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Francisco ha dividido la Iglesia

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“Muchos serán purificados, emblanquecidos y depurados; los impíos seguirán el mal y ninguno de los malvados entenderá, pero los que tienen entendimiento comprenderán” (Dn 12, 10).

Francisco ha dividido la Iglesia. Esto es lo que no se quiere reconocer desde el Vaticano. Un hombre que niega la Verdad en la Iglesia, como es Francisco, que ha anulado el pecado con su falsa doctrina de la Misericordia, que invita desde Roma a salir al mundo y a abrazarse al espíritu del mundo, que no enseña la doctrina de Cristo, sino sólo su idea de lo que debería ser Cristo en la Iglesia, que acude a los medios de comunicación para expresar sus opiniones y que, después, se encarga de que todos en la Iglesia nieguen las críticas que, por sus declaraciones, se levantan en el mundo, sólo significa que Francisco no es el auténtico Vicario de Cristo.

Y significa más: que el Papa Benedicto XVI es el verdadero Vicario de Cristo en la tierra, el auténtico Papa que, obligado a dejar su misión en la Iglesia, ahora vive en medio de lobos sin poder hacer nada por la Iglesia.

Es el pecado el que produce la división en la Iglesia. Es siempre el pecado. La Verdad nunca divide. La Verdad libera. Pero el pecado esclaviza a formas de pensamiento que son contrarias a la libertad del hombre y que lo alejan de la Verdad, para comulgar con aquello que hace que la Iglesia se rompa.

En el curso de los siglos, la Iglesia ha sido atacada, dañada, herida por muchas clases de divisiones que han hecho que muchos se fueran de la Iglesia, se separaran. Pero, la Iglesia ha seguido unida en su interior, porque había sacerdotes y Obispos que amaban la Verdad en la Iglesia y la defendían del pecado, de la mentira, de la herejía.

Pero hoy contemplamos la división interior en la Jerarquía que imposibilita la unidad interior.

Y esa división interior tiene un nombre: Francisco. Él es el culpable de que la Iglesia tenga esta ruptura en su interior.

Él divide con su pecado a la Iglesia. Quien sigue a Cristo en la Iglesia no puede comulgar con Francisco, porque peca, porque enseña el pecado, guía por el camino de la mentira. Ver a Francisco es separarse de lo que él representa, que no es la Iglesia de Cristo. Y, como es cabeza, Francisco mismo produce la separación, la división, dentro de la Iglesia. Si fuera solo un mero sacerdote o un Obispo, entonces el mal no sería tan grave. Pero está como cabeza. Y esto es gravísimo para toda la Iglesia.

Francisco divide por ser cabeza, por estar en la cabeza. No es uno el que se aleja de la Verdad. Es uno el que tiene que alejarse de Francisco para no caer en la mentira, para no estar en su iglesia, para decir no al pecado. Esto es la división interna que existe en este momento en la Iglesia.

Quien ama la Verdad en la Iglesia tiene que odiar a Francisco y a su pecado. Si no se hace esto, necesariamente, se pone en manos del demonio y cae en el pecado.

El Evangelio de Jesús no puede estar dividido, porque es la Verdad. Pero Francisco, con su libre interpretación del Evangelio, él mismo lo divide en la Iglesia. La Verdad es siempre la misma. Pero, para Francisco, la verdad es lo que él piensa -su opinión- y, por tanto, la verdad cambia según la vida, según las culturas de los hombres, según la evolución del pensamiento humano. Lo que siempre es, lo que siempre ha sido, lo que siempre será, para Francisco, es viejo, hay que verlo de otra manera. Francisco divide el Evangelio. Francisco divide la Verdad. Y esto es gravísimo: no se puede obedecer la mente de Francisco como cabeza de la Iglesia porque no da la Verdad.

El mismo Francisco da la razón de la desobediencia a él: su pecado. En la Iglesia no se puede obedecer al pecado ni al que peca, al que enseña un pecado en Ella. Se obedece siempre a Cristo cuando los demás se equivocan, porque Cristo nunca miente, nunca enseña una herejía, nunca hace que el alma viva a oscuras en la Iglesia. Cristo no da sueños al hombre, no da ilusiones a los hombres, sino que da la Verdad de la Vida. Y, Francisco, lleva once meses dando la mentira de su vida a toda la Iglesia. ¿Quién puede obedecer a un mentiroso sin caer en el pecado?

Francisco traiciona la Verdad dentro de la Iglesia. Y el traidor se merece justicia, condena. Y el traidor no se merece honores.

Francisco crea enfrentamiento con su doctrina herética dentro de la Iglesia. Y, donde hay luchas, no hay amor fraterno, no existe la caridad, no existe el bien común.

Francisco divide. Éste es el resumen de estos once meses. Esto es lo que se saca de su nefasto gobierno en la Iglesia. No hay frutos espirituales en la Iglesia desde que Francisco está como cabeza. Donde reina el pecado, allí está la muerte. Allí está el odio cuando el alma comulga con la mentira. Y es lo que se siente cuando Francisco habla: se siente el odio que él irradia a toda la Iglesia. El alma no se siente acogida por las palabras de Francisco. El alma siente un rechazo en esa palabras, siente que la odian, que la maltratan, que hacen de su ser un negro agujero por donde quiere entrar la maldad.

Si uno escucha a Francisco, siente un vacío en su interior, que le dice que algo no está bien en esas palabras que habla ese hereje. Porque las hablas de Francisco dividen el alma. Quien no da la Verdad no crea unión en lo que habla. Quien da la mentira, crea en el interior del alma una división, una ruptura, un hueco, una herida, por donde quiere entrar el mal.

Un Verdadero Papa da seguridad al alma siempre cuando habla, porque habla al corazón y de forma sencilla. Pero Francisco, cuando habla, pone el miedo, la inseguridad, el temor, la angustia, en el alma. No la deja en la Verdad, no la pone en la Verdad. Por eso, el alma se siente caer, siente vértigo, siente que algo va mal.

Francisco engaña a la Iglesia. Pero lo más negro es que tiene colaboradores que trabajan para su engaño. Esto es lo que más divide a la Iglesia, después que Francisco ha puesto la división con su pecado. Otros manifiestan, de forma ostentosa, la misma mentira, el mismo pecado, el mismo engaño, que da Francisco. Otros tapan, con nuevas mentiras, las mentiras de Francisco, el pecado de Francisco dentro de la Iglesia. Y así se inicia la persecución dentro de la Iglesia: hay que callar bocas que hablen en contra de Francisco. Hay que alejar a gente que no quiera lo que quiere Francisco. Que Francisco tenga a su alrededor gente que mienta y que peque como él lo hace. Gente que comulgue con su pensamiento humano, con su opinión dentro de la Iglesia.

Es muy grave lo que está sucediendo en la Iglesia. Muy grave. La manera más fácil de seguir dividiendo a la Iglesia es lo que están haciendo muchos que colaboran con la mentira de Francisco. Muchos hacen el juego a Francisco.

Francisco metió un puñal en el corazón de la Iglesia. Y los demás lo van enterrando más y más hasta que den muerte a la Iglesia.

Quien se ha comprometido con el demonio, como es Francisco y los que le siguen, necesariamente tienen que perseguir, dentro de la Iglesia, de forma escondida, a los que quieren vivir la Verdad y, por tanto, se niegan a obedecer a Francisco.

Los que comulgan con Francisco tienen las puertas abiertas en la Iglesia, se mueven libremente. Pero aquellos que no comulgan con él, entonces encuentran oposición, obstáculos, marginación.

Francisco ha dividido la Iglesia con su pecado. Él es el culpable por ser una cabeza que miente, que engaña, que peca.

Francisco es un traidor de la Iglesia, de Cristo, de la Verdad, del Amor, de la vida. Traidor, es decir, pone cara de santo y da una coz a la Iglesia. Traidor porque sólo está preocupado por la bolsa del dinero dentro de la Iglesia. Traidor porque quiere dialogar con los enemigos de Cristo para tener el control de la Iglesia en sus manos. No le importa vender su primogenitura al que le dé más dinero, al que le dé más oportunidad para escalar lo que él quiere: su iglesia; su iglesia pobre para los pobres. Éste es su sueño, su utopía, su ideal como hombre. Francisco ha perdido, hace mucho, el Espíritu de Cristo y, por tanto, sólo es un hombre de carne y hueso, que sólo piensa como los hombres y actúa, como ellos, en la Iglesia.

Francisco no se merece el respeto ni como sacerdote ni como Obispo y, mucho menos, como cabeza de una iglesia que es una piltrafa humana, que es un pecado a los ojos de Dios. Su iglesia pobre es su pecado. ¿Qué merito tiene un pecado? ¿Qué merito tiene el pecador? Francisco se gana, él mismo, con su pecado, el desprecio de toda la Iglesia, de aquella Iglesia que vive mirando la Verdad y que no cambia esa Verdad por ningún tesoro humano que le pueda ofrecer Francisco. No se cambia la Verdad, no se cambia a Cristo, por palabras bonitas, hermosas, que da Francisco.

Francisco es digno de desprecio por lo que obra en la Iglesia. No se merece apoyo ni consuelo en su misión en esa iglesia que ha fundado con su inútil cabeza de hombre. Se merece que se le batalle continuamente, que se le hunda cualquier homilía, cualquier obra que haga en la Iglesia. Es necesario ridiculizar a Francisco porque él sigue amando su pecado y obrando su pecado en medio de la Iglesia.

La Verdad nunca descansa ante un mentiroso. El que es de la Verdad siempre está alerta por lo que el mentiroso obra para contraatacar con las armas del Espíritu de la Verdad. Francisco es movido por demonios dentro de la Iglesia. Y, por eso, la lucha es contra el demonio. Si se batalla al demonio, Francisco se va de la Iglesia, Francisco sucumbe, Francisco desaparece. Para arrancar el pecado de en medio de la Iglesia hay que enfrentar al demonio. No hay otra manera de hacerlo. Porque las razones se las lleva el viento. Sólo el soplo de la Boca de Cristo derriba al traidor de su puesto de orgullo.

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