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La Verdad sólo tiene una cara: la de Cristo

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Francisco es un hombre necio, que clama su mentira, ignorante de la vida de la Iglesia y que pone su obra en agradar a los hombres. No sabe nada de lo que es la Verdad en la Iglesia. No sabe obrar la Verdad, no sabe ser de la Verdad, no sabe guiar hacia la Verdad.

Francisco se sienta en la Silla de Pedro para invitar a la Iglesia a un camino que no es el de Cristo, que no conduce a la santidad de la vida, que no lleva el sello de la Verdad. Y, por tanto, Francisco se dirige, desde esa Silla, a la gente simple, a la gente que no tiene sentido de la vida espiritual, a la gente boba, que vive su vida de acuerdo a la inteligencia del hombre, según la sabiduría de los hombres, pero que no ha aprendido a discernir las palabras de los hombres en el Espíritu.

Francisco no habla una sabiduría que no es de este mundo, que no es de los jefes de este mundo, sino que habla la sabiduría que está condenada a perecer, la que crucifica a Cristo y a la Iglesia, porque es la propia de los hombres sin espíritu (cf. 1 Co 2, 6), que sólo hablan de lo que tienen en su mente humana, de lo que han conseguido con su razón humana, con su idea loca de la vida.

Francisco no habla de esa sabiduría entre los perfectos, porque él no busca la perfección, las obras santas en la Iglesia. Y, por tanto, no puede dar lo que no tiene, lo que no busca, lo que no ha aprendido nunca. Él da su vida de pecado en medio de la Iglesia, como algo que todos deberían seguir en la Iglesia. Y muchos se equivocan con Francisco porque viven la misma vida de pecado en la Iglesia. No saben ver a un hereje porque no saben ver sus mismos pecados que cometen en sus vidas. Y, por eso, quieren defender a Francisco como el Papa elegido. Y no se dan cuenta que quien eligió a Francisco para sentarse en la Silla de Pedro es el mismo que han elegido ellos para sus vidas : al demonio.

¿Por qué la Iglesia no llama Francisco con el nombre de hereje ? Porque vive en el mismo pecado que vive ese hereje. Quien vive en el pecado elige al pecador para que lo gobierne en la vida. El Espíritu Santo nunca pone a un hereje como Papa. Pondrá a un hombre pecador, pero que sabe reconocer su pecado y que llama al pecado con el nombre de pecado. El humilde ve su pecado y no hace propaganda de su pecado, sino que lo quita, lucha contra su pecado y no quiere que nadie lo sepa. Pero el soberbio manifiesta su pecado ante todo el mundo para que todos le den publicidad : « El sabio esconde su ciencia, la boca del necio anuncia la ruina » (Prov. 10, 14).

La misma Iglesia está haciendo propaganda de un hereje. Luego, está anunciando su misma ruina. La Verdad ha sido impedida en la Iglesia, ya no se escucha, ya no se dice por la boca de lo que son suyos. La Verdad, ahora la dicen otros, que no tienen nada que ver con la Iglesia, pero que son humildes en su corazón para ver la Verdad. Muchos de los que dicen que pertenecen a la Iglesia no es verdad, no pertenecen, sino que son maridaje con las obras del diablo y del mundo, que ha puesto su morada en medio de la Iglesia. Y muchos que están fuera de la Iglesia son las almas que llevan en el corazón la Iglesia y que ven la Verdad de todas las cosas en el Espíritu : « Y otras ovejas tengo que no son de este aprisco ; ésas tengo Yo que recoger, y oirán Mi Voz, y vendrá a ser un solo rebaño, un solo pastor » (Jn 10, 16).

Francisco enseña a pecar, porque esa es su vida, su obra, su dedicación en la Iglesia. Por eso, sus palabras son dulces en la Iglesia, porque agradable es el pecado. Sus palabras están llenas de mentira encubierta y eso las hace sabrosas para los hombres que, como él en su vida simple, pueblerina, están en la Iglesia para vivir su pecado, su endiosamiento en todas las cosas de la Iglesia.

Francisco, cuando habla, tapa la Verdad, la oculta, y eso hace sabroso su pensamiento ; porque así obra la persona necia, la persona sin inteligencia, la persona que se cree algo porque entiende algo con su mente humana : habla lo sabroso que ha conseguido con su inteligencia, pero ocultando la verdad, que no es sabrosa para su mente.

En el espíritu del mundo, los sabios son los que hacen el mal, los que hablan la mentira, los que ponen su vida como modelo para los demás. Pero, en el Espíritu de Dios, los sabios son los que obran las virtudes, los que enseñan las falacias de los discursos con la Verdad clara de la sabiduría divina, los que imitan la Vida de Aquel que es la Eterna Sabiduría, de Aquél que es, no sólo el Modelo para todo hombre, sino el Artífice de la vida de todo hombre.

Muchos, con Francisco, no se dan cuenta de que allí, en la Iglesia, desde la Silla de Pedro, se encuentra la muerte, se encuentra el engaño, se encuentra la desnudez de toda Verdad. No han caído en la cuenta de esto. No ven el camino hacia lo profundo del infierno que lleva Francisco a toda la Iglesia.

« Fuente de Vida es la boca del justo, pero la boca del malvado encubre la violencia » (Prov. 10, 11). Francisco no da lo que tiene en su corazón abiertamente, sino que se pone una careta, una pantalla de santidad, de justicia, de amor hacia el hombre y hacia los pobres. Le interesa estar con una máscara en su negocio en la Iglesia, porque no sabe romper con los dogmas que tiene la Iglesia igual que ha roto con el dogma del Papado.

Para quitar el Papado ha sido fácil. Sólo hay que sentarse en la Silla de Pedro y poner un gobierno horizontal con la sola decisión suya. Facilísimo. Y nadie se le vino encima, por la falsa obediencia a un Papa. Un verdadero Papa mantiene la verticalidad en la Iglesia, porque la Iglesia se sostiene sólo en Su Vértice. Pero la Iglesia se derrumba si se quita el Vértice.

El Vértice en la Iglesia es sólo el Papa. Los demás, abajo, por debajo, en obediencia al Papa. Y, por tanto, nunca puede darse un gobierno horizontal en la Iglesia. Nunca. Si se da, eso va en contra del dogma del Papado : « Tú eres Pedo y sobre esta Piedra » edifico lo demás, lo que está por debajo de esta Piedra, lo que nadie puede entender sino sólo Pedro.

La Sabiduría en la Iglesia sólo la tiene Pedro. A Pedro todos oyen. A Pedro todos obedecen. La astucia del demonio es poner un hombre que habla lo que el hombre quiere escuchar, para que amen a ese hombre como a su Salvador en la Iglesia, como a un santo, como a un justo, por el oficio que ese hombre tiene en la Iglesia.

Es triste ver cómo la Iglesia no tiene discernimiento espiritual, no vive de cara a Dios, no obra las obras de Dios, no ama con el amor de Dios. Y, por eso, se deja engañar de un embaucador de la Verdad, de uno que coge la palabra divina y la tuerce como quiere, la destroza con el aplauso de tantos embaucadores -como él- en la Iglesia.

Si pasa esto en la Iglesia es porque se lleva ya tiempo en el mismo juego. Esto no viene de ahora, es el fruto de un tiempo en que los hombres de la Iglesia sólo se han dedicado a mentir a toda la Iglesia. Los Papas en la Iglesia se ha dedicado a decir la Verdad, a obrar la Verdad, pero los que están abajo, los que deberían estar en obediencia al Papa, se han rebelado, y han puesto en la Iglesia lo contrario a lo que los Ellos decían.

La rebeldía y la desobediencia de muchos en la Iglesia al Papa es el fruto que vemos, hoy día, en la Silla de Pedro, en el que se sienta, ahora, en esa Silla. Francisco es el negocio de los rebeldes y desobedientes a Cristo en la Iglesia. Lo han comprado para que lleve a la Iglesia hacia su ruina. Lo han vendido para hacer entrar en la Iglesia el poder del mundo. Y lo han llevado a la cima para destronarlo como necio, que es. Porque Francisco no se da cuenta de lo que pisa sus pies, de dónde está parado.

La Iglesia, en estos momentos, pertenece al demonio. La Iglesia que se muestra en Roma. La verdadera Iglesia no se muestra en Roma, sino que está escondida en muchos corazones fieles a la Palabra y que no la cambian por más dulces, en sus palabras, que dé Francisco.

La falsa iglesia, que ya está revelándose al mundo en Roma, es sólo la del demonio y, por tanto, regida por los hombres que dan culto al demonio. Y esos hombres se ponen todavía la careta. Son sacerdotes, Obispos, fieles, que hablan bonito, pero que obran la maldad en la Iglesia. Sus caretas son fáciles de ver, porque la Verdad, aunque esté oculta, resplandece en ellos.

La Verdad ilumina la tiniebla. Nada está oculto cuando la Verdad da Su Luz. « No se pone una luz bajo la mesa », sino que se coloca encima para que dé la luz a todo el mundo. Cristo es la luz del mundo e ilumina a todo hombre, porque ha vencido al mundo, al demonio, a los hombres que sólo viven para pecar.

Con la Resurrección de Cristo, las cosas ya no son como antes. A Cristo lo mataron porque lo persiguieron a muerte y Él se dejó matar, por Voluntad del Padre. Pero la muerte de Cristo es la Victoria de la Vida sobre el pecado, sobre toda mentira, sobre todo engaño. Y ya no es posible para el demonio actuar como lo hizo con Cristo. El demonio tiene que ponerse una careta para ir en contra de la Verdad. Ya no puede ir abiertamente, porque la Luz de Cristo lo ilumina todo. La Verdad ilumina las caretas que se ponen los herejes, como Francisco, para que la gente vea que ese hombre no es de Dios, que debajo de esa careta, está la boca del demonio.. Ya nada hay escondido con la Resurrección de Cristo. Ya no se puede esconder la Verdad. Y la Verdad de Francisco es su pecado que ya no oculta, que ya lo obra sin más en medio de la Iglesia.

Por eso, Francisco tiene que hablar medias palabras, pero no sabe obrar en contra de la Verdad abiertamente, como lo hizo quitando el Papado. No tiene inteligencia, no tiene poder para eso, no le dejan. Eso se ve por las guerras internas que hay en su gobierno horizontal, las contradicciones de todos, la división que muestran ocho hombres que, también, tienen que usar la careta en la Iglesia.

Pero es tiempo de quitarse las caretas y que cada uno en la Iglesia elija el camino : o hacia el Cielo o hacia el infierno.

La Verdad sólo tiene una cara: la de Cristo. Francisco muestra muchas caras que no pertenecen a Cristo, sino que son su invento de lo que debería ser Cristo en el mundo de hoy. Y Cristo está por encima de todo tiempo, de toda historia de los hombres, porque es el mismo ayer, hoy y siempre. No cambia. No puede amoldarse a las modas de los hombres, a las culturas de los hombres, a la evolución del pensamiento de los hombres. La Verdad yace en un corazón humilde desprovisto de las bases y de los apoyos de los hombres, para vivir sólo la Obra Divina a la cual ha sido llamado desde toda la eternidad. La Iglesia es para los humildes que nunca cambian de careta, sino que siempre tienen el rostro de cristo en sus almas, en sus corazones y en sus espíritus.

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