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La corrupción de lo mejor

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Nada ocurre sin la Voluntad de Dios en la Iglesia, porque Ella es guiada, en todo, por el Rey de Reyes. Y, por tanto, el desastre que vemos en todas partes es algo que no debería escandalizar si vemos las cosas desde Dios. Si las miramos desde el punto de vista humano, entonces no comprendemos lo que pasa.

Que un hereje, como es Francisco, se siente en la Silla de Pedro y que, a su alrededor, tenga un coro que le canta sus herejías, es lo más normal si las cosas se ven en Dios. No es normal para muchos hombres e incluso para los que profesan su fe católica. Pero la Iglesia es la Obra del Espíritu y, en Ella, debe manifestarse el hombre sin Espíritu.

Porque la Iglesia, en la tierra, la que peregrina hacia el Cielo, no es Santa en sus miembros. Es Santa en su esencia, porque la Iglesia es Cristo, es el Verbo Encarnado. Y Jesús es la Santidad Sin Ocaso, Eterna, Verdadera, sin Límites, sin Condiciones.

La Iglesia que peregrina hacia la Tierra Prometida, conquistada con la Pasión de Cristo, y gobernada con Su Ascensión, tiene, todavía, mucho que contemplar en cuanto al pecado de los hombres dentro de Ella.

El pecado del hombre no tiene que escandalizar al hombre porque éste nace en él y vive en él. Lo que al hombre debe escandalizar es la corrupción del hombre, es la transformación del hombre en otra cosa distinta a la Voluntad de Dios.

Mucho pecado ha habido en la Iglesia en toda su historia. Lo que vemos no es nuevo en la Iglesia. Pero, actualmente, hay un pecado nuevo que pocos contemplan, que pocos dan valor, que pocos lo llaman como pecado.

En la Iglesia que vemos en Roma, que no es la Iglesia de Jesús, sino otra cosa, se ve la idolatría del hombre. Este pecado es común en el mundo desde el Renacimiento. El mundo ha ido creciendo en lo humano hasta llegar a dar culto a todo lo humano: pensamientos, obras, vidas.

En la filosofía hay una corriente que idolatra la mente del hombre. El hombre todo lo crea con su mente, incluso a sí mismo.

En la vida de muchos está el mirarse sólo a sí mismos, sus obras, lo que hacen, sus trabajos, sus empresas, sus dedicaciones, como algo sagrado, divino, intangible. Como si Dios les pidiera que hicieran eso en sus vidas.

El hombre, en la actualidad, obra sólo para sí mismo, para encontrar el dios que tiene en su interior, para hacer que emerja ese dios, para sentir la energía que le conecta con todos los hombres y con el universo.

En el mundo está la idolatría del hombre. Eso es la Nueva Era. El hombre se dice a sí mismo: yo soy dios.

Este pecado, tan común en el mundo, es lo que vemos en la Iglesia. Y lo vemos en las obras de los hombres de Iglesia. No se capta en sus palabras, porque no se discierne el lenguaje que usan muchos sacerdotes y Obispos dentro de la Iglesia. Ellos usan un lenguaje divino, acorde a la Escritura, al Magisterio, a la Tradición, que parece correcto, que da la impresión de que se dicen las cosas bien, pero es sólo un lenguaje estudiado, maquillado, en que se dice lo que interesa sólo para decir la mentira escondida en ese lenguaje.

En la Iglesia, desde hace 50 años, se ha perdido el fariseísmo. Casi no se da, porque los hombres han dejado de respetar la Verdad, el dogma, a Jesús. El fariseo cumple la ley a rajatabla. Y la cumple por el respeto a esa ley, que es una verdad para él. Una verdad mal comprendida, mal interpretada por su mente, pero es una verdad, no es una mentira. San Pablo era el mayor fariseo de todos. Se ponía en la Verdad, buscaba la Verdad, aunque la entendía mal.

Pero, en la Iglesia se ha perdido el respeto a la Verdad. Ya no se busca, ya ni siquiera importa la Verdad. La gente no se preocupa por la Verdad, sino por su vida o sus pensamientos o sus obras o lo que sea que haga. Y eso que hace es la verdad para muchos.

Para San Pablo la Verdad no era su vida, sino las leyes que enseñaba Dios, lo que Dios obró a lo largo del Antiguo Testamento. Y no se salía de eso, de esa Verdad.

Pero el hombre de Iglesia, la Verdad ya no es el Evangelio, ni las leyes divinas, ni nada que en la Iglesia se haya hecho. Para los hombres de Iglesia, la verdad es su vida, su pensamiento, sus obras, sus sueños, sus ilusiones, sus conquistas en la vida. Y se mira al Evangelio o al Magisterio o a la Tradición de la Iglesia no para aprender de esa Verdad, sino para desvirtuar, para acomodar esa Verdad a la vida de cada uno, al pensamiento de cada uno, a las obras de cada uno.

San Pablo nunca hizo eso. San Pablo leía el Antigua Testamento y lo ponía en práctica, literalmente, sin añadir o quitar nada. Tal como la Palabra de Dios se expresaba eso obraba él en su vida.

Pero muchos sacerdotes, Obispos, fieles en la Iglesia hacen lo contrario. Leen la Sagrada Escritura y la interpretan y sacan algo para ellos, algo nuevo, pero no obran lo esa Palabra dice literalmente. De esta manera, el hombre va dejando el fariseísmo, pero va cayendo en la idolatría del mismo hombre. Es un fariseísmo perfecto, porque se sigue creyendo en Dios, pero ya no en el Dios Revelado, sino en el dios que se encuentra en la razón humana.

Este es el pecado que nadie contempla en la Iglesia pero que existe en muchos miembros. Y no es nada nuevo. Lleva cincuenta años incubándose en el Vaticano.

Roma ha sido la incubadora de la idolatría del hombre desde el Concilio Vaticano II. De eso ha nacido lo que vemos: un Francisco que tiene un lenguaje divino, pero herético.

Muchos leen a Francisco y dicen que predica conforme al Magisterio de la Iglesia, que dice las cosas que están en la sagrada Escritura, pero no ven cómo ese lenguaje es sólo un estudio, una forma de hablar bien para tapar la mentira. Cuando Francisco quiere, se deja de lenguajes y dice su mentira claramente. Pero, como es maestro de oradores, entonces sabe hacer bien su papel. Sabe hablar lo que conviene y en el momento que conviene, para engañar a las almas que le escuchan.

Francisco no es lo que parece. Parece un Papa, pero no es Papa. Parece que, a veces, habla bien, habla correctamente, y no es así. Es sólo su lenguaje estudiado, porque, en ese momento, no conviene decir herejías, no conviene escandalizar, no conviene mover críticas innecesarias. Francisco sabe bien qué decir y cómo decir las cosas, porque sólo cree en su lenguaje, no cree en la Palabra de Dios ni, por supuesto, en el Magisterio de la Iglesia. Él cita a los Papas, pero para poner su mentira, para hacer que esa mentira se apoye en lo que un Papa dijo, un Papa que todos en la Iglesia siguen. Francisco es muy astuto, por eso, nunca hay que confiar de lo que dice, aunque diga cosas muy bien concertadas, muy bien estudiadas, muy bien puestas en el papel.

Siempre a Francisco tienen que cogerle por la mentira. Siempre. Porque siempre la dice. Puede predicar hermoso y, al final pone su mentira. Y, entonces, lo que predicó no vale para nada, no sirve, es sólo su lenguaje para convencer a los que todavía no están convencidos de que él es Papa.

La idolatría del hombre es el pecado que vemos en el Vaticano. Y eso señala la corrupción de lo mejor. Una Jerarquía corrupta es unos miembros en la Iglesia que se dan culto a sí mismos. y, por tanto, ni les importa la Iglesia, ni el rebaño, ni sus dogmas, ni sus tradiciones, ni su liturgia, ni nada de nada. Sólo están en la Iglesia para ellos mismos y, por tanto, para hacer su negocio dentro de la Iglesia.

El demonio, cuando se sentó en la Silla de Pedro, junto a Pedro, en 1972, comenzó a incubar en sus miembros este pecado de idolatría. Y, por eso, la rebeldía, la desobediencia de muchos a los Papas. Y eso produjo la desunión en la Verdad y, por tanto, el alejamiento de la Iglesia de toda Verdad. Y la Iglesia se ha mantenido en un hilo, sin que se rompiera por el esfuerzo de muchos por enfrentarse a los Papas, sólo porque ha habido una Cabeza elegida por Dios hasta el Papa Benedicto XVI. Pero después de él, el hilo se rompió y ya nadie hay en la Iglesia que persiga la Verdad, que dé la Verdad, que enseñe la Verdad.

Se vive la corrupción de lo mejor, que es lo peor que le puede suceder a la Iglesia. Porque en la corrupción ya no hay vuelta atrás. Ya no se puede volver a lo de antes en la Iglesia. Ya no hay camino verdadero dentro de la Iglesia o dentro de las estructuras de la Iglesia.

El camino sigue estando ahí, porque es Cristo, pero hay que recorrerlo de otra manera, no ya mirando a Roma, sino enfrentándose a Roma, porque en Roma hay corrupción, se vive la corrupción. De Roma no viene la Verdad.

Ahora, la Verdad la dan muchas personas en el mundo, que ven lo que pasa en Roma. No están con Dios, pero no son personas corruptas. Y, por tanto, cuando dicen las cosas dicen una verdad.

Que un ateo diga que Francisco ha abolido el pecado eso da que pensar. Uno que no cree en Dios, pero ve una verdad. Y, en Roma, en el Vaticano, que deberían ver la verdad, deberían ver la mentira que Francisco está diciendo, no se vea, sino que se diga que todo está bien, que Francisco cree en el pecado, que Francisco se ajusta al Magisterio de la Iglesia, eso sólo significa una cosa: corrupción.

Cuando la persona no está corrupta, aunque sea pecador, aunque niegue a Dios, siempre ve una verdad, siempre ve las cosas como son. No se inventa la vida, la realidad de las cosas. Llama al pan, pan; y al vino, vino. Si leyendo a Francisco ve cosas marxistas, las dice, sin más. si ve que Francisco ha quitado el pecado, las dice sin más, porque, en su pecado, no hay corrupción.

Pero aquel que ve la vida desde su corrupción, ya no ve la verdad, la realidad de las cosas, sino que todo lo tapa, todo lo disimula, para seguir viviendo su vida, sin hacer caso de la verdad.

El Vaticano ya no dice la Verdad de lo que está pasando. Sólo dice lo que le interesa y lo que quiere: engrandecer la mentira, aplaudir al mentiroso, que todos caigan en la cuenta que es a él al que hay que seguir en la Iglesia.

En la corrupción sólo se sigue al hombre, no a la Verdad. Y, por tanto, sólo se miente. Y se miente de muchas maneras, para que los hombres sigan con una venda en sus ojos.

Y esto sólo lleva a una cosa: el cisma. No hay otro fin en lo que vemos en Roma. Los corruptos acaban por quitarse la careta y producen el cisma. Y, cuando esos corruptos son la Jerarquía de la Iglesia, se produce el mayor pecado en la historia de la Iglesia: negar la Verdad dentro de la Iglesia. Y esa negación es afirmar la mentira como la verdad en la Iglesia.

Este cisma que, ahora, está encubierto, ya existe en muchos. Pero como todavía se cuidan las apariencias, entonces la gente no lo ve. Pero quien tiene ojos ve el cisma que existe. Ve cómo muchos han dejado la Verdad y dan culto a la mentira en sus vidas en la Iglesia. Y eso se ve en la Misa, se ve en los apostolados de la Iglesia, se ve en muchos retiros: gente que vive idolatrando su humanismo, que dan culto a todo lo humano. Ya no a Cristo. y, por eso, tratan a Cristo de muchas maneras sacrílegas. Muchísimas, porque ya no hay respeto a la Verdad, a las leyes litúrgicas, a la leyes divinas en la Iglesia. Hoy todo es un cambalache de cosas, un trueque, en que se deja lo auténtico por lo corrupto.

Glosario

Misa espiritual

Benedictus PP. XVI

Allí donde está Pedro, allí está la Iglesia, allí se encuentra a Dios

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Santuario de Fátima

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