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No se muere por una verdad del mundo, sino para dar la Verdad, que es Cristo.

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Infiltración en la Iglesia

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“Esteban, para merecer la corona que significa su nombre tenía la caridad como arma, y por ella triunfaba en todas partes. Por la caridad de Dios no cedió ante los judíos que lo atacaban, por la caridad hacia el prójimo, rogaba por los que lo lapidaban… oraba para que no fueran castigados” (San Fulgencio de Ruspe).

El martirio es el testimonio de la Verdad. Y la Verdad viene del Amor de Dios. Y aquel que no ama no puede llegar al martirio, no puede dar testimonio de la verdad, sino que dará testimonio de su mentira entre los hombres, como hace Francisco.

“Estemos cercanos a estos hermanos y hermanas que, como san Esteban, son acusados injustamente y hechos objeto de violencia de diverso tipo. Estoy seguro que, lamentablemente, son más numerosos hoy que en los primeros tiempos de la Iglesia. ¡Son tantos! Esto sucede especialmente allí donde la libertad religiosa no es todavía garantizada o no es plenamente realizada. Pero también sucede en Países y ambientes en los que sobre los papeles tutelan la libertad y los derechos humanos, pero donde de hecho los creyentes, y especialmente los cristianos, encuentran limitaciones y discriminaciones” (Francisco, 26 diciembre).

San Esteban murió por dar testimonio de Jesús: “Estoy viendo los Cielos abiertos y al Hijo del Hombre en pie, a la diestra de Dios” (Hch 7, 56).

Decir que veía a Jesús a la diestra de Dios, como participante de la soberanía divina, como Rey, era en los oídos de los judíos una blasfemia inaudita. Por eso, se taparon los oídos y como a blasfemo cogen a San Esteban y, sin hacerle un juicio, se lo llevan y lo apedrean. La muerte de San Esteban es la misma que la muerte de Jesús: los hombres no pueden escuchar la Verdad y, por tanto, se llenan de ira y de odio y acaban con aquella persona que dice la Vedad como es.

Francisco no dice esto en su homilía, sino que dice que hoy día hay muchos cristianos como San Esteban, que son acusados injustamente y son violentados de muchas maneras.

Esto no es decir la Verdad. Porque, en el mundo, sí hay mucha injusticia y mucha violencia, pero son muy pocas las almas que digan la Verdad y que den su vida por dar testimonio de la Verdad, que es Jesús.

Hay muchos hombres que mueren por sus mentiras en la vida, por sus negocios en la vida, por sus ideales en la vida, pero que no mueren por Cristo, porque no se ponen en la Verdad, no viven la Verdad, no obran la Verdad.

Para morir por Cristo no hay que fijarse en las violencias o guerras en el mundo, o que falte la libertad religiosa, o que no existan derechos humanos, o que hayan discriminaciones sociales, culturales, económicas, etc.

Para morir por Cristo, hay que morir por la Verdad, que es Cristo. No hay que morir por una injusticia humana ni por una discriminación social, ni por una falta de libertad en la vida. No hay que dar la vida por algo humano, por un ideal humano, por una obra humana. De eso está lleno el mundo.

Sólo hay que morir por la Verdad, hay que dar la Vida por la Verdad. Y de eso, está vacío el mundo.

“No me servirá nada de los atractivos del mundo, ni de los reinos de este siglo. Es mejor para mí morir (para unirme) a Cristo Jesús que reinar hasta los confines de la tierra. Es a Él a quien busco, a quien murió por nosotros. A Él quiero, a quien resucitó por nosotros. Mi nacimiento se acerca…” (San Ignacio de A. Rom. 6,1-2): El que da la Vida por la Verdad encuentra la salvación de su alma. Pero el que da la vida por un atractivo del mundo se condena en eso por lo que muere.

Hoy la Iglesia tiene miedo de decir la Verdad, ¿cómo va a dar su vida por Cristo? No puede. Francisco es un renegado de la verdad, ¿qué va a entender él del martirio, de los mártires, del sacrifico de la vida en aras de la verdad?

Francisco miente cada día, no se pone en la Verdad y, de seguro, que tiene muchas injusticias por parte de muchos, y habrá gente que le haga la vida imposible; pero, porque él no da la cara por Cristo, por la Verdad del Evangelio, entonces lo que pueda sufrir, lo que otros hagan o digan en contra de él, eso no le sirve de nada para ser mártir.

Hay que ser mártir de la verdad, no de la mentira. No hay que llenarse la boca diciendo que hay muchas injusticias en el mundo. Eso lo sabemos todos. Hay que predicar que existen almas que, en verdad, dan su vida y sufren sólo por amor a Cristo. No hay que predicar que existen en el mundo muchas personas que sufren muchas cosas injustas, pero que no son capaces de dar la vida por amor a Cristo, sino que sólo son capaces de morir pos su verdades, por sus mentiras, por sus engaños en la vida.

Morir por Cristo es una gracia que Dios no concede a nadie, porque supone un gran desprendimiento de todo lo humano para poder alcanzar esa gracia. Y los hombres no están por esa labor de vivir luchando contra los pecados, contra los hombres, contra el mundo, contra el demonio, contra la carne, porque sólo así se consigue esa gracia del martirio: “Te bendigo por haberme juzgado digno, en este día y en esta hora, de ser contado entre el número de tus mártires… Has cumplido tu promesa, Dios de la fidelidad y de la verdad. Por esta gracia y por todo te alabo, te bendigo, te glorifico por el eterno y celestial Sumo Sacerdote Jesucristo, tu Hijo amado. Por Él que está contigo y con el Espíritu, te sea dada gloria ahora y en los siglos venideros. Amen “(San Policarpo, Mártir 14, 2-3)

Francisco llama mártires a la gente cristiana del mundo: “son más numerosos hoy que en los primeros tiempos de la Iglesia. ¡Son tantos!”. Se ve que no ha comprendido la verdadera injusticia, la verdadera persecución, la verdadera muerte del que sigue a Cristo. Si hubiera tanto que dan su vida por Cristo, entonces la vida de la Iglesia sería muy diferente a lo que vemos. Y la paz estaría en muchos corazones. Y habría caridad y fe en muchas almas. Pero la realidad es otra, totalmente opuesta.

¿Qué puede predicar un hombre que en su mensaje navideño al mundo no enseñó lo que es el espíritu de la Navidad al mundo? Sólo se dedicó a pedir por la paz en el mundo, como si la paz fuera el mensaje de Cristo al nacer en Belén, como si la paz fuera el centro de la Navidad, como si el estar en paz fuera lo que el Señor quiere en Navidad.

Si Francisco no sabe ver de dónde viene la paz, cómo conseguirla, entonces tampoco sabe ver dónde está la verdadera Justicia, que hace mártires de Cristo.

La paz es una virtud que se deriva de la Justicia. Si no hay Justicia, pero la divina –no la humana-, entonces siempre el hombre vive la injusticia en su vida, en la familia, en la sociedad, en cualquier cosa que haga. Hay que practicar la virtud de la Justicia, que es un don de Dios al alma. Dios da ese don al hombre que lucha por quitar el pecado en su vida.

Cuanto más el hombre se aleje del pecado, más obra la Justicia y, por tanto, más paz hay en su vida.

Pero si los hombres viven en sus pecados, entonces están llenos de injusticias. Y sufren por estas injusticias, pero no son mártires del amor a Cristo, porque no pueden obrar la paz en sus vidas.

El martirio es una obra de la paz del corazón. El alma va hacia el martirio en paz, no con temor, no con miedo, no con dudas. El alma predica la verdad y se pone en la paz del corazón para dar su vida por esa Verdad. Y muere en paz: muere pidiendo perdón para sus verdugos, como lo hizo San Esteban. Muere sin injusticia, sin odio en su corazón, porque está lleno del amor que le da la verdad en el corazón.

Francisco nunca va a dar una enseñanza de la verdad en ninguna de sus homilías, una enseñanza para el alma, para el corazón, porque todo en él es ideología humanista, comunista, política, cultural. Es un hombre de la sociedad y para la sociedad. No es un hombre de la Iglesia, que hable la santidad, que enseñe a ser santos, sino que destruye lo sagrado, lo santo, lo divino, lo glorioso, lo celestial, con su boca de mentira. Sólo enseña a ser amigo del mundo y a vivir para las cosas del mundo.

Un hombre que pone un velo a lo sagrado para dar lo profano, lo mundano en la Iglesia. Y así hace de la Iglesia la apertura a lo moderno, a las modas, a los pensamientos de los hombres.

Francisco hace de la verdad su moda en la Iglesia, es decir, corrompe toda la Verdad dando culto a la mentira, poniendo la mentira, el engaño, por encima de la verdad. Y asi hace su evangelio, su religión, su iglesia. Y nadie le dice nada, sigue diciendo herejías como si nada. Y eso es la señal de que en la Iglesia todo está al revés, que ya no hay una cabeza que ponga orden en este desastre que vemos. Y, por tanto, si no hay orden, no hay paz entre la Jerarquía de la Iglesia y entre los fieles de la Iglesia.

Hay guerras internas en todos los sitios porque sólo se lucha -en la Iglesia- por la verdad, por el ideal de cada uno, pero nadie da la vida por Jesús, nadie hace caso a la Palabra de la Verdad, nadie sigue al Espíritu de la Verdad. Luego, se llega a una situación insostenible, en que ya no hay retorno.

Situación que tiene que acabar mal para toda la Iglesia. Donde no hay Verdad no hay paz, hay guerras, hay luchas, hay injusticias, porque se vive amando el pecado y obrando el pecado.

El mártir es aquel que da la vida por la verdad del Evangelio, no el que da la vida por la verdad del mundo o del hombre o de sus obras o de su ciencia. No es el mártir aquel al cual le quitan la vida, sino aquel que con su obra ha sido testigo, ha dado testimonio de la Verdad, que es Cristo.

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2 comentarios

  1. José M dice:

    Amen al articulo. Amen, amén. Estoy hasta las narices del discurso “buenista”. Y encima lo que son es fabricantes de pobreza con su filosofía comunista. Tal vez por eso son filo-comunistas: para fabricar aún más pobres a quienes luego contar bonitos discursos.

  2. josephmaryam dice:

    Para el que desee ver el articulo original de Salvador Sostres: http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/guantanamo/2013/12/27/el-papa-de-los-pobres.html

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