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La vergüenza en toda la Iglesia

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Sólo existe un Dios: el Dios Uno y Trino. Tres Personas distintas en una sola Naturaleza Divina.

Y no existe otro Dios. No se da el dios de los protestantes, ni el dios de los judíos, ni el dios de los ateos, ni el dios de los budistas, ni el dios de los musulmanes, ni cualquier dios que los hombre se inventen.

El Dios de los católicos, el que forma la fe católica es el Dios de la Revelación, el Dios que enseña la Verdad a los hombres.

Y quien no quiera creer en este Dios no puede salvarse.

Es necesario creer en la Palabra de Dios que enseña que el Padre engendra a Su Hijo y que ambos producen el Espíritu Santo. Y este Misterio, revelado desde siempre, es el que no se cree hoy en la Iglesia.

“Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser” (Francisco).

Como Francisco, hay muchos sacerdotes, Obispos, fieles en la Iglesia que creen en Dios, pero no creen en la Santísima Trinidad.

Y quien no cree en el Dios Uno y Tino, tampoco cree en nada más, en ninguna verdad más, sino que sólo cree en lo que le dice su cabeza, su filosofía de la vida, su pensamiento sobre Dios y sobre el mundo.

Son muy graves esas palabras de Francisco y ningún teólogo romano las ha combatido. Y todos los sacerdotes y Obispos en la Iglesia se están uniendo, están obedeciendo a un hereje, a un cismático, a un apóstata de la fe.

Y nadie en la Iglesia se ha destacado por enfrentarse a ese hereje. Nadie. Y lo siguen escuchando y apoyando como si no hubiera dicho nada en esa frase. Como si esa frase fuera una verdad que todos deben seguir y apoyar en sus vidas.

Hoy se combate a los Profetas de Dios, pero nadie combate a Obispos como Francisco que hacen de la Iglesia una ruina por declarar sus mentiras como verdades, que van en contra de toda la Tradición en la Iglesia, de todo el Dogma en la Iglesia, de todo el Magisterio Eclesiástico, de toda la ley divina y eclesiástica.

Es vergonzoso tener a un Obispo que no cree en la Santísima Trinidad sentado en la Silla de Pedro, haciendo que Roma sea una ramera de su pensamiento humano.

Porque Roma es lo que es su gobernante. Y el que gobierna Roma actualmente es un fornicador de la mente del demonio. Uno que ha hecho de su inteligencia humana la rebeldía a Cristo y a Su Iglesia.

Quien siga a Francisco en este pensamiento deja de obedecer a Cristo y comienza a obedecer en su vida al demonio.

Sólo se puede adorar en la Iglesia al Dios Uno y Trino. Los demás dioses hay que despreciarlos porque son todos una mentira para la vida de los hombres.

Y aquel que no enseñe esta verdad no pertenece a la Iglesia, sino al demonio, al pecado y al mundo.

Muchos sacerdotes y Obispos siguen con la venda puesta en sus ojos por no querer discernir la Verdad sobre Francisco y sobre la Iglesia. Tienen miedo a decir las cosas como son. A decir la verdad de forma sencilla para que todo el mundo la comprenda.

No hace falta ir a una Profecía para ver lo que es Francisco. Sólo hay que ir a él: él mismo se descubre en lo que es: un mentiroso que sólo obra su mentira en la Iglesia.

No estamos en la Iglesia para servir ni para obedecer a un hereje como Francisco. Estamos en la Iglesia para servir a la Verdad y para dar la Obediencia de la Fe en la Verdad.

Es hora de que la Iglesia se levante contra ese hereje, porque es un impedimento para ser Iglesia. Es una piedra de escándalo por su maldito pecado que no quiere quitar y que no va a quitar.

Es la clase de persona que hay que despreciar de por vida, porque sólo enseña la mentira de su pecado. Y no puede enseñar otra cosa a los hombres. Habla la mentira y obra la mentira.

Y sólo un necio, como es Francisco, puede seguir siendo lo que es en la Iglesia. Porque toda la Iglesia se ha vuelto necia, sin el sentido de la verdad, sin la comprensión de los Signos de los Tiempos en la Iglesia.

Por eso, la Iglesia, que ya no tiene la sabiduría divina para discernir la Verdad en Ella, va a sufrir el castigo que se merece por su pecado, por no haber luchado contra un hombre que se ha puesto por encima del Dios Uno y Trino en la Iglesia.

Castigo ejemplar para toda la Iglesia para que aprenda a seguir la Verdad, no la mentira camuflada en muchas verdades que dan los sacerdotes y los Obispos desde hace 50 años.

La Iglesia no es el conjunto de hombres que piensan lo mismo, que deciden lo mismo, que se unen según sus normas o leyes en la Iglesia.

La Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Y no otra cosa. Y ese Cuerpo sólo está animado por el Espíritu de la Verdad, no por los pensamientos de los hombres.

El Espíritu de la Verdad no lo puede recibir el mundo ni los hombres que tienen el espíritu del mundo en sus venas, como Francisco y los que le siguen.

El Espíritu de la Verdad sólo lo reciben los humildes de corazón, los que combaten hasta la muerte contra el pecado, contra el demonio y contra todos los hombres.

“No améis al mundo ni las cosas que hay en el mundo” (1 Jn 2, 15), porque el mundo no conoce a los hijos de Dios (cf. 1 Jn 3,1), y hace de la Iglesia sólo la familia de los hombres, pero nunca la familia de los hijos de Dios.

Los hijos de Dios son aquellos que se revisten de lo Alto, del Espíritu Divino, y hacen de sus vidas sólo la Obra de la Voluntad de Dios.

Los demás viven de acuerdo a sus concupiscencias y a su orgullo de la vida.

Por eso, quien no cree en el Dios Uno y Trino se llama a sí mismo anticristo, porque “niega al Padre y al Hijo” (1 Jn 2, 22), porque batalla en contra de Cristo, porque se opone a Cristo y a Su Obra, que es la Iglesia en la Verdad de Su Palabra.

Francisco niega al Padre, porque sólo lo tiene como Creador, no como el que engendra a Su Hijo. Y Francisco niega al Hijo, porque sólo es la encarnación de una idea en su mente humana.

“Quien no cree a Dios, por mentiroso le tiene, por cuanto no ha creído en el testimonio que Dios ha testificado acerca de Su Hijo” (1 Jn 5, 10): “Este es Mi Hijo, escuchadlo”.

Francisco no escucha al Hijo del Padre en su corazón, no cree en las Palabras del Hijo, que son el Evangelio y, por tanto, no puede obedecer al Padre para hacer en la Iglesia la Voluntad de Dios, sino que él mismo se declara dios en medio de la Iglesia con su pensamiento. Y obra en la Iglesia sólo con su voluntad humana; no puede obrar lo divino en la Iglesia.

Y, por eso, Francisco pregona que hay que dar dinero a los pobres en la Iglesia: “El mal más grave que afecta al mundo en estos años es el paro juvenil y la soledad de los ancianos. Los mayores necesitan atención y compañía, los jóvenes trabajo y esperanza, pero no tienen ni el uno ni la otra; lo peor: que ya no los buscan más. Les han aplastado el presente. Dígame usted : ¿se puede vivir aplastado en el presente?¿Sin memoria del pasado y sin el deseo de proyectarse en el futuro construyendo un proyecto, un futuro, una familia? ¿Es posible continuar así? Este, en mi opinión, es el problema más urgente que la Iglesia tiene que enfrentar” (Francisco).

Y este pensamiento infame de ese hombre va en contra de la Palabra de Dios, que dice: “Buscad el Reino de Dios y lo demás se os dará por añadidura”.

Francisco, en la Iglesia busca su reino humano, material, carnal, natural, profano, pero no puede buscar el Reino de Cristo, que es un Reino espiritual, no humano, sagrado, santo, divino, porque dijo la Palabra hecha carne: “Mi Reino no es de este mundo”.

Francisco prefiere la añadidura que el Reino de Dios. Está más interesado en su obsesión: el dinero. Y hace caminar a toda la Iglesia hacia la riqueza mundana, carnal, humana.

Y, por eso, entran en la Iglesia los poderes del mundo. Si Francisco quiere alimentar a los pobres, entonces tendrá que buscar dinero fuera de la Iglesia, en el mundo. Y en el mundo, nadie da nada gratis. Si Francisco quiere dinero entonces el mundo quiere un trozo de poder en la Iglesia. Eso es lo que está pasando en la realidad, y que nadie ha comprendido porque no se ponen a discernir la Verdad sobre Francisco y los suyos.

Roma se ha abierto al mundo porque necesita dinero para alimentar a los pobres, para darles una felicidad a los hombres en sus vidas humanas.

Quien siga a Francisco se opone a Cristo y a su Iglesia. No se puede comulgar con el pensamiento de ese hereje. Hay que despreciar a ese hereje.

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