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El sentido del pecado

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En la Iglesia se ha perdido el sentido del pecado.

Muchos son los católicos que no practican la fe. Y eso quiere decir dos cosas:

1. ya no tienen fe;

2. ya no creen en el pecado.

Es fácil no creer en el pecado cuando el hombre comienza a ver su vida desde el punto de vista humano o natural.

Porque, humanamente, todos los hombres tienen errores, son débiles, fácilmente caen en la mentira.

Y, entonces, el pecado es algo natural, propio de todo hombre.

Y el Misterio de Iniquidad nos dice que el pecado es espiritual, obrado por un espíritu angélico que, pecando, se transformó en un espíritu de demonio.

Y ese demonio sedujo al hombre en el Paraíso y, desde entonces, el hombre nace endemoniado, esclavo del demonio, atado a ese Misterio de Iniquidad.

Y, a pesar de que el hombre se bautice, el pecado sigue en el hombre, su concupiscencia que obra la división en el ser humano.

Y esa división es un asunto espiritual en el hombre, no un asunto humano o natural.

Es fácil caer en el pecado: “es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento” (Juan Pablo II – Reconciliatio et paenitentia, n. 17).

Sólo se necesita tener pleno conocimiento de las cosas en materia grave. Y el hombre vive su vida con pleno conocimiento. No vive su vida dormido o soñando. Sabe lo que vive, sabe lo que piensa, sabe lo que obra.

Y si es fácil caer en el pecado mortal, más fácil es caer en el pecado venial, porque no hace falta el pleno conocimiento de las cosas, sino otro conocimiento, que puede ser variado: pleno, semipleno, débil, en materia leve.

El hombre justo peca siete veces al día: “Porque el justo, siete veces cae y se levanta” (Prov. 24, 16). Y son pecados reales, no son debilidades o errores humanos que todos cometen. Son actos humanos que van contra la ley divina que todo hombre tiene en su corazón.

El pecado es ir en contra de la ley de Dios y, por tanto, ir en contra del mismo hombre y de la naturaleza del hombre.

No sólo se peca contra Dios, sino contra el hombre. Y no sólo contra uno mismo, sino contra los demás hombres.

El Misterio del pecado en Eva en el Paraíso fue esto: Eva concibió del demonio un pecado y se lo dio a Adán. Eva pecó, y pecó contra Dios y contra ella. Pero Eva no se quedó en su pecado. Si se hubiera quedado en su pecado, entonces Adán no hubiese pecado. Pero Eva, en su pecado, se movió a obrar su pecado en Adán. Y lo hizo pecar en el mismo pecado de ella.

Nunca el que peca se queda solo en su pecado. Sino el que peca busca a otro para pecar, para hacerle partícipe de su pecado.

Esto es siempre.

Es igual que el Ángel cuando pecó, arrastró en su pecado a la tercera parte de los ángeles y se convirtieron en demonios.

Eva arrastró a Adán en su pecado y, por la naturaleza de su pecado, toda la humanidad peca en Adán y Eva.

Todos nacemos en el pecado para una vida de pecado y para obrar el pecado: eso es el pecado original.

El Bautismo quita el pecado original, pero no el deseo de pecar, no la atracción hacia el pecado.

Y no puede quitarlo por el Misterio del pecado.

En ese misterio, quien peca tiene que cargar con el pecado hasta la muerte. No hay en la vida humana ningún hombre que pueda santificarse antes de la muerte.

Los santos alcanzan su santificación, precisamente, en la muerte, antes de morir. En su vida humana, los santos caen siete veces al día, por el Misterio del pecado.

Y, por eso, querer esconder el pecado, como hoy se hace, es mentirle a todo hombre que ve, en su vida, su pecado continuamente.

Todos pecamos (cf. Rm 3,23-24) y, por tanto, nadie está excluido de ver su pecado, de contemplar su pecado, de luchar contra su pecado, de arrepentirse de su pecado.

Y quien no lo haga “sucumbe en su pecado” (Prov. 24, 16).

Quien vive en su pecado es un impío, en un maldito, es un demonio. No puede ser llamado hombre, porque no quita su pecado, porque se reviste de su pecado, porque llama continuamente en su vida a su pecado, a obrar su pecado.

Lucifer, en su pecado, se convirtió en otra cosa diferente a su ser angélico. Recibió el ser demoniaco, que consiste en no poder amar a Dios nunca. No poder obrar la Voluntad de Dios nunca. No poder llegar a la Santidad que Dios quiere en cada criatura.

Y cada hombre que vive su pecado, que obra su pecado, recibe ese ser demoniaco en su ser de hombre, en su naturaleza humana. Y vive para obrar su pecado. Y no puede vivir para obrar el amor de Dios en su vida. No puede ponerse en la Verdad, porque vive sujeto a su mentira en su vida.

Por eso, quien ama no puede pecar. Pero quien peca, no puede amar a Dios ni al prójimo.

En la Iglesia se ha perdido este sentido del pecado y se invita a amar al prójimo en el pecado, obrando el pecado. Eso es hacer demonios en la Iglesia.

Esa es la herejía que Francisco y los suyos promulgan ahora en la Iglesia al abrirse al mundo.

Hay que ser buenas personas con todos, hay que dar de comer a todos, hay que ayudar a todos, hay que cuidar a los enfermos, y eso se hace sin quitar el pecado.

Y, entonces, no se obra el amor divino, sino que sólo se obra para agradar a los hombres, para que todos los hombres estén contentos y felices en sus vidas. Que se abracen y se quieran mucho porque todos somos buenas personas y todos tenemos nuestros errores en la vida.

Así se concibe la Iglesia hoy día. Y esto es lo que predican tantos sacerdotes y Obispos: un amor falso al prójimo que nace de vivir el pecado y de obrar el pecado.

Pero no se predica el amor santo de Dios, que nace de la lucha contra el pecado y, por tanto, hace amar al otro de una manera totalmente diferente a como se ama en el mundo. Hay que amar al prójimo practicando las virtudes, para discernir la verdad en el amor.

Este es el amor falso que hay en Roma, porque ya se han abierto las puertas para pecar en Roma, para acoger el pecado de muchos que quieren amar a Dios según su manera de vivir en el mundo, es decir, según su pecado.

Porque el Príncipe del mundo es el demonio. Y, por tanto, el mundo sólo vive y sólo obra el pecado. No puede obrar el amor de Dios. Nunca. Por el misterio del pecado.

Una Iglesia que se abre al mundo es una Iglesia que recibe en Ella el espíritu del demonio para pecar y obrar el pecado en Ella.

Por eso, hay que salir de Roma para no contaminarse con el mundo que ya está dentro de Roma, con el pecado que ya obra Roma.

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