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La falsa ternura de Francisco

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“En Taizè hay monjes católicos, calvinistas, luteranos… todos viven realmente una vida de fraternidad” ( Diálogo del Papa Francisco sobre la vida religiosa -Antonio Spadaro S.J.)

La unidad en la diversidad se vive en la fraternidad. Este es el ecumenismo para Francisco: vivir la fraternidad, el amor entre hermanos. Y estos hermanos son personas que viven, cada una, sus mentiras, sus credos religiosos, sus pensamientos humanos, sus ideales en la vida, pero que no viven a Cristo en sus vidas. Viven su visión de Cristo, su visión humana de la Verdad, pero no son capaces de aceptar la Verdad como es, a Cristo como es Revelado en el Evangelio.

Este es el problema de la falsa fraternidad, de los falsos hermanos, del falso amor fraterno.

El amor al prójimo nace sólo del amor a Dios. Y no tiene otro origen. Si no se ama a Dios en Espíritu y en Verdad, porque el amor a Dios es adoración a Dios, entonces, tampoco se ama al prójimo como lo pide Dios.

Muchos se equivocan en el amor al prójimo, porque no saben adorar a Dios, sólo saben decir que adoran a Dios, que lo aman, que creen en Él, que siguen su doctrina, pero, en la realidad de sus vidas, se aman a sí mismos y adoran muchas cosas que no son Dios.

Antes es el amor a Dios que el amor al prójimo. Francisco dice: no. “Si una persona no logra vivir la fraternidad, no puede vivir la vida religiosa”.

Este es el fallo de muchos en la Iglesia, porque conciben la Iglesia, no como la Obra del Espíritu, sino como la obra de los hombres. Por tanto, de aquí se deriva el falso ecumenismo, la utopía de unir a muchos hombres porque piensan de forma diversa, distinta.

La Iglesia es la Obra del Espíritu y, en consecuencia, la vida de la Iglesia, la vida espiritual, la vida religiosa, significa hacer la obra que el Espíritu quiere en la Iglesia. Si no se hace esa obra, ese apostolado, esa oración, esa penitencia, esa limosna, etc., ese amor fraterno no sirve para nada en la Iglesia. Porque no estamos en la Iglesia para amar a los hombres, sino para obrar lo divino en medio de los hombres.

Éste es el punto que, muchos en la Iglesia, no acaban de comprender. La Iglesia no es para hacer algo por los hombres, para mover a los hombres, para despertar la curiosidad de los hombres, para hacer que los hombres miren la Iglesia y la busquen porque presenta formas agradables para encontrar a Dios en sus vidas.

La Iglesia es para hacer la Obra Redentora de Cristo, que es una Obra del Espíritu en cada alma, en cada miembro, en cada Pastor, en cada oveja. Si no se hace esta Obra, ¿qué queda? Lo que vemos actualmente: un hereje que busca publicidad en la Iglesia, que busca poner su ideología en la Iglesia, que busca hacer proselitismo en la Iglesia, que va manejando la Iglesia según su pensamiento humano, que pertenece al demonio, pero que no es capaz de dar la Mente de Cristo en la Iglesia.

Esto es lo que debe de poner la piel de gallina a la Iglesia. Francisco engendra monstruos en la Iglesia con su doctrina marxista, comunista, de diálogo fraternal con todo el mundo.

Para Francisco “vivimos un cambio de época”, es decir, en lenguaje moderno, un cambio de era, una nueva era, un nuevo proyecto de vida en el mundo y en la Iglesia. Y, por tanto, Cristo ha quedado viejo, hay que renovarlo, hay que darle otra cara: lo moderno, el progreso del hombre, el avance de la técnica, los descubrimientos de la ciencia, la evolución del pensamiento del hombre hacia el despertar de sí mismo, buscando ese dios interior que tiene dormido en sí.

Este es el pensamiento de Francisco, que es muy semejante, a la nueva era, a lo que propone la nueva era. Y necesita gente que sea “llamada a cuidar el Pueblo de Dios”. Él no busca sacerdotes que guíen en la Verdad, que guarden la Verdad, que enseñen la Verdad, que muestren el camino de la santidad en la Iglesia, sino busca gente hecha para el Pueblo: “no tenemos que formar administradores sino padres, hermanos, compañeros de camino”.

El problema de Francisco es su lenguaje humano, porque él entiende ser padre o ser hermano o ser compañero de camino en la mentira, dando la mentira, no poniéndose en la Verdad, que es Cristo: “la unidad es superior al conflicto”. Por tanto, hay que buscar padres o hermanos o compañeros que asuman el conflicto, que asuman los pecados, los errores, porque “una vida sin conflictos no es vida”. Y, una vez que se asumen los conflictos, que son las diferencias que cada uno tiene, entonces se busca una unidad. Hay que “aceptar, soportar el conflicto, resolverlo y transformarlo en un eslabón de enlace”. Este es el error en su doctrina de la unidad.

Porque el pecado no se puede aceptar. O se ama el pecado o se odia el pecado. Quien acepta el pecado lo asume, negocia con él, hace del pecado un camino en su vida.

Los hijos de Dios no pueden pecar, luego no pueden aceptar el pecado. No pueden, porque tienen la Gracia que les impide amar el pecado, que les impide servir al pecado, que les impide guardar el pecado.

Ante un hombre que peca y, que, por lo tanto, trae conflictos, es necesario ponerle un camino para quite su pecado. Y hasta que no lo quiera quitar, no puede estar en la Iglesia, no puede ser Iglesia, no puede formar Iglesia. La Iglesia no puede renunciar a la Verdad para aceptar a un hombre que no quiere quitar su pecado. O se está con la Verdad o se está con la mentira. Pero, en la Iglesia, no podemos servir a dos señores, a dos bandos, a dos banderas.

Francisco acepta el conflicto, el pecado, y, por tanto, quiere resolverlo a su modo humano, en su camino humano. Ya no da el camino que Cristo ha puesto para resolver el pecado en la Iglesia. Ya se inventa su camino. Pero, lo más trágico, es que quiere transformar ese pecado, que no puede resolverlo por caminos humanos, en un eslabón. ¡Esto es lo trágico! Quiere hacer del pecado un elemento necesario para algo nuevo en la vida de la Iglesia, “un nuevo proceso” que, por supuesto, es lo más contrario a la vida cristiana, al proceso de una vida en Cristo y para Cristo.

Por eso, es inaceptable su unidad en la diversidad. Inaceptable poner la fraternidad como el objetivo para unir a muchos dentro de la Iglesia. Para Francisco, el hombre maduro es aquel que acepta el pecado y lo resuelve por caminos de amor fraterno, amor humano, de amor sentimental, de amor que pone todo el esfuerzo en agradar a los hombres. Y sólo así se quitan los conflictos. Pero sólo así se obran muchos más conflictos dentro de la Iglesia.

Para Francisco, la vida religiosa debe estar llena de ternuras, de miradas tiernas, de miradas que acogen al otro, de besos hacia el otro, de abrazos hacia el otro, porque “la ternura ayuda a superar los conflictos”. ¿Quieren quitar sus pecados? No hagan penitencia por ellos. Sea tiernos consigo mismos. Ámense a sí mismos, dense consuelos, díganse que son buenas personas, crezcan en su afectividad emocional, suban su autoestima, confíen en sí mismos, en sus pecados, en sus errores. ¿Quieren que otros se alejen del pecado? Hagan lo mismo. Que no confiesen sus pecados, que no luchen en contra de sus pecados. Hay que hablarles tiernamente, de que Dios lo ama, de que Dios lo perdona todo, de que Dios lo acepta todo y, entonces, se quita el pecado.

Francisco concibe la Misericordia diciendo que Dios todo acepta, todo soporta, todo espera y todo perdona. Y esto no es la Misericordia. La Misericordia de Dios es la benévola paciencia que Dios tiene por todos los hombres. Paciencia infinita para no dar una Justicia de condenación a los hombres, sino para dar una Justicia de salvación a los hombres.

Dios castiga de dos formas al hombre pecador: o con un castigo que lo lleva al infierno: castigo de condenación; o con un castigo que corrige al hombre pecador para que se convierta: castigo de salvación. La Sagrada Biblia está llena de estos dos castigos divinos. Francisco nunca mienta la Justicia Divina, porque no existe, ya que Dios lo perdona todo, lo acepta todo. Francisco también niega la Misericordia de Dios con su ternurismo en la Iglesia, con su evangelio de la fraternidad.

San Pedro infligió un castigo de condenación a Ananías y a Safira (Hch 5, 1ss). San Pedro se dejó de ternuras, de amor fraterno, de cariñitos y les dio a los dos la Voluntad de Dios. Esto es lo que tiene que hacer todo Papa en la Iglesia, aunque haga actos que no gusten a nadie, porque va en contra de ese sentimentaloide fraterno que no sirve para nada en la Iglesia.

La espiritualidad de San Pedro es recia, viril, hermosa porque da la Verdad en la Iglesia.

La espiritualidad que ofrece Francisco es marica, afeminada, sentimentaloide y, cien por cien, comunista.

La verdadera Misericordia con el prójimo no está en emplear formas humanas, lenguajes humanos, para que ese prójimo vea la Verdad. Sino que está en ponerle un camino para salga de su pecado, para que luche contra su pecado, para que vea el pecado como pecado. Y esto es lo que no ofrece Francisco nunca en la Iglesia.

Francisco sólo se ampara en su afecto humano: “a veces somos muy crueles”. De esta manera, nunca va a poder hacer en la Iglesia lo que hizo san Pedro. ¡Nunca! Porque mira el bien del hombre, el sentimiento hacia el hombre, el no hacer daño al hombre, el darle un gusto al hombre, en agradar al hombre. Por eso, ha recibido un premio de los homosexuales. Es por esto: su sentimentalismo que lo ciega y no puede ver la Verdad de lo que es un homosexual y, por tanto, no puede combatirla ni en la Iglesia ni en el mundo.

Como ven no se puede seguir a Francisco en nada en la Iglesia. Eso es claro para aquel que quiera permanecer en la Iglesia de Cristo, como Él la fundó, y que no admite ningún cambio en Ella. La Iglesia no es una moda, no es un cambio en la vida. La Iglesia es la Verdad, algo que siempre es lo mismo, algo que nunca cambia, aunque los hombres cambien. La Iglesia permanece siempre siendo la Iglesia. Son los hombres a los que les gusta el cambio y hacer que todo cambie en la Iglesia.

Francisco es un modernista y, por eso, hay que atacarlo como conviene a todo modernista. Hay que indicarle el camino de la Justicia Divina para que entienda su pecado dentro de la Iglesia. No hay que tratarlo con formas de misericordia, con discursos diplomáticos, que no dicen nada y que sólo hacen el juego a la doctrina de Francisco.

Francisco no se merece nada en la Iglesia. Ni siquiera el reconocimiento por estar sentado en la Silla de Pedro. No hay que reconocer a Francisco como Papa. Hay que hundirlo porque es un hombre pecador que no quiere quitar su pecado de en medio de la Iglesia.

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1 comentario

  1. ana dice:

    Ahí esta el problema,nadie quiere ver!!!!!no hay manera de hace

    r entrar en razon!!Esto solo lo arregla Dios!

    JJosephmaryam te echo hoy de menos,espero no te ocur
    ra nada!!!gracias por estar ahí.

Los comentarios están cerrados.

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