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Evangelii gaudium: la fábula de la Palabra de Dios

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“La homilía es un retomar ese diálogo que ya está entablado entre el Señor y su pueblo. El que predica debe reconocer el corazón de su comunidad para buscar dónde está vivo y ardiente el deseo de Dios, y también dónde ese diálogo, que era amoroso, fue sofocado o no pudo dar fruto” (n. 137).

La Palabra de Dios no es un diálogo entre Dios y el alma, sino un enseñanza de Dios al alma. Y, por tanto, toda homilía tiene que enseñar lo que Dios quiere decir a Su Iglesia. No es para continuar ningún diálogo ni para comenzarlo en ninguna forma, porque se está en la Iglesia para aprender la Verdad, no para hacer un coloquio de la Verdad. El que predica no debe reconocer el corazón de la comunidad, sino lo que Dios quiere que se diga a la Iglesia, a esas almas que están en ese momento escuchando la predicación en la Iglesia. No hay que conocer la vida de nadie para predicar, sino sólo la Voluntad de Dios en cada homilía. Si el sacerdote carece de vida espiritual, esto es imposible de hacer y, por tanto, se recurre a los de siempre: a hacer predicaciones para pasar el rato en la Iglesia, para entretener a la gente, para hablarle de cosas del mundo, de los problemas que cada uno tiene en su vida, y así es imposible dar la Voluntad de Dios a las almas en las predicaciones, que son sólo palabrería humana de sacerdotes y de Obispos que hablan por hablar, pero que no saben hablar la Palabra de Dios a nadie. Y así se cae en agradar los oídos de los hombres con tanta basura humana que sale de la boca de muchos en sus predicaciones.

“La prédica cristiana encuentra en el corazón cultural del pueblo una fuente de agua viva para saber lo que tiene que decir y para encontrar el modo como tiene que decirlo. Así como a todos nos gusta que se nos hable en nuestra lengua materna, así también en la fe nos gusta que se nos hable en clave de «cultura materna», en clave de dialecto materno” (n. 139): para predicar hay que dejarse de las culturas de los hombres. Es la herejía que sigue este anticristo, porque, para él, es necesario interpretar el Evangelio según coordenadas humanas, según los tiempos de los hombres, según las necesidades materiales de los hombres, según sus problemas humanos. Y cae en este pensamiento totalmente herético.

No se predica para dar gusto a los hombres, ni para hablarles bonito, con palabras de amor, de ternura, de sensiblería humana. Se predica con la Palabra de Dios, que es viril, que es fuerte, que no se anda con sentimiento humanos, que dice las cosas como son, que llama a cada cosa por su nombre, que no busca palabras humanas para tapar la verdad, que no busca tazones humanas para esconder la Verdad. Se predica dando la verdad que a ningún hombre le gusta. Y, por tanto, hay que predicar de igual manera la Justicia de Dios como el Amor de Dios a las almas. No hay que dar a las almas un Dios amoroso, sino un Dios que exige su Amor y aquel que no lo quiere recibir, le da su castigo por despreciar su amor.

El anticristo Francisco, como es muy sentimental, sólo le gusta decir cosas bonitas a la gente, pero no le gusta decir la Verdad a nadie, porque sólo vive su gran mentira en la vida y eso es lo que predica siempre: su grandiosa herejía: ser hombres para dar un gusto a los hombres.

Hay que dejarse de ternuritas con las almas cuando se trata de enseñar la Verdad que quiere Dios a cada alma que escucha la predicación. Y, por tanto, sobra en el predicador poner caras alegres, dar un tono de voz cálido, melodioso, cariñoso, mostrarse ante lo demás cercano, afable, porque de lo que se trata de es dar la Verdad, no de hacer una obra de teatro mientras se predica. Si hay que hablar fuerte, se habla fuerte; si hay que dar un puñetazo en la mesa, se da; si hay que hablar en contra de la Iglesia y de sus sacerdotes y Obispos, es lo que hay que hacer, porque hay que enseñar la Verdad a las almas en la predicación. no hay que hacer discursos que no valen para nada, sólo para pasar el tiempo dando una mentira a la Iglesia, que es lo único que hace ese idiota de Francisco cuando predica.

“El Señor se complace de verdad en dialogar con su pueblo y al predicador le toca hacerle sentir este gusto del Señor a su gente” (n. 141) : El Señor se complace en corregir a sus almas de sus errores, de sus maldades, de sus vidas que no sirven para nada. El Señor no dialoga con ninguna alma, sino que le enseña el camino para salir de su pecado y para ser santa en su vida. El Señor no se preocupa de los problemas de las almas, sino que hace preocupar a las almas de que estén todavía mirando sus problemas sin poner su atención en el que quita todos los problemas. El Señor da la fe a las almas, no da un coloquio de sus vidas para que sigan en sus vidas. El Señor da Su Palabra para que el alma salga de su vida humana y obre la vida divina en esa Palabra.

“Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad. Se realiza por el gusto de hablar y por el bien concreto que se comunica entre los que se aman por medio de las palabras.” (n. 142): este idiota no sabe lo que dice, porque cuando Dios comunica Su Palabra y el alma la acepta, entonces, el alma cambia de vida, se convierte, ve su pecado y ve lo que le falta por caminar. Y Dios comunica Su Palabra de forma sencilla, sin razones, sin buscar palabras adecuadas, sino con sencillez, como un padre habla a su hijo, aunque lo que le tenga que decir hiera a su hijo. El diálogo es un discurso humano, complicado, aburrido, que, al final, no comunica ninguna verdad. El diálogo es para este anticristo, que le gusta hablar de todo pero sin ponerse en la Verdad de las cosas. Nadie se ama con palabras, porque eso es imposible. Muchos se dicen palabras bonitas y se odian en sus corazones. Así pasa con este anticristo y con muchos sacerdotes Y Obispos, que dicen palabras muy bellas en la Iglesia y después obran el odio en medio de la Iglesia, porque no saben abrir el corazón al amor, sino sólo sus bocas a la mentira.

“El desafío de una prédica inculturada está en evangelizar la síntesis, no ideas o valores sueltos” (n. 143): esto es lo más estúpido que se puede decir al hablar de la Palabra de Dios. Esto sólo lo dice este hereje porque lo vive en cada homilía. Y si no lo viviera, no podía hablar como lo hace: rompiendo la verdad de la Palabra de Dios. Quien sintetiza el Evangelio destruye la Palabra de Dios. No hay que sintetizar el Evangelio, no hay que razonar el Evangelio, no hay que meditar el Evangelio. No hay que medir el Evangelio con la razón humana. Sólo hay que dar la Palabra que el Espíritu pone en la boca de quien predica. Sólo eso. Se necesita, para ello, la humildad de corazón. No hace falta ser inteligente, filósofo, teólogo del Evangelio. Sólo hay que seguir al Espíritu en la predicación y siempre tiene fruto divino lo que se predica. Pero quien sintetiza el Evangelio seca la devoción a la Palabra de Dios y hace que las almas no se alimenten de la Verdad, sino de la mentira que se da en esa homilía.

“El predicador necesita también poner un oído en el pueblo, para descubrir lo que los fieles necesitan escuchar” (n. 154): no es necesario escuchar a las almas para darles la voluntad de Dios. el que predica sólo escucha a Dios, Lo demás no le interesa, porque no se predica para darle el gusto a ningún hombre, ni para decirle a los hombres lo que quieren escuchar, sino que se predica aquello que los hombres no quieren escuchar ni osan pedirlo para que se predique. En la predicación se trata de sacar al alma de su vida humana, de sus pensamientos humanos, de sus obras humanas, de sus caprichos humanos. Y, por tanto, está de más hacer oídos a los hombres en las homilías. Son las almas las que tiene que poner sus oídos a la escucha de la Palabra de Dios.

“Un predicador es un contemplativo de la Palabra y también un contemplativo del pueblo” (n. 154). El predicador no tiene que contemplar al pueblo, ni tiene que contemplar la Palabra. Sólo tiene que seguir al Espíritu de la Palabra. Eso es suficiente para dar la Verdad a las almas.

“Se trata de conectar el mensaje del texto bíblico con una situación humana, con algo que ellos viven, con una experiencia que necesite la luz de la Palabra” (n. 154): se trata de conectar al alma con la Vida de Dios. Y no otra cosa. La homilía noes para hablar de los problemas de la gente, de sus situaciones en el mundo, de sus obras en el mundo. La homilía es para llevar al alma al Cielo. Y si no se hace eso, todo se queda en un mero hablar a los hombres sin alimentar sus corazones que están ávidos solamente de lo espiritual. La gente está harta de escuchar a tantos sacerdotes y Obispos que hablan como los políticos del mundo. Harta de que haya tanto Pastor que no sabe lo que es la vida espiritual porque se pasa la vida viviendo su humanidad y sus problemas en lo humano.

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8 comentarios

  1. Juan Pablo dice:

    Gracias por su tiempo y su explicación.
    Hay que ser un iniciado en esto entonces, para entender. Pero de algo estoy seguro: Dios es mucho más sencillo y el hombre se complica estúpidamente la existencia.
    También esto muestra la gravedad de lo que se maquina en los más altos niveles de la Iglesia actual. Y esto es una exhortación a los obispos para que hagan su apostolado mejor.
    Da terror, no hay nada católico aquí.

  2. Juan Pablo dice:

    No quiero criticar, pero no puedo….

    Vean lo que se encuentra en Evangelii Gaudium:

    “222. Hay una tensión bipolar entre la plenitud y el límite. La plenitud
    provoca la voluntad de poseerlo todo, y el límite es la pared que se nos
    pone delante. El «tiempo», ampliamente considerado, hace referencia a la
    plenitud como expresión del horizonte que se nos abre, y el momento es
    expresión del límite que se vive en un espacio acotado. Los ciudadanos
    viven en tensión entre la coyuntura del momento y la luz del tiempo, del
    horizonte mayor, de la utopía que nos abre al futuro como causa final que
    atrae. De aquí surge un primer principio para avanzar en la construcción
    de un pueblo: el tiempo es superior al espacio.”

    Esto está “en clave de dialecto materno”????

    • josephmaryam dice:

      Esto se refiere a su concepción gnóstica del tiempo y del espacio. Es una herejía más que bebe de las fuentes del ocultismo

    • josephmaryam dice:

      Habla de la realidad física-histórica de los hombres, que están en un tiempo que lleva hacia el futuro, pero en un espacio de vida muy corto. Y, entonces, el tiempo es más importante que el espacio de vida, espacio en que se vive. En el tiempo hay que hacer todo en una corta vida. Hay que moverse para obrar, pero no estar sin hacer nada.
      Y la razón de todo esto es la forma de concebir el tiempo.
      Porque ya el tiempo no se concibe como absoluto, como algo en sí mismo, sino como una relación.
      El tiempo hace referencia a algo distinto a él. Ya no es la sucesión de cosas durante un tiempo. No es que suceda esto y después lo otro. El tiempo se concibe como un reencuentro, un volver al punto de partida. Y, por tanto, el tiempo es plenitud, no es un límite. En cada instante podemos hacer lo mismo, sin cansarnos, porque todo es ahora, en este instante. Y, por tanto, el tiempo se convierto en algo eterno. Cada momento de tiempo es una eternidad. Por eso, es una luz, es un camino en una vida corta. Y, por eso, el tiempo es superior al espacio, a la vida que se concibe con la mente, no con la realidad, con la conciencia astral. El espacio, en esta doctrina es algo mental, no real. El límite es el espacio en que se da el hombre. Y pueden coexistir muchos espacios al mismo tiempo. Hay una tensión entre estos dos polos: el espacio y el tiempo. El tiempo siempre es el mismo, siempre se renueva en relación al espacio en que vive la persona. El tiempo y el espacio, es decir, la plenitud y el límite, se relacionan, se unen, en esta doctrina herética.
      En esta concepción, se da la doctrina de la reencarnación y de la divinización del hombre. Por eso, los hombres tienen una luz divina en sus mentes para poder hacer en cada tiempo la obra que se pide. Y eso en un corto estado de vida, en un espacio, que puede ser multidimensional.
      Es una grave herejía la de Francisco, que nadie la ha captado, porque no se entiende. Hay que meterse con la doctrina esotérica, con los gnósticos y descender al nivel que la pone Francisco: el nivel histórico, que es lo que le interesa destacar.

  3. Juan Pablo dice:

    Que alguien me traduzca qué es eso de “corazón cultural del pueblo” que parece que es una suerte de “fuente de agua viva”. Yo creía que como en la conmemoración más importante del catolicismo, la Pascua, allí estaba el agua viva. El agua viva que sale de Cristo no del “corazón cultural del pueblo” que sigo sin saber qué es. Claro que yo no soy nadie para criticar, pero a veces uno no puede.
    Todo ese párrafo, “La prédica cristiana encuentra en el corazón cultural del pueblo una fuente de agua viva para saber lo que tiene que decir y para encontrar el modo como tiene que decirlo. Así como a todos nos gusta que se nos hable en nuestra lengua materna, así también en la fe nos gusta que se nos hable en clave de «cultura materna», en clave de dialecto materno”, no tiene desperdicio.
    Con razón no entiendo lo que dice el texto, porque si encima hablan “en clave de dialecto”, y a un dialecto no lo entiende nadie. Me pregunto: eso de “lengua materna” ¿es un tiro por elevación al latín? o solamente como se dice aquí, un lenguaje poco viril…
    “Sea vuestra palabra: Sí, Sí; No, No; todo lo que pasa de esto, de mal procede”, Mateo 5,37. Por Dios, eso es lo que necesitamos, lenguaje claro, no toda esta confusión de palabras.

    • josephmaryam dice:

      La fe que presenta Francisco es una fe en la cultura del hombre, porque él cae en la herejía de decir que el Evangelio hay que interpretarlo según el pensamiento del hombre, según su cultura, según su arte, según su ciencia, según su técnica, según su filosofía de la vida. Y, por tanto, en esta concepción de la fe, el agua viva ya no está en Cristo, ya no es lo que el Espíritu da al hombre, sino aquello que el hombre encuentra con su razón, con su cultura, con su forma de entender la vida. Y, por tanto, el hombre enseña la vida a los hombres, enseña la verdad a los hombres, enseña a obrar bien a los hombres. El hombre, en su cultura, se hace agua viva. Esta es la herejía. Y, por eso, habla del lenguaje materno, casero, humano, para que todos entiendan las palabras del Evangelio en su cultura, en su lenguaje humano. Hay que traducir el evangelio quitando las palabras que no sirve y poniendo ese lenguaje que gusta a todos porque es del pueblo y que todos siguen en sus vidas humanas. La fe nos gusta que senos hable en clave de cultura humana: es decir, la fe no es para dar la Verdad de la Palabra de Dios, sino para decir al hombre lo que le gusta escuchar. Esa es la herejía. Hay que predicar al gusto de los hombres. Y eso va contra el Evangelio.

  4. José M dice:

    O dicho más claramente: Si mi fe tuviera que depender de lo escrito por Francisco, me volvería ateo inmediatamente. No vería nada de atrayente en una pseudo-iglesia de “buenistas-dialogantes”.

  5. José M dice:

    Me pone nervioso tanta “babosería”. Es la típica forma de hablar modernista que es capaz de volver ateo a cualquier persona que tenga un mínimo de racionalidad; pues si la fe es está sensibilería alambicada, sólo puede atraer a cursis o débiles mentales. No hay nada que convierta más que la Verdad, aunque inicialmente duela. Y la Verdad es viril, directa, y anti sentimentalista.

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