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Segundo sello: la ruina de la Iglesia

Virgen de Guadalupe

Corazón de Jesús

El Gran Milagro

Infiltración en la Iglesia

El Reino de la Paz

cabalorojo

“Y cuando abrió el segundo sello, oí al segundo de los seres vivientes, que decía: Ven. Y salió otro caballo, rojo, y al que montaba sobre él le fue dada orden de quitar la paz de la tierra, y que unos hombres a otros se degüellen, y le fue dada una gran espada” (Ap. 6, 3).

El Tiempo ha comenzado para distribuir en la Iglesia la Justicia.

El caballo rojo ha salido para matar y aniquilar toda herejía en el mundo y en la Iglesia. Es un caballo montado por un jinete que da al mundo la batalla contra el error; y da a la Iglesia la batalla contra la herejía.

Error y herejía son cosas diferentes. El error siempre está en el mundo, porque no puede tener la Verdad. La Verdad sólo está en la Iglesia. Fuera de Ella, la mentira, el error, el engaño, la falsedad, la vida para muchas cosas que no son de Dios.

El error nunca es un camino en la vida, sino una negación de la vida. Quien vive en el error vive en la muerte, vive para la muerte, vive haciendo de su vida una destrucción, una ruptura, un decaimiento en todos los sentidos.

Sólo echar una mirada al mundo para comprobar la muerte en todas partes. Los hombres luchan por un poco de vida y no quieren morir. Los hombres obran vidas para su felicidad y su placer y no se dan cuenta que están muertos en esas vidas. Muchas personas dicen que están vivas, pero sólo son en la apariencia: en sus corazones, en lo más íntimo de sus almas, ven un vacío, sienten una muerte, viven de una oscuridad que no puede quitar.

El mundo vive en su muerte de la cual no puede salir. Y el caballo rojo sale para combatir ese mundo muerto y darle la Justicia de Dios que se merece por sus pecados. Sus pecados son su muerte. Son pecados que no pueden quitar, que no pueden ver, que no saben llamarlos como pecado. Son sus bienes, son sus vidas llenas de muerte, que sólo conducen a la muerte.

Pero la Iglesia no es el mundo, porque en Ella está la Vida que triunfó sobre la muerte, que aniquiló la muerte, que dio paso al camino de la Verdad.

Sólo la Vida trae el camino de la verdad. La muerte lleva al error y al pecado.

Sólo la obra de Cristo, su Obra Redentora, pone al hombre en la Vida y, por tanto, en la Verdad. Y, cuando el hombre se pone en la Verdad, entonces obra el Amor Divino en todas las cosas.

No se alcanza el Amor sin la Verdad. Y no hay Verdad sin Vida.

“Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida”: Jesús es la Vida, pero da al hombre Su Camino para llegar a Esa Vida.

Ese Camino es el mismo que Él obró en su vida humana: la Cruz.

La Cruz es una Obra, no es un signo, una señal, un símbolo, un recuerdo, una memoria del pasado.

La Cruz es la Obra de la Palabra del Hijo. Es la Obra de la Verdad, que es Jesús. Jesús es sólo la Verdad. Su Palabra es Verdad.

Pero Su Palabra no es como la de los hombres, que se quedan en sus ideas, en sus razones, en sus límites, en sus visiones.

La Palabra de Jesús es una Obra. Y, por eso, quien lea el Evangelio y ni lo obre, es que no ha escuchado en su corazón esa Palabra y no tiene fe, no puede obrar la Palabra. La Fe es una Obra: es obrar lo que ese escucha de Dios. Muchos leen y leen las Sagrada Escritura, pero no la escuchan en sus corazones, sino que la trituran con sus mentes y, entonces, crecen sólo en su soberbia, se creen que saben cosas de Dios, pero no saben nada ni pueden obrar la Voluntad de Dios por su falta de fe en la Palabra.

Jesús pone al hombre la Cruz para que llegue a la Verdad, que es Él. Sólo aquella alma que se crucifica, que renuncia a todo lo humano, a todo lo mundano, a toda lo material, por alcanzar el objetivo de su vida, que es el amor de Dios, entonces llega ese fin, posee ese fin, y hace de ese fin su camino en la vida.

Los hombres se contentan con sus amores en la tierra y descuidan el amor de Dios. Y llaman amor divino a sus engendros en la vida, a sus connubios en la vida, a sus negocios en la vida.

Para ser de Cristo no hay que ser de la vida de los hombres, porque Cristo nos da Su Vida, la Suya, la que Él posee siempre y la que nadie tiene por derecho propio.

Estar en la Iglesia es una gracia d Dios, no es un merecimiento para ningún hombre. Pertenecer a la Iglesia es una Voluntad de Dios, no es un querer humano.

Dios nos ha creado sin nuestra voluntad. Dios nos ha amado sin merecerlo nosotros. No hemos escogido el nacer ni tampoco escogemos el morir. El hombre no se posee a sí mismo, tiene bajo sus pies un abismo, un precipicio. Y sólo es sostenido por la gracia de Dios, por el don de Dios. Y Dios sólo quiere del hombre su voluntad libre, su sometimiento, su dependencia a Él. No quiere otra cosa del hombre. No le interesa nada de la criatura.

Dios nos ha hecho libres sin que nosotros se lo pidamos. La libertad es un don de Dios, no es una conquista del hombre. El hombre no fue preguntado por Dios si quería nacer, si quería ser libre. El hombre fue puesto por Dios para que obrara un designio divino en su vida, para que hiciera de su vida una alabanza a su Creador.

Y el hombre se apartó de esa gracia, de ese don, de ese designio y, por eso, nace en la muerte y para la muerte.

Y el que el hombre, en la muerte, en su pecado, encuentre a Dios es sólo una gracia, no es un merecimiento de nadie. Nadie tiene derecho natural a salvarse, sino que todos estamos condenados desde que nacemos, desde que somos engendrados.

Si el hombre se salva es sólo una gracia, un don de Dios, no algo que el hombre merezca por sus esfuerzos en la vida.

Y, por eso, pertenecer a la Iglesia nadie lo merece, porque nadie merece salvarse. Todos nos merecemos la condenación.

Y si se está en la Iglesia es para una obra divina que el Señor quiere de cada alma. No se está en la Iglesia en un lugar cómodo, diciendo que creemos en Dios, en Jesús, en la Virgen, y haciendo unas cuantas cosas para dar testimonio de nuestra mentira en la vida.
Se está en la Iglesia para una obra de la Verdad, una obra de Jesús, una obra que Jesús quiere de cada alma. Pero los hombres están en la Iglesia para divertirse y hacer de este Templo Sagrado el culto a Satanás.

Por eso, el caballo rojo sale a castigar a la Iglesia, porque no ha sido fiel a la gracia que Jesús le ha dado.

La Esposa de Cristo, Su Iglesia, ha fornicado durante 50 años con el demonio. De Ella han nacido anticristos. Francisco es uno de ellos. No es un hijo de Dios, es un hijo del demonio.

Cada alma en la Iglesia que no sigue el Espíritu de Cristo, tiene que seguir, necesariamente, el espíritu del anticristo.

El espíritu del anticristo nace en la misma Iglesia, no nace en el mundo. En el mundo está el espíritu del error, el espíritu del engaño, el espíritu de lo profano. Pero en la Iglesia sólo está el Espíritu de Cristo. Pero toda alma que no siga a ese Espíritu, queda poseída por el espíritu contrario, y obra en la Iglesia, dentro de la Iglesia, con ese espíritu del anticristo.

“De nosotros salieron, pero no eran de los nuestros” (1 Jn 2, 19). Francisco salió de la Iglesia, pero no tiene el Espíritu de Cristo, sino que está regido por el espíritu del anticristo. Y la razón: por no ser fiel a la gracia, al don de Dios sobre su vida, sobre su libertad. No se sometió a Dios y, por eso, no se sostuvo en pie, en la verdad, delante de Dios.

Y, como Francisco, muchos sacerdotes y Obispos, infieles a la gracia, desposeídos de la Verdad por unirse al demonio en sus vidas.

El caballo rojo ha salido para combatir a tantos sacerdotes, Obispos y fieles de la Iglesia, que han salido de la Iglesia, pero que sólo poseen el espíritu del anticristo. Y lo demuestran en sus obras, no en sus palabras.

Todo aquel que obre el pecado no pertenece a Dios. Obrar el pecado es obrar, dentro de la Iglesia, no sólo el error, la mentira, el engaño, la falsedad, sino que es oponerse a la Verdad.

Todo aquel que en la Iglesia, dentro de Ella, se oponga a la Verdad, no es de Cristo. Jesús es sólo la Verdad. El anticristo es sólo lo opuesto a la Verdad.

Son las obras las señales claras del espíritu del anticristo. Por eso, todo el mundo quedó engañado con Francisco. Sólo veían sus palabras. Sólo se detenían en sus palabras, pero no veían sus obras.

Y Francisco obró la maldad nada más salir al balcón cuando fue elegido. Pero, como los hombres de la Iglesia ya no son fieles al Espíritu de Cristo, no ven el engaño en un hombre revestido de falsa humildad, de falsa pobreza, de falsa compasión.

No se ve la obra del mentiroso porque se vive como él, en la mentira. Francisco fue muy astuto con toda la Iglesia, porque bien sabe él cómo está la Iglesia: podrida. Y se aprovechó de eso, para inocular su maldad en la Iglesia.

Francisco ha sembrado la división en toda la Iglesia. Es lo que vemos en todas partes. Se ha dividido la Verdad. La Verdad, en la Iglesia, es sólo Pedro. Se puso dos cabezas en la Iglesia. Y, entonces, se quitó la Verdad. Y, Francisco, ha puesto ocho cabezas. Su obra es su pecado. Sus palabras confirman su obra de pecado. Pero lo que interesa en un anticristo son las obras, no sus palabras.

Y nadie sigue atendiendo a esa obra de pecado que ha hecho Francisco y, por eso, viene lo peor: se acaba Pedro en la Iglesia. No hay más Pedros, no hay más Papas. No hay Papado. Es lo que nadie quiere entender, pero es lo que viene, porque es la obra de un anticristo, que está puesto para destrozar la Verdad en la cabeza de la Iglesia.

Ya no hay paz en el interior de la Iglesia. Navidades sin paz, sin descanso, sin amor.

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1 comentario

  1. Juan Pablo dice:

    Es muy importante tener el teléfono celular, y más si se es pobre, con mucho crédito, para salvarse…. a sí como para poder tomar el subte o el metro……
    Los regalos navideños de Francisco!!:

    http://www.elmundo.es/internacional/2013/12/14/52ac7abc22601d8d1c8b4579.html

    Nunca un Pesebre o algo con el verdadero espíritu navideño trascendente.

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