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Monseñor Muller: la herejía de su teología de la liberación

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4. Su teología de la condenación o teología de la liberación

“La historia del mundo es ante todo la arena total de la lucha dramática entre las fuerzas de la dialéctica de gracia y libertad de un lado y pecado y opresión del otro. Pero la historia en su núcleo más íntimo es en todo caso historia de salvación, porque Dios- como creador y redentor del mundo y del hombre – se ha colocado a sí mismo como el objetivo final del movimiento histórico y de la acción humana de liberación.
Quién, entonces, participa activamente en la liberación, está de parte del Divino Libertador. En la práctica, se trata de la participación transformante al proceso histórico hacia el objetivo trascendente e inmanente de ello. Aquellos que actúan por la liberación, ya están de parte de Dios, ya sea que tengan pleno conocimiento o menos (…).
Es posible enseñar el arraigamiento de la teología de la liberación original en la revelación bíblica y en la gran tradición teológica y doctrinal de la Iglesia. Y así también de aquello que concierne la elaboración de los propios fundamentos- que aún se pueden encontrar en una fase de desarrollo, las faltas e incongruencias emergidas en algunas tomas de posición , por el fuerte impacto mediático, de representantes individuales de la Teología de la Liberación no puede poner en discusión la validez de sus grandes adquisiciones de fondo.
En base a las exigencias de la vida eclesial y la misma teología es necesario reafirmar a la Iglesia en el Tercer Mundo, pero también la Iglesia como una iglesia universal, no puede renunciar a un ulterior desarrollo y la aplicación de la teología de la liberación.
Sólo a través de la teología de la liberación, la teología católica – – sobre el plan universal, y a nivel de vuelta trascendental en la historia – ha podido emanciparse del dilema dualístico del más acá y más allá, de la felicidad terrenal y la salvación después de la muerte; o, respectivamente de un disolver monístico de un aspecto al otro. Es un dilema, sin embargo, que el marxismo no ha generado, sólo lo expresa.
No por ultimo por estas razones la Teología de la Liberación también sería considerada como una alternativa radical a la concepción marxista del hombre y la utopía histórica como resultado de la misma. Propia la reclamación metodológica de la Teología de la Liberación – que la de empezar una práctica transformante – no es más que una reformulación del acontecimiento original de la teología: en primer lugar está la secuela de Cristo y de esto también mana la formulación de la profesión sobre quién es Jesús realmente. También puede darse que en la actual coyuntura de la opinión publica el interés por la teología de la liberación sea en bajada .Pero a la luz de los objetivos no resueltos, ella desarrolla una obra indispensable por el servicio de la Iglesia de Cristo en favor de la humanidad, un servicio transformante, sobre el plan de la reflexión y de la pastoral. La Teología de la liberación es irrenunciable, sea sobre el plan a nivel regional o sea por la comunicación teológica universal”
(Muller: “De la parte de los pobres, la teología de la liberación, la teología de la iglesia.”).

“La historia del mundo es ante todo la arena total de la lucha dramática entre las fuerzas de la dialéctica de gracia y libertad de un lado y pecado y opresión del otro”: habla como un comunista, como un marxista, pero no como un discípulo de Cristo. No existe la lucha entre la gracia y la liberta. No se da. Sólo se da el Misterio de la Gracia y el Misterio de la libertad. Libertad y gracia no luchan, sino que están juntas. Pero sólo el que vive en la gracia es libre. Quien no vive en gracia es esclavo de su pecado y, por tanto, no es libre. Tiene la liberta humana de hacer muchos actos humanos, pero no tiene la libertad del Espíritu, en que sólo es posible hacer la Voluntad de Dios.
No hay una dialéctica entre la libertad y el pecado o la gracia y el pecado. Hablar así no s lleva a Kant y a Hegel que suprimen el pecado y la libertad del hombre en su pensamiento cuando hablan de la dialéctica.

La dialéctica es sólo querer enfrentar en el pensamiento del hombre las ideas para sacar una brillante, una que le sirva al hombre para su vida. Esto es lo que hace Muller: saca su idea de la teología de los pobres enfrentando la gracia y la libertad del hombre. Por tanto, Muller abre el camino para condenar a cualquier alma con su doctrina herética e insostenible.
“porque Dios- como creador y redentor del mundo y del hombre – se ha colocado a sí mismo como el objetivo final del movimiento histórico y de la acción humana de liberación”: esto es lo más absurdo que Muller dice, porque Dios no se ha puesto como fin a la historia del hombre, a su obra humana de liberación.

El fin de la vida de los hombres es la visión de Dios. Pero eso es un fin divino para una vida divina, no para una vida humana.

Ningún hombre, en su vida humana, posee este fin divino. La historia de los hombres sólo se ve como fin humano, no como fin divino. El hombre hace historia para el hombre, no para Dios. El hombre, en su vida humana, en su historia a lo largos de todos los siglos, no busca a Dios para alcanzar un objetivo, sino que busca a Dios para encontrar algo en su vida humana. Esta es siempre la historia de todas las religiones, desde que el hombre es hombre.

Pero Jesús, al fundar Su Iglesia, pone un objetivo divino al hombre que vive una vida divina. No pone un objetivo divino al hombre que vive su vida humana. Este es el punto en que Muller hace aguas en su teología. Y cae en este gravísimo error sólo porque entiende el Reino de los Cielos, la Iglesia, como Reino humano, material, carnal, pero no espiritual.

El hombre nuevo, recreado en el Espíritu, sólo tiene un fin divino en su vida: “Buscad primero el Reino de Dios”. Pero el hombre viejo, que permanece anclado en su estructura de vida humana, material, económica, sólo se pone objetivos humanos a su vida, porque no puede vivir la vida divina que la Iglesia ofrece en Sus Sacramentos.

Muller sólo busca la añadidura en el Reino de Dios, en la Iglesia. Y, por eso, pone a Dios donde no tiene que ponerlo, porque ahí no está.

Dios pone el fin divino de Su Visión al que vive en gracia y permanece en la Gracia hasta el fin de su vida. Dios no se pone como fin de ningún hombre en la vida humana, porque, por el pecado original, el hombre perdió el derecho de salvarse, de ver a Dios, de buscar a Dios, de forma natural. Ahora tiene que buscarlo de forma sobrenatural, ayudado por la gracia Divina. y, entonces, Dios es fin divino del hombre. Sin la Gracia, no es posible ver a Dios, salvarse, tener un fin sobrenatural en la vida humana.

Muller desbarra totalmente en su planteamiento, porque no cree en la Palabra de Dios, sino sólo en su pensamiento humano de la vida humana y divina. Y, por eso, llega a una conclusión totalmente herética, fuera de lugar, cismática:

“Quién, entonces, participa activamente en la liberación, está de parte del Divino Libertador. En la práctica, se trata de la participación transformante al proceso histórico hacia el objetivo trascendente e inmanente de ello. Aquellos que actúan por la liberación, ya están de parte de Dios, ya sea que tengan pleno conocimiento o menos”.

Quien dice esto se pone fuera de la Iglesia, porque no ha comprendido la Obra de la Redención de Cristo. En esa Obra, Dios libera al alma de sus pecados, no de sus problemas económicos, sociales, humanos, culturales, etc. La liberación divina es de las garras del demonio, que ata al alma a su pecado. Cristo muere en la Cruz para saldar la deuda del pecado del hombre, que tiene por seguir los dictados del demonio. Y, por tanto, quien se asocia a la Obra de la Redención, se hace corredentor con Cristo, y puede liberar a las almas de sus pecados, y sólo de sus pecados.

Las almas que se unen a Cristo Crucificado hacen lo mismo que Él: luchan contra el demonio para desatar almas de sus garras. Las almas que están en la Iglesia siguiendo al Espíritu de Cristo sólo se preocupan de la vida espiritual de las almas, no de sus vidas humanas, de sus problemas económicos u otros en la vida. Y, por tanto, no se da una participación transformante al proceso histórico del hombre hacia Dios.

Quien lucha contra el pecado no transforma la vida humana de las personas, no hace más agradable la existencia humana. No se está en la Iglesia para sacar a nadie de la pobreza, ni para poner calles en las ciudades, ni para hacer felices a los hombres en sus vidas humanas. Se está en la Iglesia para quitar el pecado y repararlo para que así el hombre pueda caminar hacia la salvación y hacia la santidad de su vida, hacia el cielo, sin apoyarse en lo humano: “Necio, esta noche te pedirán el alma. Y lo que has acumulado, ¿para quién será?”(Lc 12, 20)

Y, por tanto, la vida humana, la historia del hombre no cambia, no se transforma, porque el mundo es del demonio, nunca es de Dios. Lo que se transforma es la vida de cada hombre en su interior. El hombre ya vive para Dios, no para el mundo, no para el hombre. Y viviendo para Dios en su interior puede dar a los demás hombres el camino espiritual para salvarse y santificarse. No se dedica a poner soluciones humanas por caminos humanos a la historia de los hombres.

“Pobres siempre tendréis”: no he venido a quitar la pobreza, a hacer la vida más agradable en lo humano, sino a dar la vida del espíritu a los hombres, a haceros pobres de espíritu.

Muller quiere transformar la vida de los hombres buscando una felicidad humana, temporal, terrenal, natural: eso es su utopía, la misma del marxismo, porque ha puesto el Reino de Dios en lo humano, en la conquista de lo humano. Y, por tanto, está negando la Obra de la Redención de Cristo en la Iglesia. Y quien niega esa Obra, niega a Cristo y a Su Iglesia.

“Es posible enseñar el arraigamiento de la teología de la liberación original en la revelación bíblica y en la gran tradición teológica y doctrinal de la Iglesia. Y así también de aquello que concierne la elaboración de los propios fundamentos- que aún se pueden encontrar en una fase de desarrollo, las faltas e incongruencias emergidas en algunas tomas de posición , por el fuerte impacto mediático, de representantes individuales de la Teología de la Liberación no puede poner en discusión la validez de sus grandes adquisiciones de fondo”.

No existe una teología de la liberación original. Sólo existe la Obra de la Redención del hombre por Cristo Jesús. Y esa Obra Redentora sólo tiene un fundamento: el pecado de los hombres. No pueden darse otros fundamentos. Porque Cristo salva del pecado, no salva de la pobreza material, de los problemas de la vida, no salva de las enfermedades, de los terremotos, etc.

Muller quiere poner en su teología de la liberación las ideas de muchos teólogos que no comulgan con la doctrina de Cristo y que ven el pecado sólo como un mal del hombre, pero no como un pecado. Es algo que el hombre se encuentra en la vida y es un mal para él y de él. Un mal que coge el hombre, porque está metido en una sociedad con problemas, y hace de esos males, sus males. Para quitarlos: resolvamos los problemas en concordia, busquemos soluciones para todos, hagamos de esos males cosa nuestra, propia, en lo humano.

Esta es la utopía que enseña Muller. Él trabaja en la elaboración de esos fundamentos. Y, por tanto, trabaja en una doctrina totalmente contraria a la de Cristo. Sólo hay que salvar la carne del hombre, no ya su espíritu. Eso es lo que constantemente predica Francisco, adalid de esta doctrina marxista en la Iglesia.

Aquí cae Muller en su utopía, que es su herejía: “Sólo a través de la teología de la liberación, la teología católica – – sobre el plan universal, y a nivel de vuelta trascendental en la historia – ha podido emanciparse del dilema dualístico del más acá y más allá, de la felicidad terrenal y la salvación después de la muerte; o, respectivamente de un disolver monístico de un aspecto al otro. Es un dilema, sin embargo, que el marxismo no ha generado, sólo lo expresa”.

Decir que sólo a través de la teología de la liberación, la teología católica se emancipa del dilema entre la felicidad humana y la salvación, del cielo y de la tierra, es caer en la más pavorosa herejía de todos los tiempos. Con estas palabras, Muller anula la teología católica, que enseña claramente que en este mundo no es posible la felicidad. Y, por tanto, no puede darse ese dilema que él predica. Como no hay felicidad acá, sólo hay una cosa: o el infierno o el cielo. O se vive para conquistar una felicidad terrena, temporal, o se vive para conquistar una felicidad eterna. Y, por tanto, o se vive para condenarse o se vive para salvarse. No hay dilema. Hay sólo una elección del hombre: o el bien o el mal. O Dios o el demonio. Eso es todo.

Quien ponga la vida de las almas en elegir algo gustoso, algo placentero, algo económico, algo humano, algo temporal por encima del fin último, que es salvarse y santificarse, anula toda verdad en el hombre.

En la Obra de la Redención sólo se da una elección: o el Cielo o el infierno. O no pecar o pecar. En la teología de los pobres, no existe esa elección. Existen multitud de elecciones conforme a los problemas que tenga el hombre en su vida humana. Gravísima herejía que, de forma implícita, niega todo: los novísimos, la gracia, el Espíritu de Cristo y de la Iglesia.

Se vive, con esta teologia, para solucionar problemas humanos, pero no se vive ni para salvar el alma ni para santificarla. Luego, se vive para condenarse.

Por eso, Muller demuestra su obsesión por esta teología de la liberación, por este pecado que ya no va a quitar, por esta herejía con la cual comulga y le hacer ser un maldito a los ojos de Dios: “Pero a la luz de los objetivos no resueltos, ella desarrolla una obra indispensable por el servicio de la Iglesia de Cristo en favor de la humanidad, un servicio transformante, sobre el plan de la reflexión y de la pastoral. La Teología de la liberación es irrenunciable, sea sobre el plan a nivel regional o sea por la comunicación teológica universal”.

Muller no puede renunciar a la teología de la liberación. Luego, Muller renuncia a la doctrina de Cristo. Muller renuncia a la Obra de la Redención de Cristo. Muller renuncia a la Iglesia. Porque la Iglesia no está para dar de comer a nadie, no está para resolver los problemas humanos de nadie. La Iglesia está para servir al alma, servir a su salvación y a su santificación. Para poner un camino al alma, no a los cuerpos. Es lo que no entiende Muller ni lo entenderá, porque se ha cargado la Iglesia con esta teología de la liberación.

Es su nueva iglesia, esta teología la pondrá, pero será un fracaso total, porque es la utopía de unos hombres que sólo miran a Dios con su forma humana de entender la vida. Y, en esa forma humana, no es posible tener fe en Dios. Cada uno se inventa su dios, su iglesia, su doctrina, sus verdades, de acuerdo a los que sus traseros le pidan. Así vive Muller, como Francisco: dándose gusto en sus vidas humanas.

La Iglesia ha hablado muy claro sobre la teología de la liberación en dos documentos: “Libertatis Nuntius” (1984) y “Libertatis Conscientia” (1986). Quien no siga esa doctrina es un hereje como Muller. ¿Quién tiene razón Muller o la Iglesia, que nunca se equivoca?

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