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La Iglesia está podrida en Roma

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“Un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo” [Eph. 4, 5].

Para tener fe no basta con hacer un acto de fe una vez en la vida, sino que la fe es un acto de cada día, de cada segundo. No se puede tener fe hoy y mañana no tenerla.

La fe es algo continuo, es algo que permanece, porque lo que Dios da no lo quita. Pero se puede perder por el pecado del hombre.

Aquellos que quisieran tener más fe en sus vidas y hacen actos de fe para eso, trabajan mal, hacen mal. Porque la fe crece con la obra de la fe, no haciendo actos de fe.

Quien obra su fe camina en la fe y llega a la cumbre de la fe. Pero quien no obra su fe, entonces no camina y languidece en su vida espiritual. Tiene una luz que se va apagando, hasta que llega un momento en que desparece.

Quien vive su fe no mira al mundo, no le interesa el mundo, no hace caso de las modas del mundo.

Quien vive su fe, combate contra los pensamientos de todos los hombres, porque nadie piensa de acuerdo a la fe.

La fe es un Pensamiento Divino sobre todas las cosas. La fe no se adquiere pensando la vida, sino sometiendo la razón al Pensamiento de Dios.

A los hombres les cuesta comprender este punto porque son racionales: todo lo quieren medir con su inteligencia humana. Y la fe no se mide con la razón, sino que se obra con el corazón.

La fe no es para abarcarla con la razón, con la ciencia, con la técnica. La fe es para vivirla, para obrarla, para darla a conocer a los demás para que también la vivan y la obren.

Por eso, sólo es necesario predicar la Palabra de Dios. No hace falta más en la Iglesia. No hay que hacer obras humanas para dar a entender que se cree. Quien cree en la Palabra, obra lo que quiere esa Palabra en su vida y en la Iglesia.

Pero quien no cree en la Palabra, se dedica a hacer tantas cosas en la vida, en la Iglesia, y no hace nada.

“Marta, Marta, estás inquieta y preocupada por muchas cosas, pero sólo una es necesaria. María ha escogido la mejor, y nadie se la quitará” (Lc 10, 42).

Hay que estar a los pies del Señor escuchando Su Palabra. Eso es lo único necesario para, después, hacer las obras que enseña esa Palabra.

Es necesaria un fe que escuche a Dios. Es lo que no existe en la Iglesia.

Nadie escucha a Dios en su corazón. Todos se escuchan a sí mismos, a los otros, al mundo, pero no a Dios.

La fe no es escuchar al hombre, lo que dice. Es escuchar la Palabra de Dios.

Y si un hombre, un sacerdote, un Obispo, cuando predica, cuando habla, no da la Palabra de Dios, entonces no se le puede escuchar, no se le puede seguir, no se le pude obedecer.

El Pastor de la Ovejas sólo da la Palabra de Cristo, no da palabras humanas a sus ovejas, no obra cosas humanas en la Iglesia, no vive humanamente su ministerio sacerdotal.

Si el sacerdote sólo se mira a sí misma, entonces sólo se escucha a sí mismo y no puede guiar a ningún alma hacia la verdad, hacia la salvación y la santificación.

Las ovejas no tienen que escuchar a un hombre, sino a Dios en ese hombre. Y si ese hombre no da a Dios, a ese hombre se le desprecia, se le enfrenta, se le persigue, se le amonesta, se le corrige.

Esto es lo que nadie hace con Francisco. Y, entonces, toda la Iglesia peca, al oír a un hombre que miente en su ministerio en la Iglesia y que obra la mentira con el aplauso de todos.

El pecado de la Iglesia, en estos momentos, es callar ante un hereje. Es un gravísimo pecado.

Cuando consta evidentemente que un sacerdote, un Obispo, un cardenal es hereje, hay obligación moral de denunciarlo siempre, si no se cae en el pecado.

Francisco está sembrando por todas partes el error, el engaño, la falsedad y, por eso, debe ser evitado, debe ser castigado: “decretamos que todos los que se adhieren a los asertos de tal error, ya que se dedican a sembrar por todas partes las más reprobadas herejías, como detestables y abominables herejes o infieles que tratan de arruinar la fe, deben ser evitados y castigados” (V CONCILIO DE LETRAN [De la Bula Apostolici regiminis (SESION VIII), de 19 de diciembre de 1513]).

Pero la Iglesia, hoy día, no castiga a los herejes, sino que castiga a las almas que cumplen la Voluntad de Dios. Eso es signo de que la Iglesia no es la de Jesús.

En Roma ya hay otra iglesia, que no tiene nada que ver con la de Jesús. Pero lo más triste es comprobar que nadie se ha dado cuenta del engaño. Nadie. Muy pocos saben discernir lo que pasa en Roma.

En Roma, desde hace 50 años pasan cosas muy raras, que pertenecen a hombres que ya no dan culto a Dios, sino al demonio.

Pablo VI murió sin que nadie se diera cuenta. Lo quitaron de en medio y, en el funeral, era otro, un doble. A Juan Pablo I lo asesinaron porque les salió mal la jugada. No era él el que debía salir. Juan Pablo II murió envenenado: ”Juan Pablo II… Volvió a casa prácticamente cinco años antes de lo previsto. La verdadera causa de su muerte es la Gota… enfermedad a la cual se llega a través del envenenamiento del agua. Envenenamiento que viene efectuado en pequeñas dosis para que no queden trazas” (Jesús a Conchiglia 25 de abril de 2008).

Francisco es el hombre inicuo que se sienta, ahora, sobre el trono de Pedro.

Un hombre aclamado por la una Iglesia ciega, porque no ve las cosas que son de Dios, las cosas divinas, santas, sagradas, sino que sólo está atento a lo moderno, al mundo, al hombre, a lo material de la vida.

Sacerdotes entregados al poder y a la riqueza que hacen caminar a la Iglesia por esos caminos, contrarios a los mandamientos de Dios.

Es una Iglesia a la deriva, que ya no navega hacia la Verdad, hacia el centro del Amor, hacia la Vida Eterna.

Y va a la deriva sólo por sus Pastores, por tantos sacerdotes, Obispos, Cardenales, que ya no son lo que parecen exteriormente. Se visten como sacerdotes, pero son lobos, son panteras, son demonios, que viven su mentira en la Iglesia, dentro de la Iglesia, pero que ya no son la Iglesia.

Están dentro, porque están en Roma, pero son de una nueva iglesia, que han formado para aniquilar la verdadera Iglesia.

No tienen Espíritu Santo, no tienen la Luz de Dios, y las almas los siguen como guías sin luz, ciegos para el bien, sólo con ojos para hacer el mal.

Estos sacerdotes, estos Obispos no pertenecen a la Iglesia. No han sido llamados por Dios a Su Iglesia, sino que han entrado por otra parte y se han vestido de sacerdotes para engañar a toda la Iglesia.

Son hombres inicuos que siguen al demonio y que entregarán al Anticristo la nueva iglesia que se levanta en Roma.

Todos esos sacerdotes y Obispos están presentando una doctrina que lleva almas y almas al infierno. Una doctrina que es contraria a la de Cristo, que toma verdades del Evangelio, del Magisterio de la Iglesia, de los Santos, para tergiversarlas y dar a conocer sus mentiras.

Jesús sólo tiene una Palabra, no tiene un conjunto de palabras humanas, no tiene un libro que contenga muchas palabras humanas, muchas explicaciones a Su Palabra.

Sólo las ovejas de Cristo, que escuchan la Palabra de Dios, siguen al Buen Pastor, porque “conocen su Voz” (Jn 10, 4); pero las almas que no son de Cristo, sólo siguen a los lobos, a los ladrones, a los imitadores del Buen Pastor, porque no escuchan la Voz de Cristo, han perdido la fe, ya no tienen fe en la Palabra de Dios.

¡Cuántas almas con una venda en los ojos siguiendo a Francisco y los suyos! No hay fe en la Iglesia. La Iglesia no escucha al Buen Pastor, a Cristo Jesús, sino que da oídos a los mentirosos, a los mentecatos, a lo necios de corazón.

“Si el mundo supiera como me han tratado dentro de la Iglesia. En televisión y en los periódicos veían Sacerdotes… Obispos y Cardenales todos atentos alrededor de mí con mil atenciones. Era sólo apariencia. Habría querido gritar y desmentirlos a todos pero no podía dar escándalo y así asustar y hacer alejar a los fieles de la Iglesia. He tenido que padecer humillaciones sobre humillaciones. Me han perseguido cada momento. Los tenía a todos a mi alrededor sólo porque me controlaban de cerca. Cada paso y movimiento mío era controlado” (01 de julio de 2010 – Juan Pablo II a Conchiglia).

Es muy serio lo que está pasando en Roma y nadie quiere discernir nada. Es terriblemente cierto que ya nada en Roma es lo que parece. Todo se ha vuelto una pantalla, una cortina de humo. Sólo se ve lo que ellos quieren que se vea. Lo demás, ya nada interesa.

Si han tratado de esta manera a los Papas, ¿qué no habrán hecho con los demás: sacerdotes, Obispos, fieles, en la Iglesia, que se han opuesto, como Juan Pablo II, a esa raza maldita del demonio?

La Iglesia está a un paso de las catacumbas. Tiene que destruirse esta iglesia de pecadores, que sólo viven en sus pecados y dan culto a sus pecados. Y tiene que nacer una Iglesia renovada en el Espíritu, que sólo busque la santidad, lo sagrado de la vida, lo divino en todas las cosas.

Llegan tiempos de muchos sufrimientos, de muchas oposiciones, de muchas rebeldías en Roma y fuera de Roma.

La Iglesia remanente sólo será de pocas almas. Las demás quedarán oscurecidas en la vorágine que viene a Roma y al mundo.

“Mi Iglesia, que está podrida por dentro, va a ser renovada en breve sin ninguna vacilación. Serán los primeros en caer los potentes que están en lo alto para ordenar, mientras Mi Hijo Pedro… Asiste, a las ruinas, impotente y cansado… oh Mi Pedro… Cómo eres humillado y vilipendiado, te hacen pasar por viejo y cansado en tu decir. Por el contrario eres un muchacho dentro del corazón dentro de un cuerpo que ha hecho su deber”( 10 de abril de 2001 Jesús).

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1 comentario

  1. Claudia dice:

    Ya me parecía extraño q Pablo VI después de “haber participado en el CVII” En lo q termino dijera q el humo de Satanás se había infiltrado en la Iglesia …:S

Los comentarios están cerrados.

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