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Francisco: ambigüedad, utopía y comunismo

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El reinado de Francisco en Roma son tres cosas fundamentales: ambigüedad, utopía y comunismo.

Estas tres realidades son desde el principio, desde que fue elegido falsamente por lo Cardenales.

Francisco ha sido elegido lícitamente por la ley de la Iglesia, según los cánones del derecho de la Iglesia, pero de una forma inválida por la ley divina. Por tanto, no es el hombre que profetiza San Francisco que se eleva al Pontificado para llevar a muchos al error.

Ese hombre es el que sustituye a Francisco de una forma ilícita e inválida.

Francisco es el primero de muchos que pasarán por el gobierno comunista de Roma para imponer la doctrina del demonio al mundo, formando una nueva iglesia, una falsa iglesia.

Francisco, en su reinado desdichado en Roma, es un hombre que no sabe gobernar, que no tiene las ideas claras de lo que es estar en una cabeza para poner una guía a las almas en la Iglesia. Eso se ha visto desde el principio de su elección. Eso es claro para que el que tenga dos dedos de frente.

Francisco comenzó su reinado como falso profeta, es decir, engañando con la palabra a toda la Iglesia. Pero su profecía falsa no viene del espíritu, sino de su cabeza, porque él no cree ni siquiera en la existencia del demonio. Él habla del demonio y del pecado pero como entes no reales, sino que están en la imaginación o en la cabeza de muchos.

Francisco sigue los pasos de idealismo, es decir, todo es fruto de la mente del hombre. El hombre se inventa la realidad de todo lo que ve. La verdad está en la mente y eso, después, se transforma en algo real.

Pero el problema de este idealismo de Francisco es que no es como el de Kant o el de Hegel, sino que es utópico, es decir, son ideas que son imposibles de poner en la práctica, en la realidad. Kant, en su idealismo era un hombre práctico en su vida. Francisco no. Francisco vive su vida y predica una utopía, un idealismo que no siquiera él sigue, porque no puede.

No se puede decir que hay que dar de comer a mil millones de personas. Eso, no es sólo un idealismo, sino una utopía. Escandalizarse porque haya hambrientos en el mundo es de personas utópicas, que no ven el mundo en su realidad, como es, sino que lo ven en su pensamiento, en su idea. Y, por tanto, estas personas, para poner un camino a su utopía, lo hacen con una idea absurda, imaginaria, falsa, una fábula: piden dinero para ayudar a toda la humanidad.

Si todo consistiera en pedir dinero, entonces fácil es quitar el hambre en el mundo. Esto lo ven todos, menos él.

Francisco está obsesionado, no por lo pobres, sino por el dinero. Una persona inteligente pone un camino inteligente para resolver un problema económico. Pedir dinero no es camino para nadie en el mundo. Los políticos piden dinero, pero de otra forma, mediante impuestos, etc. Pero no piden dinero sin más. Piden dinero inteligentemente, es decir, con malicia, para su avaricia.

Francisco es el único que pide dinero sin más. Es su utopía, que nace de su comunismo o humanismo.

El humanismo de Francisco es sólo su comunismo, su querer poner en común todos los bienes de los hombres para resolver sus problemas humanos. Así piensa todo comunista en la mente, en la razón, en la filosofía. Después, en la práctica, es otra cosa, como la experiencia nos enseña con Rusia.

Francisco no presenta a un Jesús Redentor, con una Obra Redentora en la Iglesia. Hace mucho Francisco dejó de creer en la Divinidad de Jesús. Por tanto, sólo puede hablar de Jesús en su realidad histórica, humana, natural, carnal, pero no espiritual.

Para Francisco Jesús es una memoria del pasado, en la historia, que hay que hacerla actual, hay que modernizarla, hay que obrarla en este mundo de hoy, siguiendo las coordenadas del mundo, de los hombres. Por eso, para él la interpretación del Evangelio es según la cultura, la ciencia, la filosofía que predomine en el mundo o ente los hombres. No se puede interpretar el Evangelio según el Espíritu de Cristo.

Por eso, en un mundo con problemas económicos, Francisco acomoda el Evangelio según las necesidades materiales de este mundo. Y, por eso, pide dinero y dice que la Iglesia está para dar solución a los problemas de los hombres en sus vidas humanas.

Para Francisco, al anular la Obra de la Redención de Jesús, sólo se puede dar la obra humana de ayudar y de resolver problemas humanos.

Para él la vida no es una elección: cielo o infierno, Dios o demonio, gracia o pecado, verdad o mentira.

Para Francisco la vida consiste en que los hombres vivan bien humanamente y tenga de todo en sus vidas. Que los hombres puedan desarrollarse, crecer para lo humano, pero no para lo espiritual. Lo espiritual, para él, es un ideal, pero no una vida. Es algo que todos los hombres tienen en sus vidas: cada uno cree en su dios, vive una vida religiosa, tiene su moral o es amoral, etc. Cada uno vive en su mente una forma de adorar a Dios y de buscarle. Pero la vida, para él, no es eso. Sino que la vida es lo humano, buscar el reino del hombre en la tierra.

Francisco cae siempre en lo de todos los fariseos en el tiempo de Jesús, que esperaban a un Mesías humano para un Reino humano.

Por eso, Francisco anuncia al Anticristo, precede al Anticristo, que será un Rey humano para un reino o gobierno de hombres en el mundo.

Francisco nunca va a predicar el Reino de Dios en la tierra, porque ni siquiera cree en la Iglesia.

Por eso, Francisco, como falso profeta, tiene un lenguaje ambiguo, doble, de muchas palabras que no dicen nada, que no llevan a nada. Palabras sencillas, pero para bobos, para palurdos, para gente que no sabe nada de la vida. No son palabras sencillas que nacen de una sabiduría, de una inteligencia. Son palabras de una persona inculta, ignorante de todas las cosas, aun las más mínimas de la vida. Sólo le interesa en ese discurso ambiguo su vida humana, su bienestar en la vida humana. Por eso, tiene que predicar que Dios es amor y que ama a todos y que salva a todos. Pero nunca pone un camino para salvarse, para tener misericordia, para quitar el pecado, etc. Sólo va a lo que le interesa: hagan un bien humano y ya se salvan. Como todos los hombres somos muy buenos, Dios nos salva por nuestras obras buenas humanas.

Francisco cae en todas las herejías. No tiene una en que no caiga. Las pose todas, pero como no las fundamenta en algo filosófico o teológico, entonces la gente no cae en la cuenta de la herejía.

Sus herejías las pone en obra sin más, sin pensar, porque así vive desde hace mucho tiempo. Vive para su mentira, porque su mentira es su verdad.

Y, por eso, tiene que dar a la Iglesia un camino de mentira y de pecado, porque es lo que vive. Pero lo malo en la Iglesia no es tener a este hombre. Lo malo es que la Iglesia lo sigue, es decir, no se enfrenta a su ambigüedad, a su utopía, a su comunismo. Esto es lo preocupante para toda la Iglesia.

Si la Iglesia tuviera un poco de fe, si las almas que están en la Iglesia supieran discernir sus vidas a la luz del Evangelio, entonces la cosa sería de otra forma con Francisco. Pero todos le siguen el juego. Y eso es la ruina de la Iglesia. Quien sigue a un hereje, se hace hereje.

Ahora todo en Roma consiste en una predicación para el hombre: “la trata de personas es un crimen para la humanidad”, “hay que amar y proteger la creación”, “es necesario tener una fe religiosa en nombre de la humanidad”, etc. Todo consiste en lo opuesto a la Obra de la Redención de Jesús, que vino a salvar y a santificar. Y, por tanto, no hizo una religión para la humanidad, sino que hizo una Iglesia para cada alma.

El bien que hay que hacer al otro es sólo un bien concreto. El prójimo es una persona, no es la humanidad. Este es el fallo del humanismo de Francisco. Francisco no ve a la persona, sino a la humanidad.

Jesús sólo ve a cada alma, a cada persona en particular. Y pone a cada uno un camino para salvarse y santificarse.

A Francisco no le interesa la persona, sino la humanidad. Eso es lo propio del comunismo. Por eso, él habla de una fe para la humanidad, de un amor para la humanidad. Hay que creer en el hombre, hay que amar al hombre en general. Está cayendo en su utopía, porque es imposible amar la humanidad.

Jesús nunca amó a la humanidad, sino que ama a cada hombre en particular, y hace una Iglesia para cada hombre, para cada alma. Y nos une a todos en Su Iglesia, pero en el Espíritu, no en lo humano. En el amor del Espíritu, no en el amor de los hombres.

Francisco quiere unir a todos los hombres según su ideal, que es una cosa totalmente ambigua, sin sentido. Francisco nunca va al problema espiritual del hombre actual, sino que se esfuerza por resolverlo todo según lo humano y acudiendo a los hombres. Por eso, sólo tiene bellas palabras sobre los problemas de los hombres, pero no da una solución concreta a nada.

No da la solución de Cristo: ¿tienes hambre? Quita tu pecado. ¿Hay guerras en el mundo, drogas, armas, maltrato social, etc? Que cada uno quite su maldito pecado. Y todo se soluciona.

Pero esta solución, que es la doctrina de Cristo, que es la Vida de Cristo, no es lo que predica Francisco.

Jesús vino a cargar con los pecados de los hombres, no vino a dar de comer a nadie, no vino a solucionar los problemas de las drogas, de la mafia, etc. En la Iglesia no hay que esforzarse por dar solución a los problemas de los hombres.

En la Iglesia estamos para ser víctimas y así salvar y santificar las almas. Jesús vino a ser mártir, a dar Su Sangre por los hombres. Nuestra fe se apoya en una Sangre Divina derramada para salvar y santificar. Nuestra fe no se apoya en un vago ideal de amor hacia la humanidad, como es la que presenta Francisco.

Toda su predicación es sólo eso: “los cristianos reconocemos el rostro de Jesucristo, que se ha identificado con los más pequeños y los más necesitados.” Esta su fe ambigua, que no es la fe en la Palabra de Dios. No es una fe robusta, no es una fe viril, que no tiene miedo de dar la Verdad y de decir la Verdad a los hombres: si queréis paz, quiten sus pecados.

Francisco predica para dar gusto a todos los hombres. Cosas hermosas, pero utópicas. No se pueden realizar, de ninguna manera, porque no existe el amor a la humanidad. Sólo existe el amor concreto a cada persona. No existe el ideal del amor, existe la obra del amor. Y esa obra lleva a una muerte, a una crucifixión, aun despojo de todo lo creado, de todo lo humano.

El mundo sólo se salva con almas víctimas, no con gente que dé su dinero y que proponga planes para resolver los muchos problemas que hay en el mundo. Cuando más hablan de paz los hombres, más cerca está la guerra entre ellos.

La Iglesia, con Francisco, a la cabeza, sólo habla de la paz entre los hombres. Malísimo. La Palabra de Dios es una espada cortante, y Jesús viene a poner división, guerra entre los hombres, en las familias. Jesús no viene a hermanar a nadie. No somos hermanos porque seamos hijos de Dios, que es lo que están predicando todos ahora.

Somos hijos de Dios para ir al Cielo. Y quien no quiera ir al Cielo es un hijo del demonio. Y los hijos de Dios se enfrentan a los hijos del demonio en el mundo y en la Iglesia. Luego, no puede darse la hermandad entre los hombres nunca. Es una utopía decir que los hombres somos todos hermanos y que existe ese amor entre todos los hombres. Es una idea necia y utópica, imposible de llevarla a la práctica de cada día. Lo que hay que practicar, cada día, son las virtudes para poder amar a aquellas personas con las que nos topamos en el día. Ahí está el amor concreto y difícil de la vida: dar la Voluntad de Dios al prójimo. Eso es una batalla diaria de discernimiento espiritual.

En la vida de la Iglesia hay siempre una lucha que nunca termina: contra el demonio, contra el linaje del demonio. Y aquel que en la Iglesia no quiera luchar en contra de los hombres, es sólo un demonio más en la Iglesia, que está en la Iglesia para destruirla, porque sigue a su padre, el diablo.

Francisco es un demonio que gobierna muchos demonios como él. Es cabeza de demonios. Pero tendrá que dejar su gobierno a otro más capaz para hacer lo que el demonio quiere en la Iglesia. El demonio contenta a la Iglesia ahora con las fábulas de Francisco. Pero no se va a aquedar en las utopías de un hombre que no sabe ni siquiera lo que es el poder del demonio.

El demonio quiere destruir la Iglesia. Y no se destruye dando de comer a los pobres, sino aniquilando toda verdad, todo dogma en la Iglesia.

El camino ya lo ha puesto Francisco al anular el Papado. Esa ha sido su obra como anticristo: ha echado del centro de la Iglesia a Cristo. Es decir, quien gobierne la Iglesia ya no es el Vicario de Cristo, la Voz de Cristo, sino el vicario de Satanás, la voz de Satanás. Ahora el centro de la nueva iglesia es el demonio.

Pero no es suficiente con quitar el centro. Hay que quitar el amor de la Iglesia: que es la Eucaristía, que es el motor de toda la Iglesia. Se ha quitado la cabeza, pero no el corazón. Ahora comienzan a quitar el corazón. Y cuando se pare, cuando deje de latir, se acabó la Iglesia en Roma. Habrá que irse de esa Roma que ya es la Ramera de todo el mundo.

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