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Evangelii gaudium: la fábula del Pueblo de Dios

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“La evangelización es tarea de la Iglesia. Pero este sujeto de la evangelización es más que una institución orgánica y jerárquica, porque es ante todo un pueblo que peregrina hacia Dios. Es ciertamente un misterio que hunde sus raíces en la Trinidad, pero tiene su concreción histórica en un pueblo peregrino y evangelizador, lo cual siempre trasciende toda necesaria expresión institucional. Propongo detenernos un poco en esta forma de entender la Iglesia, que tiene su fundamento último en la libre y gratuita iniciativa de Dios” (n. 111).

“La evangelización es tarea de la Iglesia”: la evangelización es tarea del Espíritu, no de la Iglesia. Ni la Jerarquía ni los fieles tiene que ponerse a evangelizar sin Espíritu. Por eso el anticristo Francisco cae en este error: “Pero este sujeto de la evangelización es más que una institución orgánica y jerárquica, porque es ante todo un pueblo que peregrina hacia Dios”. Es que el sujeto de la Iglesia no es el Pueblo de Dios, sino la Jerarquía. Y sólo la Jerarquía. Poner el sujeto de la Iglesia en el Pueblo de Dios es hacer de la Iglesia sólo un conjunto de hombres y nada más.

El Espíritu mueve a la Jerarquía para que enseñe a los miembros de la Iglesia lo que tienen que evangelizar. Si no se da esta enseñanza de la Verdad, lo que se predica por muchos fieles es una auténtica mentira y herejía.

Este anticristo, al poner el sujeto de la Iglesia en un conjunto de hombres, en una comunidad de fieles, anula la Iglesia y hace de la evangelización sólo una obra humana guiada por el pensamiento de muchos hombres que se unen para hacer nada en la salvación y en la santificación de las almas.

Este anticristo comienza su discurso con una gran mentira, luego prosigue su basura intelectual con otra mentira: “tiene su concreción histórica en un pueblo peregrino y evangelizador, lo cual siempre trasciende toda necesaria expresión institucional”.

Este pensamiento de Francisco sobre la Iglesia anula la Iglesia. Porque la Iglesia nace no en un pueblo peregrino y evangelizador, sino cuando Cristo muere en la Cruz y todos sus Apóstoles habían huido, por miedo, por falta de fe, de Su Cabeza.

La historia de la Iglesia comienza en la muerte de Cristo. Antes de Cristo, desde Adán y Eva hasta Cristo no hay Iglesia, y no puede haberla porque no hay Espíritu, no hay Gracia. Los hombres viven en el pecado y forman un Pueblo pecador y no más. Un Pueblo de Dios, guiado por profetas que son incapaces de ofrecer a Dios un sacrifico para quitar el pecado. Y son incapaces de evangelizar a los demás pueblos de la tierra porque no existe la Verdad del Evangelio.

El anticristo Francisco, con su concepción de la Iglesia hace su fábula del Pueblo de Dios y se opone a toda la Tradición y proclama su ignorancia de las Escrituras, que las lee según su necio pensamiento humano.

“Dios ha gestado un camino para unirse a cada uno de los seres humanos de todos los tiempos. Ha elegido convocarlos como pueblo y no como seres aislados” (n. 113).

Dios ha fundado Su Iglesia en Su Hijo. Pero Su Iglesia no es para cada uno de los seres humanos. Dios quiere salvar a todos los hombres, pero Su Iglesia no es para todos los hombres, porque hay muchos que no aceptan la Verdad que tiene la Iglesia. Y uno de ellos: el anticristo Francisco. Hay que discernir bien dos cosas: la voluntad de Dios para salvar a todos los hombres y la libertad de todos los hombres para aceptar esa voluntad salvífica de Dios. Como Francisco no pone en claro estas dos cosas, cae en su herejía.

Y para aquellos que quieren salvarse y santificarse, Jesús funda Su Iglesia para que unan en el Espíritu que los lleva al Cielo. Y, por tanto, la Iglesia es un Cuerpo que quiere la Salvación y la Santidad de su Cabeza. La Iglesia no es un Pueblo de hombres, de gente pecadora, de gente vividora, de gente que no sale de su pecado y que vive su grandiosa vida humana. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo que busca salvarse y santificarse y, por tanto, busca luchar contra el pecado, contra el demonio y contra el mundo.

“Dios nos atrae teniendo en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que supone la vida en una comunidad humana” (n. 113). En la Iglesia Dios no nos atrae a nada, sino que Dios nos une en el Espíritu de la Iglesia. Y, en ese Espíritu, somos uno con la Cabeza, es decir, cada miembro imita a la Cabeza, que es Jesucristo. Y, por tanto, si lo imita, ningún miembro de ese Cuerpo desentona de la Cabeza, porque hay una sola, una sola Verdad, un solo Espíritu, que esto es lo que no comprende el pensamiento de ese necio. Dios no une diversidad de personas en una comunidad. Dios da Su Espíritu para unir corazones en Su Hijo. Y es una unión espiritual y, por consiguiente, los miembros que une el Espíritu ya no tienen interés por ninguna vida humana, por ningún pensamiento humano, por ninguna obra humana en la Iglesia. Sino que todos unidos en el espíritu obran las obras divinas, siguen el pensamiento divino y vive lo divino en lo humano.

La fábula del anticristo Francisco es presentar muchas personas que se unen de muchas maneras para formar un monstruo de comunidad eclesial. Ninguna de esas personas quita su pecado, sino que están en la Iglesia con sus pecados, con sus formas de vivir humanas, con sus pensamientos y obras humanas, que es lo más contrario a una sola fe, a una sola verdad, a un solo Espíritu.

“Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios” (n. 114): ser Iglesia es ser Cuerpo Místico de Cristo. Y no otra cosa. Jesús funda Su Cuerpo, no funda Su Pueblo. Su Cuerpo es Místico: es decir, muchos miembros unidos en el Espíritu de la Iglesia. El Espíritu es el que hace uno de muchos. Eso es lo espiritual. Y el Espíritu une ese Cuerpo en la Cabeza. Y eso es lo místico. Este anticristo no sabe diferenciar entre espiritual y místico. Y, por eso, cae en su error: la Iglesia es un Pueblo. Y la Iglesia se funda en una Cabeza, en Pedro, no en un Pueblo. La Iglesia es Pedro. Y no más. Bajo Pedro, los demás miembros del Cuerpo.

“Este Pueblo de Dios se encarna en los pueblos de la tierra, cada uno de los cuales tiene su cultura propia.” (n. 115): Francisco cae, por consiguiente en otra herejía al decir que el Pueblo de Dios hay que sacarlo de los pueblos de la tierra. La Iglesia no se encarna en el mundo, no se encarna en la tierra, porque Jesús se encarnó en una Tierra Virgen, en una criatura sin mancha, para tomar un Cuerpo sin espíritu del mundo ni terrenal. La Iglesia, por ser el Cuerpo de Cristo, se encarna en el Cielo del Corazón de Cristo. Y, desde ese Cielo, llama a los hombres a dejar sus pecados en el mundo y en la tierra para conquistar ese Plaza Divina, ese Paraíso, ese Cielo. Y, por tanto, no hay necesidad de conocer la cultura de ningún pueblo de la tierra para ser Iglesia, para formar la Iglesia, que es la otra herejía en que cae este anticristo.

“La noción de cultura es una valiosa herramienta para entender las diversas expresiones de la vida cristiana que se dan en el Pueblo de Dios” (n. 115). No hace falta conocer lo que significa la cultura de los hombres para ser Iglesia, porque la Iglesia sólo sigue la doctrina de Cristo. Y toda cultura humana que se oponga a la doctrina de Cristo, si los hombres no la echan a un lado, no puede pertenecer a la Iglesia. En la Iglesia se sigue la Verdad del Evangelio, no las mentiras de las muchas culturas de los hombres. Y quien no entienda esto es que está en la Iglesia como Francisco: para dar culto a los hombres y sus mentes humanas.

Los hombres se relacionan con Dios no con sus culturas, sino con el Espíritu de la Iglesia. Y el Espíritu no necesita la mente de los hombres, sus obras, sus vidas, para formar el Cuerpo de Cristo. Es lo que no entiende este anticristo. Y no lo entenderá, porque su cabeza humana está cerrada sólo en sus ideas que nace de su fornicación con Satanás.

“La gracia supone la cultura, y el don de Dios se encarna en la cultura de quien lo recibe”(n. 115): después de leer esto, es mejor decirle a este anticristo que se vaya de la Iglesia y que se dedique a escribir cuentos para los bobos como él, porque lo hace muy bien. Esto es la mayor estupidez en este anticristo. La gracia no supone nada, sino que eleva a la naturaleza del hombre a otro estado espiritual. El hombre, en su ser humano, sigue siendo hombre, no se pierde nada, pero el hombre tiene otra naturaleza, la divina. Y obra esa naturaleza con la gracia. Y sólo con la gracia. No se puede obrar la naturaleza divina con un pensamiento humano, con una cultura, con un estilo de vida humana, con unas obras humanas. Es imposible. Y, por tanto, la gracia no se encarna en la cultura de nadie, ni en la vida humana de nadie, ni en la naturaleza humanad de nadie. Esta frase ni se puede decir de una manera simbólica, figurada, porque no tiene ningún sentido.

“Cuando una comunidad acoge el anuncio de la salvación, el Espíritu Santo fecunda su cultura con la fuerza transformadora del Evangelio” (n. 116): otra gran fábula de este anticristo por no decir herejía. Dios no fecunda al hombre. Dios no hace del hombre un fruto divino, porque nadie da de lo que no tiene. El hombre es hombre y sus frutos son humanos. Punto y final. El Evangelio no sirve para alabar la vida de los hombres, no sirve para ensalzar las obras de los hombres, no sirve para acrecentar los pensamientos de los hombres. El Evangelio sólo sirve para obrar lo divino en lo humano. Y quien obra eso da frutos divinos en su vida humana. Y quien no obra eso se queda solo en su humanidad.

“la diversidad cultural no amenaza la unidad de la Iglesia” (n. 116): es lo que más amenaza a la Iglesia: la culturas, los pensamientos, las obras de los hombres. Porque la unidad de la Iglesia se hace en la Verdad del Evangelio, no en las mentiras de las culturas de los hombres.

Como ven la fábula del Pueblo de Dios es sólo un cuento para los herejes que sigue a este anticristo y que son muchos en Roma.

De aquí, de esta concepción de la Iglesia nace la anulación de la Eucaristía. En estas palabras ya está contenida la anulación de lo más sagrado que tiene la Iglesia.

Porque decir que el don de Dios se encarna en la cultura de los hombres es significar que la Eucaristía se encarna en cada cultura del hombre. Y, por tanto, cada cultura hace su Eucaristía. Se anula la esencia de la Eucaristía que es la Adoración a Dios que ninguna cultura puede dar sin el Espíritu de Cristo.

Cuando este anticristo habla de encarnación está anulando la única Encarnación del Verbo en la Virgen María. Para él todo es una encarnación. Y, por tanto, anula la Eucaristía de raíz.

Cuando se indique de una manera oficial esta forma de entender la Iglesia, se acabó la Eucaristía en Roma.

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