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La Iglesia es Cristo, no es el Pueblo de Dios

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“Estoy Crucificado con Cristo; y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 19.20).

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, que significa: que Cristo vive en cada alma de una manera mística y, por tanto, la Iglesia es, en la realidad, Cristo.

El alma fiel a Cristo pertenece a la Iglesia, porque en ella vive Cristo místicamente.

Pero el alma que no es fiel a Cristo, no pertenece a la Iglesia, porque Cristo no vive en ella de una manera mística.

La vida mística no es la vida espiritual. La vida mística es la presencia de Cristo en el alma sin merecerlo el alma, sin que el alma ponga un pensamiento, una obra, una fuerza humana. Es algo que Dios obra en el alma.

Pero la vida espiritual es un asunto del alma y de Dios, es un merecimiento del alma. El alma merece estar en la Presencia de Dios, el alma gana de Dios una gracia, una bendición espiritual. Dios da en la medida en que el alma va creciendo en las virtudes teologales.

La Iglesia es algo místico, no es algo espiritual. Hay muchas personas en el mundo que tienen su vida espiritual, su oración, sus limosnas, sus apostolados, sus servicios en las religiones o en las iglesias a las que pertenecen. Muchas personas creen en Dios o tienen un bautismo que los hace hijos de Dios, tienen ese sello espiritual. Pero no son de la Iglesia, no pertenecen a la Iglesia, no hacen Iglesia.

De igual manera, hay muchos sacerdotes, Obispos, fieles, que tienen sus sacramentos, tienen sus vidas espirituales, pero no son de la Iglesia, no pertenecen a la Iglesia.

Porque la Iglesia es Cristo. Cristo místicamente vive entre sus almas elegidas, predestinadas al Cielo. Cristo no vive entre los hombres. El mundo no es la Iglesia, no pertenece a la Iglesia. Dentro de la Iglesia, no todos los hombres son Iglesia.

Para comprender el Misterio de la Iglesia hay que fijarse en Cristo. Y sólo en Él. No en los hombres, no en el Pueblo de Dios, no en el mundo.

Cristo es el Verbo Encarnado. Y, por tanto, es Dios que asume a un hombre. Es Dios que vive en el hombre, pero sin ser hombre, sin tener persona humana, sin guiarse por la mente del hombre, sin obrar con la voluntad del hombre.

Cristo se hace hombre, pero es Dios. No deja de ser Dios porque viva entre los hombres. No deja de pensar como piensa Dios, aunque tenga una mente humana. No deja de obrar como obra Dios, aunque posea una voluntad humana.

Cristo, al ser Dios entre los hombres, busca a sus almas. No busca a todos los hombres, porque, de hecho, en la práctica, no todos los hombres aman a Cristo. Cristo da la luz a todos, ilumina a todos los hombres, muestra el camino de la salvación a todos los hombres. Pero Cristo viene a salvar a los pecadores, no viene a salvar a los hombres. Sólo aquellos que son pecadores, que ven su pecados, que quieren quitar sus pecados. No salva a los que se creen justos, ya salvados.

El pecado es algo místico, no es algo espiritual. Cuando se peca se ofende a Dios. Pero esto el hombre no lo ve, no lo capta, no lo entiende. El hombre peca y sigue su vida como si nada hubiera pasado. No ve las consecuencias de ese pecado, ni en Dios, ni en su alma, ni en su entorno, ni en el mundo entero.

El pecado, en el hombre, es la obra del demonio. El demonio es un ser espiritual. Y su obra es algo espiritual que hace él. Pero el demonio, cuando hace pecar a un hombre, su obra en el hombre es algo místico, no espiritual. El hombre, cuando peca, obra místicamente una obra mala, pecaminosa. Una obra que en el demonio es algo espiritual, pero no cuando el demonio obra en el hombre. Esa obra demoniáca, de espiritual, se convierte en mística dentro del hombre, en su alma.

Y Cristo ha venido a quitar las obras del demonio en el hombre. Las obras místicas: “Y para esto apareció el Hijo de Dios para destruir las obras del diablo” (1 Jn 3, 8). Y, al destruirlas, Cristo da al alma su simiente, su obra, su fuerza para no pecar más:“Vestíos de toda la armadura de Dios para que podáis resistir a las insidias del diablo, que no es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires” (Ef 6, 11).

El demonio ataca al hombre de forma espiritual, pero obra en el hombre de forma mística. El hombre lucha espiritualmente contra el Maligno, con la Palabra de Dios, con el Espíritu de Dios. Pero, cuando el hombre es vencido por el demonio, entonces éste obra en el hombre algo místico. Eso místico es lo que Cristo quita, perdona, que es el pecado. Y Cristo lo quita con su Muerte en la Cruz, que es una obra espiritual y mística, al mismo tiempo.

Con la Cruz se ataca al demonio, de una manera espiritual. Pero con la Cruz se quita el pecado que el demonio pone en el hombre. Por eso, el Sacramento de la Penitencia perdona el pecado, la obra que el demonio ha hecho, y lo hace en virtud de la Cruz, de los méritos de Cristo Crucificado, por su sangre, por sus dolores, por su Pasión y por su Muerte. Lo hace de una manera mística. Y da al alma una gracia, una fuerza espiritual para no pecar, para oponerse al demonio.

Y, cuando Cristo borra el pecado, que es la obra mística del demonio en el hombre, deja lo espiritual, deja al alma en la batalla contra el demonio. No le quita la lucha. Cristo quita el pecado pero no hace al hombre Inmaculado, no le confirma en la gracia para no pecar más. Le da la gracia para resistir al Maligno, pero el alma tiene que merecer la gracia de ser confirmado y así no pecar más, no caer en el pecado. El hombre puede merecer esta gracia de Cristo si, en su vida espiritual, se esfuerza por luchar contra el demonio, contra el pecado, contra el mundo. Es una gracia que muy pocos consiguen. Por eso, es necesario el Purgatorio después de la muerte.

Cristo, al quitar la obra mística del demonio en el hombre, pone su obra mística en el alma. Esa obra mística es Él mismo. Es Cristo que vive en la misma alma. Por eso, lo místico es sin merecimiento por parte del alma. Nadie merece que le quiten sus pecados, que se los perdonen. Y, por tanto, nadie merece que Cristo viva en su alma.

Y, cuando Cristo se pone en el alma, entonces esa alma pertenece a la Iglesia, es del Cuerpo de Cristo. Nadie merece pertenecer a la Iglesia.

El Bautismo abre las puertas al alma de la Iglesia. Sin el Bautismo, Cristo no puede quitar la obra mística del demonio en el hombre, no puede quitar el pecado. Pero no es suficiente para ser Iglesia tener un Bautismo, porque se nace con el pecado original, pero se cometen muchos pecados diferentes al original en la vida. Y, por eso, es necesaria la confesión del pecado, el Sacramento de la Penitencia.

Pero tampoco es suficiente con tener un Bautismo y los demás Sacramentos de la Iglesia para ser Iglesia, porque la Iglesia es Cristo. Se es Iglesia porque se es de Cristo. Es decir, es Cristo el que vive místicamente en el alma. Es Cristo el que hace Su Vida en el alma. Cristo inicia esa vida en el alma, una vida mística sin que el alma se lo merezca, al quitarle el pecado. Pero Cristo no obra esa vida mística en el alma sin exigirle al alma un esfuerzo espiritual. Si el alma, aunque tenga todos los Sacramentos, aunque haga oración y demás cosas, no tiene vida espiritual, entonces Cristo desaparece del alma y queda el demonio.

Por eso, San Juan, hablando de los anticristos, dice: “De nosotros han salido, pero no eran de los nuestros. Si de los nuestros fueran, hubieran permanecido con nosotros, pero así se ha hecho manifiesto que no todos son de los nuestros” (1 Jn 2, 19).

El que es de la Iglesia, el que es de Cristo, tiene la “unción del Santo” (v.20), es decir, Cristo permanece místicamente en ese alma, porque ese alma ha sido fiel a la Gracia, ha luchado en su vida contra el demonio, contra la carne, contra el mundo. Y, por tanto, muchos hay en la Iglesia, que parecen de los nuestros, que se visten como Cristo, que son sacerdotes y Obispos, pero que no son de la Iglesia, no son de Cristo, porque ya no luchan espiritualmente.

Y donde no hay lucha espiritual no hay vida mística. Cristo no vive místicamente en un alma que no lucha espiritualmente.

Por eso, la necesidad de la penitencia, del desprendimiento de lo humano, de la mortificación para ser Iglesia. La necesidad del camino de la Cruz para que Cristo viva en el alma.

Muchos hacen una Iglesia de formas exteriores, de culto exterior: van a misa o celebran la misa, comulgan, hacen oraciones, hacen apostolados, pero no viven interiormente a Cristo, porque no hay trabajo espiritual. No se unen a la Obra de la Redención de Cristo y, por tanto, están en la Iglesia como están un trabajo o en una empresa o en una organización social.

Por eso, muchos se han engañado con el fraude de Francisco. Francisco no tiene vida espiritual y, por tanto, Cristo no vive místicamente en él. De la Iglesia ha salido, como Judas salió, pero no es de los nuestros. No ha permanecido fiel a la Gracia, no ha permanecido luchando contra el demonio, contra el mundo, contra la carne. Sino que se ha abierto a todo eso. Y es lo que vemos en la Iglesia: su amor al mundo y su odio a todo lo sagrado, lo santo. Hace su obra de teatro: su misa, sus oraciones, sus cosas externas. Pero sin la unción del Santo.

Ser Iglesia es algo muy serio. Si Cristo no vive místicamente en el alma, no hay nada, por más que se comulgue, por más que se confiese el alma, por más que haga lo que haga en la Iglesia. Por eso, ser Iglesia nadie lo merece. No es para todos los hombres. Cristo no está en todos los hombres viviendo místicamente.

Cristo sólo está en los corazones humildes que le dejan trabajar en sus vidas y que no ponen ningún impedimento a la obra que Cristo quiere hacer en esa alma.

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