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Evangelii gaudium: panfleto comunista

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Para hablar de la doctrina social de la Iglesia, es necesario diferenciar dos cosas:

1. El Estado y la Iglesia son sociedades perfectas, incompatibles entre sí y con fines distintos. El Estado tiene un fin humano en todo; la Iglesia, un fin divino.

2. Estado e Iglesia se unen sólo para hacer que las personas puedan vivir con estos dos fines, pero regido en todo por la ley divina y la ley natural.

Por tanto, le compete a la Iglesia dar normas, una moral, una ética para que las personas, en el Estado, puedan seguir su fin divino, propia de su pertenencia a la Iglesia. Los que son de la Iglesia y tiene que estar en el mundo, en un gobierno, en una economía, en una cultura, necesitan de normas derivadas de la ley divina y de la ley natural, para no ser del mundo, para no revestirse del espíritu del mundo.

Por tanto, no compete a la Iglesia decir qué gobierno o qué clase social, o qué economía tiene que regir en un Estado. Porque el Estado, en su perfección como sociedad humana, no es perfecta como sociedad espiritual y, por tanto, no posee toda la Verdad, que sólo la Iglesia posee, al ser una sociedad perfecta en el ámbito humano y espiritual.

Si la Iglesia se decanta por un gobierno o por otro, o por una economía o por otra, siempre yerra, porque no hay gobierno verdadero ni economía verdadera en el Estado. Siempre habrá errores, divisiones, mentiras, etc. La Iglesia solamente pone las normas y las leyes para que las almas puedan moverse en esos gobiernos o en esas economías sin pecar. Y, por tanto, sepan elegir, en cada tiempo de la vida, aquel gobierno o aquella economía que no haga perder el fin divino en sus vidas.

Y tenemos en este documento lo más contrario a unas normas morales y éticas en cuanto a la doctrina social de la Iglesia.

Es sólo un panfleto comunista, que se decanta en todo por el comunismo.

Este documento se supone que es para evangelizar a las almas, para darles la verdad en sus vidas. Y se muestra todo lo contrario a esa evangelización.

“tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata” (n. 53): esto es claramente comunista. Francisco no quiere una economía que suponga una distinción de clases, de ricos y pobres, de personas de clase social alta y baja. Francisco quiere que todos sean iguales en los medios de producción y, por tanto, de riqueza y de status social. Y esto no es la doctrina social de la Iglesia.

“No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida.” (n. 53): esto es puro comunismo. No otra cosa. Esto es utopía pretender que no haya ancianos que mueran de frío, que no haya gente que tire la comida, que no haya personas que tengan más dinero y más poder que otras. Es una utopía que todas las personas del mundo tengan trabajo, tengan una vida digna, tengan una salida.

Si no se contempla el pecado original, que es la razón de la desigualdad social, entonces Francisco cae en el error más grave de todos: luchar por una ilusión, por una utopía en la Iglesia y en el mundo.

Por eso, su obsesión por el dinero que marca su obsesión por los pobres. Obsesión por el dinero que viene de su condición marxista-comunista.

“Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar… Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes»”: pero esto es por el pecado de avaricia de los hombres, no por la economía, ni por la política. Porque los hombres pecan, y quieren el dinero y el poder, entonces usan y tiran a los hombres. Y si la Iglesia no pone una moralidad y una ética a los gobiernos y a las personas de negocios, entonces siempre se va a tener lo mismo. Porque, desde el pecado de Adán y Eva, los hombres explotan continuamente, de muchas maneras, a los hombres. Hoy se hace a través del poder y del dinero. En otra épocas, con otras formas, pero es siempre por lo mismo: por el pecado de avaricia y de orgullo entre los hombres.

“Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe” (n. 54): Y ¿qué espera Francisco cuando no existe el amor en el mundo? Quien no ama no se ocupa de nadie, sino que excluye a todo el mundo. La solución no está en criticar lo que se hace en el mundo, sino en poner un camino moral y ético para quitar este pecado. Y, como él no lo pone, entonces se esfuerza por dar a entender que hay que compadecerse de los demás porque son hombres, que hay que cuidar a los demás porque son hombres, que hay que interesarse por los demás porque son hombres. Siempre cae en el mismo error, en su error: el humanismo. Nunca pone en alto al amor de Dios, sino el amor a los hombres.

Por eso cae en este error: “La crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano!” (n. 55). La crisis financiera que atravesamos es por el pecado, no porque se niegue la dignidad del ser humano. Quien peca no respeta a ningún hombre. Quien ama respeta al hombre y le da un camino para la verdad en su vida. Pero lo primero en la vida no es la dignidad del hombre, sino el amor que Dios tiene al hombre, y que éste debe responda con el mismo amor a Dios. Y si el hombre vive su pecado, el mismo hombre se degenera en su dignidad personal. El hombre no es digno porque sea hombre, porque viva una vida humana digna, sino porque vive dependiendo de Dios, sujeto a Dios, obedeciendo la ley divina y la ley natural en su ser de hombre.

“Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común” (n. 56): esto huele a comunismo puro. Así hablan los comunistas: el bien común, no a la especulación financiera, no al control de los mercados, de los dineros, no al crecimiento de beneficios. Francisco no pone una solución real a este problema, sino que da una utopía al mundo y a la Iglesia.

“¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos. Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano” (n. 58): Y ¿cuál es esa ética en favor del ser humano? ¿No tirar la comida? ¿Cuidar a todos los ancianos del mundo? ¿Qué los ricos se hagan pobres para que no haya fuertes, poderosos entre los hombres? ¿Dar trabajo a todo el mundo? Francisco no dice ninguna norma ni moral ni ética que tenga que ser puesta por los gobiernos y los economistas del mundo y, mucho menos, para las almas que son de la Iglesia y que tiene que estar en esos gobiernos del mundo sin perder el alma. Francisco plantea una utopía y lo deja todo sin resolver. Son sólo ganas de hablar por su obsesión por el dinero.

“hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia”(n. 59): sólo una clase social: los pobres. Si no se llega a esto, entonces siempre habrá violencia entre los hombres. No dice qué cosa hay que hacer para quitar la violencia, las guerras, las opresiones.

“Cuando la sociedad –local, nacional o mundial– abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad” (n. 59): como se han olvidado de los pobres, ningún gobierno sirve. Sólo aquel que recoja a los pobres, que atienda a los pobres. Marxismo puro. Sólo le interesa resaltar su comunismo, no quiere dar solución a los problemas de las naciones.

Y ¿qué jefe de gobierno en el mundo va a seguir a Francisco en este dictado comunista que propone? Nadie. Porque en el mundo ya se sabe a qué conduce el comunismo. Y el comunismo ha sido y siempre lo será un fracaso para todos los pueblos del mundo, porque no quiere normas divinas ni naturales para regir a los hombres. Sólo le interesa el bienestar social de nadie, porque sólo unos pocos tienen el poder y el dinero en los países comunistas.

“Si cada acción tiene consecuencias, un mal enquistado en las estructuras de una sociedad tiene siempre un potencial de disolución y de muerte. Es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas, a partir del cual no puede esperarse un futuro mejor. Estamos lejos del llamado «fin de la historia», ya que las condiciones de un desarrollo sostenible y en paz todavía no están adecuadamente planteadas y realizadas” (n. 59): pone el mal en las clases sociales injustas, no pone el mal en el pecado de cada hombre. Para Francisco sólo se da un pecado social: una clase alta, con dinero, con poder, que excluye, que destroza, que aniquila a la clase pobre, sin dinero, sin poder, que es un desecho para la sociedad. Es la lucha de clases, la lucha por el poder, la lucha por el dinero, que eso es lo que vive Francisco en la Iglesia: por un dinero y por poder que eleve su humanidad a la gloria.

Consecuencia: tenemos ante nosotros el legado de un comunista a la Iglesia. No es el legado de un jefe de la Iglesia que se preocupa por la vida espiritual de las almas en la Iglesia. Sino que sólo quiere hacer de la Iglesia la apertura del bien de los hombres a poderes que son totalmente contrarios a la vida del Espíritu en la Iglesia.

Con Francisco se inicia la destrucción de la Iglesia, quitando la Jerarquía, que es la clase alta de la Iglesia que oprime a la clase baja. los fieles. Y los fieles, para él, es todo el mundo pobre, sin Dios, sin trabajo, sin un lugar entre los hombres.

Quien siga a Francisco es claro lo que le espera: vivir en el mundo siendo del mundo para condenarse en el mundo.

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1 comentario

  1. José M dice:

    El problema de la utopía de Francisco es que su puesta en práctica siempre ha conllevado sangre y tiranía. Tal vez hoy en día no sea necesario para estos utópicos comunistas matar, pues con los medios tecnológicos actuales te pueden embargar todo tu patrimonio desde un ordenador estatal (que les pregunten a los ciudadanos del primer mundo con qué facilidad el estado puede privarte de todo sin derramar una gota de sangre). Sin embargo, sea con sangre, sea con violencia tecnológica (que puede ser incluso peor), estos colectivistas de medio pelo siempre acaban imponiendo su tiranía “buenista”.

    Si no se elimina el pecado, ese comunismo utópico tampoco funcionará. Siempre habrá el miembro del partido que intentará sacar tajada; el que usará sus contactos para acaparar, etc. Sea con comunismo o con capitalismo nunca se logrará el paraíso en la tierra porque hay pecado. Y no solo de codicia. También de pereza (por ejemplo muchos en el primer mundo que viven del cuento sin trabajar pudiendo hacerlo), y otros muchos. Y lo mismo ocurriría en su comunismo: Unos vivirían del cuento y otros serían explotados por el aparato del partido.

    Es curioso que un antimilenarista y antiapocalíptico como Francisco sea, “mesianista” carnal, muy carnal, en la tierra.

    Como ya dije en otro comentario, si tantas ganas hay de hablar de problemas “estructurales”, sería bueno retomar la doctrina milenaria de la Iglesia (y del Antiguo Testamento) sobre la usura. Si se eliminara la usura y su derivado moderno cual es el cobro de intereses sobre un dinero creado “ad libitum” por los bancos sin respaldo alguno, el 80% de la inequidad sería eliminado. Pero tratar de la usura representaría enfrentarse a los amigos por excelencia de Francisco y eso no sería políticamente correcto.

    En consecuencia, y una vez mas MDM parece estar en lo cierto: todo este “buenismo” que no ataca el problema central de raíz (pecado y usura, que, en el fondo, es otro pecado) es la mera excusa para eliminar, so pretexto del “buenismo”, las pocas libertades que nos quedan. Es la excusa para ir allanando el camino del Anticristo.

    Evidentemente duele, y mucho, ver pobreza. Se me parte el alma cuando veo en países del antiguo primer mundo a gentes que pertenecieron a la clase media buscar comida en las basuras. Pero la solución no es más Estado, más veneno (sistema monetario actual=usura). La solución pasa por quitar primero el pecado y por la caridad. Más medicina de Francisco, más Estado, lo que creará es todavía más exclusión.

    Es más desde una perspectiva totalmente humanista como la de Francisco que excluye la Gracia, sería aplicable el dictum de una filósofa que dijo: “La desgracia de otra persona no es una hipoteca sobre mi felicidad”. Si Dios no existiera, si no tuviéramos alma y fuéramos mera materia orgánica, el “buenismo” sería lo más absurdo.

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