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Francisco vive en su pecado

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“las palabras cristianas sin Cristo ¡engañan, hacen mal!… hace la división en la Iglesia” (Francisco, 5 de diciembre).

Así predica un fariseo en la Iglesia. Francisco está lleno de palabras cristianas sin Cristo. Sólo hay que ver su evangelii gaudium. Y él mismo se juzga: “engañan, hacen mal”.

Pero el fariseo no ve sus palabras cristianas sin Cristo, no ve su engaño, el mal que hacen en la Iglesia.

Así predica con engaño para engañar el anticristo Francisco. Este es su lenguaje favorito.

Francisco no enseña lo que son las Palabras de Dios, sino que enseña a enfrentarse a los demás en la Iglesia, poniendo la mentira como flecha de su boca.

Francisco es el que ha hecho la división con sus palabras humanas, que no proceden del Evangelio. Pero Francisco está ciego y no ve su pecado en la Iglesia. Y, por eso, habla como un demonio en la Iglesia, para dividir, para causar el cisma en todas las cosas.

Es triste que la gente siga escuchando al mayor necio que tiene la Iglesia ahora mismo.

Es triste comprobar la necedad de muchos Obispos, que se sientan junto a Francisco, para adularle, para congraciarse con ese necio, para decir que todo está bien en la Iglesia.

¡Cuántos guías de ciegos hay, ahora, al frente de la Iglesia! En cada diócesis hay un falso profeta, que anuncia la mentira, el engaño, a toda la Iglesia, que emplean palabras sin Cristo, palabras nacidas de su mente retorcida.

Francisco no ve su hipocresía y nunca la va a ver.

Él vive sólo en su pecado. Su pecado es la verdad de su vida y no lo puede tener como mal, como una mentira. Él se ha fabricado su vida en su pecado. Y quiere que todos hagan lo mismo en él. Para él, los que no están con su pensamiento humano de lo que es la Iglesia, son los malos en la Iglesia.

Francisco se considera el bueno de la Iglesia, incluso, el santo que Dios ha puesto para regir los destinos de la Iglesia.

Francisco se ve como un santo, pero no como los Santos de la Iglesia, sino como un santo de la calle, porque, para él, todos los hombres son justos, santos, buenos, y tienen la capacidad de enseñar a todos la verdad.

Francisco es el mayor hereje de todos. No porque ponga la herejía en una filosofía, sino porque la vive sin más. Ha hecho de la herejía su vida. Por eso, es un hombre roto en su pensamiento. Quien lo lea, no saca nada para su lógica humana. No puede, porque Francisco no piensa la vida, sino que vive su pecado. Y el pecado no es una razón o una filosofía. El pecado es la obra del odio. Y, en esa obra, la inteligencia humana está rota, está dividida, está oscurecida. Sólo sirve como instrumento para obrar el odio, para pecar. No sirve para fundamentar la vida sobre una verdad.

La razón persigue la verdad, se alimenta de la verdad, busca la verdad. Pero una persona en pecado, una persona que ya ha hecho del pecado su vida, que ya mira el pecado como una verdad, entonces su razón ya no va tras la verdad, ya no le interesa la verdad, ya no persigue la verdad. Sino que, al contrario, esa persona se pone a perseguir toda la mentira que su razón le pone, todo el engaño que su razón crea. Y, por eso, se hace perseguidora de los que creen en la Verdad, de los que tienen fe en la Palabra de Dios, de los que siguen una Tradición, un Magisterio en la Iglesia.

Francisco es eso en la Iglesia: persigue a quien viva los dogmas en la Iglesia. Va contra todos aquellos que siguen viviendo su fe, la Tradición, el Magisterio de la Iglesia. Y hace esa persecución cogiendo palabras de los Santos, del Magisterio, etc., y las tuerce, les da el sentido que su torpe cabeza le pone.

Francisco tiene rota su inteligencia por su pecado. Por eso, es necio, tonto, idiota, subnormal. Es su pecado el que le lleva a escribir la lumen fidei, donde se recoge la síntesis de su pensamiento roto sobre la Iglesia: la Iglesia es una memoria de Cristo. Esa encíclica es más importante que el evangelii gaudium. Allí está contenido su herejía filosófica, puesta en sencillas frases, porque Francisco no sabe hacer una filosofía, una teología.

Y el evangelii gaudium es sólo poner en obra esa herejía filosófica. Es lanzarse al mundo para llevar el engaño a todos, que eso sólo es la síntesis de esta falsa exhortación.

Y los hombres en la Iglesia, los teólogos en la Iglesia, porque se han vuelto fariseos, hipócritas, ya no ven la herejía de Francisco y siguen dando a Francisco el puesto que no se merece en la Iglesia. Por eso, nadie condena a Francisco, después de ver sus herejías. Todo el mundo sigue callando. Sólo unos pocos se destacan en la verdad. Los demás, siguen haciendo el juego al necio de Francisco.

Francisco no es para la Iglesia, sino para el mundo. Eso es una verdad clarísima después de nueve meses en que se ha visto a un hombre que sólo es un bufón en la Iglesia. Hace reír, entretiene a las masas, da al mundo lo que quiere oír, y hace de Roma su casa para su negocio humano: el dinero para los pobres.

Esto es se rbufón: el que está en el poder, alrededor del que gobierna, sacando la tajada que le interesa en ese gobierno.

Francisco puso su gobierno para que se ocupe de las cosas de la Iglesia. Él mientras tanto, hace su obra de teatro en la Iglesia. Francisco, por su pecado, no puede obrar ninguna santidad en la Iglesia: es decir, cuando predica, no puede dar la Palabra de Dios, el Espíritu de la Palabra; cuando celebra Misa, no consagra nada; si proclama a un santo, no hace nada; si ordena a sacerdotes u Obispos, no ordena nada. Y esto es sólo por su pecado en la Iglesia. No por su vida anterior como Obispo. Cuando se sentó en la Silla de Pedro sin la vocación de Dios, sin el llamado de Dios, sin la elección divina, automáticamente, pierde cualquier poder para consagrar, para enseñar, para santificar, para gobernar en la Iglesia.

No importa que diga las palabras al consagrar en la Misa. No tiene el Espíritu para hacer ese Milagro, por su pecado en la Iglesia. Dios le retira cualquier poder divino, si alguna vez lo tuvo. Porque, viendo su vida pasada, es de temer que ni lo tuvo o lo perdió muy pronto.

Un hombre que ha perdido la fe, como Francisco, es que no puede hacer ninguna obra divina, santa, sagrada, en la Iglesia. No puede.

Sólo hace su teatro. Y no más. Y, para eso, tiene ensayado todos los gestos de humildad que se hacen en las oraciones, en las misas, etc. Todo es un cuento en Francisco. No es otra cosa.

Por eso, todos se engañan con Francisco: él aparenta humildad, amor, sencillez, paz. Y es lo más contrario a esas virtudes cristianas.

Él vive su humildad natural, su amor natural, su paz natural, pero no puede practicar ninguna virtud en su alma, porque vive en su pecado. Y quien está en su pecado, no tiene el amor de la gracia para vivir la vida espiritual como Dios quiere, sino que se inventa su vida espiritual, de acuerdo a su pecado.

Como ahora está como jefe de la Iglesia, entonces se inventa todas las cosas que hace un Papa en la Iglesia. Aparece como Papa, pero es sólo su fariseísmo, su hipocresía, su pecado manifiesto, su fachada, su careta.

Los hombres en la Iglesia no han comprendido lo que está por venir ahora. Porque, mientras unos pasan el tiempo adulando a un necio y comulgando con su mente rota, otros se van a alzar en el poder para cambiar toda la Iglesia.

Porque se cambia la Iglesia a base de imposiciones. No se cambia diciendo que, ahora, es necesario salir a la calle a predicar el Evangelio. Eso no tiene ninguna raíz para el que cree en la Iglesia. Y, por eso, porque es necesario combatir a los que creen, a los que siguen la verdad en la Iglesia, a los que se aferran al dogma, viene el mayor desastre de todos.

Por eso, quien quiere ver el tiempo con paz se engaña a sí mismo. Viene el segundo sello: la persecución, la guerra, la sangre, dar testimonio de Cristo con el martirio de la vida. Y es un sello divino para combatir la herejía que está sentada en medio de la Iglesia y que se proclama como verdad por muchos que ya han perdido la fe en la Iglesia.

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1 comentario

  1. Juan Pablo dice:

    Pobre Benedicto XVI. Y nos dicen que Lumen Fidei lo escribió él, incapaz de escribir eso, y lo firmó Francisco.

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