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Primer sello: la apostasía de la Fe

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Infiltración en la Iglesia

El Reino de la Paz

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“Y vi cuando el Cordero abrió el primero de los siete sellos, y oí al primero de los cuatro seres vivientes, que con voz de trueno decía: Ven. Y vi, y he aquí un caballo blanco, y el que montaba sobre él tenía un arco, y le fue dada una corona, y salió vencedor y para vencer” (Ap 6, 1).

El caballo representa la vida en el Evangelio, pero la vida que cabalga, que guerrea. “He aquí un caballo”, un jinete, un guerrero montado a caballo. Y era “blanco”, es decir, puro, inmaculado, sin pecado, sin miseria. Uno que lucha con la pureza contra la impureza. Un guerrero sentado en la verdad que combate la mentira.

“Y tenía un arco”, un instrumento para combatir. Un arco para flechas, un arco para espadas de punta, un arco para dar la Verdad con la Palabra de Dios. Y, por tanto, para combatir la mentira de la palabra humana.

“Y le fue dada una corona y salió vencedor y para vencer”: la Palabra Divina combate a la palabra humana. Y combate sabiendo que ha vencido antes del combate. Combate porque es el tiempo de combatir, el tiempo de Dios. No por la palabra humana, sino por la Palabra Divina.

Dios abre el sello para una guerra que Él quiere. Una guerra espiritual contra todos aquellos que no creen en la Palabra.

Y, por tanto, el primer sello significa la apostasía de la fe.

El Señor combate en su Iglesia contra aquellos que han perdido la Fe en la Palabra y, por tanto, predican y obran la mentira en la Iglesia. Hablan la mentira y obran la mentira. Hacen de la Iglesia un lugar de apostasía. Se quedan en la Iglesia para hacer su iglesia con sus palabras humanas, con sus mentiras, con sus obras que nacen de esas mentiras.

Y como la Iglesia es de Dios, no pertenece a ningún hombre, Dios batalla contra los hombres que en la Iglesia destruyen toda la verdad en Ella.

En la Iglesia se da una batalla espiritual entre sacerdotes, Obispos y fieles. Se dan dos bandos: aquellos que siguen a Cristo y, por tanto, tienen fe en la Palabra; y aquellos que siguen al hombre y, por tanto, no tienen fe en la Palabra.

Dos bandos en la Iglesia. Y todos pueden ver esos dos bandos. Hay muchos sacerdotes, Obispos y fieles que ya han perdido la fe en la Palabra y se dedican, dentro de la Iglesia, a vivir sus palabras humanas, y, por tanto, torciendo la Palabra de la Verdad, que es el Evangelio, yendo contra los dogmas, contra la Tradición y contra el Magisterio de la Iglesia.

El Señor no se une a estos sacerdotes, Obispos y fieles, sino que los combate y los derrota, porque todo pasa, menos la Palabra de Dios, que es eterna y la única verdadera.

Pero los combates del Señor en su Iglesia se realizan a través de almas que se oponen, con sus palabras y con sus obras, a todos aquellos sacerdotes, Obispos y fieles que ya no creen en la Palabra.

El Señor tiene su ejército para combatir a los hombres, que ya hacen de la iglesia una cueva de ladrones por sus pecados y sus obras de mentira en Ella.

Por eso, no se puede estar indiferente ante lo que pasa en la Iglesia actualmente. No se puede aceptar a Francisco ni a los que se une él. Hay que seguir al caballo blanco para combatirlos, para oponerse a ellos en todo.

Es lo que muchos no acaban de comprender y, por eso, siguen esperando algo bueno de ese idiota que se cree Papa sin serlo, que es Francisco.

Francisco sigue en su papel de falso profeta, cuando llena todos los días la Iglesia de sus mentiras, de sus hablas mentirosas, de sus grandes estupideces en todos los sentidos. Y Francisco sigue en sus papel de anticristo, sigue obrando el pecado en medio de la Iglesia. Él sigue pecando. Luego, no hay que dormirse en la batalla. Hay que seguir oponiéndose a él en todo, aun en las cosas más nimias de su vida. Hay que tumbarlo, porque no es Iglesia y no hace Iglesia.

El Señor le combate y el Señor no lo abraza ni le da un beso, como quieren los hombres y como hacen muchos en la Iglesia.

Hay que ir a la Plaza de San Pedro, al Vaticano, para abuchear a Francisco, para sacarle los colores en su cara, para decirlo que es un maldito y que se vaya al infierno, porque eso es lo que él quiere con su pecado.

Hay que combatir en la Iglesia a aquellos que ya no quieren quitar sus pecados y viven en la Iglesia en sus pecados y mostrando sus pecados a todo el mundo.

La Iglesia no es para vivir en pecado, para elevar el pecado y que todos lo vean, para justificar el pecado ante los hombres. Se está en la Iglesia para combatir el pecado. Y aquel que desprecia el pecado, que ya no cree en él, hay que echarlo fuera de la Iglesia.

La Iglesia es un camino de misericordia para el hombre, en donde se perdona el pecado y se expía el pecado hasta quitar todo rastro de pecado. Y quien no hace eso, es porque ya no cree en el pecado. Y cuando no se cree es señal de que ha comenzado su apostasía de la fe.

Hoy muchas almas dentro de la Iglesia viven apostatando de su fe, por una sola razón: ya no creen en el pecado. Consecuencia: llaman al pecado una verdad que hay que seguir. Hacen del pecado un dogma, una vida, una obra.

Es lo que vemos en Francisco: ha puesto su dogma del gobierno horizontal, anulando el dogma de la verticalidad, anulando el Papado. Es un maldito. Punto. No hay que hacerle ni caso. No hay que unirse a él. Hay que despreciarlo hasta la muerte. Hay que levantarse en contra de él, porque él ya no espera Misericordia del Señor porque vive su pecado, vive de espaldas a la Misericordia Divina.

Quien no atiende su pecado, vive en la Justicia de Dios, sin poder recibir Su Misericordia. Y, por tanto, los hombres tienen que seguir a Dios con aquel que desprecia la Misericordia de Dios. No se puede dar un beso a Francisco, no se puede abrazarlo, porque él está abrazando a su pecado, y eso es lo que enseña en la Iglesia: a pecar, a seguir su pecado.

Hay almas que han despertado después de nueve meses de continuas herejías de Francisco, pero han despertado mal. Esperan que Francisco, o quien sea, ponga un remedio a esto. El remedio está en la lucha contra el pecado y el pecador en la Iglesia. Esa es la batalla, porque eso es lo que está haciendo el guerrero en el caballo blanco: atacar con la Palabra Divina a los hombres que ponen sus palabras humanas en medio de la Iglesia.

Atacar con la Verdad Divina la mentira de los hombres. Pero, para eso, hay que sentarse en la Verdad, hay que ponerse en la Verdad, porque nadie da lo que no tiene. Hay que cabalgar en el caballo blanco de la pureza. Hay que vivir sin pecado para poder luchar contra el pecado. No se puede salir del pecado con el pecado. No hay camino en el pecado. No hay ruta mirando el pecado.

Muchas almas en la Iglesia están en la Iglesia para su negocio en el mundo. Y hacen de la Iglesia el conjunto de hombres que escalan los puestos más importantes en Ella para producir dinero, y así construir una iglesia que sirva para el reino del mundo, para los hombres, para darles un gusto en la vida a los hombres. Y sólo luchan en la Iglesia por sus intereses humanos, por sus negocios humanos. Y no les interesa nada más.

Eso es lo que hace Francisco y los suyos. Les importa un bledo la Verdad en la Iglesia. Por eso, acaban con todo. No paran a la hora de fabricar su iglesia. Hacen lo que sea para construir la iglesia del demonio en Roma.

Y los demás mirando felices y contentos por todo lo que pasa en Roma. Así hay muchos en la Iglesia. Ni batallan ni hacen nada por sus vidas espirituales. Sólo se mueven para sus vidas y obras humanas en la Iglesia. Y, después, no comprenden nada de lo que pasa en la Iglesia.

Se está en la Iglesia para dar guerra a todos los que se oponen a la Verdad. Y sin esta guerra, la Iglesia se destruye por sus mismos miembros, que sólo dan culto a sus palabras humanas y a sus obras humanas en la Iglesia.

Eso lo llevamos viendo 50 años, pero no se abrió el sello. Se abre el sello cuando Dios dice: basta. Y, entonces, toda la Iglesia entra en el tiempo de la Justicia Divina. Ya no hay Misericordia, porque Dios ha dicho: hasta aquí hemos llegado. Quien quiera Misericordia, que combata a los herejes en la Iglesia. Quien no la quiera, que se condene con ellos.

Hay que combatir contra el mal para salvarse. Y es lo que muchos no han aprendido en la Iglesia: a luchar contra el mundo, el demonio y la carne. Ya se olvidaron de eso, porque son otros tiempos, y hay que estar a la moda con los hombres: hay que besarles el trasero para así tenerlos contentos.

Dios desprecia a todos los hombres cuando sólo se miran a sí mismos, como lo hace Francisco y muchos en la Iglesia. Y un desprecio de Dios es una condena de Dios. No hay Misericordia. No puede haberla.

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1 comentario

  1. Cristina de López dice:

    Este es el tiempo de los “hijos de María”, tiempo en que deben responder pronta y virilmente todos aquellos que habiéndose Consagrado a su Inmaculado Corazón fueron formados dentro de su Corazón precisamente para ser parte de su Ejercito. Ejercito que hoy más que nunca debe escuchar en el fondo de su corazón, aquel “llamado que Ella misma dejó en su aparición de la Salette” y hoy sin ningún reparo disponerse a luchar contra esta terrible apostasía… 

    Si! este es el tiempo en que los apóstoles de los últimos tiempos deben levantarse a luchar contra el ejército del mismo Satanás. Apóstoles de los cuales San Luis María de Grignon de Monfort también habló y HOY deben “disponerse a empuñar la Espada de la Verdad” en estos, aunque difíciles y graves tiempos, también llenos de Esperanza y Gozo, sabiendo que después de esta terrible purificación vendrá el Triunfo del Inmaculado Corazón y el Reinado de Jesucristo.

    Cristo ha vencido…Cristo Reinará!
    Ven Señor Jesús!

    La Salette (extracto):
    “Hago una apremiante llamada a la Tierra, llamo a los verdaderos discípulos del Dios que vive y reina en los Cielos, llamo a los verdaderos imitadores de Cristo hecho hombre, el único y verdadero salvador de los hombres. Llamo a mis hijos, a mis verdaderos devotos, a los que se me han consagrado a fin de que los conduzca a mi Divino Hijo, los que llevo, por decirlo así, en mis brazos, los que han vivido de mi espíritu. Finalmente… Llamo a los Apóstoles de los Últimos Tiempos. Los fieles discípulos de Jesucristo que han vivido en el menosprecio del mundo y de sí mismos, en la pobreza y en la humildad, en la oración y en la mortificación, en la castidad y en la unión con Dios. En el sufrimiento, y desconocidos del mundo. Ya es hora que salgan y vengan a iluminar la Tierra: Id y mostraos como mis hijos queridos, yo estoy con vosotros y en vosotros, con tal que vuestra fe sea la luz que os ilumine en esos días de infortunio. … Luchad hijos de la luz, vosotros pequeño número… pues ya está aquí el tiempo de los tiempos, el fin de los fines. La Iglesia se oscurecerá, el mundo quedará consternado”.

    S Luis María Grignos de Monfort:
    Pero, ¿qué serán estos servidores, esclavos e hijos de María? Serán fuego encendido, ministros del Señor, que prenderán por todas partes el fuego del amor divino. Serán flechas agudas en la mano poderosa de María para atravesar a sus enemigos: como saetas en mano de un valiente.

    Serán hijos de Levi, bien purificados por el fuego de grandes tribulaciones y muy unidos a Dios. Llevarán en el corazón el fuego del amor, el incienso de la oración en el espíritu y en el cuerpo la mirra de la mortificación.

    Serán en todas partes el buen olor de Jesucristo para los pobres y sencillos; pero para los grandes, los ricos y mundanos orgullosos serán olor de muerte.

    Serán nubes tronales y volantes, en el espacio, al menor soplo del Espíritu Santo. Sin apegarse a nada ni asustarse, ni inquietarse por nada, derramarán la lluvia de la palabra de Dios y de la vida eterna, tronarán contra el pecado, lanzarán rayos contra el mundo del pecado, descargarán golpes contra el demonio y sus secuaces y con la espada de dos filos de la palabra de Dios, todos aquellos a quienes sean enviados de parte del Altísimo.

    Serán los apóstoles auténticos de los últimos tiempos. A quienes el Señor de los ejército dará la palabra y la fuerza necesarias para realizar maravillas y ganar gloriosos despojos sobre sus enemigos.

    Dormirán sin oro ni plata y lo que más cuenta sin preocupaciones en medio de los demás sacerdotes, eclesiásticos y clérigos. Tendrán sin embargo, las alas plateadas de la paloma, para volar con la pura intención de la gloria de Dios y de la salvación de los hombres adonde los llame el Espíritu Santo. Y no dejarán en pos de sí en los lugares en donde prediquen sino el oro de la caridad, que es el cumplimiento de toda ley.

    Por último, sabemos que serán verdaderos discípulos de Jesucristo. Caminando sobre las huellas de su pobreza, humildad, desprecio de lo mundano y caridad evangélica, enseñarán la senda estrecha de Dios en la pura verdad, conforme al Evangelio y no a los códigos mundanos, sin inquietarse por nada ni hacer acepción de personas, sin dar oídos ni escuchar ni temer a ningún mortal por poderoso que sea.

    Llevarán en la boca la espada de dos filos de la palabra de Dios, sobre sus hombros el estandarte ensangrentado de la cruz, en la mano derecha el crucifijo, el Rosario en la izquierda, los sagrados nombres de Jesús y María en el corazón y en toda su conducta la modestia y mortificación de Jesucristo.

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