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Evangelii gaudium: la cultura del odio y del enfrentamiento

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Dios no evangeliza culturas, sino personas, corazones. Dios no da Su Palabra para cambiar una cultura, una sociedad, una forma de gobierno, un mundo de hombres. Dios da Su Palabra para salvar al hombre, para santificar al hombre. Y, por tanto, no es la fe la que debe cambiar en la cultural, la que debe amoldarse a la cultura, a las ciencias, a las técnicas del hombre. Es la persona la que debe dejar su cultura para vivir la fe.

“En muchos países, la globalización ha significado un acelerado deterioro de las raíces culturales con la invasión de tendencias pertenecientes a otras culturas, económicamente desarrolladas pero éticamente debilitadas” (n. 62): presenta Francisco la guerra de culturas, de luchas de ideas predominantes sobre otras ideas más débiles. Francisco se centra en la raíz de la cultura para evangelizar, pero no se centra en el hombre. Le importa más la cultura que ha nacido en un país, en una sociedad, en una comunidad, que la persona. Francisco mide al hombre según su cultura, pero no mide la fe del hombre. Y, por tanto, achaca el problema en la sociedad a culturas más poderosas que otras, que imponen y deterioran la forma de ser de los hombres, su estilo de vida.

Evangelizar al hombre es sacarlo de su estilo de vivir humano, cultural, social, para darle la vida divina, que no es una forma de vida humana o natural, que no se puede ver o entender mirando la vida de los hombres. Dar la Palabra de Dios es sacar al hombre del hombre, de lo humano, de lo mundano, de lo cultural, de lo social, para que obre la Voluntad de Dios, las obras divinas.

Pero Francisco no se centra en esto, sino sólo en los hombres que viven su cultura, su sociedad, su comunidad, su unión en grupos. Y, por eso, desbarra en todo lo que dice.

“la proliferación de nuevos movimientos religiosos… es, por una parte, el resultado de una reacción humana frente a la sociedad materialista, consumista e individualista y, por otra parte, un aprovechamiento de las carencias de la población que vive en las periferias y zonas empobrecidas, que sobrevive en medio de grandes dolores humanos y busca soluciones inmediatas para sus necesidades” (n. 62).

Los nuevos movimientos religiosos no es por una lucha de clases, no se da porque los hombres reaccionen contra una sociedad capitalista o porque se aprovechen de las miserias de los pobres. Existen más de 40.000 sectas en el mundo por la falta de fe de los sacerdotes y de los Obispos de la Iglesia Católica, incluyendo a Francisco como el principal agente de que existan tantos movimientos religiosos.

Cuando no se vive la fe, cada uno se inventa su fe, su religión, su iglesia, su comunidad religiosa, porque los hombres siempre están sedientos de lo espiritual. Y buscan cualquier camino espiritual que se les ofrece sin discernir nada.

Para acabar con tanto movimiento religiosos, hay que vivir de fe. Y la Iglesia ya no tiene fe para luchar contra todos esos hombres que se han inventado, cada uno, su culto a Dios.

Francisco enfrenta a hombres contra hombres. Es la cultura del odio, propia del comunismo. Hay que odiar, hay que ir en contra de todos aquellos que desechan, que inutilizan, que luchan contra las clases pobres y miserables.

Y, por supuesto, hay que ir en contra de la misma Iglesia, que tiene una clase alta dirigente, burocrática, que impide hacer el bien a los pobres: “Además, es necesario que reconozcamos que, si parte de nuestro pueblo bautizado no experimenta su pertenencia a la Iglesia, se debe también a la existencia de unas estructuras y a un clima poco acogedores en algunas de nuestras parroquias y comunidades, o a una actitud burocrática para dar respuesta a los problemas, simples o complejos, de la vida de nuestros pueblos. En muchas partes hay un predominio de lo administrativo sobre lo pastoral, así como una sacramentalización sin otras formas de evangelización” (n. 62).

La culpa de los sacramentos, de muchos sacerdotes, Obispos, fieles en la Iglesia que no saben acoger a los pobres, que viven su burocracia, que no están pendientes de los problemas de los pueblos.

No se puede evangelizar con los sacramentos, con la gracia, con la Palabra de Dios a los pueblos. Hay que buscar nuevos caminos para ayudar a la gente, para hacer el bien a la gente y para que la Iglesia se una comunión de hombres que se aman porque son buenos hombres unos con otros, hacen un común entre todos, sin exclusiones, sin tuyo ni mío, con igualad en todas las cosas. La culpa es de la Iglesia que no se ocupa de la cultura de los pobres, de la sociedad de los pobres, de las comunidades de los pobres. Lucha de clases; el odio, el motor de su teología de los pobres.

“El proceso de secularización tiende a reducir la fe y la Iglesia al ámbito de lo privado y de lo íntimo” (n. 65): ¡qué gran mentira! Lo secular avanza porque ya no hay vida de intimidad con Dios. Y el hombre se hace del siglo, profano, mundano. Y el hombre ya no vive para lo divino, sino para sus conquistas personales, sin atender a ninguna más. Ya no tiene vida religiosa, ni de Iglesia, ni espiritual. No existe una fe reducida al ámbito de lo privado y de lo íntimo. Es imposible que se dé esta fe. Es imposible la Iglesia en lo privado. Porque lo secular anula la fe, no la reduce. La suprime totalmente. No se puede ser de Dios y del mundo. O se es del siglo o no se es del siglo. Y aquel que se seculariza, ya no pertenece a Dios, ya no tiene fe, ya no hace Iglesia, ya no es Iglesia. Está en su pecado sin querer quitar su pecado.

¡Qué maldad la de Francisco, que juega con las palabras para engañar a todo el mundo!

Quiere presentarse como el adalid de la verdad en el mundo, cuando él mismo se ha hecho del mundo, se ha hecho secular, vive sin la trascendencia a Dios, vive en su relativismo, vive sin moral, vive sin valores cristianos, vive su vida en la Iglesia, pero no vive la Vida de la Gracia ni en su sacerdocio, ni en su humanidad. Y, por eso, presenta lo que le interesa que el mundo conozca: “la Iglesia católica es una institución creíble ante la opinión pública, confiable en lo que respecta al ámbito de la solidaridad y de la preocupación por los más carenciados” (n. 65).

La Iglesia es la que lucha, se esfuerza, por los pobres. Los demás no luchan. De nuevo, lucha de clases, enfrentamiento. Como si en el mundo no hay hombres que se interesen por los pobres fuera de la Iglesia.

Si Francisco no dice por qué la Iglesia es creíble cuando ayuda a los pobres, entonces todo este discurso huele a comunismo. Francisco no apoya su discurso en verdades objetivas. No dice, sólo dice: “se vuelve necesaria una educación que enseñe a pensar críticamente y que ofrezca un camino de maduración en valores” (n. 64). Y ¿qué significa ese pensar críticamente? ¿En qué filosofía hay que apoyarse para que ese pensamiento sea verdadero? ¿A qué valores se está refiriendo? ¿Qué es madurar en los valores? ¿Cómo se madura?

Francisco no habla claro, sólo habla de forma interesada para provocar el enfrentamiento entre los hombres. Esta es su cultura de odio.

“La familia atraviesa una crisis cultural profunda, como todas las comunidades y vínculos sociales” (n. 66): la familia está destruida porque no tiene fe en la Palabra de Dios. La familia no es un grupo de hombres, es algo que Dios ha creado cuando hizo a Adán y a Eva. Formó una familia, un núcleo social entre dos realidades humanas. La familia no tiene cultura, no pertenece a la idea del hombre. La unión entre un hombre y una mujer es una unión divina, no humana. Y, por tanto, la familia tiene, en sí misma, por creación de Dios, un vínculo divino, un fin divino, aunque ese hombre y esa mujer sólo se unan carnalmente o materialmente en la vida.

No hay que ver a la familia en lo cultural de la vida. No existe. Lo cultural de la vida es un estilo de vida del hombre, independientemente de la familia o de la sociedad o de cualquier grupo humano o religioso. El hombre tiene en su cultura muchas cosas, que pueden ser de Dios, del demonio, de los hombres o que procedan de cualquier otra circunstancia en la vida. Nadie hace una vida de cultura, sino que los hombres aportan a la cultura sus pensamientos, sus obras, sus deseos, pero no se vive de eso.

La familia no está en crisis de cultura, sino en la crisis que se origina de un hombre sin fe y de una mujer sin fe, que se unen para vivir muchas cosas, pero no la vida divina de la gracia en la Iglesia.

Por eso, sobra todo cuanto francisco dice sobre la familia, porque no se centra en la raíz del problema de la familia. Y, entonces, ¿qué va a evangelizar? Nada.

“El individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas, y que desnaturaliza los vínculos familiares” (n. 67): lucha de clases, enfrentamiento con los hombres, cultura de odio. Hay hombres que viven para los suyo, lo privado, lo individual, y son muchos, porque es global en todo el mundo, y eso hace que no se centren en las personas y en las familias. Absurdo.

Si la familia está rota no es por culpa de nadie en el mundo. Es por culpa de cada miembro de esa familia: de ese padre, de esa madre, de esos hijos que ya no viven su fe, sino que viven buscando el mundo y queriendo las cosas del mundo.

Habla como lo hace Francisco es decir a la Iglesia entera: estáis equivocados en perseguir la fe. Tenéis que buscar caminos para darle a los hombres lo que ellos quieren: su cultura, su vida social su vida artística, su familia, etc. La crisis de la cultura en el mundo es la crisis de la Iglesia. La Iglesia está mal porque no corrige la crisis culturales de los hombres, sus estilos de vidas, sus formas de entender la vida, etc.

Ante este planteamiento sólo queda decir: pronto se acaba la Iglesia y comienza un absurdo para todos.

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1 comentario

  1. José M dice:

    Gracias por su valentía y por “cantar las verdades del barquero”. ¡Qué fácil de entender es la verdad! (a diferencia de la verborrea francisquista).

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