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Ambición de poder en Roma

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“Apacienta Mis Corderos…Pastorea Mis Ovejas” (Jn 21, 15.17).

El Primado de Pedro es confirmar en la fe a toda la Iglesia. Confirmar en la fe significa enseñar, santificar y gobernar las almas de la Iglesia en la Verdad, que es Jesús.

Y, por tanto, ésta es sola la misión para Pedro, no para los Apóstoles. Para los Apóstoles: “La potestad y la autoridad de los obispos tienen el carácter de diaconía, según el ejemplo del mismo Cristo, que “no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mc 10, 45)” (Pastor Bonus, n. 2). Los Obispos sirven a la Iglesia y ejercen el Primado de Pedro sujetos a Pedro, obedeciendo a Pedro, bajo Pedro.

En la Obediencia a Pedro, los Obispos sirven a la Iglesia y ejercen el servicio de la enseñanza, del gobierno y de la santificación. Es un servicio, pero no una confirmación.

Sólo Pedro confirma en la fe. Los demás hacen el servicio de esa confirmación.

Los demás, en la obediencia a Pedro, dan lo mismo que da Pedro en su Primado. Pero si no hay obediencia, los Obispos dan, en su servicio, otra cosa muy distinta a la Iglesia.

Benedicto XVI renunció a ser Pedro: luego, no hay en la Iglesia nadie que confirme en la Fe. Nadie que apaciente los corderos y pastoree las ovejas.

Eso es claro desde la renuncia de Benedicto XVI. Muy claro para el que vive de fe. Para los demás, todo sigue igual, como antes, como siempre. Es sólo otro hombre más que se dedica a hacer otras cosas, con otros fines, con otros intereses, pero que hace el papel de Pedro.

La gente no discierne nada en la Iglesia. No quiere discernir. Y, por eso, pasa lo que vemos en toda la Iglesia.

Un conjunto de hombres que están inventándose una nueva iglesia en Roma. Y sólo es eso. Y, por supuesto, cogen del Evangelio, del Magisterio de la Iglesia, de la Tradición aquello que les interesa resaltar en su nueva iglesia.

Lo cambian todo para poner su mentira y llamar a esa mentira verdad que todos deben seguir.

Ese fue el juego de los Cardenales que eligieron a Francisco: tienen que seguir a ese necio como Papa, a ese mentiroso como Papa.

Y este es el juego que hace Francisco en la Iglesia: tienen que seguir lo que yo pienso de la Iglesia.

Y no hay otra cosa en la Iglesia: la mente de un necio en Roma, al que todos hacen el juego. Todos bailan a su alrededor para obtener de ese necio un puesto en su gobierno y un fajo de billetes en su bolsillo.

Así se hace ahora la nueva iglesia en Roma: poder y dinero.

Ya no interesa ni enseñar la verdad, ni poner el camino de la santificación, ni gobernar con la Verdad en el corazón.

Esto no interesa: es la enseñanza de Francisco en su panfleto comunista Evangelii gaudium. Hay que vivir alegres porque Jesús es alegría. Jesús nos ha salvado. Y todos contentos por eso. Y no dice de qué cosa nos ha salvado Jesús, ni dice el camino para obtener esa salvación, ni dice los peligros que acechan a las almas en ese camino, ni dice las normas ni las leyes que hay que aplicar para mantenerse a salvo de los peligros. Sólo dice que hay que estar contentos y felices en la vida porque todo es bello.

Quien lea esta basura de Francisco ve lo que es Francisco. Y no puede no verlo. Ya no se puede decir que Francisco ha dicho otra cosa, que hay que entender sus palabras en su contexto. Francisco ha sido claro. Y esto es lo que le perjudica ahora.

Porque no se puede poner en práctica esa basura sin destruir la Iglesia.

A Francisco, ahora, todos lo miran para ver cuál es su jugada. Y esto es lo que no le gusta a Francisco: que le critiquen, que le juzguen, que le estén mirando para tumbarlo.

Él quiere que la gente lo mire para aplaudirlo y alabarlo. Para eso se ha puesto como jefe de la Iglesia. Sólo para eso. No le interesa confirmar a nadie en la fe. Él nunca quiso ser Papa. Él siempre quiso estar arriba para recibir la ovación de todo el mundo.

Es su orgullo. Él vive de su orgullo. Él no vive de la Verdad. No puede. No sabe lo que es la Verdad. Sólo hay que leer su panfleto y uno se da cuenta que no ha entendido ni lo que es la vida de la Iglesia, ni lo que es la vida espiritual del alma en la Iglesia. Para el que tenga un poco de espíritu, ve la necedad de Francisco. Ve el camino por el que anda Francisco. Y ve hacia dónde va la Iglesia en ese camino.

Para el que no le interesa la vida espiritual, Francisco es como cualquier gobernante en el mundo. Hay que seguirlo porque toca seguirlo, por una mayoría que lo votó.

Los Cardenales hicieron ese juego con Francisco y lo impusieron a toda la Iglesia como un auténtico Papa. Esa fue la malicia de esos lobos vestidos de piel de oveja en el Cónclave.

Todos actuaron con malicia. Nadie se salvó de ese pecado de elegir a un hombre sin la Voluntad de Dios. No preguntaron a Dios si había que elegir a alguien. Nadie se preocupó de este importantísimo punto, porque ninguno tiene fe.

Se obra así porque se carece de fe. Quien tiene fe, dice: no elijo a nadie porque hay un Papa vivo.

Pero a nadie le interesa la Verdad del Papado. A nadie. A todos les interesa ponerse en la cabeza del gobierno de la Iglesia para mandar sus caprichos en la Iglesia: poder, dominio de poder, ambición de poder, lucha por el poder. Eso fue el Cónclave en que es elegido Francisco. Los hombres pensando en gobernar la Iglesia, pero nadie pensando en obrar la Voluntad de Dios en la Iglesia.

Este juego de los Cardenales viene de atrás, dos años antes, en que se prepara el golpe de estado en la Iglesia: hay que echar a Benedicto XVI porque se quiere el poder en la Iglesia. La lucha por el poder viene de antes y se concluye en el Cónclave. Y sale un ganador: Francisco. El que más luchó por estar arriba.

Y los hombres en la Iglesia siguen sin entender este punto, sin discernirlo en la Verdad.

Claro, las leyes de la Iglesia dan capacidad para elegir a un Papa cuando otro renuncia. Y ya está. Ahí se acabó todo el discernimiento de muchos en la Iglesia.

Nadie discierne nada, nadie ve la Verdad en la Iglesia.

Discernir no es juzgar con la mente. Discernir es ver el Pensamiento de Dios y aplicarlo en la Iglesia y en la vida de cada uno.

Y el Pensamiento de Dios no es el pensamiento de ningún hombre en la Iglesia: “Mis Pensamientos no son vuestros pensamientos”. Antes de dar un paso en la Iglesia hay que mirar a Dios, hay que elevar el alma a Dios, hay que despojarse de cualquier idea humana, de cualquier ley humana para poder entender lo que Dios quiere en ese momento.

Esto es lo que nadie hizo y, por supuesto, esto es lo que nadie va a hacer, ahora, en Roma.

Ahora todos siguen el mismo juego. Ahora todos van tras la pelota: el poder. Todos. Incluso los que no quieren a Francisco como Papa, pero quieren que otro se ponga a resolver este dilema que tiene la Iglesia ahora.

Es que, por más que se ponga una cabeza diferente a Francisco en la Iglesia, no se va a resolver los problemas de la Iglesia.

El único que puede resolverlos es Benedicto XVI. El único. Pero como sigue en su pecado, no hay cabeza que ponga una solución a la Iglesia.

Y no se puede esperar que Benedicto XVI haga algo como Papa. Puede hacer algo como Obispo, pero no le van a dejar actuar como Papa. Es una ilusión pensar que Benedicto XVI tiene el camino abierto para ser de nuevo Pedro en la Iglesia. No. Se le han cerrado todos los caminos y vive confinado, preso, sin poder hacer nada, por la maldad de muchos en la Iglesia, muchos entorno a él.

Hay que rezar por él, pero sin hacerse ilusiones de algo más. Quien va discerniendo todo lo que pasa en la Iglesia, sólo ve una cosa: tarde o temprano hay que irse de Roma. Y no ve más, no puede comprender otra cosa.

Los hombres en Roma siguen en lo suyo: todo va viento en popa en la Iglesia. No pasa nada. Todos con Francisco, que es el nuevo Papa, renovador de la Iglesia. Y no hay otra predicación ni en el mundo ni en la Iglesia. Se calla todo lo demás.

Y, ante esto, es lógico que comiencen las persecuciones a aquellos que no se ponen con Francisco o con quien esté en el gobierno de la Iglesia. Es normal. Así obran los que dejan ver en sus caras su ambición de poder: persiguen a los que se oponen a su poder.

No se puede estar con Francisco. Eso es el abc de la vida espiritual: quien engaña merece el desprecio. Y quien sigue engañando, sin quitar su pecado, merece el odio santo. Y quien se atreve a proclamar en la Iglesia su engaño como una verdad, entonces merece enfrentarse a él, oponerse a él, para estar en la Verdad.

No se puede estar al lado de un mentiroso. En la Iglesia hay que estar en la Roca de la Verdad, que es Jesús. Y quien no se pone en esa Verdad, no es Iglesia y no hace Iglesia.


1 comentario

  1. Juan Pablo dice:

    Esto me recuerda a los fariseos en la antigüedad. Muchas y muchas leyes pero se olvidaban de la Sustancia. Y contra ésto tuvo que luchar Cristo. Ahora se toman de una ley escrita de la Iglesia para elegir un papa.
    Por momentos parece irreal la presencia de Francisco en la silla de Pedro.
    También es como para sospechar que el Cónclave estaba arreglado de antemano.

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