La transformación del alma por Dios no comienza hasta que el hombre no crea en todo su pecado, hasta que el hombre no vea su pecado entero: nacemos en el pecado original y, durante mucho tiempo, pecamos y pecamos, sin quitar ese pecado, sin confesarnos, sin hacer nada por luchar contra ese pecado; y, después, cuando nos convertimos, no es fácil quitar toda esa vida de pecado. Y, mientras el alma esté sujeta, esclava de un pecado que quite la gracia en su alma, no puede ser transformada, santificada, hecha hija de Dios por participación. Por eso, es necesario el Purgatorio porque hay muchas almas que son tibias en la vida espiritual, muchas almas tienen miedo a la justicia divina, a este camino de purificación constante. Están en sus pecados y no luchan contra ellos, porque se han vuelto a sus vidas humanas, se han acomodado a todo lo humano. Y Dios, por tanto, no puede transformar a esa alma.

Por tanto, para Francisco el pecado es algo que está en el hombre, que el hombre no quita, sino que trae a la Iglesia, y así Dios transforma al hombre. Por eso, él dice esta barbaridad: “el término “santos” se refiere a aquellos que creen en el Señor Jesús y por él se incorporan a la Iglesia a través del bautismo” (30 de octubre 2013).

Hay muchos que creen en el Señor en el mundo, pero viven en sus pecados. Hay muchos que están bautizados en la Iglesia, pero viven en sus pecados. ¿Dónde está la santidad de estas personas si obran el pecado?

Adán tenía muchos dones de Dios en el Paraíso, pero no era santo, porque podía pecar. La Virgen María es la que es santa, porque es Inmaculada, no puede pecar, porque tiene la gracia para no pecar. Adán no tenía esa gracia y, por eso, pecó. No mereció la gracia de ser inmaculado, de ser santo, porque eligió el pecado. Hay muchos hombres, que tienen un bautismo, que son sacerdotes, que comulgan, pero que eligen el pecado en sus vidas. Y viven en el pecado. No puede haber ninguna santidad en esas almas, como no la hubo en Adán después del pecado.

Ser santo no significa creer en Dios ni estar bautizados. Y, por lo tanto, la Iglesia no es Santa porque tiene miembros que crean en el Señor y que estén bautizados.

La Iglesia es Santa porque el Espíritu Santo hace santos, hace hijos de Dios, transforma al hombre que se ha purificado de sus pecados; transforma al hombre que ya no puede pecar, que ya no puede ir en contra de la Gracia. Y si, alguna vez, cae en pecado ese hombre, sólo es por debilidad o por el combate del demonio. Pero su voluntad está firme en no querer pecar. Y, por tanto, Dios transforma por amor a ese hombre en hijo de Dios por participación, porque antes ese hombre pasó por un baño de justificación, de penitencia, de sufrimiento, de purificación por sus pecados.

Francisco no enseña que para transformarse en hijo de Dios hay que sufrir, hay que ser lijados por la Justicia Divina, castigados por Dios. La santidad, para Francisco, no es justicia, sino un beso de Dios al alma, un amor amorfo, sentimental que tiene de Dios el pecador, una ternura amanerada hacia el pecador.

En esta concepción que tiene Francisco de la santidad, enseña esta herejía: “el amor de Dios abrasa nuestro egoísmo, nuestros prejuicios, nuestras divisiones internas y externas (…) El amor de Dios abrasa también nuestros pecados” ” (30 de octubre 2013). ¡Esto es para excomulgar a Francisco!

El fuego ardiente del amor divino sólo es para los santos, para las almas que el Espíritu Santo lleva a la santidad de vida. Y, por tanto, ese fuego divino no abrasa los pecados, sino aquello que no es pecado, pero que es impedimento para la santidad, como son las imperfecciones, las debilidades, las fragilidades en la vida espiritual.

Dios no abrasa, con su amor, el pecado de nadie. Esta es la mayor herejía de todas. Y esto lo dice Francisco porque quiere meter en la Iglesia a todos los pecadores, a todos los cristianos, a todo el mundo con sus pecados. Es la Justicia Divina la que repara en el alma la obra del pecado. Y, por eso, el alma tiene que sufrir un gran purgatorio. Y eso no es la transformación por amor; eso es la penitencia por justicia. Dios hace sufrir al alma que quiere ser santa. Y ese sufrimiento es lo que quita la obra del pecado; pero el pecado sólo se quita con el Sacramento de la Penitencia. Dios no abrasa el pecado. No hace falta. Dios, en el infierno, hace que el alma se abrase en su pecado, viva en su pecado, sea pecado; y que nunca pueda salir de su pecado.

Y, entonces, Francisco enseña una manera utópica de estar en la Iglesia, diciendo esta barbaridad: “La relación entre Jesús y el Padre es la matriz de la unión entre los cristianos: si estamos radicados en esta “matriz”, en este fuego ardiente de amor, podemos llegar a poseer un único corazón y una única alma” ” (30 de octubre 2013).

Así que todos los cristianos somos uno porque estamos radicados en esa relación entre Jesús y el Padre. Esa relación es una matriz, una incubadora de amor y de unidad. Lo que hay entre Jesús y su Padre es un fuego ardiente de amor, que abrasa nuestros pecados y nos une a todos en esa matriz. ¡Mayor estupidez no se puede decir!

El protestante, con sus errores, es un santo, porque Dios abrasa sus pecados, ya que el protestante cree en Jesús y cree en el Padre. El judío lo mismo y cualquier cristiano, en el mundo, es abrasado por el amor de Dios, y así se quita el pecado, las diferencias, los egoísmos, las divisiones internas y externas de los hombres.

Por eso, dice: “La Iglesia brinda a todos la posibilidad de recorrer el camino de la santidad que es el camino del cristiano” (2 de octubre 2013).

El camino de la santidad no es el camino del cristiano, sino el camino del hijo de Dios, el camino del que lucha contra el pecado, el camino del que lucha contra el demonio, el camino del que lucha contra el mundo.

Hay muchos cristianos que no quieren ser santos. Hay muchos miembros en la Iglesia que no quieren ser santos, que quieren ser del mundo, que viven abrazados a sus pecados, que sólo quieren ser hombres, pero no hijos de Dios.

La Iglesia no es para dar un camino a los cristianos, sino para hacer Santos, porque la Iglesia es Santa. Y no se puede entrar en el Cielo si no se es santo. No es posible la santidad en la tierra si el hombre está mirando continuamente lo que no es santo, lo profano, lo mundano; si el hombre está atendiendo a lo que no es santo, si el hombre vive entre pecadores y comulgando sus pecados, no hay forma de ser santo. Si el hombre no lucha contra el pecado y contra los hombres que quieren llevarlo al pecado, entonces no es posible la santidad.

Como la Iglesia es para los cristianos, entonces la Iglesia “no cierra nunca las puertas de casa; no juzga, sino que ofrece el perdón de Dios” (18 de septiembre 2013). La Iglesia es una madre que no corrige, que no castiga, sino que siempre perdona, porque Dios siempre lo hace. La Iglesia no juzga, porque Dios no juzga: “En la Iglesia, el Dios que encontramos “no es un juez despiadado, es como el Padre de la parábola evangélica… El Señor quiere que seamos parte de una Iglesia que sabe abrir los brazos para acoger a todos, que no es la casa de unos pocos, sino de todos” (2 de octubre 2013).

Como Dios es Misericordioso, entonces todo lo acepta, todo lo soporta, todo lo espera y todo lo perdona. Luego, no es posible la Justicia de Dios, no es posible presentar a un Padre que castiga, y que es un Dios severo. Luego, no hay que purificar nada, no hay que sufrir nada en la vida por nuestros pecados, sino que ya Dios abrasa nuestro pecados porque es muy bueno con todos los hombres. Por eso, la Iglesia nunca cierra las puertas de casa, luego siempre las tiene abiertas para que pasen todos los demonios a destrozar la Iglesia.

Esto es lo que predica y enseña Francisco sobre la Iglesia. Y esto no es la Iglesia de Cristo. Ésta es su doctrina de su iglesia, que es la iglesia del demonio en Roma.

Por eso, decía a la Iglesia sobre los judíos: “Es una contradicción que un cristiano sea antisemita. Sus raíces son también judías. Un cristiano no puede ser antisemita. ¡El antisemitismo debe desterrarse del corazón y de la vida de cada hombre y de cada mujer!” (11 de octubre).

En esta frase está su humanismo, que le ciega y no le deja ver la Verdad, la realidad de los judíos.

Los judíos no creen en el Mesías. Luego, no pueden estar en la Iglesia de Cristo, porque es la Obra del Mesías. Jesús vino por los suyos, por su pueblo, el pueblo judío. Y ese pueblo lo rechazó y lo mató. Ese pueblo tiene su Justicia Divina. Y, por tanto, en esa Justicia Divina ellos no pueden entrar en la Iglesia hasta que no purifiquen sus pecados y el pecado de matar al Hijo de Dios.

Hay que oponerse a los judíos porque están en su pecado. Hay que decirles a los judíos: si no quieren quitar su pecado, entonces sigan en su pecado, pero atiendan a las consecuencias de su pecado. Lo que han sufrido en toda la historia, desde que mataron al Mesías, es sólo fruto de ese pecado. Lo que hizo Hitler es por el pecado que se cometió hace 2000 años. El pueblo judío es el pueblo errante. Es como Caín, un pueblo maldito. Pero a Caín sólo lo juzga Dios en Su Justicia. Caín no tuvo culpa del pecado de Adán, pero, después, tuvo otros pecados. El pueblo judío actual sufre el pecado de sus ancestros, y no tiene culpa de ese pecado de matar al Hijo de Dios, pero ese pecado ha sido heredado, como el pecado original, pero en la Justicia de Dios. Dios juzga al pueblo judío y, por eso, sigue errante y encuentra muerte siempre hasta que el Señor diga basta.

Y los Católicos no podemos acoger a un pueblo que Dios no acoge, que mató al Hijo de Dios. Los Católicos sólo pueden acoger a las almas de ese pueblo que salen de sus pecados, que salen de ese pueblo, y se convierten a la Palabra de Dios. A los que creen que Jesús es el Mesías. Y hasta que no crean en eso, no se les puede besar, ni abrazar, ni meterlos en la Iglesia. Se les respeta como hombres. Y, punto y final. Pero se les recuerda su pecado para que entienda por qué sufren. ¿Por qué Hitler obró eso? Por el pecado de matar al Hijo de Dios.

Esto es lo que Francisco no enseña porque se queda en su humanismo. No entiende la Justicia Divina y, entonces, proclama su justicia humana: póbrecitos los judíos que han sufrido tanto por parte de los hombres. No hay que ser antisemita, hay que comprenderlos porque son buena gente, son nuestros hermanos, los católicos tenemos las raíces judías. ¿Ven su política, su ideología, su proselitismo?

Por eso, dice en su evangelii gaudium: “Dios sigue obrando en el pueblo de la Antigua Alianza y provoca tesoros de sabiduría que brotan de su encuentro con la Palabra divina” (n. 249). ¿Todavía no has comprendido Francisco? Estás en tu ceguera: un pueblo que no acepta a Jesús como Mesías, entonces tampoco acepta la Palabra de Dios. Y si no cree en la Palabra, no tiene sabiduría. Y, por tanto, Dios no provoca tesoros de sabiduría en ellos, Dios no puede obrar en el pueblo judío porque no tienen fe. Sólo creen en sus ideas del Reino de Dios, sólo creen en sus interpretaciones de la Palabra de Dios, pero no creen en Jesús. Sólo ven a Jesús como un hombre, pero no como Dios. Y muchos no comprenden esto tan sencillo.

Francisco quiere hacer su justicia humana y, por eso, se esfuerza por dejar claro: “Los cristianos no podemos considerar al Judaísmo como una religión ajena, ni incluimos a los judíos entre aquellos llamados a dejar los ídolos para convertirse al verdadero Dios” (n. 248). Es que el judaísmo es una religión que se quedó en sus formas exteriores de adorar a Dios, en sus reglas, en sus leyes humanas. Es que el judaísmo es una religión ya vieja, antigua, que no sirve para nada, porque Cristo ha dado el Espíritu a Su Iglesia. Y Su Iglesia no es el pueblo judío. Su Iglesia no es para el pueblo judío. Su Iglesia es para aquellos judíos que renuncian a ser el pueblo judío, que renuncian al judaísmo. Es que la Iglesia de Jesús ya no tiene las raíces de los judíos. Ya no sirve ese argumento histórico para ser de Jesús. Jesús ha fundado Su Iglesia sobre la Verdad, no sobre las raíces judías.

Esto es lo que Francisco no comprende, por su política en la Iglesia, por su falso ecumenismo, su falsa fraternidad de querer meter a todos en la Iglesia porque todos somos buenísimos para Dios. Esto no lo comprende Francisco por su visión del Jesús histórico: hay que ir a las raíces de Jesús. Como Jesús era judío, hebreo, entonces los judíos pueden entrar en la Iglesia de Jesús. Así piensa Francisco. Este es todo su argumento. Destroza la Palabra de Dios, la Obra de Jesús, que es la Iglesia.

Y. por eso, concibe la Iglesia como una Iglesia de pecadores, no como una Iglesia de almas que viven en gracia. Para Francisco, la Iglesia no es graciosa, sino pecadora. Ésta su gran herejía. Por tanto, la santidad, para Francisco es convivir con el pecado y que todos en la Iglesia convivan con sus pecados. Y, por eso, hay que abrirse al mundo para que entren en la Iglesia todos los pecadores con todos sus pecados, porque Dios abrasa todos los pecados. Ya Dios no perdona el pecado.

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1 comentario

  1. Juan Pablo dice:

    ¿Esas citas en negrita son de octubre pasado, estamos en enero y todavía no se ha excomulgado a Pancho, el hombre que ocupa la sede petrina????!!
    Pero si son mariconadas!! Es un sentimentalismo afeminado que ofende a Dios. Somos todos santitos sin esfuerzo, Dios no juzga (y eso lo dice!), Dios abrasa nuestros pecaditos o pecadazos, etc. Uno no sale de su asombro. ¿Alguna vez se equivocará y dirá algo católico?
    ¿Es que todavía hay gente que piensa que la santidad es ser apocadito, un tipo que no hace daño a nadie, etc.? Un prototipo de santo es San Pablo, alguien que hace suyo el dicho “a Dios rogando y con el mazo dando”. Alguien que por su lucha, trabajo, oración, en pos de la verdad, al final de su vida ya medio maltrecho, se hace santo.

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